lunes, 15 de agosto de 2016

Los peores mitos de los antitaurinos en la red



La cosa es así: esta época de apertura informativa ha permitido la difusión de la estupidez en lugar de la acumulación de conocimientos. Las personas cada vez más se informan de breves formas que en ocasiones no sobrepasan los 10 segundos de experiencia. Esto ha permitido legitimar como verdadera cualquier información, siempre y cuando aparezca publicada en la red de forma envolvente para la experiencia del usuario. Craso error.

Celebraciones mundiales por curas de enfermedades terminales que en realidad estamos lejos de descubrir; milagrosas e indemostrables historias de perros que no comen ni duermen, a la espera ficticia de sus amos... ¿Pero qué persona con la más mínima inteligencia puede creer que el cáncer terminal se cura con bicarbonato de sodio o que un perro puede aprender a conducir un automóvil? ¡Qué importa! Si sale en la red y está viralizado, millones de personas creerán que es real. En este punto descubrimos lo gregario del pensamiento humano.

Mitos de esa laya también se extienden en las redes contra la tauromaquia. Aquí analizamos algunos.


1. El toreo ya no es PCI en Francia



Este primer mito es fascinante: que las corridas de toros fueron retiradas del Patrimonio cultural inmaterial de Francia, país que declaró a la tauromaquia como parte de su PCI en 2011. Desde luego, para aquellos que desdeñan a la tauromaquia como cultura, hecho que demuestran al rimar la palabra con el vocablo "tortura", esta era la derrota más esperada.

Para explicar el error debemos retroceder unos cinco años: la actividad humana que desea ser incluida en el PCI de cualquier país firmante de las convenciones de la UNESCO, debe demostrar su valor patrimonial y cultural mediante un estudio científico que es revisado por un grupo de expertos catedráticos en las áreas como sociología, antropología o arqueología. El jurado es definido por los ministerios de cultura de cada nación.

El toreo desde luego demostró con suficiencia ante el jurado y el Ministerio de cultura francés su carácter de cultura y patrimonio, por lo que la discusión ocasionadas por las falsas noticias de entrada ya está resuelta: no importa si un país retira o no al toreo de lista PCI, cuando en realidad desde el punto de vista de las ciencias sociales ya se ha demostrado que el toreo sí es cultura, sí es patrimonio y sí reviste un carácter inmaterial o intangible que merece protección.

Por otro lado, si el toreo ya ha sido declarado PCI, es imposible imaginar que pueda ser suprimido de la lista, puesto que el jurado ya ha fallado de forma irrevocable avalando estudios serios sobre la materia. La UNESCO en su estatuto no permite que un patrimonio declarado sea retirado de la lista. Es imposible.

Lo que se discute aún en Francia es por qué la ficha que declaró a los toros PCI en dicho país no aparece en las instalaciones del Ministerio de Cultura, es decir, un tecnicismo de procedimiento, no de fondo. La mágica desaparición de este documento representó para un juez la "abolición implícita" del toreo, cosa que desde luego no sucede en un país donde la cultura taurina aún vive como manifestación intangible del genio humano. En consecuencia, lo que los medios del mundo con una pésima traducción han difundido, es falso desde todo punto de vista: un patrimonio no puede ser eliminado del PCI y no existe ningún fallo que declare la salida de los toros de la lista en Francia. 

El filósofo francés F. Zumbiehl lo explica mejor:


La mejor forma de combatir el mito es exigir al mentiroso el número del fallo que supuestamente ordenó suprimir a la tauromaquia del PCI en Francia: sencillamente no existe.

2. El toro no ataca

                


Una de mis tonterías favoritas: el toro no ataca, es un animal que solo busca "huir" de la plaza. Para demostrarlo se valen de un vídeo taurino. Poco más que agregar que esta evidencia.

Todo muy bien, hasta que de entrada vemos que el animal del vídeo no es un toro, sino un becerro. No debemos explicar que en las distintas edades el comportamiento de los mamíferos muta. El hombre es un gran ejemplo: los bebés no suelen comportarse igual que los adultos, puesto que las conductas están íntimamente condicionadas por el desarrollo físico y mental. Por razón de ello, por ejemplo, los taurinos sabemos que un toro de cinco años es más peligroso que uno de cuatro. Mientras más edad hasta cierto pico que roza la ancianidad, más peligrosidad. Un poco como el ser humano.
¿Se imaginan que concluyeramos grandes porciones del comportamiento del hombre adulto con demostraciones basadas en vídeos de bebés? Por ejemplo, demostrar que para el ser humano es imposible pilotear aviones, concluyendo tan facunda idea con el vídeo de algún bebé inexpresivo en la silla de un piloto comercial, es una evidente tontería. Así las cosas, demostrar que el toro no embiste en la plaza, usando para tal propósito el vídeo de un becerro, explica que el antitaurinísmo se dirige a un público corto de muchas cosas.

Desde luego lo que sale en el vídeo es una forma grupal de la famosa "suerte del Tancredo", que consiste en hacerse la estatua para que el animal de lidia no perciba el cuerpo humano como una amenaza y siga de largo, ya que el movimiento siempre incita al ataque del astado. Que esto sea posible en la tauromaquia bufa o cómica (hacerse la estatua para no ser atacado), no indica en todo caso que el toro sea incapaz de atacar ferozmente, o que el truco sirva con astados de lidia cuya edad sea mayor a cuatro años.

En realidad el toro de lidia es un animal mortalmente ofensivo y poderoso:

3. Van a matar a la familia de Lorenzo

Nuestro sentimiento de pesar por la muerte de Víctor Barrio tuvo que volverse repulsión por la infame mentira que el animalismo difundió para contrarrestar las muestras de humanidad que muchos sectores sociales vertían por el fallecimiento del torero.

Más de 7,000 portales reprodujeron el que quizá sea el bulo de internet más mentiroso del siglo XXI: que existía una supuesta tradición taurina, bajo la cual se obligaba a matar toda la familia del toro que haya matado a su torero. Amparada en la leyenda de Manolete, se echó a rodar esta bola de odio, risible, no lógica, indemostrable, sentimental y lela. ¿¡Cómo van a matar a la familia de un pobre toro que solo hizo lo que hacen los animales de su raza, es decir, atacar hasta la muerte!? Inconcebible.

Es necesario aclarar que no existe ninguna tradición taurina que señale la obligatoriedad de la muerte de la reata (no familia) de un toro homicida. Por ejemplo, el ganadero no podría sacrificar el semental sin perder décadas enteras de dinero y trabajo. Lo que sucedió con Manolete, cuando el ganadero de Miura sacrificara a Islera, madre del toro Islero, debe entenderse según una circunstancia histórica especial: Manolete representó para España el resurgir de su cultura y los espectáculos de masas tras la Guerra civil que dividió al país. Su muerte fue un baldado de agua helada para una sociedad necesitada de referentes. El gesto del ganadero, brutal y sanguíneo, de mandar apuntillar a la vaca madre de Islero, solo obedece a la ira de una sociedad a mitad del siglo XX, no a una tradición taurina.

Por ende, es enfáticamente falso que se haya sacrificado a la familia del toro Lorenzo como consecuencia de la muerte de Víctor Barrio. Sobre este particular, permitamos que un medio de comunicación colombiano que cayó en la trampa se preste a hacer acto de contrición desmintiendo el bulo de redes sociales:


        

(Lista susceptible a ser ampliada)
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domingo, 10 de julio de 2016

El antitoreo es mierda




A Víctor Barrio el toro Lorenzo de Los Maños le quitó la vida de una seca cornada en el costado. Aunque su cuadrilla sabía que estaba muerto al momento de levantarlo de la arena, corrieron desesperadamente para llevarlo a la enfermería. Y allí, aunque los médicos también sabían que había llegado muerto, decidieron intubarlo y practicarle maniobras de reanimación, mientras las imágenes de los banderilleros que lloraban aferrados a las tablas nos helaba la sangre. Hasta entonces, Lorenzo no significaba nada para el animalismo. No hubo campañas antes en su nombre, ni durante el rito, clamando ante las puertas del coso de Teruel su nombre. Y si hubiera muerto sin historia (para ellos), seguro hoy también estarían ignorantes de su existencia, sin ardor ni indignación. Lorenzo, perdido en el mar de correcciones e indignaciones fáciles de nuestra sociedad… Pero el toro descubrió la pierna de Víctor en una tanda donde el viento le movió la muleta, le hizo zancadilla con la cabeza y, viéndolo en el suelo, lo atravesó con su pitón de lado a lado del tronco. He pensado en ello antes de dormir: al igual que la muerte de Ana Karenina, espantosa en su física (una bella rusa triturada por el paso del tren) pero elevada en su sentido, la de Víctor Barrio tuvo cierta limpieza, libre de horror e imágenes penetrantes. Él murió para decir que estuvo jugándose su vida en cada corrida antes de llegar a Teruel, exponiendo su cuerpo, su futuro y la paz de su familia a lo peor para hacer cumplir un rito que no todos comparten ni pueden entender, profundo de sentido porque allí está la vida y la muerte de verdad. Es la única reflexión decente que puede hacerse sobre su fin, a menos que uno sea animalista o antitaurino.

