jueves, 26 de febrero de 2015

El alambre y las cuerdas


Desde que Alexander Calder usara en sus famosos móviles las tiras de alambre para conectar piezas de sus esculturas con movimiento, este fino hilo de metal estirado, repujado, fundido a golpes de martillo, luego estilizado y puesto en carretes, alambre pues insignificante, entró definitivamente en la historia del Arte, el de las mayúsculas, de materiales gloriosos. Lo recuerdo en algún auditorio universitario de la dormida Caracas. Los móviles son como las estrellas, cuyo movimiento perpetuo es imperceptible. Forma dolorosa de lo bello. Movimiento fundamental, como el de un toro galopando, o el del torero que se arropa en su propio grito afirmativo antes de tirarse tras la espada para matar al toro.

Pero los taurinos le dan ahora un uso distinto al noble hilo de metal que el de las tiras con púas que separan los potreros donde se crían los astados. Como Calder, también quieren justificar el alambre para acceder a una forma de arte.

Los taurinos, esa especie de culto sin religión, de hermandad separada y reñida, debaten su propia pertenencia a la historia que ahora les juzga. Creen que la salvación de la tauromaquia es la abolición del rito, cambiado rápidamente por una forma de arte sin sangre. Para eso es el alambre.


Mi amigo Cantaritos, que testimonia hoy en vivo los festejos taurinos que conmemoran en Teruel, desde 1171,  las viejas bodas reales, me explica que el rito heredero del Toro Nupcial posee dos cuerdas: soga y baga. La primera ata al toro que corre por las calles a un sistema de control, mas no lo domeña. El toro arrea frente a los hombres que lo corren. La baga, en cambio, es el sentido humanista, freno de mano al borde del abismo, que ante una emergencia frena al toro. Soga y baga se descorren en armonía para no entorpecer el recorrido del toro, ni alterar la emoción o autenticidad de correrlo. Hombres han muerto en las astas de los toros nupciales desde hace un milenio. También aún hoy, sobre modernos pavimentos mojados o clásicos empedrados pisoteados por zapatillas de carrera.

Pero el sentido del alambre es otro: no es soga que ata sin atrapar, sino ridícula estructura de una farsa. Hormigón de basura, lo pusieron a sostener el cuerno de un toro brutamente afeitado hasta la queratina y que perdió definitivamente su diamante, luego parte de la pala. Le volaron el pitón con un estúpido trabajo de la trampa. Luego lo volvieron a formar con trabajo de pelmazo alfarero, con barro y luego pintura. La endeble parodia de las poderosas armas naturales del toro de lidia, se sostuvo con un alambre. ¡Cuánta insolencia que apunta a un solo hombre capaz de semejante estupidez! Fue rematar el toro contra el peto de picar y se descubrió el engaño. A pesar de la visible mutilación, su matador declaró no haber notado nada extraño en los 20 minutos que se puso frente al animal ofendido.

Ve uno el timo y el oro del traje del matador se transforma el latón vulgar, como si el traje de luces también fuera de alambre. Pero el matador es inocente, no solo por ser víctima de su época, sino por ser marinero en un barco con capitanes de barrera y contrabarrera. 

A los aficionados nos acosan las preguntas: ¿Qué tiene que pasar tan mal en una cabaña brava de un país como para hacer imposible el reemplazo de un toro imperfecto por uno en condiciones? Si no quedara un solo toro en los campos, sería en cierto modo justificable este indulgente engaño a la audiencia. Y el juez de plaza, con su bigote comunal, su sombrero blanco como otra afirmación, ¿a qué le teme como para no haber rechazado este animal desde el mismo momento en que se estropeó el pitón? Y los apoderados del torero al que le cupo en suerte vérselas con un lisiado, lo mismo que pudo haber sido un tullido, ¿a qué le temen como para no salir a declarar ante todos que ellos no tuvieron nada que ver con la elección del  ganado ferial, mucho menos con la permanencia del incapacitado animal al que prefirieron remendarlo que reemplazarlo?


El culpable, como sabremos, es el arte. 
«En nombre del arte se han justificado las peores barbaries de la historia», dijo un personaje de Roberto Bolaño en 2666.

En el toreo el cacareado Arte justifica para un sector cualquier tipo de trampa. La verónica perfecta, purificadora, exacta, justifica la estela de trampas, disminuciones, artimañas, estafas y contubernios que pueden estar tras ella. Es como si esos hombres olorosos de ginebra y gomina se parasen de la mesa y con un puño acusador dijeran: «si para la media que para el tiempo hace falta el animal más bueno que bravo, el noblón, el de pitones discretos o mutilados, el toro de comportamiento fotocopiado y dulce, pues sea». 

Así que están dispuestos a tragar todas las trampas administrativas (monoencaste, vetos, boicots), técnicas (descargue de suerte, sitio de la mentira) y morales (traición al toro; no arriesgar la vida, no jugársela ante una fiera bravía) con tal de contemplar el Arte. 

El Arte todo lo vale. Pero en contravía de la época, donde las expresiones plásticas contemporáneas son una suerte de inculpación y de culpabilidad, el Arte taurino se declara vivo y cima verdadera de una expresión milenaria. Entiéndase: en el toreo el arte es enemigo del rito. El rito tolera al arte, siempre y cuando no lo sobrepase. Es decir, la edad dorada del toreo fue la más ritual y al mismo tiempo la más artística, porque se entendía al arte como un drama, no como una forma productora de belleza visual. Pastor y Carbonero, José y Barrabás, Bombita y Gorrioncito, Gaona y Barrenero, eran el rigor del rito y también una forma de arte dramático, pues el trance de poder perder la vida y ganarla mediante una epopeya lidiadora, es la forma más real de arte trágico de todos los tiempos. Escenificar una batalla religiosa, ponerle colores y reglas, ceremonias y divisiones, es el teatro de la verdad. 

El arte de las verónicas de alelies siempre va a ser imperfecto, por tanto mentiroso, pues las formas perfectas que busca no coinciden con el animal fiero. El toreo real debe ser como las alfombras tejidas por las mujeres musulmanas, y que poseen un error apropósito, pues solo lo divino puede ser perfecto en una forma que no se busca con las manos o la técnica, o la elaboración. Cuando tejen, ellas cometen un error con los hilos. Sin embargo, esta honesta equivocación está muy lejos del abusivo amarre de alambre al pitón del lisiado.


Lo que no entienden entonces estos timadores, es que no hicieron arte alguno desde el momento en que hicieron un pitón de barro y lo amarraron con alambre. Al contrario, mataron al arte, pues un pitón de mentiras no mata de verdad. Sin la posibilidad de la muerte, la verónica y todo el toreo no es más que un curioso movimiento de telas y nada más, porque en definitiva le arrebataron su fundamento. 
Calder quería retratar el movimiento con móviles y los agarró con alambres. ¿Podía ser arte? Lo fue, puesto que tenía un fundamento, y era retratar el movimiento, así fuera en formas tan básicas y pobres, como tiras de alambres y óvalos de plástico. Arrebaten del toreo el fundamento de la muerte, y no habrá más que un falso arte abocado a la desaparición. Amarrando con alambre un pitón falso a un bovino desposeído de su condición animal, en realidad se desprenden de la tauromaquia para siempre.
En cambio, el toro ensogado de Teruel y de todos los festejos populares donde se corre, representa el ritual puro sin contaminaciones estéticas. La cuerda es la historia del pueblo, su identidad que pasa por las generaciones y se mantiene como seña de cultura. La cuerda fija la embestida del toro en una línea constante atravesada de hombres. La soga es la posibilidad de la muerte y también la lidia, y la baga los capotes que no hacen verónicas pero sí quites. La permanencia de estos rituales por el tiempo es causa directa de su carácter de ritual, por ende de cultura. El arte en cambio no sobrevive siquiera a sí mismo, pues la vanguardia constante hace obsoletas a la mayoría de producciones, sacrificadas en nombre de un nuevo arte o expresión. Lo que hoy es la verónica de un mofletudo, mañana no valdrá nada ante una verónica distinta. Hay que entender en suma que la única garantía de permanencia con la que cuenta la fiesta de los toros parte de poder sostener sus valores fundamentales, aún si para ello hubiera que sacrificar el bello arte: toro bravo e íntegro, matador valiente, honor y verdad.

