lunes, 6 de febrero de 2017

Foto: Fiesta del Toro

Al caer el quinto de la tarde, el vareado y bravo Greñudo, se habían desplomado todas las tesis de la tortura. Muchos de nosotros estábamos ya al límite de lo posible, totalmente rotos ante uno de los mejores encierros en la historia de la plaza, combativo y digno como nunca lo será ningún torturado del mundo. En esa iluminación, el aficionado que ocupó poco menos que medio aforo de la plaza no podía sino estar hecho añicos. Porque, fundamentalmente, el toreo también supone una suerte de desgaste emocional, un arder del espíritu, una paliza para el cuerpo emocionado, lleno de una luz inexplicable. De pie estábamos con las manos rotas de aplaudir, hinchadas o con hematomas y con la voz ida de gritar, de vitorear a Mondoñedo y a los toreros, fuere de oro o plata.

Es decir, con el espíritu totalmente agotado, sin un "más allá" posible ante la rotundidad de un encierro con cinco toros ovacionados en el arrastre, con las emociones de la lidia pura y el toreo del XIX, nueve varas aplaudidas a rabiar, listos para recibir al sexto tranquilamente, sin la pretensión, insistamos, de ninguna historia más allá de lo vivído con Greñudo y su alma encastada, con su revolverse como fiera furiosa en la muleta de un valiente, su forma de comerse al caballo y pedir más banderillas ante seis capotes desplegados, su forma de tragarse la muerte pese a tener dos estocadas adentro, momento culmen del festejo en cuando a dimensión religiosa de la bravura.

Pero salió Tocayito.



Plantada la pezuña en la arena, obnubilando con su estampa a la afición más entendida del continente,  Tocayito remató en el burladero de matadores arrancando de un cuajo la tapa superior del tablero y poniendo en pie de inmediato al personal. El derrote había retumbado en toda la plaza, con un sonido de fiereza emocionante. Entonces, hablo por mí, no sé de dónde salió esa fuerza, ese fuego para seguir aplaudiendo sin dolor con las manos totalmente rotas, ese gritar con una voz que había vuelto, locos ante la bravura en varas del toro más completo de la temporada colombiana. Vi prácticamente toda la lidia del sexto de pie, remontado no ya en una ola de emoción sino casi de religión pura, al borde de las lágrimas. El cinqueño, hocico adelante con honor, acudió alegre en varas y metió riñones sinceramente, comiéndose entero un largo puyazo de Clovis Velásquez en medio de la ovación unánime y la protesta con cuatro pitos de los menos entendidos, minoría absoluta en una plaza que daba gloria de ver en dicho día por su gravedad.

Y es que se estaban ovacionando tercios de varas en la gran fiesta americana, la misma que pasa como castiza ante su par europea. Se le gritó tres veces "torero" a un lidiador que no ligó una sola serie pero peleó de tú a tú con un reservón y poderoso cuarto, resucitando las tauromaquias más añejas. Y es que se reivindicaron con carteles y gritos las tauromaquias más ortodoxas en el mediodía de un continente que pasa como plebeyo, festivo, ignorante de los significados rituales. Los gritos de "¡Mondoñedo, Mondoñedo!", explicaron con suficiencia cómo es que América sí puede albergar una fiesta culta, que trae de los campos  sus animales más fieros y presentados para oponerlos a los lidiadores más capaces.

Salimos de la plaza totalmente llenos de luz tras esperar cinco años para vivir nuevamente la corrida identitaria de una afición capitalina, cuyos elementos más fanáticos giran en torno a Mondoñedo y la Santamaría.



Vayamos, por fin, a los elementos taurómacos de la corrida.

Menos de media plaza en tarde con vientos helados para un completo encierro de Mondoñedo, con cinco ovaciones en el arrastre, dos ovaciones de salida, 10 puyazos, un derribo, dos batacazos de latiguillo y el indulto número 27 en la historia del coso. La terna, compuesta por Rafaelillo (confirmación), José Garrido (confirmación) y Paco Perlaza, plantó cara con honor un encierro complejo y vibrante, con tres toros bravísimos: Embajador, Greñudo y Tocayito, salidos en segundo, quinto y sexto lugar, respectivamente.


