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martes, 19 de septiembre de 2017

Taurinos impiden que Peter Janssen salte al ruedo


Peter Janssen no pudo saltar al ruedo esta vez. Pretendía hacerlo en la corrida de Jandilla en Logroño. Desde el inicio del festejo, los aficionados lo reconocieron y esperaron a que preparara su clásico número de simular valor sin camiseta para tirarse al ruedo con el toro muerto.

Así fue que lo reconocieron


Los aficionados impidieron el falso heroísmo del holandés, quien vive de cobrar "donaciones" para pagar fianzas, pasajes, boletos para la plaza y hoteles, cosas que según él le permiten asaltar ruedos y llevar el mensaje antitaurino a todo el mundo. Al momento de lanzarse al ruedo, Janssen fue interceptado y reducido por cinco aficionados, quienes lo entregaron a las autoridades para la respectiva detención.

¡Hay que actuar así en todas las plazas! ¡Que respete a la tauromaquia de una buena vez!
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sábado, 17 de junio de 2017

Texto de lástima por la muerte de Iván Fandiño



Provechito, número 52, nacido en marzo de 2013. Si fuera un humano, tendría cuatro años, con toda la carga de vulnerabilidad que conlleva la infancia de los hombres. Pero era un toro. Nuestras vidas corren paralelas, con distintos ritmos de crecimiento para siempre. En esos cuatro años, Provechito cogió arrobas y fiereza, mientras que sus pitones se alargaron, prestos para un ataque apoyado por toda la musculatura del tren trasero. El animal sin consciencia se funde en un horizonte negro para nosotros. Fandiño, justo en otra carretera al costado de eso, corre también su vida, que comprende uno de los apogeos más furiosos en la historia de la tauromaquia: de ser el torero del pueblo y el militar outsider más enconado contra las mafias internas del toreo, a vivir en la especulación de los olvidados y caídos en desgracia. Tremendamente tenso siempre, orgulloso, libre.

La última vez que lo vi con vida, ambos estábamos en situaciones harto surreales: en un McDonald´s de Medellín a la hora del almuerzo. Precisamente eso lo definía. Era, entonces y ahora, un hombre que tampoco renunció a la sencillez del pueblo. Ya había anunciado su encerrona en Madrid con seis toros de ganaderías de respeto, y yo pensaba al verlo en lo increíble que era ver en una silla de plástico al mortal más valeroso de toda la tierra, pues no hay acto de valentía, de hombría y desprecio a la muerte más grande que anunciarse en Madrid con seis hierros de tanto respeto como los de aquella vez. El solo cartel ya genera todo espanto. De ser en mi caso, incluso dos meses antes del hecho, no sería capaz de sostener una hamburguesa, sucumbiendo a las premoniciones y miedos.




Llegó el día de la encerrona, en la que se guardó un minuto de silencio por las víctimas del accidente aéreo de Germanwings, siniestro provocado por un copiloto suicida. Pero lo del torero no es un suicidio, es decir, no es un acto suicida. Salir a enfrentar con honor al toro de lidia, teniendo de presente todos los riesgos posibles, no es un acto suicida. Es otra cosa. No puedo explicar el porqué. En todo caso,  ninguno de esos seis toros en Madrid era el elegido para que nos echáramos a temblar y se nos congelara el ánimo al saber de la muerte de Fandiño. Dos años después, saldría al ruedo de Aire-Sur- l'Adour ese Provechito.

Al momento de iniciar el quite a ese toro, Fandiño ya había perdido la gracia de gran parte de la afición, dentro de los que me incluyo. Su lucha contra el sistema se había fracturado tras el fracaso de la encerrona en Madrid, trazando una línea de caída que termina justo en el momento en el que tropieza con la capa y es atacado mortalmente por Provechito. Duele escribirlo con exactitud, pero lo cierto es que compone una parte importante de la multiplicidad de factores que resultan en su muerte. Cuando Fandiño era levantado por el asta del toro, atravesado en un pulmón con la fuerza de la bestia más hermosa del mundo, en realidad caía uno de los últimos y grandes, valientes héroes de nuestras vidas.

En promedio, vemos unas 100 corridas al año. Absorbemos en la era digital una enorme cantidad de historia taurómaca, anestesiándonos con el tiempo a las emociones más sencillas, al volverse cotidianas. Olvidamos el tremendo mérito de levantar una tela, pesada como un hijo, mientras contra ti viene corriendo esa bella bestia de media tonelada coronada de púas. Corre para matarte, porque su programación genética está configurada para eso o para pacer en el campo. Ambos son los destinos del animal. El de Fandiño era ser libre y valiente, como un testimonio que siempre quería enseñarnos.

Perdón por no entenderlo a tiempo, Iván.

Y perdón también por tanto obtuso que celebra tu muerte, mientras nos acusan de impiedad y sadismo al mismo tiempo. Son una curiosa forma de infantilismo moral, digna de asco y compasión en partes iguales. Provechito fue bravo y también cayó en la arena rodeado de honores antes de irse a la muerte. Y siempre vemos eso totalmente recogidos. El toreo es el único acto de hiperrealidad que sobrevive en la tierra. El único rito real de un occidente que observa por las pantallas de televisión la serie de indignaciones cotidianas que lo van a liberar de sus propias miserias, las enfermedades, las deudas y las faltas de sentido. El toreo es la cosa más profunda y sagrada en nuestras vidas y tú diste la vida por ella, como Joselito o Manolete, como el Espartero o Victor Barrio.

Faltará tiempo para hablar de todo: de aquella Beneficencia en la que ganaste mil enemigos por no brindarle una faena al Rey. De tu amor por Colombia, por Antioquia y su plaza. De las faenas a Grosella y Podador, tu forma de matar poniendo el cabo de la espada en el pecho, como los grandes. Del sobrero de Juan Bernardo en Bogotá y la amistad, rota y vuelta a componer, con David Mora. De la emoción en la mañana justo antes de tu encerrona, cuando en la explanada de Las Ventas se reunió una peña peruana y una sueca, y se entendieron. De la estocada a Rapiñador, que describí como un salto cretense. Del dolor de tu apoderado, al que un día insulté en Facebook y ahora siento como un hermano con el que jamás hablaré.

Nosotros, los taurinos, volveremos luego a la serie de refriegas retóricas que componen nuestra suerte. El sistema que muchas veces te vetó, que quiso absorberte y luego destruirte, seguirá en pie, con sus aparatos de prensa, sus historiadores y periodistas, todos hablando de lo malos que somos.

De la mierda plural echada por sociedad antitaurina y sistema taurino, siempre quisiste apartarte.


Fandiño, oreja y herido grave from Plaza de Toros de Las Ventas on Vimeo.






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martes, 24 de enero de 2017

Fotos: Fiesta del Toro
Esta crónica inicia al revés.

Cuando salía de la plaza, escoltado por policías humillados desde el inicio de la tarde, no podía dejar de pensar en el texto que Alfredo Molano hizo para resaltar la fecunda historia de los toros en Bogotá.

De allí puede leerse algo:

"Veinte días después del grito de Independencia, el 20 de julio de 1810, se celebró la primera corrida republicana. Antonio Nariño, gran aficionado, fue elegido presidente y con tal motivo hubo toros. Lo mismo cuando Bolívar se hizo cargo de las fuerzas rebeldes en 1815. El Libertador era, según el cronista inglés Robert Proctor, “sumamente aficionado a las corridas de toros”. El 22 de enero en Bogotá se corrieron toros de los hacendados sabaneros con toreros de a pie. Durante el régimen del terror de Pablo Morillo (1816-1819) la “inmolación de reses bravas fue sustituida casi totalmente por la matanza de patriotas".

A las 3:00 de la tarde del domingo, rodeadas de gas lacrimógeno, repletadas de bombas aturdidoras, la turba de antitaurinos empezaba a arremeter contra los aficionados que ascendían a la plaza por la Carrera Séptima. Escupidos, apedreados, insultados hasta la médula, bañados con orina, con residuos de animales muertos, con pintura roja, con el griterío de la ira, los taurinos avanzaban sin responderlas agresiones; del otro lado, al fin estaban ellos, luciendo cuchillos para hurtar celulares, quemar sombreros, escupir niños aterrorizados, listos para herir y gritar con un odio que no era humano, con una estulticia que no era distinguible, desfigurados, con las mandíbulas abiertas y los ojos entrecerrados, brutos, hechos de basura, porque "los antitaurinos son hechos exactamente de lo que acusan a quienes califican de violentos, fascistas y torturadores", como bien dice Molano en otro texto.