Ni que lo entendieran los matadores en traje de alambre.

*Fotos del toro mutilado pertenecen a Mau Pasos. Las fotos del toro de cuerda las debo a mi amigo Cantaritos, a quien agradezco toda su paciente ilustración sobre estos ritos populares, que prometo visitar.
**Hoy, cuando el torbellino de la polémica sobre lo ocurrido en México con el pitón alambrado pareció tocar su cima, también hubo un acto de redención para el aficionado: la publicación de los carteles para la feria de Céret, bastión torista de los que creemos más en el rito que en el arte, y más en el drama que en la plástica. Otra cita ineludible.

Sin alambres, un Graciliano de Juan Luis para Céret

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miércoles, 18 de febrero de 2015

La teoría de Urdiales



No hay estilos personales de torear, solo una historia común sobre los logros estéticos y técnicos del arte de lidiar toros. Por ejemplo, obviando a Cúchares y a Paquiro, uno con su gracia y el otro con su ánimo de ordenar la lidia en una estructura coral, el primer torero artista de la historia fue Cayetano Sanz. Su arte distaba mucho de la actual concepción del torero artista. Sin embargo es aquí citado porque explica a Diego Urdiales.
Para urdir otra referencia, en Sanz el concepto de la belleza es el de Platón: la verdad es belleza. La verdad es la más alta belleza. Más exactamente: "la belleza es el esplendor de la verdad". En dicho sentido toreros como Urdiales serían más artistas que coletas como Morante. Urdiales antepone la verdad como fundamento de lo bello, y Morante el barroquismo de plagar de destellos y giros las lidias.
Se supondría que esta verdad filosófica, la de la verdad como arte, debería prevalecer en la historia de la tauromaquia, pero Cayetano Sanz  se pierde cada vez más en la bruma de la historia, siempre dispuesta a celebrar los cotidianos sin significado. Su tauromaquia nunca fue de la derecha de la espada, pues mataba de forma lamentable en una época de maestros del mandoble. Su poder fue la izquierda, el pase natural esculpido de belleza, celebrado en ese número de La Lidia que recogía esta portentosa litografía coloreada de 1883. Cayetano Sanz es el primer torero en fundamentar toda su tauromaquia en el pase natural haciendo de él algo más relevante que la estocada o la lidia misma, siendo sus décadas aquellas donde más difícil era poder hacer arte con los ásperos toros del XIX. No cabe más alarde de verdad, aún hoy. Parafraseando a Petrarca, en su pase natural el toreo se hizo bello [por tanto arte].




Los moralistas del sagrado toreo posmoderno repondrán que Cayetano descarga la suerte, y que allí no puede haber verdad,  y si la hay, también la tienen las figuras actuales. Allí lo vemos con la pierna de entrada asentada y la de salida levantando de la arena la zapatilla. Su cuerpo refleja reposo en contraste con la aparatosa embestida y corpulencia del animal. Uno y otro están unidos por la tela, pues la muleta es puente de la danza.
Sí. La geometría del pase está invertida con respecto a la actual, en lo tocante a lo que conocemos hoy como cargar la suerte, pues asienta su cuerpo en la pierna derecha y levantaba la izquierda en el pase natural, como se observa también en los lances de frente por detrás y la estocada,
¿A qué se debe? ¿Por qué sigue invocando una poderosa idea de la belleza para nosotros, pese a hacer un gesto que hoy se vería como inaceptable? A que cargar la suerte entonces no era un concepto de piernas, sino de brazos. Su cortesana figura es la nobleza ante el peligro de la muerte, pero también un tratado técnico sobre cómo danzar con una fiera en los terrenos de los siglos XVIII y XIX.

Lo anterior es el caballito de hojalata y escaramuza de los aficionados que defienden el toreo actual de pierna retrasada y perfil. Usan ellos definiciones de cargar la suerte de 1796, cuando la tauromaquia de Cúchares lo denominara como el acto de llevar la suerte con los brazos.
Cargar la suerte era mover la muleta o la capa de forma que quedara fuera del tronco, que servía como eje. Luego la suerte pasaba por debajo de las astas que ofendían embistiendo. Es el sentido más primario de un término que en su propia semántica, "cargar", habla de agarrar con la mano algo. Sostener una forma sobre el toro. De tal forma que el torero sí cargaba la suerte, pero tampoco validaba a las figuras actuales.
Cayetano Sanz toreaba de piernas y huía de la jurisdicción. Pero torear al natural era su forma de quedarse allí ante la muerte. Torear es eso.


El axioma era: se carga con los brazos pues se mueven las piernas. Pero Joselito El Gallo, y no Belmonte con su sitio, lo invierte: se carga con las piernas pues se mueven o corren los brazos, o la mano. Gallito lo hizo en 1914 ante los hijos de la cruza ibarreña, al embarcar en redondo a un Martínez. Piénsese, años después, en la faena más importante de Belmonte, El Montepío de toreros, faena de siete naturales, cada uno ligado a su propio pase de pecho. Es el afán de la circularidad, el movimiento cerrado que el animal irracional no conoce. Ningún animal, salvo el hombre, sabe trazar círculos o cuadrados teniendo plena consciencia de lo que ello significa. Que ocurra ese movimiento entonces era una suerte de milagro. Algún atavismo mental de la afición hace que tal deseo se convierta en la celebración de los pases circulares actuales: dozantinas, circulares invertidos, poncinas, martinentes con el cuerpo, son al toreo esperpentos visuales, logrados como recurso siempre que el toro se niega a embestir por un pitón. ¿No han pensado acaso que antes del circular el toro renunció al derechazo o al natural, o que en la mayoría de los casos el toro está ya aplomado y apretando contra las tablas en el tercio?
Es cierto, pero entonces Belmonte completaba un movimiento circular fragmentando su tiempo en dos: natural y pase de pecho; luego natural y el forzado de pecho. Así siete veces hasta pinchar y luego abatir al toro como un rayo con una estocada que enardeció a la plaza de la Corte, que antes había gritado "los dos solos" para afear a Belmonte ante un memorable tercio de banderillas de Joselito y Gaona. El llamado Pasmo de Triana no hacía círculos: toreaba el pase natural y luego cambiaba de posición en un tiempo muerto para poder dar el de pecho. Para llegar a ese fundamento hizo falta que un siglo atrás Cayetano Sanz desarrollara todo el esplendor del pase natural, aislándolo del resto de las suertes por su poder de belleza que no podemos explicar, excepto porque es la forma de la verdad al comprometer junto con la estocada el momento de más riesgo para el hombre. Se dirá entonces que en la lidia la belleza es formada por un germen de miedo y tragedia, donde el hombre cambia su muerte entre las astas por el arte. El pase natural vuela y se hace con la mano torpe y con la que no mata.

Fragmentado el pase natural y el de pecho, rotos en dos partes para nunca ser un despreciable circular, torear es la división de movimientos que buscan rematar en la cadera en semicírculo, para así dejar dormida la embestida del toro junto al cuerpo humano, exigiendo más compromiso estético y técnico para evitar la cornada toreando. El circular es un round point donde el toro no repara en nada salvo en ver la salida, que busca con afán mientras el torero se la tapa dirigiendo la muleta en círculos.

Cargar hoy es ofrecer esa pierna por donde han de embestir los pitones, pierna que curiosamente ha sido llamada "de salida" cuando  siempre ha de ser la de entrada, la única que conozcan los pitones aún con todo y que se toree de perfil.