Rafelillo, cabeza de cartel y confirmante a la vez, ofició como director de lidia de una forma que ya hemos anotado como inolvidable. Estuvo al frente en todos los tercios de varas, arreando a la caballería cuyos desatinos de brida fueron el lunar de una tarde casi perfecta. Del mismo modo, dirigió cuatro veces la brega de los toros de sus compañeros en el complejo segundo tercio, cuyos pares no habrían sido posibles sin la dirección del murciano.

En la muleta ofreció ya un recital de sinceridad, exponiendo la dificultad de su lote mas sin voltear la cara nunca. La faena a su segundo, el gran Canciller, logró conmocionar a toda la Santamaría pese a contar con la imposibilidad de ligar. Cruzado siempre en el sitio donde arden los pies, sin rehuir a las coladas de un toro cortante, Rafaelillo puso bocabajo al coso tutelar de Colombia y oyó durante la faena dos veces los gritos de "¡Torero, torero!" por una actuación donde la épica del valor se materializó de forma impresionante. Era torear sin siquiera haber presentado la muleta. Era exponer las lidias más antiguas, la emoción del unipase correcto, profundo, con sitio de valiente. En especial un derechazo y un natural de vuelos desmayados cobraron los olés más fuertes de lo que iba de la temporada capitalina, puesto que contuvieron una pureza que recordó a su faena madrileña al Injuriado de Miura. Lo mismo en la capa y su abrirse con doblones en el primero, lo de Rafaelillo fue una bocanada de toreo antiguo en un país que nunca vivió la tauromaquia del siglo XIX.


Pongamos de presente, por ejemplo, solo un hecho para explicar su tarde: al bronco y fiero primero lo mató en los medios de la plaza, con los peones armados de capa y listos para la carrera desde los burladeros. Tragar así, en un sitio donde pesa tanto el toro de Bogotá, es suficiente para argumentar a favor del derroche de valor de Rafaelillo.

Al irse por su propio pie al final de la corrida, la afición capitalina volvió a vitorearlo. Se fue con una oreja de peso en honor a su labor en conjunto toda la tarde, luego de lidiar el lote más áspero del festejo y de arrear a sus propios compañeros con un desinterés de maestro. ¡Qué lidiador! ¡Qué conocedor de un encaste que jamás había lidiado en América! ¡Qué forma de entrar a nuestra plaza!


José Garrido en cambio estuvo en la tensión contraria a Rafaelillo, desplegando el toreo moderno y ligado en contraposición a la lidia a pitón contrario del maestro. Esto, en todo caso, la lidia de Garrido, fue una elegante refutación a los toreros españoles que se niegan a lidiar Mondoñedo, asegurando a su vez que es una ganadería imposible para torear "bien". El extremeño se hartó de ligar toda la tarde el lote más potable del encierro, con Embajador y Tocayito, dos toros cuajados y completísimos en los tres tercios.


Al igual que sus compañeros, Garrido se dobló en la capa con su lote para romper la furiosa bravura con la que salían los Contreras. También, al igual que el resto de la terna, empezó su primera faena con doblones toreros y la segunda con estatuarios mandones. Sin embargo, el castigo no templó al lote más de lo que los mismos toros quisieron. Tal era su poder.
Discreto con la mano izquierda, por la derecha fundamentó un par de faenas protagonizadas por la ligazón mencionada y el cargar la suerte con pureza, momento en el que la plaza le chillaba más. En realidad fue una sorpresa grata verle plantar cara a los Mondoñedo, tras la dudas en la capa con Embajador. Finalmente, logró conquistar a la plaza con el indulto, largo como su faena, cosa de la que ya hablaremos más adelante. En su primero logró armar un motín en la plaza tras la no concesión de una segunda oreja, perdida por el fallo en la colocación de la espada y un presidente dignamente serio en la Santamaría.