Había empezado, esperemos que todavía a niveles simbólicos, aquella "matanza de patriotas" que interrumpió la tradición taurina de Bogotá en el siglo XIX.



De otro lado, con una ira en el límite de la violencia, la gran mayoría de antitaurinos presentó plantón en la Séptima sin otra consecuencia que la mansalva de insultos. A eso le llamaron una "protesta pacífica", y hay que comprarles la idea.

Ascender a la plaza y llegar, más que estar a salvo de una chusma iracunda, hinchaba el corazón de una alegría inexplicable. Los aficionados heridos pasaban los torniquetes de acceso, entre la ropa manchada con goterones de sangre y la felicidad de estar nuevamente en el templo. Cinco años de desidia tocaban fin a las 3:30 de la tarde, cuando el olé más grande silenció el piterío lejano de la convocatoria animalista.

       

Todos los daños y agresiones habían sido rehechos para convertirse en estar ahí, sentados en una plaza embellecida hasta los límites, con un cielo despejado y un sol de oro, ovacionando a los severos alguaciles y al mismo Molano, que entregaba la llave del toril a paso desenfadado, gafas oscuras y camisas blancas como sus zapatillas deportivas. Luego, Libertad, la sagrada sangre del animal apareciendo para romper el tabú de la muerte, del coraje, del honor, enfureciendo a las bestias animalistas, siempre abajo del toro, que huían y volvían en los lapsos de los estruendos de las bombas aturdidoras, con una valentía de mentiras que solo se ensañó con mujeres, niños y personas de la tercera edad. Eramos más dignos que ellos.

Habían vuelto los toros a Bogotá.


La corrida, cuyo contenido taurino fue sobrepasado por el sentimental, dejó de presente que la ganadería Ernesto Gutiérrez es capaz de sacar toros con pitones de respeto. Los seis animales, salvo el juagado sexto y el acucharado cuarto, tuvieron entidad de Santa Coloma y cuajo, respecto a lo que esta misma casa manizalita saca en otras ciudades del país. Si bien comparativamente en la temporada bogotana saldrán toros infinitamente más grandes, mi sensación es que Miguel Gutiérrez le cumplió a Bogotá.

La terna, integrada por El Juli, Luis Bolívar y Roca Rey (quien confirmó la alternativa), se las vio con un encierro dulzón y boyante, sin ningún toro auténticamente bravo, aunque ofreciendo lo que los modernos llaman "matices", por decir cualquier cosa.



El Juli, cabeza de cartel, ídolo de esta plaza en la que ha figurado consecutivamente desde su alternativa, tuvo una tarde de lote estrellado e irresolución, mas sin embargo con detalles tan apreciables como su lidia y la dirección de la misma en los toros ajenos. Debo destacar su manejo de la capa, ante todo en los delantales sobrios rematados con larga fusionada con chicuelina de su segundo, y la serie de doblones con las que sacó a los medios a su primero, un toro con nervio que se revolvía y cuyo carbón se volvió pronto en arreón débil. El Juli hizo medias faenas, pues del límite del toro hasta el final se opuso el matador a poner más argumentos que dejar ver las dificultades del lote. Mató en ambos de prescindible 'julipié' dejando una estocada contraria y otra caída con derrame, no sin antes preceder la última con un pinchazo señalado abajo y dos golpes de cruceta. Su quehacer derivó en muletazos apreciables y de figura recta, ajeno a las contorsiones lumbares que en ocasiones expone en otras plazas. Sorprendió, incluso con intentos de naturales de frente y semidefrente en el sitio de la verdad. No sería honesto si no señalara que esta haya sido quizá su mejor actuación en la Santamaría en años, pues aun sin redondear, su toreo explicó en algunos pasajes la verdad que tanto echan de menos en plazas de Europa. Es menester ver a este torero en Bogotá con otras ganaderías y más oponente.



Luis Bolívar, representante por Colombia en este festejo, se llevó el agua al gato con la combinación, feliz para algunos tendidos, de temple y toreo bullicioso. Sin embargo, su labor se vio empañada por el desprendimiento del trasteo y la falta de sitio. En todo caso, supo sostener las tensiones del tendido y logró momentos de gran valor en un honesto inicio de rodillas en la muleta con su primero, toro al que le cortó una oreja con una estocada caída un dedo. En su segundo, ya con la parroquia más a su favor, con un poco más de colocación, terminó cuidando a un animal sin fondo hasta hacerse pesado con la espada. A sus toros los recibió con largas de rodillas

Roca Rey, esa revolución americana que echó por tierra los proyectos de marketing de otros países del continente, tuvo el honor de lidiar al primer toro de la Libertad, astado que de salida partió plaza, ocasionando gran alborozo en la afición entendida, que luego prodigó al torero con los clásicos silencios de la Santamaría. Finalmente realizó su quite de saltilleras encadenadas con caleserinas, revoleras y brionesas, que practica en todas las plazas que pisa y en todos los toros que lidia. Su trasteo de muleta, ya con la plaza en un puño tras la sobreexposición de capa, fue la inversión del Juli: de menos a más, medias faenas que empezaban desde la segunda mitad, siempre en el tercio con el toro casi rajado pero aún boyante. Roca Rey es tan variado en la muleta como en la capa, puesto que en sus series un muletazo no se parece en absoluto a otro. Es decir, lo más cohesionado de su tarde, además de la apabullante capa, fue una serie de luquesinas o de naturales con ambas manos de perfil y en el tercio, con el que calentó a la parroquia, no tan impresionable con los inesperados cambiados por la espalda como con el aguante. Tras pinchazo señalado abajo, en su segundo Roca Rey se quitó de en medio al toro con una estocada caída pero de efectos inmediatos, cortando las primeras dos orejas en la nueva historia de la plaza.

Sin duda, este torero es uno de los señalados. Su desprecio por su propia vida, el interminable arrojo, la inesperada locura de sus series, improvisadas en caliente, dejan ver un torero de cualidades que conectan de inmediato con el tendido. Sin embargo, necesita saber templar con mayor suficiencia.



Como había expresado arriba, sería desproporcionado juzgar la totalidad de este festejo por su contenido estrictamente taurómaco. En esta ocasión el contenido sentimental terminó imponiendo su corriente.

Rodeados por el ruido de un helicóptero y las detonaciones en los exteriores, los ojos descubrían nuevamente la magia del rito más poderoso del mundo, en el que bravos y valientes se baten haciendo bella la muerte. En un Estado liberal como el nuestro, la Constitución protege esta expresión cultural. Salimos de la plaza para ser nuevamente agredidos, infinitamente señalados por dedos estúpidos, que ignoraban la elevación de espíritu que supuso volver a nuestra plaza, a nuestro rito, a nuestra comunidad, a la Santamaría, esa llama que nunca se apagará y que no puede ser golpeada por piedras, manchada por escupitajos ni ofendida con gritos, pues es inmortal como la Fiesta misma.

 




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domingo, 10 de julio de 2016

El antitoreo es mierda




A Víctor Barrio el toro Lorenzo de Los Maños le quitó la vida de una seca cornada en el costado. Aunque su cuadrilla sabía que estaba muerto al momento de levantarlo de la arena, corrieron desesperadamente para llevarlo a la enfermería. Y allí, aunque los médicos también sabían que había llegado muerto, decidieron intubarlo y practicarle maniobras de reanimación, mientras las imágenes de los banderilleros que lloraban aferrados a las tablas nos helaba la sangre. Hasta entonces, Lorenzo no significaba nada para el animalismo. No hubo campañas antes en su nombre, ni durante el rito, clamando ante las puertas del coso de Teruel su nombre. Y si hubiera muerto sin historia (para ellos), seguro hoy también estarían ignorantes de su existencia, sin ardor ni indignación. Lorenzo, perdido en el mar de correcciones e indignaciones fáciles de nuestra sociedad… Pero el toro descubrió la pierna de Víctor en una tanda donde el viento le movió la muleta, le hizo zancadilla con la cabeza y, viéndolo en el suelo, lo atravesó con su pitón de lado a lado del tronco. He pensado en ello antes de dormir: al igual que la muerte de Ana Karenina, espantosa en su física (una bella rusa triturada por el paso del tren) pero elevada en su sentido, la de Víctor Barrio tuvo cierta limpieza, libre de horror e imágenes penetrantes. Él murió para decir que estuvo jugándose su vida en cada corrida antes de llegar a Teruel, exponiendo su cuerpo, su futuro y la paz de su familia a lo peor para hacer cumplir un rito que no todos comparten ni pueden entender, profundo de sentido porque allí está la vida y la muerte de verdad. Es la única reflexión decente que puede hacerse sobre su fin, a menos que uno sea animalista o antitaurino.