Obsérvese ahora la portada del Doctrinal Taurómaco de Hache. La estocada con ortodoxia era la resistencia del cuerpo, aún con la pierna derecha atrás, pero asentada, contra la embestida de aquel fino Jijón fijo en la tela que lo torea. Lo que revela el documento es que se mataba cargando la suerte, siendo por ello la suerte de recibir más fundamental y dura que la del volapié, convertida en el asco posmoderno en "julipié", o suerte de abatir mientras se vuela. El verdadero precedente del toreo ligado y asentando es la estocada recibiendo. Recordemos con Bleu que a Guerrita, esa conclusión del XIX, se le reprochaba el "paso atrás", pues como descargar la suerte es una forma de renuncia con el compromiso ético de arriesgar la vida.

Fundamentos: el pase natural y la estocada son un mismo espíritu en los tiempos. Se diría que la embestida es el intento de estocada al torero, y el pase natural su forma de torear la estocada. Si el toro cargara la suerte, de ser tal licencia posible con un irracional, no habría estocada humana posible.

Otros quisieran parecer romper el hilo. Tras la ligazón en redondo de la época dorada del toreo, se deriva en el arte de torear pero también el toreo cómico engendra su producto: el tancredismo. Don Tancredo era una aparición blanca sobre un pilón. Salía un astado y correteaba en torno a esa figura fantasmagórica, leticia, que no se movía sino que hacía el alarde de una estatua. Los públicos creían que no había nada más valiente que ese quieto hombre sobre una caja, que aguantaba el peligro del toro. Pero dijo Bergamín que el toreo de piernas es el espíritu. Lo mismo vale para el toro: sin movimiento que lo provoque, el toro no acomete. Don Tancredo y su inmovilismo no provocaban al toro, pues el humano había desaparecido para el animal que no lograba verlo. El toro, a diferencia de los monjes, no sabe ver la quietud total. Otras cosas son las estocadas y los naturales, que contienen cuando se engendran el movimiento de la tela que provoca.


El crítico Alegrías refiere sobre Cayetano Sanz una extraña manía de alternar el ocho de toreo de piernas con una forma de irse totalmente al extremo de cada pitón buscando un sitio para dar el natural. Esa es la negación del tancredismo, pues el movimiento busca el lugar donde la tauromaquia clásica ocurre. Al moverse, Sanz no inquiría la huida, ni menos delataba su ausencia de técnica. Estaba lidiando. Al ponerse de verdad dando los frentes, hallado el sitio preciso, hacía el Toreo al dar el natural en el lugar donde correspondía. Otros se quedan quietos y ligan las suertes de cualquier manera con tal de ligar solamente.  Ellos hacen el tancredismo, no el toreo. La obsesión por ligar es a la vez el sacrificio de los principios necesarios para el toreo: parar, templar, mandar, cargar la suerte y ponerse en el sitio de la verdad. Ligar no es torear, ni torear es ligar, pues la ligazón total apenas ocupa tres décadas de tres siglos de historia taurómaca.
Hay dos espíritus contrapuestos: el cayetanismo y el tancredismo. El segundo infectó en su ardor el ánimo de torear sobre el pilón del bufo de blanco. En cambio, el verdadero fundamento del toreo reposado no es la quietud de las piernas, sino la forma de ponerlas en el lugar donde está la muerte. Mientras uno se hace más alto que el naufragio al pararse sobre una caja, el segundo camina hacia el lugar donde la tierra se hunde. ¿Cuál es la verdadera resurrección cuando se torea? ¿La de quién?


El satírico pasquín The Kon Leche saluda la anunciación del Rey de los toreros. En él el natural se ayuda de la espada, del mismo modo que la verdad se ayuda con el movimiento de los pies para corregir el sitio y torear de forma acertada. El natural debe ser ese paso hacia el frente, hacia la embestida, no el ahuecamiento del cuerpo hacia atrás para que la inercia de la embestida pase. Luego de un siglo tras Cayetano Sanz, y posteriormente otro tras el Gallo, no hay aún torero más grande que José. ¿Lo pueden decir de, por ejemplo, los novilleros que ahora ligan con ánimo julista? El aficionado cabal se puede desgastar 50 tardes viendo a los derviches, tiovivos, carruseles y molinos giratorios. ¿Pero qué fue lo que ocurrió en Madrid con los de Adolfo, cuando Urdiales toreara siete naturales? Una voz obtusa en el micrófono pidió que ligara las series, o sea, que diera los pases de muleta sin corregir nunca el sitio de los pies. ¡Qué sucia impertinencia ante la creación de la verdad! Las embestidas no se ligan, se torean. De ahí que siete naturales de Urdiales abrieran las carnes de los aficionados del mundo, del mismo modo que la novillada del Gallo avisó una época, hecho tan inocuo que incluso fue advertido por los paródicos de su época, como ahora.

Ni Cayetano Sanz, ni José ni Diego Urdiales reposan en un ladrillo para torear. Julián López, en cambio, liga de tal forma que sus piernas podrían estar durante toda la serie montadas en el pilón de don Tancredo. Él hace eco al Espartaco y su forma de ligar el tercer pase con el de pecho sin enmendar, que no es lo mismo que la faena de El Viti en la Maestranza ante el Samuel Flores. Espartaco, creyendo hacer una revolución, en realidad inyectaba una fuerte anestesia a la Fiesta, pues el toreo ligado necesita un toro que lo permita con su progresiva falta de fiereza. Con esto el toreo se acerca a una forma de ballet, pero no a la verdad.
Así que el tancredista final de la época del XXI no es José Tomás, sino Julián López. Poner la quietud como valor supremo del torear es sacrificar el resto de principios en pos de la danza. Pero Rafael de Paula bailó un negro flamenco con Corchero de Martínez Benavides, en quizá una de las fenas más imperfectas pero más de verdad en la historia. Y Urdiales en Madrid buscaba el natural de Cayetano Sanz. Y ese solo natural, aislado, expresivo, fundamental, uno, como forma de arte, es una búsqueda más difícil y alta que ligar encima del pilón de don Tancredo cualquier cantidad insensata de pases.


Con quietud no hay paso al frente, sencillamente porque no hay movimiento. Lo que observamos en cada estampa de Cayetano Sanz es ese paso al frente, hacia la jurisdicción. De ahí que la definición de cargar la suerte que diera Bollaín fuera la de echar todo el peso del cuerpo en la pierna expuesta. Es la forma de inclinar el cuerpo hacia el abismo, de simbolizar el paso al frente.
En todo caso, hoy se le afea a Urdiales que no ligue las suertes en las series, pues corrige su posición en cada paso. Quienes lo acusan de carecer de conocimientos técnicos en realidad señalan los propios. Urdiales se pone en el sitio único donde emerge el toreo de verdad. Señalemos que todas las tauromaquias tiene su geometría y ética, y que todas caben en un rito que logra cobrar diversas expresiones. El Cordobés era un funámbulo que sin embargo toreaba por naturales de frente a toros del Marqués de Domecq en Bilbao.
Volviendo, la importancia de Urdiales estriba en ese giro radical y rebelde para con la época más tancredista: la verdad como fundamento de la belleza. Si Curro Romero, el último gran torero artista de todos los tiempos, puso a Urdiales al nivel de Morante, es porque el toreo en el riojano se concilia con las formas estéticas más fuertes y ciertas; por tanto, nadie pondría a un Greco por debajo de un Warhol. Si para la verdad hace falta corregir constantemente el sitio, habrá que darle la razón a Galileo.