Pero el animalismo cree que el estatus moral de un ser humano es igual que el de una vaca o un gato, aunque la ciencia moral demuestra justamente lo contrario, como escribió Peter Carruthers. La sociedad, esa masa acrítica que hoy privilegia la rapidez y no el esfuerzo, ha premiado ese ligero pensamiento, creyéndolo.



Anoche, antes de irme a la cama con un vacío en el pecho, veía algo de los 50.000 tuits que contenían el keyword “Víctor Barrio”, y era casi como oír la radio Hutu de Ruanda, llamando “cucarachas” a los Tutsis y diciendo que su muerte era un acto de justicia y normalidad. Estas personas en realidad celebraban con alegría la muerte del torero. Con sinceridad, estaban eufóricos porque el toro lo había corneado, hecho reproducido mundialmente por todos los medios, al saber que el rencor contra la tauromaquia haría que la noticia se volviera viral, como si el torero fuera la mayor personificación del mal en un mundo donde 60 millones de niños morirán de hambre, como denunció la Unicef.

¿Qué objeto tiene denunciar la inmoralidad de la corrida incurriendo en una inmoralidad peor? ¿Qué sentimientos oscuros revelan quienes se alegran de la muerte humana? ¿Cómo puede lamentarse la falta de piedad en el taurino mientras se hace gala de una impiedad peor, al estar dirigida contra el ser humano? Que yo sepa, el genocidio en Ruanda es un verdadero problema moral, mientras que sobre el matadero de carne no todos estamos de acuerdo.

Celebrar la muerte del torero desdice totalmente el discurso animalista. No hay elevación moral alguna en alegrarse por la muerte de un ser humano, sea por el motivo que sea, mientras se nos exigen la idea de que la vida es sagrada, incluso la animal. Por ejemplo, solo el nazismo se arrogó la facultad de decidir qué muertes humanas podrían llorarse.



 Por otro lado, es estulto formular la supuesta indefensión de un “torturado” mientras se reproducen de forma victoriosa las imágenes donde el toro mata al torero. En la historia, jamás un torturado mató a su victimario en el mismo acto donde era supliciado, porque es enfáticamente imposible. La muerte del torero es una verdad que derrumba el discurso animalista, al ofrecerlos sin el manto de pureza ética que predican al mismo tiempo que exigen, y también al hacer notar que el toro es un animal poderoso, no un pobre torturado. Muchos toreros salen prácticamente muertos del ruedo y son revividos por la ciencia médica del siglo XXI. Para no ir muy lejos, hace tres semanas a Escribano un toro le pegó una cornada que hace 20 años lo hubiera matado en cinco minutos. En perspectiva, las celebraciones del antitoreo se han reducido por el humanista avance de las ciencias médicas.

La estupidez y la hipocresía son rasgos destacados de todas las homilías de odio, incluso dirigidas con alegría contra la esposa de Víctor, sin el más mínimo rubor. Estas personas pidieron que a Lorenzo se les diera el rabo y las orejas del torero, como si el ser humano tuviera rabo (esa extremidad de la columna vertebral que perdimos hace siete cadenas evolutivas) o como si el toro pudiera o quisiera hacer algo con las orejas de un ser humano. Son comentarios totalmente estúpidos. Para estas personas, la única experiencia directa con la anatomía es el pedazo de carne en sus platos, innecesario, obtenido con la cobardía de quien no fue al matadero a ultimar mirando a los ojos al bovino de donde viene, pero que llama “asesino” al torero que sí lo hace. Otros entretanto concluyen que la muerte de Víctor “es arte”, ironizando sobre la peregrina idea de que para nosotros la muerte del toro es arte. Es cierto que estas personas jamás han tenido una tauromaquia en sus manos o que todo lo que saben de toros está filtrado por una máquina de propaganda y desinformación digna de Goebbels.



Pero el punto central es este: ¿Cómo las personas que nos exigen a los taurinos el no hacer de la muerte un acto, ven con tan buenos ojos el fallecimiento de un torero? Anselmi, que corre más rápido que la inteligencia que lo persigue, dijo que los taurinos pagamos por ver morir, y como tal, no podíamos decir nada a los antitaurinos que hacen uso de la muerte en el ruedo, esta vez del torero, para sentirse eufóricos. ¿Pero es que acaso está formulando que uno puede “alegrarse” de la muerte del otro y luego salir a la calle a caminar sintiéndose como una persona perfectamente normal? ¿Lo hacen ellos? ¿Entonces de qué nos acusan a los taurinos? Hasta el demoledor Estado americano respetó los ritos funerarios al arrojar a Bin Laden al fondo del mar desde un helicóptero, a pesar de ser la persona más odiada de lo que va del siglo XXI.

La alegría con la que celebraron la muerte de Víctor demuestra que no hay ninguna elevación moral en ser antitaurino. Que la vida humana no es un absoluto en la ideología animalista, y por tanto es una inmoralidad en sí misma. Que nos enfrentamos a gente capaz de buscar el perfil de la esposa de un torero para ponerle con risas las imágenes de la cornada, porque la moral ante la muerte no significa absolutamente nada. Mi recordado Juan Carlos Onetti decía que la vida era mierda, sin grosería, haciendo énfasis en la fisiología más primaria y baja, al comprobar que se vive en medio de una sociedad superficial y tonta, incapaz de cualquier esfuerzo de elevación más allá del piso básico. Las personas incapaces de cualquier simpatía por el humanismo, están reducidas a capas tan básicas de la fisiología como la mierda. Luego del Pozo, de las reflexiones y angustias, solo quedaba lo peor del mundo, subsistiendo para siempre en la estupidez, felonía e inhumanidad de algunas gentes: la mierda. La vida es mierda. Pero Víctor y Lorenzo le concedieron un sentido a sus vidas y muertes, algo para lo que los taurinos nos reunimos en ceremonia, sin alegrías inmorales por la específica muerte de nadie, dispuestos a ver un heroico sacrificio y no un funeral convertido en stand up comedy para las risas posmodernas.

Parafraseando, he de decir que si para algunos la vida humana no es un absoluto que debe ser respetado sobre cualquier diferencia, entonces el antitoreo es mierda.




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sábado, 9 de julio de 2016



Como el año pasado, un toro de Escolar Gil decide no pasar la cebra de tránsito y volver sus pasos hasta los corrales. Su recorrido rezagado dejó varios heridos, poniendo la nota de un encierro peligroso, emocionante y sui generis. Foto: EFE



El toro devuelto:
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viernes, 8 de julio de 2016


Dos toros sueltos y cinco minutos de caos en el segundo encierro de San Fermín  2016. Los toros de Cebada Gago se disgregan y ponen a prueba la pericia de los mozos, con un saldo de seis heridos graves y un ángel auxiliador. Foto: EFE.  
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jueves, 7 de julio de 2016

Encierro de Fuente Ymbro en San Fermín 2016


Con un rápido y limpio encierro rompió fuegos la edición 2016 de las fiestas de San Fermín.
Foto de Reuters

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sábado, 7 de mayo de 2016

José Tomás en Jerez






Feria del Caballo de Jerez 2016: resumen de la corrida del sábado 6 from TorosJerez on Vimeo.