Pero el animalismo cree que el estatus moral de un ser humano es igual que el de una vaca o un gato, aunque la ciencia moral demuestra justamente lo contrario, como escribió Peter Carruthers. La sociedad, esa masa acrítica que hoy privilegia la rapidez y no el esfuerzo, ha premiado ese ligero pensamiento, creyéndolo.




Anoche, antes de irme a la cama con un vacío en el pecho, veía algo de los 50.000 tuits que contenían el keyword “Víctor Barrio”, y era casi como oír la radio Hutu de Ruanda, llamando “cucarachas” a los Tutsis y diciendo que su muerte era un acto de justicia y normalidad. Estas personas en realidad celebraban con alegría la muerte del torero. Con sinceridad, estaban eufóricos porque el toro lo había corneado, hecho reproducido mundialmente por todos los medios, al saber que el rencor contra la tauromaquia haría que la noticia se volviera viral, como si el torero fuera la mayor personificación del mal en un mundo donde 60 millones de niños morirán de hambre, como denunció la Unicef.

¿Qué objeto tiene denunciar la inmoralidad de la corrida incurriendo en una inmoralidad peor? ¿Qué sentimientos oscuros revelan quienes se alegran de la muerte humana? ¿Cómo puede lamentarse la falta de piedad en el taurino mientras se hace gala de una impiedad peor, al estar dirigida contra el ser humano? Que yo sepa, el genocidio en Ruanda es un verdadero problema moral, mientras que sobre el matadero de carne no todos estamos de acuerdo.

Celebrar la muerte del torero desdice totalmente el discurso animalista. No hay elevación moral alguna en alegrarse por la muerte de un ser humano, sea por el motivo que sea, mientras se nos exigen la idea de que la vida es sagrada, incluso la animal. Por ejemplo, solo el nazismo se arrogó la facultad de decidir qué muertes humanas podrían llorarse.



 Por otro lado, es estulto formular la supuesta indefensión de un “torturado” mientras se reproducen de forma victoriosa las imágenes donde el toro mata al torero. En la historia, jamás un torturado mató a su victimario en el mismo acto donde era supliciado, porque es enfáticamente imposible. La muerte del torero es una verdad que derrumba el discurso animalista, al ofrecerlos sin el manto de pureza ética que predican al mismo tiempo que exigen, y también al hacer notar que el toro es un animal poderoso, no un pobre torturado. Muchos toreros salen prácticamente muertos del ruedo y son revividos por la ciencia médica del siglo XXI. Para no ir muy lejos, hace tres semanas a Escribano un toro le pegó una cornada que hace 20 años lo hubiera matado en cinco minutos. En perspectiva, las celebraciones del antitoreo se han reducido por el humanista avance de las ciencias médicas.

La estupidez y la hipocresía son rasgos destacados de todas las homilías de odio, incluso dirigidas con alegría contra la esposa de Víctor, sin el más mínimo rubor. Estas personas pidieron que a Lorenzo se les diera el rabo y las orejas del torero, como si el ser humano tuviera rabo (esa extremidad de la columna vertebral que perdimos hace siete cadenas evolutivas) o como si el toro pudiera o quisiera hacer algo con las orejas de un ser humano. Son comentarios totalmente estúpidos. Para estas personas, la única experiencia directa con la anatomía es el pedazo de carne en sus platos, innecesario, obtenido con la cobardía de quien no fue al matadero a ultimar mirando a los ojos al bovino de donde viene, pero que llama “asesino” al torero que sí lo hace. Otros entretanto concluyen que la muerte de Víctor “es arte”, ironizando sobre la peregrina idea de que para nosotros la muerte del toro es arte. Es cierto que estas personas jamás han tenido una tauromaquia en sus manos o que todo lo que saben de toros está filtrado por una máquina de propaganda y desinformación digna de Goebbels.



Pero el punto central es este: ¿Cómo las personas que nos exigen a los taurinos el no hacer de la muerte un acto, ven con tan buenos ojos el fallecimiento de un torero? Anselmi, que corre más rápido que la inteligencia que lo persigue, dijo que los taurinos pagamos por ver morir, y como tal, no podíamos decir nada a los antitaurinos que hacen uso de la muerte en el ruedo, esta vez del torero, para sentirse eufóricos. ¿Pero es que acaso está formulando que uno puede “alegrarse” de la muerte del otro y luego salir a la calle a caminar sintiéndose como una persona perfectamente normal? ¿Lo hacen ellos? ¿Entonces de qué nos acusan a los taurinos? Hasta el demoledor Estado americano respetó los ritos funerarios al arrojar a Bin Laden al fondo del mar desde un helicóptero, a pesar de ser la persona más odiada de lo que va del siglo XXI.

La alegría con la que celebraron la muerte de Víctor demuestra que no hay ninguna elevación moral en ser antitaurino. Que la vida humana no es un absoluto en la ideología animalista, y por tanto es una inmoralidad en sí misma. Que nos enfrentamos a gente capaz de buscar el perfil de la esposa de un torero para ponerle con risas las imágenes de la cornada, porque la moral ante la muerte no significa absolutamente nada. Mi recordado Juan Carlos Onetti decía que la vida era mierda, sin grosería, haciendo énfasis en la fisiología más primaria y baja, al comprobar que se vive en medio de una sociedad superficial y tonta, incapaz de cualquier esfuerzo de elevación más allá del piso básico. Las personas incapaces de cualquier simpatía por el humanismo, están reducidas a capas tan básicas de la fisiología como la mierda. Luego del Pozo, de las reflexiones y angustias, solo quedaba lo peor del mundo, subsistiendo para siempre en la estupidez, felonía e inhumanidad de algunas gentes: la mierda. La vida es mierda. Pero Víctor y Lorenzo le concedieron un sentido a sus vidas y muertes, algo para lo que los taurinos nos reunimos en ceremonia, sin alegrías inmorales por la específica muerte de nadie, dispuestos a ver un heroico sacrificio y no un funeral convertido en stand up comedy para las risas posmodernas.

Parafraseando, he de decir que si para algunos la vida humana no es un absoluto que debe ser respetado sobre cualquier diferencia, entonces el antitoreo es mierda.




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martes, 1 de septiembre de 2015

Ruth Toledano y el machismo taurino


En su obra Las fronteras de la justicia, Martha Nussbaum ofrece una de las versiones más recientes de la teoría animalista. El contractualismo, o teoría del contrato, al fin se aplicaba al movimiento por los derechos de los animales, lejos de las aguas mansas del utilitarismo de Singer y el pantano radical del abolicionismo.

Aunque torciera algunos conceptos específicos de Rawls, como la racionalidad de los suscriptores de los pactos o el velo de la ignorancia, Nussbaum infundió un nuevo aliento al animalismo estancado por el corporativismo de las ONG y los escándalos por terrorismo del ALF. La introducción del tema no deja de ser diciente. Consta de un epígrafe extraído de la histórica sentencia en la India que concedía el estatus legal a los animales, como seres con capacidad de sentir dolor y placer (sintiencia) e intereses dignos de ser tutelados por la ley:

En definitiva, sostenemos aquí que los animales de circo [. . .]
son encerrados en jaulas sin espacio para moverse, sometidos
al miedo, al hambre, al dolor, por no hablar de la vida indigna
que han de vivir sin tregua, y sostenemos también que la notificación
impugnada ha sido emitida de conformidad con los
[. . .] valores de la vida humana y la filosofía de la Constitución
[ ... ] Aunque no sean homo sapiens, son también seres que tienen
derecho a una existencia digna y a un trato humano sin
crueldad ni tortura [. .. ] Por consiguiente, no solo es nuestro
deber fundamental mostrar compasión por nuestros amigos
animales, sino reconocer y proteger sus derechos [ ... ] Si los seres
humanos tienen derechos fundamentales, ¿por que no los
animales?
Nair v. Union a/India, Tribunal Superior
de Kerala, no 155/1999, junio de 2000

Luego, ella se extendió en su teoría moral animalista saltando desde el fallo del tribunal hindú.