(Vídeo del indulto de Tocayito aquí)


 ¿Qué decir de Paco Perlaza? En realidad debo tener un arranque de sinceridad y ponderar su tarde como una en la que el lidiador valiente le ganó al torero bullidor de otras plazas. En dicho sentido, fue un tapabocas. Motilón, el tercero y fiero de la tarde, lo vapuleó en una voltereta que dejó fría a toda la Santamaría. Acto seguido de quedar en el suelo y no poderse levantar, agarra la muleta y pega una serie enganchada pero emocionante que puso en pie a la plaza, que seguía atónita por la voltereta. Era el valor y el honor del toreo colombiano, la raza invencible ahí puesta en medio de una tarde señalada.


A su segundo, Greñudo, un toro con entidad de Baltasar, alto y el mejor armado del festejo, Perlaza le plantó cara con argumento suficientes para salir decoroso de la lidia. Más allá de cualquier valoración, del cambiado por la espalda y lo que sucedió por el pitón izquierdo, el sainete con el mete y saca y el consecutivo espadazo delantero, es necesario explicar que Perlaza hizo lo suficiente para lucir la bravura de su lote y no naufragó en una tarde donde la casta luminosa de los astados y la lidia y torería de sus compañeros hubiera avasallado a cualquiera.


Arriba había dicho que la corrida de Mondoñedo echaba por tierra todas las tesis de la tortura. Con su poder, con su mística bravura, con la forma como los animales iban explicando que un torturado jamás va a tumbar dos veces un caballo, o a hacer respirar frío a miles de personas con un ataque frontal, empujado por la furia más hermosa del mundo. Porque un torturado no puede defenderse, inerme y humillado, mientras los toros de Mondoñedo atacaron toda la tarde a una terna dignísima y valiente, en medio de nuestra conmoción. Es verdad.

Salido el sexto de la tarde, Tocayito, la plaza ya era un clamor y se vitoreaba el nombre de Mondoñedo. En cuanto rompió el tablero, o se enfrontiló al picador para meter riñones en la seria vara con que se le agredió sin vencerlo, el toro tuvo de su lado el favor de la Santamaría, atenta a su persecución en banderillas, su emplazamiento, encampanado y bello con los pitones acucharados y la lámina sucia de pelearse en corrales y sacudir la arena del coso. Ya en la muleta, sacado con estatuarios emocionantes, Tocayito fue una máquina de embestir. Tuvo una vibración inolvidable, una forma de transmitir que enloqueció a la plaza y nos hizo ver toda su faena de pie, saltando como los mexicanos que vieron a Manolete, nosotros con lágrimas en los ojos y ellos con el peso de una bella historia. Era eso, historia, lo que estaba haciendo Tocayito, al convertirse en el primer toro indultado en la Santamaría tras la reapertura del coso.

Indultado tras angustiante pedido, cerré los ojos para secarme y oía a la plaza rugir de una forma que me electrizó totalmente. Era un olé furioso, de resistencia, de furia contra la agresión y el odio, un olé de gloria por la fiesta, por nuestra identidad taurina y capitalina, siempre en devoción hacia esta casa ganadera que tanto le ha dado a la fiesta colombiana con una dignidad más allá de los abusos de las figuras, las exigencias pueriles o las burlas por no llenar la plaza, como si la multitud reemplazara la gloria de ver un Mondoñedo en el caballo hacer sonar el peto hasta la última de las 24 filas de la plaza.

Fue, sin duda, un corridón de toros hechos y derechos, serios en sus matices, complicados y con transmisión suficiente.

En un punto, la plaza rugió con fuerza gritando "¡Mondoñedo, Mondoñedo!", mientras el ganadero, don Gonzalo Sanz de Santamaría, se secaba las lágrimas, acaso recordando a su padre, por el que los seis toros de ayer embistieron, defendiendo el honor de una afición perseguida sin cuartel. Una defensa que ha hecho de su bravura una religión para nosotros.

Nunca el toreo en Bogotá fue tan grande.

Fotos: Fiesta del Toro










¡Viva la Santamaría de Bogotá!

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martes, 24 de enero de 2017

Fotos: Fiesta del Toro
Esta crónica inicia al revés.