José Tomás hace el toreo sin toro, lo que en últimas es una metáfora de esta época donde se comunica sin hablar, se hace política sin ideas, o se hace literatura sin apuntar a la profundidad. Desbaratado por su propia leyenda, el torero de Galapagar se encarga tarde a tarde de romper su compromiso con la historia. Es una regresión platónica, donde el hombre se rehúsa a la magnitud de la vida y se complace viendo su distorsionada sombra en las paredes de la caverna. A Nietzsche le hubiera gustado decir que el toreo de Tomás, en ésta época, es un platonismo invertido, luego de haber sido nada más que la realidad misma. José Tomás fue, en determinada época del toreo, toda la pureza posible...Toda la brutal realidad de la verdad posible. Su tauromaquia llegó como colofón a la brillante historia del rito, y debió abolirse entonces. Es imposible lograr tal grado de ortodoxia que en aquel 97, del que hoy solo quedó un manojo de gaoneras fundacionales, echando el peso del cuerpo hacia adelante en el embroque, lejos de los tirones de los pequeños toreríllos que imitan al grandioso Rodolfo Gaona. José Tomás, un consumado lector de Hegel, pervertido por Corbacho se inició en el camino de la negación, la renuncia al cuerpo, la pérdida de ambición material. Su toreo puro terminó convirtiéndose en el frenesí de un kamikaze que acelera en picada contra el USS Santee, o del Mishima decapitado en prime time ante las pantallas de televisión de todos los japoneses horrorizados. José Tomás renunció a su cuerpo, y con eso a la compostura sabia de Antonio Ordóñez, que rara vez permitió un manchón de sangre en el traje, pues sabía parar, templar, cargar y mandar. Y no es que el toreo de Tomás hoy esté mal. Al contrario, la sombra de su pasado sigue suscitando momentos de esplendor taurómaco, como aquella encerrona de Nimes. Su capacidad de establecer la quietud y el abandono, hace que aventaje por mucho al resto de toreros de su época, y su interpretación de "cargar la suerte" resulta cuando menos elogiable. El lío es que sin Madrid de por medio, José Tomás se asimila más a un Rafael Guerra, grande en contraste de su miserable época, y no a un Joselito El Gallo, que lo lograría de atarse los machos y plantear una temporada de responsabilidad iniciando y terminando en la primera plaza del mundo, ante la cátedra. ¿Pero qué motivo hay para hacerlo? ¿Vale la pena morir por una afición como la de hoy? Quizá Tomás habría lidiado a Bailaor en 1920 un paso adelante de Gallito, pero hoy, saciado con nuestro fanatismo por él (y del que participo tanto como todos los que lo odian y aman, y lo convierten en el centro de la tauromaquia con un solo anuncio), no le hace falta. Estaremos colgados de sus naturales cargando la suerte, rara avis de esta época donde toreros como José Adame tienen más de 30 tardes al año, cuando deberían estar pareando en banderillas como peones. Hoy, 2016, la grandeza de José Tomás solo se explica por la cortedad de los demás, y porque es un hombre dispuesto a morir por algo elevado. José Tomás es un santo, en el sentido que Cioran le daba al término. Tomás es el último sacerdote del toreo, el único en entender que la zafiedad de las cámaras televisivas son un insulto al rito. Lentes y flashes que ya incluso se paran frente a los toreros en el paseíllo, junto a los inermes alguacilíllos que hace dos siglos hubieran arreado con fustes y sables a los invasores del ruedo, tal como dicta su función. Y mientras llegamos al momento en el que los fotógrafos y camarógrafos se pongan junto al toro y al torero en medio de una serie, en Tomás aún pervive algo de la ceremonia, algo de la liturgia, algo de la tremenda verdad que supone salir a morir para vivir en medio del rito de los toros.

Luego de mi desahogo con esta parrafada pretenciosa, he de decir que lo de Jerez explica lo dicho: una faena pura -para esta época-, con ajuste, codilleando al natural; luego esas gaoneras ortodoxas, estocadas dando de comer, naturales apegados al cánon, estatuarios escalofriantes, y sin embargo con un semoviente abundante en nobleza, americanizado de astas, de una casa tan vilipendiada como Núñez del Cuvillo. Sin el toro de Madrid, José Tomás no tiene la magnitud que él mismo se merece, porque el toro de Madrid es el espejo más certero que existe en el mundo, devolviéndole siempre a cada torero la exacta forma de lo que es, con todas sus limitaciones y virtudes, o la fea belleza de la verdad, as Stendhal said.



Las dos fotos son de Arjona, estirpe de fotógrafos que debería mirar Tomás como ejemplo.
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lunes, 1 de febrero de 2016

José Tomás en La México


Comentábamos en alguna tertulia que la decepción del aficionado es el motor histórico de la Fiesta. Su carácter insatisfecho es al mismo tiempo el gas loco que se riega y lo empuja tarde a tarde, línea de la vida tras línea, a seguir alimentando su afición por la tauromaquia. El toreo es el único espectáculo que se da el lujo de traicionar unánimemente a decenas de miles de espectadores en una tarde. Y nada pasa.

Una decepción que ascendía por los escalones de la plaza se apoderó de los asistentes al doblar el quinto de la tarde. José Tomás no había completado faena alguna. Los enganchones, el interrumpido derrumbe de algunas embestidas, amontonadas sin concierto en una idea alejada de la lidia, pinchazos e intermitencias, fueron como borradores tachados en un cuadro no lógico, nada parecido a la encerrona de Nimes, la faena a Corchito o los productos de la moribunda Barcelona.

La plaza más grande del mundo registró un lleno evocador de las épocas martinistas, cuando Manolo era capaz de repletar la plaza hasta el reloj, él solo. Pero como en sus últimas comparecencias en La México, en la de Tomás se cumplió la ley ineluctable y eterna de la tauromaquia: el rito, la fuerza, el poder, el sentido, la profundidad y la razón de la fiesta es el toro. En su ausencia, no hay tauromaquia posible.







José Tomás y Joselito Adame from Al Toro México on Vimeo.

Hay que tener una honda impresión sobre el yerro del veedor, persona encargada con todos los galones de traer un encierro digno, que no fracasase mojado por su propia orina y la mansedumbre. En una plaza donde cualquiera corta orejas al mínimo esfuerzo de interpretación sobre la ebriedad de la parroquia, que un torero de la talla histórica de José Tomás no haya triunfado con rotundidad implica una cadena de errores que van desde la pésima elección de las ganaderías hasta la impúdica corrupción de la reventa.





Decenas de aviones volvieron a sus países de origen, arrastrando una decepción similar a cuando el tiro de mulillas se lleva a los mansos hacia el destazadero. Cualquiera, por artificio de la literatura, puede inventar una buena crónica sobre la tarde, pero la verdad es que Tomás se dejó trompicar como novillero en su primero, no terminó de sujetar a su segundo e incurrió en sus dos terceros, el oficial y el bis, en el juego de las figuras al venir a América: toro chico y manso, billete grande y ni una gota de vergüenza en la cara camino a las tablas, con la tranquilidad de tener la cifra consignada en el banco y la esperanza del aficionado aún más capitalizada. Tampoco puede obviarse que su primero fue un marmorillo al límite del trapío, que su segundo carecía de remate y abundaba en sosería, mientras que sus dos últimos revivieron el escenario dominical de horror habitual en La México, donde una especie deforme y bruta plagia al majestuoso toro de lidia su sitio.

Lo dice un tomasista.

Pero acaso, ¿se puede esperar que una tarde se salga del libreto habitual de La México?

Ahora lo esperamos en la Santamaría, donde prometió encerrarse cuando la plaza recobrara su libertad.

Foto Briones


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martes, 15 de diciembre de 2015

Las mentiras en el video Otto el Toro




Siempre me causa una gris impresión la entusiasta capacidad de mentir en un movimiento de pureza ética como el animalismo. Cada mes los taurinos debemos soportar las ideas de algún planning morboso que siempre inventa alguna forma de ocasionar daños a la imagen de la tauromaquia con falsedades fantásticas, como si la grandeza de su acusación en contra de la tauromaquia no fuera suficiente (¿o porque no lo es?)

En el caso de diciembre asiste ante nosotros el vídeo de un risible torito de nombre Otto, de manufactura mexicana y sostenido en una complicada red de mentiras e infantilismos.

Es cierto que el vídeo de Otto parece dirigido a un público infantil, sobre el que desea una poderosa información de las corridas, pero también que su visión, embrutecida y lela, coincide plenamente con el imaginario animalista sobre la tauromaquia, el toro y el aficionado. Al final se tiene la sensación de un vídeo que parece más un monólogo del animalismo en sí que un vídeo nazi de propaganda dirigido a infantes.
Sin más preámbulos, y sin rebajarnos a poner el link del video para darle de comer a los animalistas, vamos a ver si los antitaurinos le dicen la verdad a los niños:


"Es un toro común, pero dicen que es de lidia para poder usarlo a su antojo"

No precisamente. El toro de lidia no es como los otros, por más confusión que pueda generar (entre quienes jamás lo han visto) el que tenga cuatro patas y dos cuernos, como un Wagyu japonés. Un holstein no es un Miura, ni puede serlo. El toro de lidia es llamado así porque resulta ser el único bovino que combate con creciente agresividad, sea en machos o hembras. Esta verdad incluso ha sido refrendada por la ciencia. Solo en este último año, dos facultades académicas han publicado sendos estudios sobre los cromosomas que hacen del toro de lidia un animal sui generis, y que conserva en su carga genética datos verificables sobre fenotipos y genotipos adaptados para la lucha, la agresividad o la bravura. Que el toro de lidia no es un toro común es un hecho aceptado.


"Lo golpean con palos para ver si se defiende por instinto y es bravo"


 ¿Los toros comunes se defienden ante una agresión de cualquier tipo? Esta es la pregunta racional que dimana si se acepta como verdad que Otto es un toro común. En todo caso, parece que el animalismo infantiloide no solo ignora todo sobre el toro de lidia, sino que al parecer también lo hacen sobre las razas domesticadas. El proceso de selección y condicionamiento, moldeado por siglos con paciencia, ha hecho de las razas cárnicas domeñadas algo muy similar a un apacible rebaño de ovejas. Es bastante difícil que un macho bovino de razas "comunes" responda a nada. Su nariguera cuelga como una candonga brillante para lucir como un símbolo del amansamiento. Incluso la palabra "bravo" se contrapone a la de "manso", solo porque el último es el animal que no responde ante la agresión. Si el toro de lidia es un toro común, pero los toros comunes no responden a la agresión, es bastante improbable que golpearlo con palos haga que se defienda, por lo que no podría ser llevado a corridas, ni existiría el toreo.