Foto de inicio: Diego Urdiales en Medellín en el 2015, a siglos y mares después de Cayetano y su natural al Vazqueño en Madrid. Fue tomada de www.puertagrande.net
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miércoles, 21 de enero de 2015

La maravillosa historia de Gracioso y sus cinco hijos indultados



Jerónimo Pimentel, oriundo de la torista Cenicientos, da inicio a esta historia.
Había traído desde España un lote de sementales de encaste Domecq a Colombia, tropilla que agitarían su sangre con el trópico, luego la altitud del páramo, para revolver por siempre la historia del toreo nacional. Es el 95, año en que Rincón abre su quinta puerta grande de Madrid. Entonces la tauromaquia colombiana experimentaba ya el desgaste natural que sucede a cada burbuja o boom. Las cuatro puertas grandes en Madrid de 1991 habían supuesto un aceleración brutal en nuestra tauromaquia, al vivirse una auténtica fiebre taurina, revuelta en las capitales, las provincias, las ocho plazas portátiles importadas. Se multiplicaron las ferias, cundieron los visitantes, los festejos se aumentaron en número y las ganaderías se estiraron para poder soportar ese movimiento. Ya en el 94, algunas casas señeras dan síntomas de consanguinidad y mansedumbre, pues para abastecer la cantidad de festejos se destinan adelantos y se relaja la selección para poder sacar más toros en la camada, bajando con ello el trapío y el comportamiento. Allí está entonces la temporada del 94, abúlica en Bogotá, casi conmemorativa en Medellín, extraña en Cali, eternizada en Manizales y quebrada en Cartagena.
Pimentel, quien había administrado la Santamaría, coincide con la nueva necesidad de reformar la cabaña brava colombiana. Años antes el de Cenicientos se radicó en Colombia, en aquel año de 1958. Había sido torero, tomando la alternativa en Burdeos con los portugueses de Palha,  oficiando de padrino Julio Aparicio y con Ordóñez como testigo. Los rumores de la naciente Feria de Cali lo trajeron a este país, donde se quedaría hasta nuestros días, siendo ganadero de El Paraíso, hierro que motiva el presente escrito.

Tras Monserrate, el cerro tutelar de Bogotá, siguiendo cuesta arriba en esa espalda por una sinuosa carretera, Cundinamarca se enfría y va desarrollando una orografía helada. Se sube junto abismos llenos de niebla, pueblos de cordillera y flora de páramo. Se sigue ascendiendo en medio del sobrecogedor frailejón y ya está, Choachí, un pequeño pueblo con escuela taurina, fundada por Pimentel, y una plaza fija para 2000 espectadores, enclavada junto a la plaza de mercado en la falda de la montaña. Se siguen 40 minutos por una tormentosa carretera veredal, atravesada por dos puentes de madera que salvan dos riachuelos de agua blanca. Lo primero que se piensa es en la cantidad de toros pesados que habrán trasegado esos puentes endebles, algunos para luego volver con la gloria del indulto para la casa. Llegaron al Paraíso.
En la vereda Fonté desembarcan entonces 150 vacas de Juan Pedro Domecq, Jandilla y Torreón. Ellas son la avanzada de una revolución ganadera que aún retumba en Sudamérica y que transformó los conceptos ganaderos en Colombia. Luego llegarán en el 95 y 96 los 16 sementales, también de las mismas ganaderías de los vientres, además de tres de Salvador Domecq y otros dos de Enrique Martín Arranz. Ya están madres y padres en El Paraíso, la finca que los recibe. Son entonces las montañas de Cundinamarca y un toro melocotón herrado con la V ducal del Duque de Veragua, gloria del campo bravo del siglo XIX en España, ahora observando la muerte del siglo XX en la lejana América.
Aquel melocotón se llama Gracioso, dejando ver en su costado el número 120.



 La anterior es la calificación de los 16 sementales originales que fundan la ganadería El Paraíso. El tercer astado, marcado con el número 120, es reseñado como "Superior en todo lo bueno", por lo tanto calificado con un 9-9-9.
Gracioso es casi el toro perfecto.
¿Pero cómo la cabaña brava española deja huir esta fuente de bravura, comprobada entonces en el tentadero y luego en la historia? La respuesta es cuando menos particular: Enrique Martín Arranz y José Miguel Arroyo, el torero, pactaron una alianza con Jerónimo Pimentel para hacerse con esta cantidad ingente de vientres y sementales de Juan Pedro Domecq en los 90,  que alimentaría a la postre muchas ganaderías en ambos países del toro. A José Miguel Arroyo le había impresionado este Gracioso, hijo del semental Ilusión -el número 40- adivinando una bravura de tal fuerza que fijaría muy bien sus caracteres en su descendencia. Pero el hijo de Ilusión conservaba esa característica del Jandilla en el desarrollo cornidelantero de sus astas, sin duda recesión de algunos goterones de Veragua, también presentes en la sangre Domecq. En suma, Gracioso no tenía la suficiente cuerna para padrear, pues podría heredar, además de su bravura, pitones cortos, inadmisibles ya para entonces en las corridas españolas que variaron el tipo de gran parte de la casta Vista Hermosa. Así como Baratero de Victorino Martín posee una exigua cuerna al lado de cualquier Albaserrada de hoy, también Gracioso era de aquella época cuyo tipo es más reducido que el actual, por tanto incompatible.
 Así es que un toro que pudiera ser el más codiciado de los años 60 o 70 en España, debe descartarse en los 90 con enorme dolor por José Miguel Arroyo, quien lo cede a  Jerónimo Pimentel para que viaje a Colombia, donde la profusión de astas no es un imponderable de la cabaña brava aún hoy. Gracioso, nunca mejor dicho, estuvo a 15 centímetros de quedarse en España, donde sin duda hubiese dado un aliento fundamental a los problemas de remos y fuerzas en la cabaña brava de finales de siglo.

Para la tauromaquia colombiana es este un documento histórico: la reata de Gracioso 120. Hijo de Ilusión y  de Graciosa, Melocotón fino, de calificación 9-9-9. Abajo, la finca El Paraíso, donde padrearía.


Gracioso llega así en el 96 a tierras colombianas tras un viaje en avión y el camino de dos horas desde el aeropuerto de Bogotá hasta la finca donde sería rey, pasando por aquellos dos puentes de espanto. De inmediato empieza a padrear bajo los lineamientos de seriedad y transmisión infundidos por el ganadero, quien tienta sus vacas en la plaza de Choachí para dar oportunidad de torear a los novilleros de la escuela taurina. La primera camada, a inicios del siglos XXI, sería observada por los aficionados como un revulsivo ante la anestesia de una tauromaquia que abría los ojos tras el estallido de Rincón, más social que taurino en nuestro país para entonces. Sus hijos llenarían de una nueva bravura los ruedos, más larga, con ese tranco adicional que da el galope entregado. Desde luego también sube el tipo del toro, cuajado y rematado pese a la altitud superior a los 2600 metros sobre el nivel del mar donde se cría. Jerónimo Pimentel no olvida que es de Cenicientos, y aunque la proteína se acumula para producir el abundante pelaje que protege a los toros del frío, en detrimento del desarrollo de los cuernos que usan la misma proteína, remata sus toros con imponentes estampas y el hasta entonces inadvertido desarrollo de los cuartos traseros, sinónimo ahora del buen criar. Sus toros son bajos, macizos, empujan en el caballo y desarrollan emoción en la muleta por su tranco serio, alimentado por el motor que gira con la sangre de Gracioso.
Pero el cuajo es su seña de identidad, incluso hasta para su inri. Algunos aficionados observaron un tipo de exageración en una corrida bogotana que bordeaba los 600 kilos, y en la que actuaba José Tomás, página triste, ineludible en todas las ganaderías de la historia, pero lejana de aquel inicio de siglo cuando Gracioso tuvo más de 10 hijos que volvieron de la muerte, cinco de ellos en plazas de primera categoría.


Dos sementales más de la importación original. El 150  Refrenado  (cinco puyazos, franqueza, seriedad y recorrido) y el 22, de nombre Desgreñado (ocho puyazos, casta y seriedad), ambos también piezas fundamentales al ser productores de vacas que ligarían de forma ejemplar con el fondo de Gracioso 120.
























Buboso, Lanudo, Jarrero, Trotón, Apasionado; Lascivo, Lanzafuego, Vagabundo I, Vagabundo II, Giboso...todos hijos de Gracioso 120, rompiendo plaza con la primera impresión de su estampa cuajada. Todos empujaron en los tres tercios con la bravura transmitida de su padre, ante la mirada de una afición que comprendía de un solo golpe los cambios evolutivos de la cabaña brava mundial, disputada en ese equilibrio entre la transmisión en la muleta y la seriedad del tipo. Bogotá, Cali, San Cristóbal, Manizales, serían las ciudades americanas que presenciarían este rompimiento en la muleta, la ligazón emocionante, el pozo profundo de la bravura que va a más.