Cuando salía de la plaza, escoltado por policías humillados desde el inicio de la tarde, no podía dejar de pensar en el texto que Alfredo Molano hizo para resaltar la fecunda historia de los toros en Bogotá.

De allí puede leerse algo:

"Veinte días después del grito de Independencia, el 20 de julio de 1810, se celebró la primera corrida republicana. Antonio Nariño, gran aficionado, fue elegido presidente y con tal motivo hubo toros. Lo mismo cuando Bolívar se hizo cargo de las fuerzas rebeldes en 1815. El Libertador era, según el cronista inglés Robert Proctor, “sumamente aficionado a las corridas de toros”. El 22 de enero en Bogotá se corrieron toros de los hacendados sabaneros con toreros de a pie. Durante el régimen del terror de Pablo Morillo (1816-1819) la “inmolación de reses bravas fue sustituida casi totalmente por la matanza de patriotas".

A las 3:00 de la tarde del domingo, rodeadas de gas lacrimógeno, repletadas de bombas aturdidoras, la turba de antitaurinos empezaba a arremeter contra los aficionados que ascendían a la plaza por la Carrera Séptima. Escupidos, apedreados, insultados hasta la médula, bañados con orina, con residuos de animales muertos, con pintura roja, con el griterío de la ira, los taurinos avanzaban sin responderlas agresiones; del otro lado, al fin estaban ellos, luciendo cuchillos para hurtar celulares, quemar sombreros, escupir niños aterrorizados, listos para herir y gritar con un odio que no era humano, con una estulticia que no era distinguible, desfigurados, con las mandíbulas abiertas y los ojos entrecerrados, brutos, hechos de basura, porque "los antitaurinos son hechos exactamente de lo que acusan a quienes califican de violentos, fascistas y torturadores", como bien dice Molano en otro texto.

Había empezado, esperemos que todavía a niveles simbólicos, aquella "matanza de patriotas" que interrumpió la tradición taurina de Bogotá en el siglo XIX.



De otro lado, con una ira en el límite de la violencia, la gran mayoría de antitaurinos presentó plantón en la Séptima sin otra consecuencia que la mansalva de insultos. A eso le llamaron una "protesta pacífica", y hay que comprarles la idea.

Ascender a la plaza y llegar, más que estar a salvo de una chusma iracunda, hinchaba el corazón de una alegría inexplicable. Los aficionados heridos pasaban los torniquetes de acceso, entre la ropa manchada con goterones de sangre y la felicidad de estar nuevamente en el templo. Cinco años de desidia tocaban fin a las 3:30 de la tarde, cuando el olé más grande silenció el piterío lejano de la convocatoria animalista.

       

Todos los daños y agresiones habían sido rehechos para convertirse en estar ahí, sentados en una plaza embellecida hasta los límites, con un cielo despejado y un sol de oro, ovacionando a los severos alguaciles y al mismo Molano, que entregaba la llave del toril a paso desenfadado, gafas oscuras y camisas blancas como sus zapatillas deportivas. Luego, Libertad, la sagrada sangre del animal apareciendo para romper el tabú de la muerte, del coraje, del honor, enfureciendo a las bestias animalistas, siempre abajo del toro, que huían y volvían en los lapsos de los estruendos de las bombas aturdidoras, con una valentía de mentiras que solo se ensañó con mujeres, niños y personas de la tercera edad. Eramos más dignos que ellos.

Habían vuelto los toros a Bogotá.


La corrida, cuyo contenido taurino fue sobrepasado por el sentimental, dejó de presente que la ganadería Ernesto Gutiérrez es capaz de sacar toros con pitones de respeto. Los seis animales, salvo el juagado sexto y el acucharado cuarto, tuvieron entidad de Santa Coloma y cuajo, respecto a lo que esta misma casa manizalita saca en otras ciudades del país. Si bien comparativamente en la temporada bogotana saldrán toros infinitamente más grandes, mi sensación es que Miguel Gutiérrez le cumplió a Bogotá.

La terna, integrada por El Juli, Luis Bolívar y Roca Rey (quien confirmó la alternativa), se las vio con un encierro dulzón y boyante, sin ningún toro auténticamente bravo, aunque ofreciendo lo que los modernos llaman "matices", por decir cualquier cosa.