Por demás, decir que al toro se le golpea con palos en las ganaderías mientras un bate de béisbol sale a escena, solo puede ser calificado como una ruin mentira. Es totalmente falso y malintencionado asegurarlo.

Cuidado con la vaca lechera junto al torito. El lunfardo del bate está por sacar su tercer strike

"Le echan aguarrás en sus patas para que no pare de bailar"

¡Estas personas son dignas del siglo III! No pueden formular un sumario de argumentos sin que el punto que se toque sea una total contradicción del anterior. ¿Así que en la ganadería alguien se ensañó a batazos con el toro para demostrar que era bravo, pero se necesita "aguarrás" aplicado en las patas para que se mueva, ya que no es bravo y por ende no se movería por sí solo a luchar? Esta sofistería sería suficiente, pero nadie puede explicar cómo es que el aguarrás, un disolvente suave de pintura, puede ser capaz de tener un efecto constante que dure toda la lidia, para importunar las patas del común pero bravo pero manso animal. Si obviamos que la pezuña del toro no posee terminaciones nerviosas (es una uña hendida, grande y dura), aplicarle en hipotético caso el aguarrás tendría el mismo efecto del disolvente de esmalte cosmético en las uñas humanas: algo totalmente indoloro. En este punto debemos disculpar de esta estupidez a los animalistas: sus mujeres no usan maquillaje, ya que evitan cualquier cosa probada en animales. Ellas deben imaginar que sus pares no-veganas sufren una indecible tortura cuando remueven el esmalte de sus uñas. Otra ventaja del veganismo.
Desde luego no hay pruebas documentales que demuestren la existencia de esta aplicación en las pezuñas de los toros, más allá de los dibujos animalistas.


"vaselina en sus ojos para que todo sea sorpresa"

La obsesión antitaurina con esta ligereza es inexplicable. Como si ese "animal común" en realidad fuera peligroso, alguien jamás captado por una sola cámara aplica vaselina grasa en los ojos de un bovino con el fin de correr un tupido velo de niebla en ellos. El animal, como es obvio, va viendo el mundo a través de un cristal empañado, lo que facilita la labor al matador al momento de esquivar los cuernos. ¡Como si no fuera suficiente con ser un toro común, pero seleccionado a palazos como bravo, pero obligado a ser bravo con removedor de pintura! Algunos deberían contener su imaginación. No hay una sola prueba documental que demuestre el mito de la vaselina en los ojos. Tampoco queda claro cómo es que la acción de la grasa en la retina puede causar una visión borrosa constante, o como es que el toro embiste a caballos, muletas, capotes, banderilleros y toreros si es que de verdad no está viendo absolutamente nada. Sin una sola prueba que lo demuestre, ni racionalidad alguna a la vista, el mito de la vaselina en los ojos cae en el vacío. Incluso el famoso extorero Álvaro Múnera El Pilarico, ahora un antitaurino irredento, ratifica que es un risible mito.  (ver minuto 37:20 de este video)




CAPOTES ROJOS 

La siguiente imagen lo explica todo. Aunque el vídeo prosigue en una importante cantidad de falsedades (confundir el orden de los tercios; mentir que al toro se le clavan las banderillas en el cuello, incluso la pica, obviando la existencia del morillo), que ni siquiera se tenga claridad en algo tan fundamental como el color de un capote, explica que en realidad estas personas jamás han visto una corrida de toros en sus vidas. Sin embargo se creen autorizados a contarle a los niños de qué trata el toreo, un rito devenido desde la Grecia clásica que sin embargo se reduce para ellos en una carrerilla de animal con disolvente y vaselina para que las personas se rían, como en un chiste ligero.

Aquí se debe desenfundar el arma de inmediato para preguntar cómo es que alguien que tiene en tan poca consideración "la verdad" puede hablar de cualquier tipo de ética. Cuando se recuerda que no solo hablan sino que intentan imponer su visión de la ética, se torna más preocupante todo, por cuanto estaríamos nada más y nada menos que ante un fanatismo. El vídeo de Otto el toro, de inicio a fin, es una mentira.


¿Por qué mentir tanto?

¿Alguien podría creer en una denuncia plagada de mentiras? Es obvio que no, pero haría falta mucha ingenuidad para suponer que los animalistas pretenden denunciar, informar o hacer consciencia con esta clase de cosas. Para ellos es más rentable el direccionamiento de odio contra la tauromaquia, entre otras cosas porque de inmediato retrata al animalismo como un movimiento saludable por sí mismo, y desde luego dispuesto para la recepción de donaciones económicas, ya que el animalismo es un negocio multimillonario.

En el caso de Otto el toro la ONG y los realizadores se encargaron de hacer un clip donde la verdad no aparece en uno solo de sus segundos. Adoctrinar a los niños en el odio a las corridas, es decir, a los taurinos, es un efecto colateral en este ejercicio de extender la misma falsedad en distintos formatos. Ni siquiera cuando hablan de la muerte del astado, fundamento y centro del rito taurino, tienen la delicadeza de poner las cosas en orden y ofrecer los argumentos en torno al sacrificio. Para ellos, al toro se le clava una espada que mide un metro de largo (!) y luego se le corta la yugular previo arranque de las orejas cuando aún estaba con vida. ¿Acaso refutan de alguna manera la escala moral en torno a la muerte del toro, devenida de códigos caballerescos y estudiada por autores modernos como Palette-Cazajus o J. Aledón? Sería mucho pedir para un vídeo infantil. Y se dice "infantil" no precisamente porque sea dirigido a niños.


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lunes, 16 de noviembre de 2015

Diego Urdiales en México



Ante un oponente bastante insignificante Diego Urdiales confirmó su alternativa en la Plaza México, esa perenne fuente de frustraciones y anatemas taurinas. En nombre de esto, y no de la verdadera magnitud de la faena, es que Urdiales impactó en la jornada dominical taurina de América, pues vino a suponer un bálsamo para la dolida afición seria de dicha plaza, sometida cada tanto al escarnio de la vulgaridad, el pseudotoro y la ramplonería taurómaca, sin embargo exhibida potentemente en la televisión cada domingo como si de acontecimientos reales se tratara. Es como si transmitieran a nivel mundial un concurso municipal de poesía adolescente.


       

Pues este concurso de chapuceros se convirtió el pasado domingo en una cátedra brillante. Ante el toro Personaje de Bernaldo de Quirós, un jirón de 505 kilos de puro pienso y materias grasas, Diego Urdiales dejó en el ruedo el toreo más estético que haya visto América en la presente temporada, quizá también de la pasada. Si alguien quiere saber qué es el compás, o el papel jugado por la cintura y las muñecas con evocaciones belmontinas en el toreo, debe atender esta faena antes que nada. Incluso los doblones sin terminar de flexionar las piernas, diríamos "a media altura", tan del toreo antiguo de cuando el toro no permitía un respiro al matador, tuvieron el suficiente sabor como para justificar una oreja de ley en cualquier plaza seria del mundo.

No sé el motivo, quizá es una conexión atrevida, pero dadas las circunstancias pensé de inmediato en lo que fue Paco Camino en México. Nadie como él vino desde afuera para interpretar el sentir mexicano del toreo, donde no prevalece la ortodoxia sino una suerte de ligazón heterodoxa en la que vale la expresión única de cada muletazo, la hondura y el sentimiento del intérprete. Es decir, ¿hace cuánto no veíamos al público de barreras y contrabarreras alzar su brazo cantando cada "olé", o dejando por un momento corto sus asientos para enfatizar un "olé" aún más extasiado por el milagro visto? Ese era el público americano de la alegría, ahora casi muerto y que cada vez más da paso por partes iguales a hordas de semianalfabetas cazacarteles y a toristas con una frustración conmovedora.



Urdiales, casi como Antoñete, resucitó su tauromaquia rayando la cuarta década de su vida. Como esta faena, todo en la tauromaquia tiene resurrección. Algo así debe ocurrir con la Plaza México, con la tauromaquia americana y con la dignidad de una cabaña brava continental sometida a décadas de legrado por parte de las figuras del toreo. La faena de Urdiales a Personaje, más allá del triste toro que la acompañó, es la prueba de que en este continente el toreo puro tiene cabida, y que su lenguaje universal es capaz de conmover a los aficionados, mucho más que las maromas zapopineras, los falsamente valerosos cambiados por la espalda, el estúpido toreo de rodillas o las carreritas histriónicas de los banderilleros del pitón pasado. Como decía Carlos Fuentes, a quien Manolete le enseñó (aunque en realidad es una cita del Quijote) que todo es vida, incluso la muerte: "ojalá y todo eso se vaya a la mierda".