"Los animales no humanos son capaces de llevar una existencia digna, como afirma el Tribunal Superior de Kerala".

Para Nussbaum, la declaración del Tribunal Superior de Kerala era una llamado histórico a la consideración moral de los animales, en reconocimiento de su capacidad de sufrir y la lista de intereses que pudiera florecer en su existencia: los animales, tienen interés no explícito en vivir, respirar, comer, ser libres, ver cumplir el programa genético de su especie y en garantizar su existencia sobre los voraces procesos evolutivos, donde gracias a la adaptación y la lucha solo el más fuerte sobrevive. El ejemplo Hindú era clara muestra de cómo estos principios, según los cuáles es de recibo tutelar con derechos los intereses que reclaman protección, sea de la especie que sea, tienen aplicabilidad legal y merecen extenderse hacia los animales.

Entre otras cosas, los animales no humanos en la India cuentan con un estatus legal que los protege contra el, así llamado, "maltrato animal". El histórico fallo de Kerala los blinda contra la utilización como alimento, entretenimiento e incluso tenencia. Lo anterior parecía solo hacer eco a la restricción cultural de comer animales en un país con 800 millones de vegetarianos. Sin embargo, la aplicación del fallo iba más allá, por cuanto hacía sujetos de derechos a los animales. Por ejemplo, un elefante puede arrasar cualquiera de las humildes aldeas que pueblan el valle del Indo, donde la miseria extrema campea. Sin embargo, la Ley impide agredir al elefante en defensa de los bienes humanos, incluso la vida misma.



Lo curioso, visto de forma estructural, es que Nussbaum en las páginas anteriores a su consideración animalista, había denostado al mismo sistema Hindú como regresivo y arcaico en lo que respecta a los Derechos Humanos y el estatus de la mujer en dicho contexto, al denunciar que ellas incluso podían ser usadas como propiedad inmueble:

"Consideremos a la luz de este argumento el caso de un país que no ofrezca iguales derechos de propiedad, por ejemplo, a las mujeres. (La India es un ejemplo de un país de este tipo.) [...]
La ley de la propiedad hindu sigue conteniendo grandes desigualdades:
atribuye a las mujeres participaciones menores y en algunos casos vincula la propiedad a consorcios familiares que impiden que una mujer pueda separar y controlar separadamente su parte en caso de abandonar la familia". (pág. 259 Las fronteras de la justicia).

En realidad, la denuncia de Nussmbaum contra el estado de los Derechos Humanos de las mujeres en la India, peca de benevolente.

El país que el animalismo exalta como evolucionado a causa de su animalismo cultural y legal, es el peor lugar sobre la tierra para ser mujer. De hecho, este país siempre es nombrado en el informe anual de Amnistía Internacional como el mayor violador de DDHH en el tema de feminicidios, accesos carnales violentos (violaciones), quema con ácido, pedofilia cultural y demás. La ONU ha condenado en múltiples ocasiones al sistema hindú y algunas ONG intentan exponer a occidente el drama que supone la condición femenina en la India.

Tan solo considérese unos de los flagelos sobre la violencia contra las mujeres en la India: este país ostenta el deshonroso récord mundial en la tasa de violaciones sexuales. Amnistía Internacional ha sido un histórico denunciante de una práctica que llega a cobrar hasta 24.000 hechos al año, es decir, más de 66 violaciones por día. Pese a los avances en materia jurídica provocados por la presión internacional, lo cierto es que el estatuto de la mujer en el sistema hindú sigue siendo por mucho inferior al de las vacas. Por ejemplo, esta semana vimos con horror la noticia sobre las dos hermanas condenadas a ser violadas por una infidelidad de su hermano. Esto se produjo en Uttar Pradesch, región donde se ubica el hermoso Taj Mahal pero donde también tiene lugar la creencia brahamánicas e hindúes más radicales sobre el estatuto de los animales como seres cuasisagrados, es decir, zonas ampliamente vegetarianas en su dieta y animalistas en sus creencias.

En definitiva, si hay un estado que puede ser catalogado como machista es la India. Desde luego, si obviamos particularidades, como por ejemplo, que en dicho país el homosexualismo sea delito, o la discriminación sea moneda corriente merced a un regresivo sistema de castas. Solo aquí cobra sentido la genérica frase de Gandhi: "un país, una civilización, se puede juzgar en la forma como trata a sus animales".

Vayamos al asunto:

Sin ningún estudio sociológico con pruebas empíricas que demuestre de forma fehaciente la relación estructural entre tauromaquia y machismo, Ruth Toledano sigue concluyendo que las corridas de toros son el detonante de la violencia contra las mujeres. Es decir, sin un solo caso analizado, sin ninguna tesis, sin pruebas de campo, sin estadísticas contundentes, sin relaciones sociales que conecten la corrida con el hogar, ni mucho menos testimonios de mujeres maltratadas por hombres taurinos o toreros, ella salta el método de estudio para concluir, aupada en una caricatura, una relación estructural.

Sería lo indicado retarla a que presente un solo caso, uno, donde se haya comprobado por vía psicológica, que un hombre maltrató a su mujer por causa de la tauromaquia. Aunque existen muchos estudios genéricos no elevados al rango de ley forense, donde dicen evidenciar el vínculo entre maltrato animal y maltrato a los humanos, lo cierto es que una generalidad no puede en ningún caso erigirse como norma absoluta, sin que por lo menos haya un estudio sensato que lo pruebe. Sensu contrario, también hay casos de animalistas que cometen violencia contra los seres humanos. Entre tanto, el animalismo solo posee un estudio donde las mujeres de Huamantla manifiestan sentirse más inseguras en su hogar durante las tradicionales fiestas de su pueblo. En ellas, los hombres no solo van a corridas de toros ni tampoco los corren, sino que están rodeados de unas fiestas patronales que involucran muchas más prácticas, por lo que es difícil deducir que la única causa de la inseguridad femenina, se derive de la tauromaquia.

En cambio, tenemos un país animalista que al mismo tiempo es el mayor agresor de mujeres en el mundo, si omitimos el drama de algunas castas y de los homosexuales. Sin embargo, esa arcadia de la moral no recibe una sola sospecha sobre la relación estructural entre animalismo y maltrato contra las mujeres. Por el contrario, el animalismo se muestra a sí mismo como una evolución histórica comparable a la lucha por los derechos de las mujeres, los gais y los afrodescendientes. Pese a que la violencia machista sigue asolando a la India, los taurinos no cometeríamos la imprudencia de caricaturizar la violación de alguna de las 66 mujeres abusadas en cualquier día de la India, junto a algún señor vegetariano cuyas convicciones profundas le llevan a pensar que los animales merecen consideración moral.

Pese a declararse hermanos de la lucha contra el sexismo, los animalistas siguen identificando a toreros, ranchers y cazadores como hombres de "pene pequeño", perpetuando el imaginario sobre hombría y virilidad que sustenta al machismo.
La tauromaquia no produce violencia contra las mujeres, ya que esta ocurre con independencia de las corridas de toros en países que ni siquiera tienen esta práctica cultural. ¿Cómo puede explicarse el machismo en países sin corridas de toros? Las tesis sobre la "pendiente resbaladiza" en el origen de la violencia no poseen tampoco rango de ley científica. En realidad, el origen de la violencia es más complejo, y se sigue extendiendo más allá de la agresión machista, incluso en la revictimización que hacen quienes instrumentan dicha violencia para utilizarla en provecho de sus propias convicciones y luchas personales. Esto es en realidad lo que hace el animalismo al relacionar la violencia machista con la tauromaquia.
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domingo, 16 de agosto de 2015

Seis mentiras en el vídeo antitaurino de Canal Capital



El Canal Capital, televisión pública de todos los bogotanos, -incluidos los taurinos, esos molestos outsiders que también pagamos los impuestos que la mantienen-, lanzó con motivo de la celebración de Rock al Parque un comercial antitaurino bajo la campaña No a la sangre como espectáculo.