El Juli, cabeza de cartel, ídolo de esta plaza en la que ha figurado consecutivamente desde su alternativa, tuvo una tarde de lote estrellado e irresolución, mas sin embargo con detalles tan apreciables como su lidia y la dirección de la misma en los toros ajenos. Debo destacar su manejo de la capa, ante todo en los delantales sobrios rematados con larga fusionada con chicuelina de su segundo, y la serie de doblones con las que sacó a los medios a su primero, un toro con nervio que se revolvía y cuyo carbón se volvió pronto en arreón débil. El Juli hizo medias faenas, pues del límite del toro hasta el final se opuso el matador a poner más argumentos que dejar ver las dificultades del lote. Mató en ambos de prescindible 'julipié' dejando una estocada contraria y otra caída con derrame, no sin antes preceder la última con un pinchazo señalado abajo y dos golpes de cruceta. Su quehacer derivó en muletazos apreciables y de figura recta, ajeno a las contorsiones lumbares que en ocasiones expone en otras plazas. Sorprendió, incluso con intentos de naturales de frente y semidefrente en el sitio de la verdad. No sería honesto si no señalara que esta haya sido quizá su mejor actuación en la Santamaría en años, pues aun sin redondear, su toreo explicó en algunos pasajes la verdad que tanto echan de menos en plazas de Europa. Es menester ver a este torero en Bogotá con otras ganaderías y más oponente.



Luis Bolívar, representante por Colombia en este festejo, se llevó el agua al gato con la combinación, feliz para algunos tendidos, de temple y toreo bullicioso. Sin embargo, su labor se vio empañada por el desprendimiento del trasteo y la falta de sitio. En todo caso, supo sostener las tensiones del tendido y logró momentos de gran valor en un honesto inicio de rodillas en la muleta con su primero, toro al que le cortó una oreja con una estocada caída un dedo. En su segundo, ya con la parroquia más a su favor, con un poco más de colocación, terminó cuidando a un animal sin fondo hasta hacerse pesado con la espada. A sus toros los recibió con largas de rodillas

Roca Rey, esa revolución americana que echó por tierra los proyectos de marketing de otros países del continente, tuvo el honor de lidiar al primer toro de la Libertad, astado que de salida partió plaza, ocasionando gran alborozo en la afición entendida, que luego prodigó al torero con los clásicos silencios de la Santamaría. Finalmente realizó su quite de saltilleras encadenadas con caleserinas, revoleras y brionesas, que practica en todas las plazas que pisa y en todos los toros que lidia. Su trasteo de muleta, ya con la plaza en un puño tras la sobreexposición de capa, fue la inversión del Juli: de menos a más, medias faenas que empezaban desde la segunda mitad, siempre en el tercio con el toro casi rajado pero aún boyante. Roca Rey es tan variado en la muleta como en la capa, puesto que en sus series un muletazo no se parece en absoluto a otro. Es decir, lo más cohesionado de su tarde, además de la apabullante capa, fue una serie de luquesinas o de naturales con ambas manos de perfil y en el tercio, con el que calentó a la parroquia, no tan impresionable con los inesperados cambiados por la espalda como con el aguante. Tras pinchazo señalado abajo, en su segundo Roca Rey se quitó de en medio al toro con una estocada caída pero de efectos inmediatos, cortando las primeras dos orejas en la nueva historia de la plaza.

Sin duda, este torero es uno de los señalados. Su desprecio por su propia vida, el interminable arrojo, la inesperada locura de sus series, improvisadas en caliente, dejan ver un torero de cualidades que conectan de inmediato con el tendido. Sin embargo, necesita saber templar con mayor suficiencia.



Como había expresado arriba, sería desproporcionado juzgar la totalidad de este festejo por su contenido estrictamente taurómaco. En esta ocasión el contenido sentimental terminó imponiendo su corriente.