Fotos. Manolo Briones.
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domingo, 18 de octubre de 2015

Centenario de la encerrona de Joselito con seis toros de Miura




Un años antes, durante la encerrona con seis toros de Contreras, José era sacado a hombros por una febril multitud compuesta por aquellos afortunados que habían visto la histórica faena al astado Algabeño. Era el delirio de las grandes tardes de toros, que confieren a la fiesta ese halo de inmortalidad por un momento, y que concilia a todos los espectadores en un solo puño. Pero desde el tendido, los eternos inconformes le gritan a su paso "¡Con Miuras!", reclamando que la proeza se hiciera con toros aún más difíciles que los de Contreras. Y él, reproduciendo el gesto del gran maestro que había de dominar su época, reformar las bases del toreo y extender el pundonor torero hasta sus límites más inhumanos, les responde: "Al año que viene".
Pues he aquí el 17. 10. 1915, en la misma plaza valenciana, otoñal y describiendo el final de una temporada agitada por la primera oreja en Sevilla, la corrida de Santa Coloma meses antes con Belmonte y las ocho encerronas de Joselito (Medina Garvey, Murube, Pinto Barreiros, Santa Coloma, Murube, Duque de Tovar, Santa Coloma, et al).

Su respuesta a los aficionados que le increparon desde el tendido fue esta:


Ovaciona el pueblo entero
tal derroche de valentía
Cae a los pies el torero
toda una sombrerería

Cuarteta del Heraldo de Madrid

Dice Paco Aguado en su imprescindible biografía sobre el Rey de los toreros: "Además de las más de veinte corridas que lidió en solitario en todas su carrera, solo una perteneció al legendario hierro, la que mató el 17 de octubre de 1915 en Valencia por un simple pique con unos aficionados "chés" que el año anterior, cuando salía a hombros de la misma plaza después de matar otros tantos de Contreras, le retaron a que lo hicieran con seis "miureños".
Y era así. El menor de la dinastía gallista y seis toros de Miura.
El duelo, desde luego, despertó un fervor inusual puesto que parecía el colofón a una de las mejores temporadas gallistas, verificada en toda la mitad de la Edad dorada del toreo. Entonces se decía que José toreaba "Dando pases de verdadero Papa", hipérbole que explicaba la pretendida santidad de un joven de 20 años que dominaba todos los giros del toreo como si de un maduro Pedro Romero se tratase.

Sobre los toros, es poco lo que puede decirse. Un siglo después de la gesta, fatigar las hemerotecas en pos de sus datos es una labor sin recompensa.
Francisco Moya en la revista taurina Sol y Sombra dice: "A Valencia ha enviado don Eduardo Miura un encierro con cuatro toros muy bien presentados uno chico y otro que se tapa por lo cornalón". Mientras que D. Carpio, para  el semanario Palmas y Pitos, escribiría que " hay dos toros que, aunque son largos, son muy bajos de agujas, y para qué hablar de ello. Los restantes están bien, sin ser ninguna exageración".   

Antes de la cruza con el famoso semental de Tamarón que tenía por nombre Banderillo, los miureños lucen sin la imponente alzada esquelética de nuestro presente. Reverberaba en ellos las sangres ya extintas hoy, aunque su poder era incomensurable y mandó al otro mundo a muchos toreros en aquella época. Pero "Joselito se aburría con los miuras", como dice Aguado.
También apostillará Jose Maria Sotomayor, en su obra comparativa de Joselito y Belmonte:


Dirán además las crónicas del ABC y D. Carpio:

"El primer toro es castaño obscuro, de bonita lamina, al que Joselito veroniquea; la ovación estalla, y se repite durante todo el primer tercio, pródigo en quites afilagranados. Cinco varas tomó el toro. Parean Cantimplas y Chiquilín. Joselito empieza con un pase ayudado con los pies clavados en la tierra; sigue ceñidísimo, tanto, que al dar un pase el toro le rompe el chaleco. Esto le encorajina más a Gallito, que continúa cada vez más cerca, dando toda clase de pases, tocando los pitones. El público, entusiasmado. Dos pinchazos buenos. El toro empieza a enseñar la oreja miureña. Joselito lo consiente con el cuerpo. Otro pinchazo y media estocada. Al acercase al estribo se ve que tiene rota la taleguilla por la ingle".

"Las mejores faenas que hizo José fueron las del sexto toro: verónicas, navarras, recortes, todo acabado con suma perfección. Luego prende un buen par de banderillas, y el sobresaliente, que es el Petreño, dos regulares. Brinda desde el centro de la Plaza y realiza una faena estupenda y valiente. Pases de pecho, naturales, de molinete, afarolados, de rodillas, el colmo, y el público de pie aclama a Gallito. Un pinchazo bueno y una superiorisima estocada fue el colmo de la fiesta, y el delirio de la ovación. Esta es la verdad clara y terminante de cuanto pasó en esta corrida". 


Lidia, arte, poder, torería, es decir, otra gloriosa tarde para decir que El toreo es grandeza, como clamara un absorto Joaquín Vidal décadas después. ¡Cuánto poder, cuánta sapiencia, cuánta valentía se requieren para lidiar seis toros de Miura en cualquier época de la tauromaquia!
La encerrona demostró la capacidad sin límites de un torero joven llevado hasta el límite en una maratónica temporada plagada de hitos y dolor. Desde que Lagartijo se encerró con seis miuras a favor de la Cruz Roja en el siglo XIX, la empresa de vérselas a solas con un encierro de los de Zahariche ha supuesto una tarea descomunal para la mente, el miedo y el cuerpo. Joselito cubrió la mansedumbre del encierro, acaso más difícil que la bravura en esta casa, propagando su ánimo tras la agresión de ese primer toro que le destruyó parte del traje. El repertorio de la capa, que le valió saludar una ovación en pleno tercio de varas, satisfizo al público, lo mismo que la muleta en el primero y sexto, totalmente dominados y sujetos por el Rey de los toreros. Cortó dos orejas en época en la que apenas se daban.
El pundonor que supuso encerrarse con 20 años ante seis miuras, trazó un techo muy alto para las aspiraciones del resto de matadores que vendrían en la historia, incapaces de tal gesta a tan corta edad y sin otra motivación que demostrar su sitio de matadores de toros. La valentía exacerbada, la lidia inteligente ante seis laberintos mansos y quedados; el poder de la capa más efectiva de la historia, la honestidad al matar y al elegir el encierro...hoy nos romperíamos las manos ovacionado una sola faena de esas.

Sin embargo, digamos con la melancolía general de este escrito, que lo importante de esta encerrona no fueron las faenas, pese a su capital importancia. Desde luego aquí lo relevante es la respuesta al aficionado que lo exige. 
Solo José entonces podía complacer así a una afición enconada, muerto de ira por su amor propio que respondió no con retos, vulgaridades, vetos, censuras ni desaires a una afición que le reclamaba hacer sus proezas luminosas ante toros más difíciles. Porque un torero debe responder con un cartel de toros a los aficionados que le reclaman, no con la policía, la censura o el reto a bajar al ruedo.



Era un tiempo distinto. Fue esa época donde la comunión entre los matadores y sus seguidores era un lazo fuertemente atado a la fe por la tauromaquia, el orgullo por el rito y la afición, y la devoción por los toros incluso para verlos en muladares que hacían las veces de corrales como si se tratara de dioses amados. Los toreros hacían la épica gesta con la que el aficionado salía a la calle lleno de ella, dispuesto a carear a "los del bando contrario", como en aquella época salieron de 1915 todos los gallistas en tropel retórico contra los belmontistas, a clamar la supremacía de José Gómez Ortega, Gallito, El Gallo, cuya mirada de la foto que inicia esta publicación refleja tanta soledad y profundiad como quien se sabe solo en el reinado histórico del toreo, suficiente, confiado y poderoso en la plaza de tientas de Miura, sin sospechar la muerte que se avecina cinco años después en los pitones de un ignoto toro en Talavera. 
Hoy, con tantos lobos golpeando nuestras puertas, ¿qué hechos de amor por el toreo nos llenarán de orgullo para salir como esos gallistas a encarar a los belmontistas, salvo que hoy el enemigo retórico es casi la sociedad entera en nuestra contra? ¿Quién recogería el guante de los aficionados que claman por un cambio en la estructura interna de la tauromaquia, tan ahítos de la misma perfecta facilidad, anestesiante, indiferente para la sociedad, desprovista de ardor épico y de motivos para hacer creer a los aficionados en su rito? 
¡Con Miuras! ¡Con el toro íntegro de hierbas, puntas y patas!


Post data: debo gran parte de la riqueza documental de este humilde escrito a mi amigo Pepe Morata, joven gallista como yo. Va por él y por José a un siglo de su magisterio. 
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sábado, 3 de octubre de 2015

Ventero 666



Cuando llegó el telegrama al gabinete del ganadero Juan Pablo Fernández, quien por entonces dirigía los destinos del histórico hierro de Vicente Martínez, sus ojos bajaron por el escueto texto que describía la aparente sucesión de toros mansos: uno quemado, otro cumplidor, el cojo, uno apenas bueno y el indiferente. Pero en el último, de nombre Ventero, se rompía con la estadística. Había que persignarse, pues estaba reseñado con la vieja caligrafía ganadera bajo el número 666: seis varas por seis caídas, por seis caballos muertos. El diablo.