         


SEIS MENTIRAS SEIS EN EL COMERCIAL DE CANAL CAPITAL


1) "Por aquí salía el toro de lidia; se llamaba así porque había un tipo que tenía que lidiar con él"

Esto introduce una falsificación recurrente en el antitoreo: negar la existencia del toro de lidia al desconocer también su particularidad. Para el antitoreo, el discurso de la tortura solo sirve en función de un animal indefenso. De allí saltan a asegurar que los toros de lidia son un invento, y que en realidad los plácidos bóvidos resultan amigables mascadores de pasto, como Fadjen.  El torero sería así un despiadado que desgracia a un animal que no puede luchar, ahondado la inmoralidad del acto.

El toro de lidia no recibe tal nombre de su particularidad zoológica solo porque lo lidien. En realidad en él asisten distinciones del orden genotípico y fenotípico suficientes para hacer de su genoma una prueba aplastante sobre su naturaleza ofensiva. El toro de la corrida, concluyó la Academia, es una raza única, con cromosomas no presentes en otras razas y especies de bóvidos, con información genética relevante como para deducir, con algo de ciencia más que de ignorancia, que el toro de lidia se llama así por serlo, y no porque lo lidien.


2) "Vestido con lentejuelas, porque el tipo tenía que brillar con luz propia"

Aunque parezca un detalle inane, que los antitaurinos desconozcan la naturaleza del traje de luces dice mucho sobre qué es lo que realmente saben de la tauromaquia, un fenómeno que solo puede entenderse si es visto. La distorsión de la propaganda animalista ha extendido la especie de que el torero se viste con lentejuelas. Esto, naturalmente, ha producido un discurso homofóbico en torno a la incomprensión que rodea al fenómeno cultural.

Que la inteligentísima presentadora suponga que el traje de luces existe para "hacer brillar con luz propia" al torero, parece más el eslogan de un champú que una explicación informada al auditorio. En realidad, cualquier somera mirada sobre los estudios antropológicos de Patricia Martínez de Vicente, daría luces sobre cómo esta hermosa pieza de orfebrería tiene un sentido social que versa sobre la adquisición de dignidad de las clases menos favorecidas, que ascendían momentáneamente a la dignidad de señores en los ritos de los caballeros e hidalgos en la época de los Austrias. Curiosamente, tal empoderamiento del vasallo como igual al señor, es uno de los discursos en los que la izquierda encuentra mayor simpatía. En este caso, la ridiculización en torno al traje de torear, además de enmascarar un discurso homofóbico (¿Cómo se va a vestir un hombre con lentejuelas?), es un canto a la ignorancia sobre el fondo cultural de las corridas de toros.
Algo que también puede hacerse para salir de la docta ignorancia antitaurina en torno al traje de luces, es ver este trailer.

3) "Estaba el tipo acompañado por un caballo con un jinete, que tenía una gran lanza; esta gran lanza era clavada en el lomo del toro para humillarlo" (...) "luego salían unos banderilleros (...) tenían unas banderillas con las puntas así" [muestra un dedo alargado]

 Es bastante enojoso tener que desmentir tan meríficas exageraciones sobre lo que realmente pasa con el toro en el ruedo. La puya, según la bélica clásica, es todo lo contrario a una lanza: su función es la de parar o detener, por lo que se clasificaba como separada a aquellas armas arrojadizas que pretendían atravesar un cuerpo. Si una lanza atravesara el cuerpo del toro, quedaría inválido, quizá muerto, y no serviría para las siguientes fases de la lidia, donde debe enfrentar al hombre. Al toro se le pica para defender la cabalgadura, antaño sin peto protector, y también para lucir su bravura, pues el toro debe crecerse ante el castigo. La inexactitud sobre la longitud de los arponcillos también es muy diciente, puesto que nunca serán más largos que un dedo extendido y su función en el toro es la de avivar su embestida. ¿De dónde saca que el tercio de varas es para humillar al animal, si de hecho existe para exaltar su casta? El toro no rehuye la lucha y va al caballo en repetidas ocasiones según la dimensión de su bravura. En ese tercio, el público observa que el animal no sea manso y conmemora su poder frente a la lucha. Tan solo el día de ayer en Dax, Francia, una corrida de Pedraza de Yeltes encontraba la apoteosis con un toro que hacía honor a su estirpe al embestir con bravura a la caballería en distintas ocasiones.
Pero lo realmente mentiroso en esta descripción del toreo, es que obvia deliberadamente dos cosas fundamentales: el toreo de capa y el toreo de muleta. En estos actos, que de hecho ocupan la mayor parte de tiempo en una lidia, el hombre solo tiene un trozo de tela y con él debe crear una coreografía usando para tal fin la embestida de un toro que intenta matarlo. Por esta creación estética se conoce al toreo como un arte. El vídeo, al obviarlo, ignora la riqueza estética de las corridas de toros hasta el punto de hacer parecer todo una lucha digna de martirologio para los santos toros.

                     
                          

                          

                          

4) "Había un tipo que se sentaba aquí (...) cual Nerón en un coliseo, daba la orden de matar al toro"

Mi favorita. El Coliseo fue construido después del reinado de Nerón, el clásico déspota que sentía limitada simpatía por los juegos de circo, aunque eso no le impidiera ser un sádico real con los humanos. Por ejemplo, el incendio que este demencial inhumano provocó en Roma, también pasó por encima de los estanques donde décadas después se levantaría el reconocido y monumental Coliseo. Si este César se hubiera sentado en el Coliseo, como dice la presentadora, en realidad hubiera flotado en una laguna artificial. En todo caso, en las plazas el presidente no ordena la muerte del toro. Su jurisdicción solo llega hasta lo contrario: ordenar que no se mate al animal bajo la gracia del indulto, que es pedido por el público para los toros con ejemplar bravura, digna de ser preservada en la tutela de semental que se le asignará al salir victorioso de la corrida.
La escaramuza mendaz solo sirve para establecer la ignorante relación entre circo romano y corrida de toros. En la corrida no se conmemora la muerte humana, a diferencia del juego de circo antiguo. Tal diferencia no es sutil. La corrida se trata, precisamente, de lo contrario al circo: el hombre debe sobrevivir. Los espectadores del toreo no encuentran regocijo en la sangre, puesto que el toreo está codificado de tal forma que la agresión desproporcionada al toro quita el honor al torero. ¿Cómo pudiera ser que el desacierto en la espada genere el rechazo de un público que supuestamente goza con el sufrimiento? Seguido, los espectáculos con animales en el Circo romano eran menos frecuentes de lo pensado. Se servía la destrucción de especies endémicas de los territorios conquistados, para conmemorar la victoria del imperio. Las luchas de fieras contra esclavos indefensos, coinciden más con el deseo antitaurino que con la realidad de la corrida.



5) "Salían unos señores que eran los monosabios y arrastraban el cuerpo del animal por toda la plaza. (...)Mono, por uno; y sabios por a lo único que los tipos sabían hacer (sic). Afortunadamente estas personas desarrollan ahora tareas más nobles"

Otra genial intervención en los límites entre la ignorancia y la insolencia. La presentadora confunde a los monosabios con los mulilleros, personas estas encargadas de arrastrar los restos mortales del toro. Precisamente están allí para garantizar un trato ritual y puro con los restos de un animal que la cultura taurina considera como sagrado. El toro de lidia no puede salir de cualquier forma; lo lleva un tiro de mulillas engalanadas ricamente, como si al animal se le diera un trato funerario. De hecho lo es:


Por el contrario, los monosabios son ayudantes que mantienen la arena en condiciones óptimas para que los animales, sean caballos o toros, no se rompan las pezuñas. También limpian el ruedo y se someten a la heroica empresa de defender la cabalgadura en caso de que el picador la pierda. Si un caballo de pica cae a causa del indómito ataque del poderoso toro, quienes levantan al caballo son los monosabios. Su nombre no viene del insulto escupido por la presentadora: hace eco de unos monos o micos que hacían labores con tanta agilidad y destreza, lo mismo que minucia y gracia, que el movimiento de los peones por la arena para salvar caballos los recordaba.
Distinto a lo que dice la presentadora, la Alcaldía de Bogotá no se preocupó por el desempleo generado a causa de la prohibición de las corridas en 2012. En el fondo, no tienen idea de las penurias económicas que han pasado las miles de personas humildes que dependían de la temporada para obtener sus ingresos con una actividad legal y de la que aprendieron oficio.
Solo, a modo de humillación por la forma en la que lo expresaron, le ofrecieron a los toreros ser barrenderos y recolectores de basura.