Así que una ganadería debuta en las ferias, precedida por la historia de un toro de color desconocido para América hasta entonces, por inexistente,  y sus hijos embestían como tampoco se había visto.

Gracioso, padre de los jaboneros en América, produce máquinas de embestir que vengaban así el rechazo sufrido en España contra su tipo. El primer golpe sobre la mesa fue con Buboso, indultado en Cali por El Juli en una corrida donde se ovacionaron los cuatro primeros, se le dio la vuelta al ruedo al quinto y se indultó al jabonero. Aquel 2001 vería descollar para Colombia a El Paraíso y El Juli gracias a esa faena, aún hoy rememorada por su estilo apasionante y encadenado, cuando el diestro de Velilla era una promesa precoz y no un espasmo de retorcimientos y cólicos.

José Pacheco El Califa, quien observaba la corrida, declararía en El Tiempo que Buboso era perfectamente un toro de indulto en España. ¡Un toro de un nuevo color y que ponía bocabajo la feria! Demasiada sorpresa para el americano consumidor de sorpresas.

Un año después embestiría Lanudo, inicialmente rechazado por los veterinarios de la Santamaría de Bogotá y que entraría en la corrida por los buenos oficios del ganadero. Ramiro Cadena lo indultaría en una faena atropellada, pero que desbordó los ánimos de la plaza por la bravura del toro, luego exportado a Venezuela donde encontraría la muerte a sus 14 años en la ganaderías Los Ramírez, no sin antes cubrir de bravura parte a la cabaña brava de ese país, al tener cinco hijos suyos indultados, nietos de Gracioso.
En el festejo de Bogotá todos salieron a hombros.

Trotón fue indultado por Paco Perlaza en Manizales, semanas después del indulto de Buboso en Cali. La crónica echa de menos una tercera vara a ley en un festejo donde también se le dio la vuelta al ruedo al primero.

Jarrero sería indultado en Venezuela por David Luguillano, en una feria de San Cristóbal que premiaría al Paraíso por una corrida apoteósica; esta feria que también vería a El Cid indultando a Galopo.

Apasionado también salvaría su vida en Venezuela, aun en contra de una presidencia que se resistía a la creciente tendencia a indultar. Su bravura fue tal que Javier Conde se negó a matarlo, reclamando el derecho de Apasionado a padrear. Se dejó sonar los tres avisos y pasó la noche en prisión.

Buboso, Lanudo, Jarrero, Trotón, Apasionado; Lascivo, Lanzafuego, Vagabundo I, Vagabundo II, Giboso...en ese año 2001, desvariado anagrama del 120.




Los indultos de Cali y Bogotá. La tercera foto es de Lanudo, pastando en Venezuela, donde daría cinco nietos del 120, todos indultados.
Maravilla es la palabra que debe ser aquí utilizada para resumir esta historia: maravilla por el cuajo y el pelo de los toros, celebrados por la afición en el momento más necesario, síntomas de renovación y de encanto. Maravilla que un toro produzca tal cantidad del indultos, que pueden defenderse bajo la necesidad de renovar la cabaña brava de Sudamérica hacia un feliz puerto. Maravilla que el prejuicio de una época lo empujara de España hacia Colombia, para repartir sementales en festejos que avivaban la llama de la Fiesta en un momento de anestesia. Maravilla que El Paraíso refundara el torismo en Colombia, marcando el camino para casas como Santa Bárbara, Alhama, Armerías, Juan Bernardo Caicedo, Peñalisa, Paispamba o Guachicono, donde la sangre de Gracioso también se regaría para luego pasar a la práctica totalidad de la cabaña brava colombiana. Maravilla que su finura, que recuerda a la de Diano, encierre ese misterio místico de la bravura de un animal sobrenatural, al que debemos todo. Como un tesoro devuelto, la tauromaquia sudamericana contemporánea no podría explicarse sin la maravillosa historia de Gracioso y sus cinco hijos indultados, pues sus nietos y bisnietos se lidian aún hoy en las plazas de Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú.

El 21 de febrero de 2004, a sus 11 años de edad, Gracioso sucumbiría ante una fiebre de garrapatas. Tiempo atrás, la última visión de su ganadero fue la de verlo malamente tumbado en el potrero, lo que produjo alarma. Desde los 2200 metros sobre el nivel del mar el cultivo parasitario de garrapatas está disparado por las condiciones climáticas. Esas garrapatas, que nunca pasaron los puentes de madera, atacaron a traición a uno de los toros más bravos de la historia, logrando doblegarlo de pezuña. Miró del cielo más alto al pasto fecundo y brutalmente verde de Colombia. El mayoral lo encontró muerto. Para entonces había sentado las bases fundamentales de nuestra historia, colmando de bravura la gran tarde de la fiesta americana.



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martes, 23 de diciembre de 2014

Miura, 1912




Si yo fuera un historiador, pongamos, de toros, haría una línea negra con la que se pueda reconocer nuestro viaje en común, que salta de un hito a otro, de tal forma que un festejo pueda resumir toda una época o sea consecuencia de una serie de hechos que se arrastran por las décadas. Nada es ocasional, pese a ser los asuntos del toro los más impredecibles.

A veces esta abusiva simplificación es posible. Por ejemplo, en el caso de la corrida de Miura en 1912, verificada en la Plaza de la Corte en el mes de mayo, y estoqueada por Ricardo Torres Bombita, Vicente Pastor, Rafael [El Gallo] (A.d.J.) y el mexicano Rodolfo Gaona, festejo hecho aprovechando el clamoroso éxito de Bombita tras cortar la oreja a un Santa Coloma en la misma plaza, días atrás. Esta corrida de Miura, quizá una de las más duras de la historia, vería comparecer en la enfermería de la vieja plaza madrileña a toda la terna, salvo a Rafael. Siendo Vicente Pastor el lidiador más suficiente de aquellos años, Bombita la figura indiscutible tras la desaparición de Rafael Guerra, y Gaona el torero más importante de América, que los tres resultasen heridos en la enfermería da cuenta de la aspereza de un encierro que cierra para siempre el toreo decimonónico de piernas y poder.

Pero hay que ir mucho más atrás para entender la razón incluso de la dureza de estos toros.

La Edad heroica del toreo (de Cayetano Sanz, pasando por Frascuelo y Lagartijo, finalizando con Guerrita) está separada en el tiempo de la Edad dorada (el reinado de Joselito, el virreinato de Belmonte y Gaona) por un intermedio donde las funciones de toros experimentan un suspenso en todos los sentidos. Cunden los problemas gremiales, España es asolada por la depresión moral tras el derrumbe del colonialismo, y el espectáculo taurino se ve incapaz de arrastrar el fervor popular de siempre. La Generación de los nadies («Después de mí, nadie. Y después de nadie, Fuentes») estaría dominada por el falso enfrentamiento entre Bombita y Machaquito, dirimido por el primero al ser un torero que recordara vagamente la gracia torera de Guerrita.

Es precisamente el fin de Guerrita, el último gran torero del siglo XIX, el que está anclado en el tiempo a la irrupción de Ricardo Torres, aunque sería inconveniente suponer que uno es la continuación del otro.  En 1899 Ricardo Torres Bombita estoquearía 29 toros en sus 11 corridas, tomando la alternativa en el mes de septiembre. La época que moría saludaba a la naciente, y Bombita la dominaría, pero ni aún con el dominio de su generación el torero sevillano logrará opacar la memoria ni la trascendencia de Rafael Torres. La relevancia de Guerrita es tal que el número con el que La lidia anuncia el corte de su coleta en noviembre de 1899, es al mismo tiempo la edición final de la mítica revista. Miles de aficionados abandonan la pasión taurina, desolados ante el panorama donde el torero es desplazado como ser heroico que lidia toros míticos.

Hache, antes de su Doctrinal Taurómaco, pone fin a La Lidia. Según los editores, el toreo moría con el retiro de Guerrita. Clic.