Todo esto fue leído por el ganadero en la soledad de su gabinete, antaño habitación patriarcal infranqueable para cualquier miembro de la familia que no fuera el señor de la casa. Sobre rumores, siluetas en vidrios esmerilados, ruidos de madera equivalentes a los negocios o las riñas, un Luis Fernández Salcedo todavía niño recuerda con reverencia, afuera de la habitación, el estremecimiento del padre al ver las notas de Ventero. En aquella ocasión, con otras contadísimas, él pudo franquear la puerta del despacho, llamado por alguien de improviso urgido de compartir su estupefacción.
Los hechos en torno a este toro, inmortalizado en la famosa foto de Juanito Vandel, se extienden incluso más allá de su muerte. Luis Fernández Salcedo lo recordaría al evocar el Citröen perdido tras la Guerra Civil, es un hilo del que ya tiraremos con fuerza más adelante.
Lidiado en 1918 sin fortuna por un superado Camará en San Sebastián, "El Imparcial" diría de él: "Un bicho admirable, seco, duro, bien criado, con gran pujanza y atrozmente (sic) certero". Y Don Pío en "El Liberal" diría sobre Ventero: "prontísimo, impetuoso, fuerte, a comérselos vivos; con mona, caballo y castoreños levantaba al grupo en alto, lo tiraba luego con golpe brutal al suelo, se queda comiéndose, rabioso, los caballos". Ventero fue un pellejo del diablo,  bravo y furioso en contraste con su fina lámina, que incluso embistió contra los jamelgos caídos hasta arrastrarlos contra el estribo sin dejarlos. Su codicia en la pelea fue referencia máxima del comportamiento bravo del toro en varas y muleta, lo mismo que un definitivo convencimiento de toda la afición sobre el acierto del cruce entre la casta Jijona y el encaste Ibarreño, que luego daría pie al nacimiento del toro moderno.

Antiguo Jijón, prototipo de Vicente Martínez antes de la cruza con Ibarra y Parladé.

"En el histórico día 12 de julio de 1936, entré, por última vez, en el despacho de mi padre, después de misa segunda, para anunciarle que ya aguardaba en la puerta, con su coche de alquiler, Paco el de la Adela". La familia Fernández dividiría su exilio entre Burgos y Francia, pues había comenzado la Guerra Civil en España, una crujiente herida que también suena al cicatrizar. Don Juan Pablo moriría en Francia mientras que Luis Fernández Salcedo heredaría la vacada de Vicente Martínez, ya diezmada en medio de un campo arrasado por lo fragores de la guerra y los desmantelamientos. Era 1939.
"En los primeros días de septiembre volví a Colmenar. Nuestra casa por fuera estaba intacta. Entré. El portal, el comedor, las alcobas, todo estaba, poco más o menos, lo mismo a primera vista. Una especie de fuerza magnética poderosa me apartaba del despacho de mi padre, en el que yo tenía miedo de entrar. Al fin, por la puerta entreabierta, pude verlo en toda su desolación. Parecía un hospital robado. Solamente estaba en su sitio la cabeza de Gamito. Todo lo demás había sido aventado por el viento de la subversión y de la guerra".

Repítase de nuevo: todo el gabinete fue desmantelado, salvo la cabeza de un toro. Era la cabeza de Gamito, el primer toro bravo moderno de la historia.

"Hoy, al cabo de catorce años, dicha habitación me sigue inspirando una infinita amargura, y rehuyo de entrar en ella todo lo que puedo. Y, sin embargo, a pesar del tiempo trascurrido, yo me comprometería a situar cada cosa en su sitio: desde el icosaedro que servía de pisapapeles hasta la tablilla pintada por Julio Oñoro, que representaba a "Gallito" dando un pase por alto al "Barrabás". A la izquierda de la puerta, debajo del cuadro que figuraba al "Diano" corneando la puerta del corral del herradero, estaba una composición referente a la primera corrida de la cruza, y por debajo de ella, una fotografía magnífica de Vandel, representando al "Ventero" momentos antes de tomar la sexta vara. De espaldas, los matadores, muy bien colocados, se les conoce perfectamente; "Fortuna" se prepara para hacer el quite. Junto a la barrera, sin gabardina, naturalmente, se ven los cinco caballos muertos, muchos de ellos metidos debajo del estribo. En el margen superior del cartón, dice exactamente lo siguiente "Ventero", número 5. Lidiado en San Sebastián el 18 de agosto de 1918. Tomó seis varas; dio seis caídas y mató seis caballos. Lo mató Camará de varias estocadas, una de ellas, recibiendo" (...) "El autor, Juanito Vandel, como se le llamaba en la intimidad, se la regaló a mi padre, de quien era muy amigo y correligionario en el joselismo" [gallismo] (...) "Y llevado en su entusiasmo, con la misma pintura blanca con que firmaba "J Vandel.Foto", había puesto una cruz superabundante encima de cada caballo muerto, e incluso en el cuello del que todavía está en pie, relativamente orondo".
"Y aquí viene lo bueno. Como yo echase de menos tales signos, pregunté:
-¿No tenía este cuadro unas crucesitas?
-Sí...,pero...¡hubo que quitarlas!
Este detalle, al parecer cómico, es una de las tantas elocuentes muestras de la angustia de una época absurda."


Desde luego no deja de ser estremecedor. Arriba reposa la fotografía cuyas cruces debieron ser borradas en la espiral de odio en la Guerra. Su copia fue hurtada por uno de los bandos del conflicto. Denostando todos los símbolos, los comités de emboscadas desmantelaron la habitación que servía como despacho al poderoso señor de la zona. Todo desapareció. Todo fue expoliado del gabinete paterno. Todo, salvo la cabeza de Gamito, digna y en lo alto de la habitación vacía, como símbolo del inmutable significado de la tauromaquia, ajena a las controversias bélicas e ideológicas entre la izquierda y la derecha.
Hoy día el mismo pelmazo comité permanente de la moral y la violencia también nos obliga a eliminar las cruces que señalan ya no los caballos, sino los toros, corderos, cerdos, perros con ébola y pollos muertos. A esta peste que se extiende sin control pero con idéntica intolerancia,  solo le cabe una respuesta: la cabeza altiva, arrogante y fiera de un nuevo Ventero, un nuevo Gamito o Barrabás; el torismo como credo y el heroísmo del torero como camino. Es decir, la verdad.
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lunes, 28 de septiembre de 2015

Preguntas para Silvia Barquero



Sra. Silvia Barquero, presidenta del Partido antitaurino contra el maltrato animal, Pacma:

Cuando usted proclamó ante la prensa el inicio de la "cacería" contra el rito del Toro de la Vega en 2015, unió la frase a una declaración sobre el tiempo que PACMA llevaba actuando contra esta práctica: 10 años. Este, en particular, se presentó entonces como un aniversario redondo, saludado por una prensa cada vez más enconada contra el rito, esta vez calificado directamente como "bárbaro" en medio de un linchamiento mediático sin precedentes. Contra él se fletaron buses gratuitos para acumular manifestantes en Madrid y Tordesillas, mientras un inusual fenómeno de redes sociales exponía las peores xenofobias dirigidas a todos los habitantes de la pequeña población que acoge el Toro de la Vega.

Pero finalizado el torneo, muerto Rompesuelas, idos los torneantes y los activistas, usted deja de figurar en la prensa hasta el día de ayer, cuando se mostrara frente a Enrique Ponce en un formato de tertulia-debate sobre las corridas de toros publicado en la versión dominical de El Mundo.

Su silencio de varias semanas, ese paréntesis al parecer inocuo, no debe dejarnos indiferentes frente a lo que ocurrió entre el alanceamiento de Rompesuelas y la entrevista con el torero de Chivas. En su silencio, miles de caprinos y ovinos serían decapitados en el Eid al Adha, el rito musulmán cuya celebración sucede al central Ramadán para afianzar el pacto entre Dios y los hombres. Corderos, ovejas, reses lanares y demás, perecen degolladas en nombre de la salvación de Ismael, rescatado por un ángel en el último momento cuando Abraham, su padre, se disponía a sacrificarlo para demostrar su total sumisión a Dios. Para occidente esta historia no es desconocida, salvo que en el cristianismo Ismael recibe el nombre de Isaac. En ambos casos, el islámico y el cristiano, el episodio sagrado supone la piedra central misma del pacto entre Dios y sus hijos, es decir, el fundamento histórico de la religión. No es cualquier cosa.

En todo caso esto a usted le resulta desesperadamente indiferente. El animalismo es una teoría que solo funciona en relación a sí misma, sin considerar todas las vertientes culturales, religiosas o antropológicas que explican el sacrificio de los animales. Para usted, lo mismo que para miles de veganos, los matices referidos no son más que excusas de un relato general que trata sobre el sadismo contra los animales.