6) "Allá se hacían 20.000 personas que bebían, celebraban y reían de la muerte del animal"

No contenta con inflar en 5.000 la capacidad de la Santamaría en un alarde de profundo conocimiento sobre el coso, la presentadora extiende uno de los mitos más celebrados en torno a la tauromaquia: que el taurino va a la plaza para emborracharse. Imaginar cualquier multitud -incluso antitaurina o imparcial- de 15.000 o 20.000 personas beodas en un recinto cerrado, supondría un problema de orden público descomunal. Las calles colapsarían, se sucederían las peleas en torno a la plaza, se destruirían inmuebles y los antitaurinos sufrirían una violencia casi mayor a la del toro atravesado por lanzas y luego arrastrados por monosabios tras el beneplácito de Nerón. De hecho, es imposible que exista una multitud ebria que a su vez no genere perjuicios significativos para una ciudad.
En realidad la manzanilla, clásico acompañante de la bota taurina, es un inofensivo licor con menos de 1% ABV, o sea, habría que beber docenas de litros de esta sustancia si quiera para sentirse un poco mareado. El toreo no gira en torno a la consumación de licores y las personas que asisten a la corrida, no lo hacen para usar la plaza como cantina pública. El desorden de personas estropeando la vista para dirigirse a los baños, los ruidos propios de la irreverencia alcohólica, y demás manifestaciones que concurren en la felicidad de la embriaguez, raramente pueden coincidir con el silencio, la quietud y la concentración del público taurino. Quien haya ido a una corrida en la Santamaría, sabe de lo que aquí se habla.
Lo de reír de la muerte del toro es quizá la mentira más demencial en esta pequeña comedia de salvajes falsedades. La muerte del toro es precedida por un silencio exigido al espectador: para que el torero se perfile a matar, todo el mundo tiene que estar callado. Por otro lado, ¿por qué no hay un solo vídeo de 20.000 risas estallando en el momento en el que el toro es muerto? De las miles de corridas grabadas en la historia desde que existe el arte del cine y la industria de la televisión, estocadas incluidas, no existe tal cosa como risas pregrabadas de talk show al momento de la muerte. Es imposible. La muerte para el taurino es el centro del ritual, pues supone el sacrificio digno de un animal que no merece ser abatido en la oscuridad de los mataderos. El torero debe ofrecer su vida para matar al toro, pues se lanza entre los pitones para poder clavar el estoque. Las recurrentes burlas en torno a los toreros corneados, pueden dar una idea a los antitaurinos de qué tan letales pueden ser las astas del animal, como para que se tomen en serio esto de la estocada.
El día que un espadazo sea celebrado con risas en una plaza, los taurinos dejaremos de ir.



¿Y qué resta al final? El mérito del vídeo es que su guionista halló a la persona indicada para presentar esta sarta infamante, afrentosa y desconsiderada de falsedades en torno a una minoría que vive en Bogotá la persecución oficial de la Alcaldía. El reclamo contra la sangre como espectáculo obvia que las riñas de gallos ocurren en la ciudad semanalmente, sin que la alcaldía ni el animalismo con contratos suscritos con Petro, hagan nada. El tono del comercial es altamente desconsiderado, rayano en el desprecio y el odio; infunde mentiras y se solaza con un tema que lleva tres años ausente en la ciudad. A pesar del mandato de la Corte Constitucional en su sentencia T 296/13, la alcaldía sigue sin mantener el principio de imparcialidad en la función pública en torno al tema de los toros.

¿Pero cuál es la urgencia de producir un comercial de propaganda negra contra los taurinos? Entre otras cosas, la Alcaldía había expulsado a los toreros que practicaban de salón en la Santamaría, aduciendo que la plaza presentaba grave riesgo de colapso, exponiéndolos con esta medida a la constante agresión en los parques donde deben practicar ahora. Aunque se supone que la plaza está en intervención estructural por una empresa que ganó la licitación, se ve que no es óbice para que dentro de ella Canal Capital produzca un comercial dirigido contra una minoría cultural presente en la ciudad desde 1551 hasta nuestros días. Es, desde luego, el ahíto de la corrección pública, su producción diaria de demagogia en la propaganda,  la moralina que se escandaliza por el león cazado y no por los 12.000 niños portadores de VIH en derredor al felino, hasta entonces indiferente para la trama global. Si como dijo el filósofo catalán Gómez Pin, para el PIB mundial tiene más peso un gato parisino que una familia africana completa. Lo trágico, es que ya hasta el león cazado en Zimbabue tiene más peso en el escalafón de la indignación moral que los 39.000 niños muertos anualmente por desnutrición en dicho país, que además está en el último lugar de la medición de la Unicef sobre esperanza de vida infantil en todo el mundo. Algo paralelo sucede en Colombia con el tema de la tauromaquia en contraposición a los reales dramas de la nación, como, por ejemplo, la desnutrición infantil en La Guajira, que mata niños semanalmente. Desde aquí, es evidente, solo podemos extender falsedades contra la diferencia, aquella que no puede entrar en la trama de corrección de aquella aparente y espontánea sensibilidad moral, si es que puede decírsele así a la actitud que obvia la gran estela de mortandad infantil en despecho de un león, o de un toro.
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miércoles, 27 de mayo de 2015

Medias Negras y Chicorro, mínima defensa de las orejas


El 29 de octubre de 1876 Chicorro corta la primera oreja en la historia de la tauromaquia. Su faena al toro Medias negras de Benjumea fue premiada con este simbolismo tras una lidia completa. El relato cuenta que el ruedo quedó tapizado de cigarros, sombreros, chaquetas, ofrendas arrojadas que debieron ser devueltas por toda la cuadrilla y los monosabios en forzada empresa. El paso siguiente fue reclamar la res para el matador, no sabiendo las gentes qué más hacer. Entonces se revivió la práctica matarife de cortar una apéndice a la res, lo que en siglos anteriores era una suerte de carta de propiedad sobre la mole de músculos, tiro de carne.

Aunque existen recuentos anteriores, más precisamente del siglo XVIII, la costumbre de otorgar una oreja como simbolización del trofeo no entraría en furor en la tauromaquia hasta inicios del siglo XX, precisamente en la Edad dorada del toreo. Entonces había una estruendosa y silenciosa competencia entre las plazas de Madrid y Sevilla. El coso de la carretera de Aragón y la Real Maestranza de Caballería, eran facciones enfrentadas subrepticiamente en la lucha por la supremacía del toreo en España. Tal distinción sobrevive hoy, reconociéndose a una plaza por ser tan diferente como importante de la otra. Madrid ve caer orejas antes que Sevilla, lo que la afición andaluza presume como signo inequívoco de su seriedad: en la Maestranza las modas foráneas no tienen lugar, y la novísima fruslería de otorgar despojos de la res es propia de las matanceras de las plazas de pueblos. Sin embargo hubo ese terremoto llamado Joselito, como siempre.
En 1915 Sevilla vería al Rey de los toreros cortar la primera oreja al Santa Coloma Cantinero en plena feria de San Miguel, en faena tan apoteósica que la presidencia no tuvo otro remedio que poner en manos del Gallo la piltrafa tibia del astado. José mismo había cortado dos orejas en Madrid el año inmediatamente anterior, cuando se encerrara para gloria de la tauromaquia con siete toros de Vicente Martínez. Tal par de años marcarían la salida para la cada vez más habitual práctica de entregar los trofeos al torero, luego sumados al rabo, las patas, mediciones estas oficiales para determinar triunfos y puertas grandes. Es la Edad dorada la que consolida la práctica de la imposición de trofeos desprendidos del cuerpo del toro, aunque no hay que perder de vista que Vicente Pastor en octubre de 1910 había cortado una oreja en Madrid al manso Carbonero de Concha y Sierra. ¿Cómo no preservar algo legado de la edad más grande del toreo? Podríamos preguntar acaso.


Revisemos lo que el Boletín de loterías y de toros dice acerca de la primera oreja de la historia:


De este modo observamos que las orejas poseen un valor simbólico en el rito de la lidia de toros bravos. La posesión del toro en manos del matador se verifica con la muerte, pero se ratifica con los trofeos. Cuando un matador pasea los apéndices del animal, pasea al toro y al testimonio de la lucha.
¡Qué lirismo, radicalmente provocativo para la moralina actual, estamos echando por la borda!