Este reinado en la Edad de los nadies traería el insultante poder en los despachos de Bombita, quien, en palabras de Paco Aguado, utilizaría su influencia para aplastar a Rafael El Gallo, lo que provocaría el profundo resentimiento de Joselito. El Rey años después lo humillara constantemente en los ruedos hasta desmoralizarlo y provocar su despedida final, con una venganza generacional de la que también valdría la pena hablar en otra ocasión. Sea como fuere, el poder de Bombita, su reinado de tuerto en época de ciegos, provocaría el primer incidente que empieza a hilar el hecho que convoca a esta lectura: Miura.

Guerrita fue una apática fusión entre la perfección lidiadora de Frascuelo y la gracia torera de Lagartijo, su maestro. Primer torero que impuso históricamente una monocasta: la Vistahermosa. Ejerció su poder en los despachos de forma tal que provocó una inclinación cuyos efectos hoy se siguen sintiendo. Él es la muerte del reinado torista más puro. Luego se cansó.

Para 1908 Bombita moviliza un boicot generalizado contra la ganadería sevillana. Este consistía en una reivindicación sindical que solicitaba mayores pagos para los toreros que lidiaran corridas de Miura, cosa que en el fondo, teniendo en cuenta la crisis empresarial, solo encerraba la pretensión de hacer imposible contratar a Miura para cualquier feria, debido a un incremento en el 100% de los costes económicos. La exigencia del doble de pago cuando se lidiaba Miura estaba soportada en dos ideas expuestas por los toreros en sendas cartas públicas: la denuncia del monoencaste, pues según ellos Miura copaba las ferias, perjudicando el equilibrio en las ganaderías; la segunda idea, más honesta, versaba sobre la dificultad: «su leyenda trágica, su mayor cartel», en palabras de Bombita, hacía del hierro andaluz una temible prueba para cualquier coleta. En el fondo, lo demostraría la historia, los toreros querían lidiar con menos apreturas hierros que se implicaran en los cambios que el toreo ya sospechaba. Temían la estela funeral de toreros muertos entre las astas de los miuras. Esta espantada gremial provocaría la ira de la afición, que se volcaría con las empresas, haciendo recular a los toreros, cuyas exigencias de la paga doble por lidiar miuras tendrían que ser desechadas a la postre. Sin embargo, ni los Miura ni los aficionados olvidarían.

Así que hay unos elementos sobre la corrida de 1912: el resquemor del ganadero Eduardo Miura. La abulia del reinado de Bombita. Los cambios que el toreo empezaba a presentir.

Un año antes, en 1911, Gamito de Vicente Martínez inaugura la modernidad ganadera al ganar la corrida concurso en Madrid con la que inicia la contemplación del último tercio; estando tan cerca el toro de Guadalest por su bravura en el caballo, se premia a Gamito por llegar con acometividad a la muleta, cosa que el Hidalgo Baquero no tuvo. El cambio es sustancial: si antaño la bravura se medía en el rosario de jacos arrastrados al muladar, en los tumbos y en la dureza de patas del tercio de varas, desde aquella corrida concurso de 1911 la bravura en cambio se computaría en la sumatoria del caballo y la muleta. Gamito es así el primer toro cuya boyantía sería tenida como síntoma para identificar la bravura, lo que implicaba la muerte de las faenas de muleta del toreo Heroico, pues estas, mientras más cortas y menos cantidad de pases antes de estoquear, resultaban mejores. Por ejemplo, la faena de Frascuelo a Perdigón, que constó de nueve pases (tres de ellos siendo naturales de belleza hoy extinta, según las crónicas), resultaría contradictoria con la expresión de bravura como resistencia y acometividad. Nueve pases celebrados en el XIX serían un desperdicio de toro en el XX donde incluso en algunos casos las lidias de muleta durarían 10 veces más. Las faenas entonces empezarían a aumentar en número de pases, invirtiendo el sistema de medición: de tres naturales de Frascuelo a 20 naturales de El Viti en Sevilla. Gamito impulsaría el cambio, simbolizando el cruce que trajo el Ibarreño Vistahermosa Diano, que cubrió vacas jijonas con notable éxito. Quedaría un año para el final del toreo antiguo.

Sería necesario reafirmar el hilo: muere el toreo heroico, aunque su inercia perdura en una tauromaquia residual. Esta se manifiesta en el abuso del veto contra Miura. El toro antiguo también muere, su aspereza ya no tendrá lugar en la tauromaquia artística de la Edad dorada. Tanto Eduardo Miura como Joselito El Gallo tienen una cuenta pendiente con Bombita, y la historia les dará esta última ficha. El primero enviará un encierro para imponer el respeto perdido con el veto de 1908. El segundo moverá los hilos en los despachos para echar adelante las corridas predispuestas para la obliteración de Bombita. Será un final coral para la época.


Los Bombita: arriba, Emilio Torres. Abajo, su hermano Ricardo, heredero de una época. Un toro y un jaco muertos.

La afición de Madrid sabía que Miura había enviado un duro encierro a la plaza de la vieja  carretera a Aragón. Aquí el satírico The Kon Leche glosa días antes de la corrida. Clic.
Se anuncia pues en Madrid una corrida de Miura que será estoqueada en 1912 por Bombita, Pastor, Rafael y Gaona. Ocho toros antiguos que saltan a la arena para defender con gloria el honor de su era. El ganadero envía una corrida descomunal de hechuras, pavorosa en el fenotipo y presumiblemente en la edad. Todo el encierro saldrá duro, exigente, sosteniendo la emoción del inicio hasta el final de la función. Sirva de ejemplo la lidia del quinto, de nombre Ciervo, un veleto astifino del que podemos adivinar su infernal lidia por la reseña. Tomó cinco varas por dos tumbos, para luego, aún correoso, hacer el terror en el resto de tercios:

«El Barquero, en la segunda entrada, clavó un par desigual y abierto. Enrique Álvarez entra, y al llegar le tira el toro un hachazo de los fúnebres. A la media vuelta entra otra vez, y también le olió a cuerno la taleguilla. No pudo clavar.
»Bombita encontró al toro con la cabeza como una devanadera, tirando cornadas por ambos lados y dando coces; un regalo.
»Intervienen Gallo [Rafael], Gaona y los peones, y resulta la faena pesada, como va toda la corrida.
Bronca».

En el toreo antiguo era común la estampa en los tableros de la confiada peonería recostada, desprevenida,  mientras el toro se hacía con el jaco o se le cuarteaba en banderillas. La imagen de la lidia de Ciervo es todo lo contrario: colosos como Bombita, el Gallo (Rafael), Gaona y los peones, intentando dominar una bestia enfurecida que adquiría cada vez más sentido. El toro defendía su sitio de bravo antiguo vendiendo cara su lidia, porque la lidia del toro es su vida. Y quizá hubiera salido también Vicente Pastor, de no haber salido corneado del embroque con Mesonero, un zahíno basto de pezuña, que tomó cinco varas por tres caídas y un jaco arrastrado por las mulillas, y que para ser estoqueado también requirió el concurso de Rafael con su capa, hecho inusual teniendo en cuenta que «El chico de la blusa» ha sido unos de los lidiadores más secos por cuanto efectivos de toda la historia. Con el muslo izquierdo perforado por el asta de Mesonero, Pastor ocupaba la primera camilla de la enfermería, dejando a la terna aún más sumida en medio de la miurada.

Pero esta hojarasca que va de la bravura de Ciervo a la derrota simbolizada por la cornada de Mesonero, no sería ni mucho menos lo más emocionante del encierro.



Clic en ambas imágenes para leerlas.