¿Cómo explicar entonces el silencio suyo y el de PACMA frente al sacrificio de miles de corderos en un solo día, mientras pudieron extender una potente campaña contra la muerte de un solo toro en un pequeño pueblo de España? Esta pregunta es pertinente a la luz de un hecho que al parecer usted ha omitido, no sé si por deliberación o ignorancia: el Eid al Adha sucede en España, tan cerca y lejos de Madrid como Tordesillas. Apenas semanas después y frente a su vergonzante silencio, las familias compuestas por el millón de musulmanes que habitan en España decapitarían tal cantidad de animales hasta teñir de sangre casi fluorescente los patios de las mezquitas nacionales. ¿Qué distingue a estos animales del Toro de la Vega, como para no emprender por ellos la campaña que llenaría a España de buses gratuitos, vídeos institucionales, prensa y redes sociales, acoso al PSOE, foros, debates, y cualquier cosa que supusiera la ocupación de espacios contra el Toro de la Vega o el Cordero de la Mezquita? ¿Por qué las corridas de toros son incluso motivo de su nombre, mientras los corderos, ovejas y hasta camellos son obviados sin más? Acaso pueda verlos usted misma:



Usted se presentó a sí misma en El Mundo como "la activista que de niña sacaba a los insectos de los charcos con un palito". Ante semejante simplificación de su empatía, capaz de conmiseración incluso con formas tan primarias como los insectos, se hace aún más oscura la pregunta sobre el silencio de PACMA frente al rito del Eid al Adha. ¿Acaso es temor por la violencia yihadista, por supuesto en despecho del supuesto heroísmo con el que los animalistas se muestran ante la opinión pública? ("Daría hasta mi vida por la lucha de Liberación animal, dijo alguien en Behind the mask). ¿Por qué no hay manifestaciones frente a las mezquitas como sí las hay frente a las plazas de toros, incluso en festejos donde no se sacrifican reses? ¿Temen unas condenas de las ciencias sociales, por ensañarse contra una minoría religiosa en pleno debate sobre los refugiados, las identidades nacionales y el multiculturalismo? De ser así, ¿por qué no hubo tampoco nada de su parte el año pasado, cuando el debate de los refugiados estaba oculto?
Y más urgentemente:  ¿Por qué no hubo una sola protesta, ni siquiera verbal, por el sacrificio de miles de caprinos y ovinos, si el animalismo consiste en la consideración moral de todo animal con sintiencia? ¿No experimentan placer o dolor los animales muertos en el Eid al Adha? ¿No concurren aquí las acusaciones contra la tauromaquia, como la muerte de un ser en estado de indefensión?

Contra la tauromaquia exigen la abolición. Contra el rito musulman, "extremar vigilancia", declaración facilista, sin compromiso de activismo

A todo esto debe volverse unos cuántos párrafos atrás, al momento donde el veganismo declara inválidos todos los matices que justifican el sacrificio animal, al solo entender la relación entre el hombre y los animales como ética. También sobre el heroísmo de los animalistas, esos seres evolucionados que se oponen a los azarosos peligros de la "amenaza taurina" en su contra; frente a los "bárbaros medievales" de Tordesillas, los muyahidínes modernos suponen una ventaja. Incluso hay que volver sobre la tesis de Houellebecq sobre el falso tratamiento de los musulmanes como ciudadanos de segunda, dignos de lástima sociológica y a los que se les permiten sus costumbres como un exceso de pintoresquismo. No protestar contra la decapitación de corderos es negar la inclusión de los musulmanes el consenso y el disenso multicultural, entre otras cosas.
 ¿Qué queda, señora Barquero?

Es decir, no hay ninguna razón para que usted y el partido político que dirige, omitan la denuncia contra el sacrificio de corderos en las mezquitas españolas, sin que esa omisión signifique al mismo tiempo la negación total de su propio discurso animalista. Al parecer hay "maltrato animal" rentable para el movimiento vegano: un toro en Tordesillas posee más peso específico que miles de corderos. Cualquiera puede ver que este cálculo es demencial desde el punto de vista moral, aunque para efectos del activismo vegano intentar impedir el alanceamiento del Toro de la Vega supuso la comisión de recursos cuantiosos a todos los niveles. Porque señora Barquero, ustedes no luchan "por los animales", en plural general, sino por los animales que les supongan ganancias directas en su capital político y económico. Esto, como comprenderá, no tiene nada que ver con el animalismo real, si es que tal entelequia existe.
Porque además nos obliga usted a llegar hasta ciertas conclusiones: el activismo antitaurino es un negocio, no una profunda convicción moral; de serlo, se protestaría más alto por el sacrificio de un cordero amarrado que por la muerte de un poderoso toro de media tonelada. PACMA no es un partido contra el maltrato animal: es un partido político, a secas, con toda la carga de interés e indignidad que ello acarrea. Las víctimas del sacrificio, ocultas pese a lo escandaloso de su sangre, no le importaron ya ni a usted ni a PACMA.


En este punto, alumbrados por la incoherencia animalista, por el vergonzante silencio institucional y el olor de la conveniencia, el falso heroísmo, el toro como víctima equivocada en el mundo general del animalismo, resuena una pregunta final: ¿Cuándo van a encadenarse en los patios de las mezquitas para boicotear el sacrificio del cordero?
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martes, 15 de septiembre de 2015

Animalistas huyen al ver un toro



Unos 40 animalistas se interponen en la trayectoria del encierro. Confían en que el toro es indefenso, como tanto mascan una y otra vez en sus quejas. Si el toro resulta indefenso es obvio que el combate en su contra es una tortura. Si el toro es indefenso, desde luego que lidiarlo es una degradación moral. Si el toro es indefenso, deberíamos someterlo a la Ética del cuidado, que acoge a los seres que necesitan ser protegidos;...llegados a este punto, Rompesuelas, toro del Conde de la Corte, 640 kilos y pezuña recia, se planta a unos 20 metros de distancia frente a ellos. Es el toro más poderoso de la tauromaquia. Como decía Verdeguer, cada año se lidian 6.000 toros en España, pero solo uno puede ser el Toro de la Vega. Al verlo, como en un viejo relato griego sobre el Pánico, los animalistas huyen en desbandada  entre gritos y empujones. Una mujer cae al suelo sin que nadie la ayude. Los demás llegan a las talanqueras, en otros pueblos desatornilladas por animalistas que buscan ocasionar percances. Todos diluyen el tapón que formaron con sus propios cuerpos para impedir la realización del Torneo.

           

(El vídeo del Diario de Valladolid muestra el paso del toro. Pueden verlo dando clic aquí)

Algo se rompe en el relato animalista con estas imágenes. Incluso su propio heroísmo, con sus cuerpos puestos en medio del encierro, deja de ser tal y se convierte en una ridícula caricatura del miedo. Quizá en el momento en el que corrían hacia las talanqueras para ponerse a salvo, ellos hayan sentido algo del miedo primigenio del hombre cuando se puso ante las astas y creó la tauromaquia. Él fue hacia adelante, pero ellos huyeron hacia atrás, como las especies menores.
Momentos antes, otro animalista se había encadenado en la vía. Al conocer que el toro ya estaba suelto por el recorrido, él mugió de miedo con una voz quebrada, ante todas las cámaras de televisión que lo grababan en directo. "Esto es un intento de asesinato".

Así que los dudosos defensores del animal conocen empíricamente que el toro da miedo, que ante él se siente temor y no misericordia, y que puede matar. Constataron que la mitad de su ideología antitaurina se basa en supuestos de ensañamiento contra un animal que en realidad no existe.

La valentía es un valor positivo, y es lo que se cultiva en todos los festejos donde hombres y mujeres se ponen delante de las astas de un poderoso animal para torearlo. El trabajo de campo de estos animalistas en Tordesillas es una grandiosa contramuestra de lo dicho.

(Post data: si se quiere tener una visión veraz de lo que supone el rito del Toro de la Vega, recomiendo vivamente el texto del filósofo Martín Arias, El Toro de la Vega, Fiesta e ideología, que puede leerse en este link).
O bien aquí:  https://dl.dropboxusercontent.com/u/60156832/numeros_revista/Trama_y_Fondo_27.pdf


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martes, 8 de septiembre de 2015

"No duele, ¡Es arte!"


Los antitaurinos recuerdan a los inquisidores, si es que no son su versión posmoderna: mientras creen ser portadores de la luz moral en un mundo corrupto, en realidad son capaces de las peores violencias, siempre en nombre de esa alta moralidad que pretenden imponernos.

Sirva un ejemplo: cada vez que un torero es corneado, no solo hay que aguantar el desfile de peores deseos contra el matador por parte de los antitaurinos. Su contradicción incluso les alcanza para el atrevimiento de ironizar.