En todo caso, son cada vez más los aficionados que claman contra las orejas en el siglo XXI. Desprecian el simbolismo, acusan su actual vulgaridad, las condenan como representación del triunfalismo producto de públicos ignorantes de las reglas del torear; depauperadas, las orejas son casquería, despojos, datos inútiles que humean sangre y cera frente a lo realmente relevante: la bravura y el torear. Es cierto, pero precisamente lo que ocupa es revivir la relevancia de las orejas, no abaratando su producción sino educando a los públicos en la justicia. Las orejas son una forma de reconocer la relevancia de la suerte de matar, en lo que respecta a las puertas grandes en las plazas de importancia. ¿No es suficiente motivo acaso para preservarlas? El axioma dice que sin muerte moralizante del toro no hay trofeos, y sin trofeos no hay puertas grandes, y sin ellas no hay gloria ni historia. Es por eso que una oreja de ley en Madrid es más pesada y abundante en significado que un rabo en plaza de tercera, ¡precisamente porque es un simbolismo poderoso! Entendemos su significado, lo que sintetiza, lo que nos dice históricamente sobre las faenas. En la tauromaquia nada existe en vano, nunca lo obviemos.

 Chicorro y el trascuerno, las banderillas cortas, el trasteo suficiente, solo ratifican la apoteosis cuando se hace rodar al toro sin puntilla en la segunda tentativa. De haber pinchado una segunda vez, o luego haberse ido a la media vuelta dejando alguna estocada chalequera, la lidia más importante en la vida de Chicorro hubiera quedado solo en pitos, no alcanzando jamás la ovación que produjo lógicamente la oreja y su  paso a la historia. Me parece que la posibilidad del trofeo es suficiente justificación para garantizar lidias más puras, muertes más moralizantes y toreros más comprometidos con la gloria del toreo, que no la diversión de los brutos beodos. En Lisboa, donde no se mata al toro, tampoco se entregan orejas.


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Lagartijo y Perdigón, cuando el arte también era épica


Ad portas de la que quizá sea la corrida que represente el punto de inflexión en la historia taurina de Madrid, el ánimo empuja a recordar.

A punto de consumarse un acto de apostasía en la que fuera la plaza más seria del mundo, el arte de los que solo pueden ante el toro de condición mórbida al fin habrá declarado su victoria. Estetas, estilistas, orfebres de bisutería, en todo caso habrán removido una piedra fundacional de la tauromaquia: la lidia de toros fieros, que mueven al miedo más fundamental y mágico antes que a la lástima.
El toro de lidia, todo patas, leña y arrobas, debe inspirar reverencia y no misericordia, pues solo la existencia de dicha fiereza hará moral e importante aquello que haga el torero en su faena. El sentimiento de piedad hacia el animal, además de una inversión de los valores humanistas, es una forma oculta de animalismo, por tanto de antitauromaquia. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es lo que interesa de la Fiesta de los Toros a los que solo ven la tauromaquia como el complejo ballet ante toros de condición mórbida? No serán los toros, naturalmente, sino una complicada concepción del arte que rompe el tabú de la muerte animal, cosa desde luego relegada a un segundo plano, que derivará con el tiempo en la corrida incruenta. De hecho, el desprecio al tercio de varas es un síntoma del incruentismo, lo mismo que la tendencia al indulto generalizado o la ausencia de alarma ante toros parados, enseñando la lengua y ofreciendo la impresión de un animal humillado. Ciertamente toda la propaganda antitaurina está compuesta por imágenes de esta clase de toros. ¿Cuándo han visto acaso a los ejemplares de la vacada de Miura adornando la ilegal propaganda de PETA? ¿A un Cuadri, enseñando su estatura, su pezuña, su hondura bestial, en la propaganda de PACMA? En cambio es propio de estos afiches, reversos de los carteles de toros, a los anovillados afeitados, sin entidad de toro, tardos de expresión fiera, acaso vomitando un chorro de sangre producto de las malas estocadas, desprecio del arte de matar al mismo tiempo que el de criar toros poderosos que jamás abren la boca, ni siquiera para morir. Es antitauromaquia, pero no podemos culpar a las asociaciones animalistas de ese enfoque amarillista sin, al mismo tiempo, señalar a los responsables de criar semejantes animales dignos de piedad y no de respeto, de culto y de tauromaquia.

Poniendo que era bueno recordar, la anterior parrafada se ha encargado de hacer unos descargos sobre el futuro. Acaso eso es una insolencia.

Nos ocupa esta vez una de las faenas más significativas de la Edad heroica del toreo. Acaecida el 4 de octubre de 1874 en la entonces nueva plaza de Madrid (predecesora de Las Ventas), marcó un auténtico varapalo en toda la temporada, siendo después de la cornada a Hermosilla el primer acontecimiento de la plaza de la Carretera de Aragón. Su repercusión podría leerse en los diarios taurinos incluso hasta el final de la temporada, llegando a reñir con la retirada voluntaria de Frascuelo para 1875 en Madrid, plaza en la que no toreó, vapuleado por un mal año en su competencia con su competidor cordobés. Hablamos, desde luego, de la mítica faena de Lagartijo a Perdigón de Laffitte.



Se ha dicho que Perdigón, un colorado, pertenecía a la vacada de Rafael Laffitte y Castro, ganadería procedente del excelentísimo señor Barbero, y conformada en 1869 con puntas de Gallardo-Cabrera, divisa blanca verde y encarnada, que luego incorpora reses jijonas, navarras y vazqueñas, cruza que sera adquirida en sus génes más gallardos en 1885 por un nombre que hará eco en los siglos de la tauromaquia: Felipe de Pablo Romero. La condición fiera de Perdigón perduró en los tercios de la lidia hasta hacer que Juan Molina, hermano de Lagartijo, tuviera a bien cometer el exceso de parear un cuarto par de banderillas luego de tocar los clarines la muerte del toro. Pero a un toro bravo el reto de los rehiletes no le conviene en exceso, pues se avisa de los recortes que le propinan para ponerlo y sacarlo y clavar, con lo que pasearlo por dicho tercio de la lidia de forma tan ostentosa es como irle poniendo moscas detrás de la oreja. Por eso antaño se consideraba ejemplar a la cuadrilla que cubría el tercio de los romeros en el menor tiempo posible; por eso, hoy chirrea tanto esos maratónicos tercios de banderillas con sus correteos insustanciales, donde cada paso de toro y atleta carecen de significado para la lidia. Perdigón pues quedaría en condición de avisado, propinando al hermano de Lagartijo una cornada en el trámite de dicho cuarto par de banderillas, con lo que el torero vería su peón familiar marcharse herido hacia la enfermería, quedando así frente al toro ofensor, con la plaza en vilo, con los corazones de todos los espectadores en un puño: ¿Cómo torearía Lagartijo al duro toro que antes había mandado a su hermano al hule de la enfermería? Con el ánimo roto precisamente en el momento que más serenidad de espíritu requiere un hombre, es decir, frente al momento de torear, Lagartijo haría esto:


O bien la impresión de un lagartijista como Peña y  Goñi, habida cuenta del frascuelismo de F. Bleu:


Ambos autores desde sus orillas se detienen a narrar la emoción que produjo esta faena. Helaba la sangre, conmovía el espíritu, justificaba el sacrificio, producía belleza real,  luego sacudida en sus hombros por la aparición certera de la muerte más apoteósica. La complejidad de esta maratón de emociones dramáticas producía esas reacciones descritas por Carmona y Jiménez, de personas que salían redimidas de las plazas de toros, unánimes y resplandecientes.
¡Qué gran ejemplo de cómo el arte y la épica son el camino a la tauromaquia más alta! La intensa emoción de esta faena se desprende del dramatismo ante la tragedia de la cogida, lo que explicó la importancia del toro, pero también la sangre fría de Lagartijo para sobreponerse al duro trance, actuando como el torero-héroe y no como el hombre común;  y desde luego también a aquellos naturales, caracterizados por Bleu -un frascuelista- como resurrección del arte de Cayetano Sanz, primerísima referencia del toreo al natural del siglo XIX. Luego, el incomensurable espadazo que le recetó al toro, polvo mordido por una bestia poderosa, antes toreada con el toreo eterno, al mismo tiempo arte y lidia como preparación para la muerte. La faena lo posee todo para situarse ente las más grandes de la historia de la tauromaquia, pues dice que el toreo artístico también puede ser lidiador y coronarse con la suerte de matar, ejecutada con toda ortodoxia ante un toro poderoso. Se puede hacer arte taurómaco ante toros de respeto, no mórbidos y sin producir ese efecto sedante tan denunciado. ¿Qué esta tautología? Una explicación de vergüenza torera: Lagartijo prefirió torear con todo el arte posible al natural en lugar de despenar a sablazos al toro ofensor. En lugar de buscar los blandos, cosa que hubiera entendido el público, se entregó en la suerte de matar con total corrección, dejando una estocada fulminante. Hizo precisamente lo que ningún ser humano haría, excepto los toreros: épica.