Como había caído herido Vicente Pastor, Bombita toma su turno y lidia a Gorrioncito, negro, alto de agujas, descomunal de trapío, incluso de 14 años en los textos del crítico Manuel Serrano García-Vao, Dulzuras. Todos los comentarios sobre el festejo comparten la visión del toro como uno duro de patas, de cuello ágil y sentido revoltoso, de fiereza descomunal, muy avisado y sin embargo de embestida de tranco en los numerosos lances de todo tipo que le presentaron al frente, pese a venderlos cada vez más. Gorrioncito encarnaría así el ideal del toro bravo antiguo, que en siglo XIX buscaba la emoción de la casta seca plagada de dificultades que el maestro debía resolver con una lidia adecuada, dispuesta para la muerte, que el astado también debería dificultar al máximo. La emoción peligrosa como contenido de la faena era una forma de arte dramático que convertían cada lidia en una potencial tragedia. La raíz primitiva del toro pavoroso, la pureza de su comportamiento cambiante, su latente violecia, fueron fundamento de la Fiesta por siglos, haciendo que se valorara a los bravos hombres que en desgarradores lances se medían a estos animales. Es por lo anterior que aquellas estocadas "sobradas", traseras y contrarias, tenían mérito pese a sus descalificaciones para el resultado de la faena; no obstante la lengua tinta en sangre, untar la mano en un sitio así implicaba una exposición de la suerte valorada como buena.

El veleto Gorrioncito toma seis varas y cobra dos jacos por tres caídas. Hace terror en las banderillas con continuos desarmes, para luego entrar entero a la muleta, donde Ricardo Torres tiene que lidiarlo con seis capotes de la peonería para apoyarle. Recorriendo toda la escala numérica de los tableros (no los dos dígitos tradicionales de la lidia buena: la querencia, la lidia del matador) Bombita intenta por diversos medios aviesos deshacerse del animal en la suerte suprema, a lo que se opone la feroz resistencia del toro. Tras más de seis intentos, Gorrioncito logra lesionar a Bombita en el segundo aviso, lo que supone una humillación insuperable, pero también da cuenta de lo entero y ágil que estaba aún el astado a ese punto de la atropellada lidia. Rafael ultimará al Miura a punta de sablazos, aunque algunas crónicas describen dos bajonazos y una media lagartijera. Perfectamente pueden ser ambas cosas. El Miura había impuesto su ley y nadie lo pudo derrotar.

Por su fiereza inhumana el toro es obsequiado con tres vueltas al ruedo, seguramente oídas por Bombita dentro de la enfermería, deshecho de humillación en su amor propio. Mientras agonizaba el animal que resume la bravura de una época, incluso aún hoy al que más vueltas al ruedo se le han dado en los honores póstumos, el torero que termina con una era de siglos abandona renqueando el ruedo rumbo a la enfermería. Ni toros ni toreros así volverán a existir. Por otro lado, fue la satisfacción al desaire sufrido por el ganadero, que despide de forma gloriosa los años del toreo a pitón y costillar contrario. La apoteosis es que el toro triunfante murió en su ley, anteponiendo a los trasteos las dificultades del altivo y arrogante animal que no se deja domeñar. Morir como un bravo.

Lunanco, Ciervo, Gorrioncito, Platero, Volador, Malleto, Trallero, Aperador.




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jueves, 4 de diciembre de 2014

Nuevamente la barbarie animalista



En la capital española los animalistas le han roto el brazo a Andrés de Miguel, autor del blog taurino Adiós Madrid. No contentos con esta agresión a un aficionado de 60 años, se han ensañado a puñetazos contra el maestro Rafael Cabrera Bonet, venerable sabio taurino, guía en el mundo de todos los que sentimos devoción por el Rey de los toreros. Los animalistas radicales irrumpieron en un evento académico de la doctora Yolanda Fernández Fernández-Cuesta titulado "Simbología táurica hasta los albores del mundo antiguo", llevado a cabo en las instalaciones de la Universidad San Pablo CEU en Madrid. Además se han grabado tirándose al suelo para fingir agresiones que ningún aficionado les hubiera propinado.


A de Miguel lo tiraron por unas escaleras, lo que le produjo la fractura a la postre, al destruir la cabeza del hueso húmero. Otros aficionados reportaron golpetazos e injurias, lo que se suma al ilegal boicot a un evento académico sobre el culto al toro. Estos grados de intolerancia, ensañados incluso contra las simbolizaciones de la tauromaquia, preocupan por su corte totalitario. Uno puede anotar que el evento académico ni siquiera trataba sobre el particular de las corridas de toros, pues hacía eco de un filón en los estudios antropológicos y etnológicos que indaga sobre los cultos antiguos donde el toro es protagonista en la cultura mediterránea.


Que se le rompa el brazo a un aficionado taurino en medio de un evento académico, esto es, que se exponga la violencia en medio de una tertulia intelectual, simboliza perfectamente la situación.

Medio siglo atrás Ángel Álvarez de Miranda había puesto todos los ojos de la intelectualidad europea sobre sí al llevar hasta un nuevo estadio el estudio de la historia religiosa. Persona hábilmente erudita, compuso en Ritos y Juegos del Toro un monumental como sintético estudio del culto al toro desde el paleolítico hasta la actual corrida. Inauguró así una disciplina intelectual que combinaba partes iguales de etnología, historia y antropología, reconocida ampliamente en el mundo académico, fundadora además de los estudios antropológicos sobre las corridas de toros, llevadas a tan buenos puertos en obras como las de Julian Pitt-Rivers. Sin embargo su obra quedó inconclusa por la temprana muerte que le sobrevino, pero supone uno de los hitos de la cultura tauromáquica a la altura de la lidia de Joselito a Barrabás, los naturales de Chicuelo, las elegías taurinas de Lorca o la composición enciclopédica del Cossío. Tales estudios sobre el culto al toro, su fértil influencia en el mundo intelectual, eran por irradiación objeto de estudio en la conferencia de Yolanda Fernández, precisamente situada en el mundo simbólico del toro en edades muy antiguas del hombre.

Del otro lado tenemos la interpolación: la barbarie animalista, integrismo radical que ni siquiera se detiene a pensar en el titular de la conferencia, su objeto o su relevancia hasta en la misma ideología antitaurina. Apuntan en cambio a todo lo que huela a taurino; disparan a discreción con los ojos cerrados y la lengua embutida para negar el diálogo, como los beodos prusianos en el más furioso colonialismo. A esto sería necesario añadir la triste vuelta a Europa de la censura cultural como preludio de la violencia, actitud propia del nazismo: irse en contra de todo lo que huela a tauromaquia, perseguirlo, quemarlo, golpearlo, arrojarlo, interponerle gritos, chillidos de bestia que cantan la voluntad totalitaria. El boicot al evento no representa el rechazo animalista a la violencia, pues muestra en cambio el grado de radicalismo del que son capaces cuando instrumentan su intolerancia. Luego, las agresiones a seres humanos, el arrojar por las escaleras a una persona reproduciendo así su propio salto al vacío. Son pelmazos de su fanatismo, piedras pesadas que no permiten avanzar incluso en una discusión razonada entre toreo y antitoreo que sirva para deponer el choque cultural al que asistimos. Porque en todo caso a estos descendientes del nazismo totalitario no les preocupa el curso moral de las sociedades. Incluso la escena de caerse al suelo mientras otro animalista graba el cuerpo caído como supuesta muestra de la agresión taurina, es prueba de su poco compromiso con la ética o con la verdad. Son fanáticos tarados de los animales, y por ellos son capaces a renunciar a toda noción de ética, hasta el punto de tirar por las escaleras a otro ser humano, rociar gas pimienta a una niña cuya madre tiene una tienda taurina, o intentar quemar o fumigar a gradas enteras de aficionados taurinos: son el nazismo.