Pero para el ejercicio de la ironía, decía Joyce, era necesario el concurso de la inteligencia: la ironía es una burla fina, sabia; provoca hilaridad antes que contradicción, y se caracteriza por el buen gusto. Todo esto no es común denominador de los antis.

Empecemos por algo: nos inclinamos a pensar que hay una brutal contradicción entre enunciar que el toro es un animal indefenso, pero a su vez celebrar las cornadas como si se trataran de goles en la final de un mundial. En cuanto un torero cae en el ruedo y la prensa amarillista prepara las fauces de buitre para explotar la noticia, los animalistas, veganos, antitaurinos, pacíficos habilis y demás fauna de la moral, dejan deslizar expresiones como "ojalá se muera", "denle el rabo y las orejas al toro", "ojalá sufra algo antes de morir" y, nuestro tema, "no le duele, es arte". ¿Pero cómo un animal indefenso puede herir al despiadado torero que lo atormenta, si ser indefenso consiste precisamente en la incapacidad de defensa? Es una pregunta tan difícil de responder como inquirir qué haría un toro con las orejas del torero, al carecer el bóvido de pulgar retráctil para coger nada, y mucho menos simpatía por la carne, al ser un herbívoro. Mientras el ser humano perdió su rabo al convertirse en Sapiens y bípedo hace 300.000 años, los antis siguen pidiendo que se le corte una extremidad vertebral al torero de la que hasta ellos mismos carecen.


En todo caso, la expresión "no le duele, es arte", es en realidad una inconsecuencia.

Los taurinos no creemos que la categoría de arte en el toreo enerve la capacidad de sentir dolor y placer en el toro, es decir, su sintiencia.
El toreo es arte porque supone la trágica coreografía entre un hombre y el toro, animal totémico y referencia central de un sistema de pensamiento muy antiguo. Quien no crea que el toreo sea dicha coreografía, vea este vídeo.

El toreo es un arte, aunque a veces no haya danza. También en él concurre el desgarro épico de las tragedias. Por ejemplo, la hazaña heroica del torero ante un astado ejemplarmente complejo y peligroso, produce una emoción estética a la que Valle-Inclán igualaba con el arte trágico.

Bajo el influjo de Nietzsche en su Origen de la tragedia, obra que revivió los estudios clásicos sobre Grecia, Valle- Inclán decía que Juan Belmonte al torear se transfiguraba en Apolo.

El toreo, decía José Bergamín, es un arte que debe verse de frente. La frialdad de los televisores dará una aproximación, pero nunca la experiencia. El arte, cualquier arte, se experimenta. Por eso existen los museos por encima de los catálogos.

Que el toreo sea arte no significa que supongamos el "indolorismo" del toro. Que se dance o se asista a una epopeya heroica en el ruedo, son datos estéticos, no morales ni mucho menos fisiológicos.



Los cordados, vertebrados, mamíferos y demás seres incluidos en dicho taxón, sienten. El toro de lidia y el hombre sienten, pero igualar su sintiencia como lo hace la imagen de arriba, es cosa de brutos.

Si el ser humano sintiera igual que un toro, tendría también sus hormonas. El sistema nervioso central no solo se compone por la capacidad de sufrir,como es el sueño de la piadosa ideología animalista. También lo hace de reflejos, condicionamientos y reacciones, todas determinadas a nivel hormonal. Igualar el sistema nervioso central de un humano con el de un toro, es, cuando menos, básico bestialismo.

Una vieja paradoja de la ética dice que el hombre no sabe nada sobre murciélagos. Ni porque se pusiera en sus zapatos, podría obtener el caudal hormonal, mental, consciente y físico, para conocer mínimamente lo que siente un murciélago al volar por los cielos en una noche con lluvia.

Si un antitaurino siente como un toro, está renunciando a varios millones de años de evolución y diferenciación. Cabría suponer que su sistema límbico es bastante primitivo para procesar algunas cosas: desde una misa de Bach hasta la sensación de un insulto expresado por la boca de otra persona. Sus reacciones hormonales al oler cualquier hembra en celo, también estaría condicionada por goteos constantes, entumecimiento de la entrepierna y apagón de las funciones neurológicas en la mitad de su cerebro. Como si estuviera comentando cornadas, exactamente.

Las hipofisiarias y adrenales de un bovino hacen que la experiencia del dolor en él diste de la nuestra. De hecho, cada reacción y sensación es distinta para cada especie.



Si los taurinos creemos que el toro reacciona a los estímulos doloros emitiendo betaendorfinas analgésicas, podríamos decir que el ser humano tiene un mecanismo similar en la emisión de adrenalina para impedir su colapso en situaciones extremas, como las largas caídas. Esta es la raíz de los deportes extremos.
Sin embargo, el toreo no es un deporte, y las hormonas humanas, como el mismo hombre, son incomprables.

El toreo es arte porque es arte, no porque al toro no le duela. Y al toro no le duele porque el toreo sea arte, sino porque lo dicen incontables estudios científicos cuya conclusión deriva en reconocer que el toro desarrolla una constante agresividad en el ruedo, aupado en la reacción hormonal que se desencadena ante los estímulos invasivos. Sin sus embestidas, no existiría el toreo. Sin su peligro ofensivo, no existirían las cornadas.

Por ejemplo, una frase cualquiera de dichos estudios, en los que la palabra Arte está ausente:

"La raza del toro de lidia es una raza autóctona española con unas características que la hacen distinta a otras razas bovinas (...)  Por ello, nos hemos planteado el estudio de diferentes parámetros hormonales durante la lidia, para valorar la respuesta que tiene el ganado bravo ante el estrés y el intenso ejercicio físico que supone la lidia. Para la determinación de las concentraciones hormonales se utilizó la técnica enzimunoenzimática EIA de competición en el caso de las hormonas cortisol, coritcosterona, testosterona, 17-beta estradiol, androstenodiona, triiodotironina y tiroxina. Para la hormona estimulante del tiroides se empleó el sistema EIA Sandwich. Tanto los toros como los novillos se clasificaron en tres grupos: campo, rechazo y lidiado.(...) A la vista de los resultados obtendios se observa que la lidia provoca un aumento significativo de las concentraciones de cortisol y de corticosterona, tanto en novillos como en toros. Respecto a las hormonas gonadales, la lidia completa también produce un incremento en los niveles de testosterona y de 17-beta estradiol en novillos y en toros; y de androstenodiona en los toros. En el caso de las hormonas tiroideas, los valores plasmáticos de T3 y T4 tienden a incrementarse con la lidia. La TSH aumenta durante la corrida en el caso de los novillos, y en el caso de los toros el incremento no llega a ser estadísticamente significativo. ".

Ramón Esteban Gavín, un científico español, presentó en 2002 un estudio a propósito de la Influencia de la lidia sobre los perfiles hormonales plasmáticos en el ganado bravo. De hecho, le llamó así a su trabajo.

La meta-encefalina bloquea receptores de dolor y crea un concepto físico llamado Umbral del dolor, presente en cada especie. El del toro, condicionado por siglos de evolución, sería un Umbral del dolor adaptado para la lucha en el campo y la plaza.
¿Acaso figura en lado alguno la tolda del arte? Aquí tampoco:

"Otra parte de nuestro estudio fue intentar conocer el umbral de percepción del dolor mediante la medición de los niveles de betaendorfinas en toros y novillos. La betaendorfina es un opiáceo endógeno y la hormona encargada de bloquear los receptores de dolor (nociceptores) en el sitio donde éste se está produciendo, hasta que llega un momento que se deja de sentir dolor".

(Fuente: http://revistas.ucm.es/index.php/RCCV/article/viewFile/RCCV0707330001A/22583)

Los umbrales de dolor, como los sistemas comunicativos o las funciones neuronales, son distintos para cada especie. A los toros no le duelen las cornadas de sus hermanos (pueden seguir luchando en el mismo sitio hasta que el otro toro pierda la batalla), pero al torero sí. Entiéndase a la luz de lo arriba expuesto.


Es evidente que al torero sí le duelen las cornadas. Por eso el toreo es un ejercicio para valientes, por más que se empeñen otros en negarlo. Sin ese valor, sin esa suficiencia para actuar, esquivar y danzar con un animal que produce cornadas tan grandes como el regocijo anti, no existiría el arte de torear. Sin embargo, el toreo no es arte porque al torero le duela, sino a pesar de que le duela.

El antitaurinismo todo evolucionado confunde fisiología con arte e ironía con sus aberrantes principios de regocijo ante el dolor de sus congéneres. Semejan a los brutos que, ante los patíbulos y cadalsos de la inquisición, arrojaban gatos muertos a los reos que agonizaban, tras ser condenados por "practicar brujería" con animales de Satán, como los gatos negros.

Alegrarse de la cornada de un torero es la renuncia a los principios de compasión ante el dolor, ética de avanzada y moralidad de todos los escenarios, que precisamente pretenden imponer en la sociedad. Si ni ellos mismos son capaces de mínimos éticos ante su propia especie, que por favor no pidan máximos éticos hacia todos los animales.  


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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".