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martes, 19 de mayo de 2015

Sobre Pedro Romero, primer maestro de tauromaquia


En horas donde es preciso recordar nuestros principios más altos, cuando Madrid es cada vez más una rara avis, Nimes lidiará una charlota despreciable y Vic-Fezensac se ofrece como el islote salvador visto por el naufrago, hay que desandar pasos y recordar nuestra historia. 

Los principios a los que aludimos no son invenciones de radicalismos, como algunos intentan responder cuando el aficionado exige -en contraparte al dinero, las horas de estudio, el cultivo de su afición más entrañable-,  que los maestros expongan ese pundonor capaz de llevar al torero más allá del hombre, y que ha caracterizado las gestas que luego entendemos, clasificadas con una hache mayúscula, como Historia de la tauromaquia. Lo mismo que las redes sociales como generadoras de hechos; lo mismo que los medios de comunicación buscando inventariar las simpáticas ocurrencias susceptibles a ser virales en lugar de las noticias trascendentes; lo mismo que la literatura inofensiva trastocada en serie televisiva norteamericana, la tauromaquia posmoderna es una rotativa imparable que produce, casi a diario, un puñado de noticias que luego se revelan como agua en la mano que después se larga; la tauromaquia de hoy es incapaz de producir Historia con la misma intensidad que décadas atrás, pese al ritmo obsesivo de sus cosas, salvo obvias excepciones.
¿O acaso qué histórica realidad ha trascendido de esta primera sermana isidril, tan celebrada con sus orejas personales, largas y baratas como piltrafa de matadero porcino? Acaso la promesa de futuro de Roca Rey y la certeza del pasado de Morenito de Aranda y Eugenio de Mora.

Sin más preámbulo, este es el hecho:


Quien escribe es Peña y Goñi en su magnífico libro Lagartijo y Frascuelo y su tiempo. La deliciosa anécdota es un soberbio ejemplo de cómo una simple lidia es capaz de revelarnos el profundo pozo magisterial de un torero de época. Lo que leímos es Historia: los tres grandes matadores del toreo dieciochesco se encierran en Madrid para honrar a Su Majestad. Cual figuras actuales, dos de ellos, el autor de la primera tauromaquia escrita y el inventor del Volapié, exigen que se quiten las reses de casta Castellana del festejo. Pedro Romero evita que así sea, y resuelve el trance de Pepe-Hillo salvando su vida y matando al toro ofensor, al que desde luego no había tanteado; la estocada recibiendo es una hombrada, pues se deja llegar una res de la que como lidiador desconoce sus complicaciones. Convirtió el susto mental y material de sus compañeros en un alarde suficiente de su propio poder, a despecho de los toros más temidos de su época. Es el siglo XVIII y se echaba a andar, gracias a hechos como este, un hilo emocionante que movería década a década lo que conocemos hoy como cultura taurina.

¿Pero hoy sucedería algo similar? Una jocosa suposición sería imaginar a Julián López, a José Antonio Morante y a Miguel Ángel Perera encerrándose para honrar a Felipe VI. Pongamos que dos matadores se niegan a que dentro del festejo real se incluyan toros cinqueños de José Escolar, y que Julián López, tocado de pundonor, exige la presencia de esas reses, para mayor gloria del Rey. Pongamos que Morante, gran estilista como Hillo, desatiende las voces que López le envía desde los tableros, y sufre una cornada en el brazo por lo que el de Velilla lo lleva entre sus brazos -no sin grave inconveniente- hasta un palco, y que al volver constata que nadie ha hecho por la res, venida arriba desde el tercio del arte de los Romeros, desde luego cubierto por esas buenas cuadrillas. Perera, un gran torero de costados como Costillares, no ha liado muleta ni estoque, entonces López ordena a todos taparse, con ese gesto magistral que solo poseen los toreros de época, gesto que derrocha autoridad y nobleza a la vez. Cuadra al toro en los medios, planta firme y medio pecho adelante, citando con una voz estremecedora y la pierna de apoyo adelantada en varonil zapatillazo -el único que un torero debe dar-. El Escolar se arranca como una exhalación, arrastrando su duro pellejo hasta el maestro que lo cita, adelantando sus pavorosas astas, coronación del animal más bello del mundo, suma de toda la muerte y toda la gloria posible. Y he aquí que Julián López El Juli ha cobrado una estocada en todo lo alto, untando el sable de cebo de cerviguillo y la palma de su mano de la sangre más sagrada del mundo, aguantando como los machos de Ronda la embestida, vaciando a la perfección en el embroque, clavando a ojos abiertos en la cruz del animal que cae fulminado como un rayo. La arena y los asistentes se levantan al mismo tiempo, conmovidos por el acto de poderío taurómaco que acaban de presenciar. Hasta Morante agita, con su brazo sano, el pañuelo que exige los máximos despojos de la bestia abatida. Torerazo.

Cartel de la época. Nótese que los picadores eran anunciados en tipos mayores y sobre el nombre de los matadores.

Pedro Romero citando a recibir a una descomunal res entablerada. 

Pepe Hillo moriría, Goya haurire, entre las astas de Barbudo el 11 de mayo de 1801. El toro procedía de la vacada de José Gabriel Rodríguez, criador de reses castellanas. Pedro Romero en cambio conservaría su imagen de maestro para las generaciones del siglo XIX que lo tenían como referente del máximo estilo de lidiar y matar toros. Todas las sucesivas rivalidades del siglo, todas: la de Cúchares y Chiclanero; la de Cayetano Sanz y Manuel Domínguez; la de El Tato y Gordito y luego la de Frascuelo y Lagartijo, se dirimirían comparando al ganador con Pedro Romero, inscribiéndolo así en la más alta escuela de aquel torero nacido en 1754, muerto de viejo en 1839, y para el que el mismísmo Goya dejó este retrato (amén los pelmazos antitaurinos que proclaman un Goya antitaurino solo por poner en sus Toros de Burdeos algunas escenas de tauromaquia), todo dignidad su rostro y reverencia su mano derecha, portadora del sable que dicen abatió a más de 6.000 toros en la suerte de recibir, incluso los castellanos.


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Post data: Va por David Mora, torero que conoce la Colombia taurina más que muchos de nosotros, y al que recuerdo en la finca de Peñalisa con una ruana, bebiendo aguadepanela y soñando con confirmar en la Santamaría, plaza a la que respeta al haber asistido varias veces a ella de paisano. Confirmaría luego cortando una oreja  a un Agualuna en su presentación, (el segundo se lo brindaría a Andrés, ganadero, amigo en común, hijo del otro gran Pimentel de nuestra tauromaquia: Santiago), pero desde luego fue después de ese gran momento de la ruana, esa prenda con la que toreaban los santafereños en siglos pasados, distintivo de la nobleza y humildad de carácter más grande del ser colombiano. Pedro Romero también, pese a tan altos honores que le tributaron en su época, fue un humilde maestro, aunque en realidad la palabra que deberíamos usar es nobleza. Sin mucho ruido de prensa David Mora cruzó el mar para obsequiarle una muleta a los novilleros bogotanos en huelga de hambre. Materialmente algunos de ellos carecían de este avío. Hoy hace un año fue la corrida del Ventorillo que dejó a los tres toreros heridos, Mora el más grave de ellos. Recuerdo la agitación de dicho día, el desespero en el rostro de todos los asistentes cuando les dijeron por megafonía que el festejo se suspendía tras caer heridos los tres matadores. A Nazaré lo atendieron en una silla de ruedas, al estar ocupado el quirófano. Ni siquiera lo repitieron en los carteles de este San Isidro. Estoy totalmente seguro de que Pedro Romero lo hubiera exigido. 

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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".