Rodeados por el ruido de un helicóptero y las detonaciones en los exteriores, los ojos descubrían nuevamente la magia del rito más poderoso del mundo, en el que bravos y valientes se baten haciendo bella la muerte. En un Estado liberal como el nuestro, la Constitución protege esta expresión cultural. Salimos de la plaza para ser nuevamente agredidos, infinitamente señalados por dedos estúpidos, que ignoraban la elevación de espíritu que supuso volver a nuestra plaza, a nuestro rito, a nuestra comunidad, a la Santamaría, esa llama que nunca se apagará y que no puede ser golpeada por piedras, manchada por escupitajos ni ofendida con gritos, pues es inmortal como la Fiesta misma.

 




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sábado, 14 de enero de 2017

Entrada sentimental por el regreso de las corridas a Bogotá


Foto: Amparo Jacdedt

Ironizado, feliz, brutal, exagerado, retorcido hasta el máximo en la mitad de una olla a presión en mi cabeza, en la sociedad, en la vida del país, el regreso de las corridas de toros a Bogotá está a la vuelta de la esquina, al final de un periodo de tiempo que jamás pareció tener fin, tras cinco años de abusiva prohibición desde aquel 19 de febrero de 2012, fecha maldita en la que los aficionados que llenamos la plaza capitalina salimos luego con el seguro presentimiento de no regresar pronto. Es allí que empieza un dulce hundimiento de la plaza, un agotarse de sus ladrillos amados, enmohecidos por la dejadez, la polución expulsada,  la fachada que empezaba a ceder ante la gravedad y la desaparición del museo, embalado en cajas con medio siglo de historia, ahora desaparecidas.

La plaza seguía resistiendo, frágil y sucia, como un símbolo de nuestra propia lucha por llevarla de nuevo al centro el toreo en América.

Cinco años pasaron desde entonces. Tres sentencias de la Corte, una huelga de hambre, incontables debates y foros, agresiones físicas instigadas por animalistas, miles de insultos apiñados como carpetas de contabilidad sobre cien mesas, una lucha impresionante en plena modernidad por los más básicos derechos civiles y humanos, como si los taurinos fuésemos monstruos, como si no oyéramos también a The Smiths o no comiéramos pollo, como si no nos horrorizara el escándalo de turno en el prime time del amarillismo moderno, los feminicidios, las injusticias, como si fuera delito tener clara la línea que separa por siempre a hombres y animales, relativizada hoy en detrimento del hombre, en ese prime time donde pesa más la muerte de un perro que la de cien niños, no lejos de aquí.

En todo caso, el tiempo fue pasando hasta hacernos normal el no tener a la Santamaría abierta, esa gran y pequeña parte de la vida clásica bogotana, amada por sus mejores y peores ciudadanos, siempre dispuestas para la élite más estirada y los hombres más humildes, siempre así, como representación inigualable de una sociedad que también, contra todo pronóstico, sobrevivió a sí misma tras siglos de violencia.



Quizá haya que tener la suficiente valentía para resaltar lo anterior. Un país que en dos siglos no ha conocido la paz, se cree con la autoridad moral de erigir a la tauromaquia como único problema contra la violencia. Quizá esta estupidez sea suficiente para explicar la gran sombra que ha cubierto al país, donde la muerte está normalizada si es la de quien odiamos. Acabar con el toreo no implica ser capaces de tumbar esta gruesa pared, pues resulta de relativizar la vida humana en cambio de otra foránea idea: patria, pueblo, animales, virtudes heterosexuales o cualquier motivo para matar y vivir.



De una forma increíble, verdaderamente increíble para mí, la primera corrida está a una semana. Cinco años, más de mil días en un país con guerras de mil días, y el momento está a punto de llegar. Podrán insultarnos hasta acabar con la lengua, golpearnos fuertemente, cumplir su promesa de quemar con ácido a las mujeres, apedrearnos, volver a echarnos gas pimienta en medio de una huelga de hambre, odiar con tanto odio sin final, pero nada hará que dejemos de sentir este fuego sagrado, esta corriente en la espalda que se prende cada vez que un toro se emplaza, o cuando los clarines del cielo toquen al Gato Montés con unas notas que van a retumbar para siempre en mi vida.

Es cierto: vuelven los toros a Bogotá.


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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".