Que no se rechace desde la "oficialidad" animalista la constante agresión física y verbal contra el aficionado taurino, hace cómplice audible a todo el movimiento de liberación animal. De hecho una cosa es consecuencia de la otra: la constante sindicación contra el taurino, el continuo ejercicio de la segregación y la intolerancia, la abusiva adjetivación diaria, componen la forma como los líderes animalistas susurran al oído de quienes arrojan taurinos por las escalas, les rocían gas o simplemente les acuchillan, como ocurrió en Bogotá con los novilleros en huelga de hambre. Rebotando, Álvarez de Miranda está del otro lado componiendo una grave historia que intenta entender la pasión de millones de personas por la tauromaquia. No es simplemente un atavismo cultural, transmitido por inercia a la generación siguiente; los antis son prueba de ello. El culto debe tener más explicación que aquella estúpida acusación de sadismo hecha sin prueba clínica aparente, reproducida en las getas más ignorantes del animalismo. Para Álvarez de Miranda el culto al toro era expresión de una complicada trama donde el animal era venerado por su poder genésico. El taurino lo observa como un animal sobrenatural, lo admira desde el paleolítico o lo corre por las calles en cada sobresalto social para conmemorar la unión con el hombre. El culto se rodea de símbolos que sintetizan la visión del taurino sobre el toro. No conmemoran víctimas, sino que explican la magnificencia del animal objeto de devoción y motor de una interpretación propia sobre la vida y la muerte. Sobre eso era la charla: una indagación sobre el toro como símbolo y sus interpretaciones históricas. Mientras los aficionados se reúnen para tratar de entender la problemática naturaleza de un fenómeno tan rico como profundo, otros llegan a patear las puertas. El toreo, esa tragedia, culmina con un sacrificio de veneración. Si esto último es motivo de alarma moral para el animalismo, ¿por qué lo ve con tan buenos ojos cuando en lugar del toro está el torero o el taurino? Todas esas conmemoraciones de las cornadas, las agresiones directas, la ubicación del homo sacer en el taurino, son barbarie, invirtiendo la retórica animalista. Barbarie contra la propia especie, renuncia a la razón; atropello ignorante con ecos de cisterna, donde en lugar de arrojar el cuerpo humano para saltar al toro cretense, se arroja al taurino por las escalas para romperle los huesos. Degenerados.

Pero esta barbarie, la animalista,  sí es real.

Adenda: el maestro Rafael Cabrera ha descrito los hechos. "una vez que se produjo la presentación se levantaron diez energúmenos y empezaron a exhibir pancartas y a insultar a la gente. Parte del público los invitó a salir del aula. Yo acudía a la puerta y evité que entraran más". Pero no se conformaron con armar espectáculo, sino que también acaeció "una escenita de una actriz que se tiró al suelo descaradamente. Afortunadamente había bastantes testigos e incluso un inspector de policía como público que se puso alerta a pesar de estar fuera de servicio, por lo que le podrá traer consecuencias".

En este momento se apeló al vigilante-jurado del centro universitario, pero al acudir a apelarlo por parte de un joven, los personajes lo agredieron lanzándolo violentamente contra el suelo, con el resultado fatal de que a éste se le fracturó el húmero consecuencia de la caída. "Yo intenté retenerlo, pero me propinó un puñetazo en el bajo vientre y huyó despavorido", afirma el propio Cabrera. Entretanto se personaron en el lugar tanto los servicios policiales para identificar a los agresores como los sanitarios para atender al herido.
"Desde la universidad siempre hemos tenido mucha amplitud de miras porque nos parece que el toreo es un fenómeno cultural más, y debía abordarse desde es te enfoque. Por eso intentamos siempre que tenga el punto de vista cultural.  Pero este tipo de manifestaciones liberticidas están fuera de lugar....", señala finalmente el propio Rafael Cabrera.
Fuente: Cultoro.
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miércoles, 12 de noviembre de 2014

Manifiesto Libertario de Bogotá.




MANIFIESTO LIBERTARIO

Para nosotros, los aficionados a los toros, el toreo es una manifestación de alta cultura. No porque lo hayan cantado los poetas o pintado los pintores, ni porque Francia, burocráticamente, lo haya declarado patrimonio cultural intangible de su tierra. Sino porque es una actividad que se expresa de muchos modos y es a la vez muchas cosas: una fiesta, un rito, un espectáculo, un combate, un sacrificio, un juego. Y un arte.

Las artes se definen por sí mismas, sin necesidad de demostración teórica: son como el movimiento, que se demuestra andando. Y en consecuencia se defienden también por sí mismas. Pero el arte del toreo, como todas las artes, tiene un enemigo, que es el poder. El de la Iglesia lo ha perseguido durante siglos, el de las autoridades civiles ha querido prohibirlo en muchas épocas y lugares, tanto cuando son despóticas – dictaduras o monarquías de derecho divino –como cuando se pretenden democráticas en virtud del derecho de las mayorías a gobernar. Olvidando el otro elemento esencial de la democracia, que es el respeto por las minorías.

Es esta última modalidad de acoso la que nos tiene reunidos hoy aquí, ante esta plaza de toros de Santamaría arbitrariamente clausurada por el capricho de un alcalde, que lo justifica en nombre de la estrecha aritmética que le dio el triunfo electoral.

Los aficionados a los toros somos una minoría, y sabemos que nuestros gustos no son universalmente compartidos. Por eso no aspiramos a imponerlos sobre los de otras minorías haciéndolos obligatorios, ni queremos tampoco prohibir los suyos, que pueden ser tan variados como la ópera o las carreras de motocicletas o la práctica del espiritismo, las procesiones religiosas o las maratones de marcha a pie. Sólo pretendemos que, recíprocamente, no nos impongan los suyos ni nos  supriman los nuestros. No queremos ni mandar ni prohibir. Pero nos resistimos a que nos prohíban y nos manden.

No se trata únicamente de reclamar el derecho a asistir como espectadores a las corridas de toros. Se trata también de defender el derecho a elegir el propio oficio. En este caso, la profesión de torero, como lo desean estos jóvenes novilleros que llevan meses acampando frente a las puertas cerradas de la plaza de toros, como refugiados de una guerra. 

O como lo hicieron estas figuras del toreo venidas de España, México y Francia, y por supuesto también de Colombia, para acompañarlos en persona en una manifestación de solidaridad con ellos y de coherencia con sus propias vidas. Estamos aquí, en suma,  para exigir la libertad. La libertad de expresión. La libertad de elección. La libertad del placer. Contenidas todas en el eterno sueño libertario que es la prohibición de prohibir.

Quien quiera suscribir este Manifiesto, bienvenido sea. Ya lo haga por su afición a los toros, o por su interés en el arte, o por su tolerancia hacia los gustos ajenos, o por su respeto por los derechos de las minorías, o por su amor a la libertad.  Este es un Manifiesto para hombres libres.


Bogotá, 12 de noviembre de 2014




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viernes, 31 de octubre de 2014

Cuenta atrás para la gran manifestación taurina en Bogotá




Cada vez falta menos para el 12 de noviembre, fecha en la que la afición taurina de Bogotá celebrará una gran manifestación en los alrededores de la Santamaría, el histórico coso de la capital colombiana.

El acto, que comenzará a las 15.30 horas, contará con invitados de excepción: ya han confirmado su presencia grandes figuras del toreo como Palomo Linares, César Rincón, El Juli, Juan José Padilla, José María Manzanares, Miguel Ángel Perera, Sebastián Castella, El Fandi, Alejandro Talavante, Luis Bolívar, Daniel Luque, Iván Fandiño o Manuel Escribano. También estarán presentes todos los estamentos taurinos de la Fiesta Brava colombiana: ganaderos, empresarios, toreros locales…

Esta gran reunión servirá para pedir el cumplimiento de la sentencia de la Corte Constitucional que exige la reapertura de la Plaza de Toros. Además, se enviará un mensaje al Congreso de la República para solicitar que la Tauromaquia sea declarada Patrimonio Cultural Inmaterial en Colombia.

Los convocantes de la manifestación han adelantado que se leerá un nuevo manifiesto taurino redactado por el escritor Antonio Caballero y firmado por diversas personalidades del mundo intelectual, incluyendo aquí a Premios Nobel, escritores, poetas, pintores, escultores, científicos, músicos, artistas e incluso expresidentes.  

Por otro lado, esta gran reunión de la afición taurina en Bogotá servirá para rendir un más que merecido homenaje a los novilleros colombianos que, desde hace ya meses, permanecen encadenados a la Plaza de Toros de la capital colombiana, entregados a una heroica huelga de hambre con la que han conseguido que el regreso de la actividad taurina a Bogotá esté cada vez más cerca. 

          

                           

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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".