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sábado, 7 de mayo de 2016

José Tomás en Jerez






Feria del Caballo de Jerez 2016: resumen de la corrida del sábado 6 from TorosJerez on Vimeo.




José Tomás hace el toreo sin toro, lo que en últimas es una metáfora de esta época donde se comunica sin hablar, se hace política sin ideas, o se hace literatura sin apuntar a la profundidad. Desbaratado por su propia leyenda, el torero de Galapagar se encarga tarde a tarde de romper su compromiso con la historia. Es una regresión platónica, donde el hombre se rehúsa a la magnitud de la vida y se complace viendo su distorsionada sombra en las paredes de la caverna. A Nietzsche le hubiera gustado decir que el toreo de Tomás, en ésta época, es un platonismo invertido, luego de haber sido nada más que la realidad misma. José Tomás fue, en determinada época del toreo, toda la pureza posible...Toda la brutal realidad de la verdad posible. Su tauromaquia llegó como colofón a la brillante historia del rito, y debió abolirse entonces. Es imposible lograr tal grado de ortodoxia que en aquel 97, del que hoy solo quedó un manojo de gaoneras fundacionales, echando el peso del cuerpo hacia adelante en el embroque, lejos de los tirones de los pequeños toreríllos que imitan al grandioso Rodolfo Gaona. José Tomás, un consumado lector de Hegel, pervertido por Corbacho se inició en el camino de la negación, la renuncia al cuerpo, la pérdida de ambición material. Su toreo puro terminó convirtiéndose en el frenesí de un kamikaze que acelera en picada contra el USS Santee, o del Mishima decapitado en prime time ante las pantallas de televisión de todos los japoneses horrorizados. José Tomás renunció a su cuerpo, y con eso a la compostura sabia de Antonio Ordóñez, que rara vez permitió un manchón de sangre en el traje, pues sabía parar, templar, cargar y mandar. Y no es que el toreo de Tomás hoy esté mal. Al contrario, la sombra de su pasado sigue suscitando momentos de esplendor taurómaco, como aquella encerrona de Nimes. Su capacidad de establecer la quietud y el abandono, hace que aventaje por mucho al resto de toreros de su época, y su interpretación de "cargar la suerte" resulta cuando menos elogiable. El lío es que sin Madrid de por medio, José Tomás se asimila más a un Rafael Guerra, grande en contraste de su miserable época, y no a un Joselito El Gallo, que lo lograría de atarse los machos y plantear una temporada de responsabilidad iniciando y terminando en la primera plaza del mundo, ante la cátedra. ¿Pero qué motivo hay para hacerlo? ¿Vale la pena morir por una afición como la de hoy? Quizá Tomás habría lidiado a Bailaor en 1920 un paso adelante de Gallito, pero hoy, saciado con nuestro fanatismo por él (y del que participo tanto como todos los que lo odian y aman, y lo convierten en el centro de la tauromaquia con un solo anuncio), no le hace falta. Estaremos colgados de sus naturales cargando la suerte, rara avis de esta época donde toreros como José Adame tienen más de 30 tardes al año, cuando deberían estar pareando en banderillas como peones. Hoy, 2016, la grandeza de José Tomás solo se explica por la cortedad de los demás, y porque es un hombre dispuesto a morir por algo elevado. José Tomás es un santo, en el sentido que Cioran le daba al término. Tomás es el último sacerdote del toreo, el único en entender que la zafiedad de las cámaras televisivas son un insulto al rito. Lentes y flashes que ya incluso se paran frente a los toreros en el paseíllo, junto a los inermes alguacilíllos que hace dos siglos hubieran arreado con fustes y sables a los invasores del ruedo, tal como dicta su función. Y mientras llegamos al momento en el que los fotógrafos y camarógrafos se pongan junto al toro y al torero en medio de una serie, en Tomás aún pervive algo de la ceremonia, algo de la liturgia, algo de la tremenda verdad que supone salir a morir para vivir en medio del rito de los toros.

Luego de mi desahogo con esta parrafada pretenciosa, he de decir que lo de Jerez explica lo dicho: una faena pura -para esta época-, con ajuste, codilleando al natural; luego esas gaoneras ortodoxas, estocadas dando de comer, naturales apegados al cánon, estatuarios escalofriantes, y sin embargo con un semoviente abundante en nobleza, americanizado de astas, de una casa tan vilipendiada como Núñez del Cuvillo. Sin el toro de Madrid, José Tomás no tiene la magnitud que él mismo se merece, porque el toro de Madrid es el espejo más certero que existe en el mundo, devolviéndole siempre a cada torero la exacta forma de lo que es, con todas sus limitaciones y virtudes, o la fea belleza de la verdad, as Stendhal said.



Las dos fotos son de Arjona, estirpe de fotógrafos que debería mirar Tomás como ejemplo.
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lunes, 1 de febrero de 2016

José Tomás en La México


Comentábamos en alguna tertulia que la decepción del aficionado es el motor histórico de la Fiesta. Su carácter insatisfecho es al mismo tiempo el gas loco que se riega y lo empuja tarde a tarde, línea de la vida tras línea, a seguir alimentando su afición por la tauromaquia. El toreo es el único espectáculo que se da el lujo de traicionar unánimemente a decenas de miles de espectadores en una tarde. Y nada pasa.

Una decepción que ascendía por los escalones de la plaza se apoderó de los asistentes al doblar el quinto de la tarde. José Tomás no había completado faena alguna. Los enganchones, el interrumpido derrumbe de algunas embestidas, amontonadas sin concierto en una idea alejada de la lidia, pinchazos e intermitencias, fueron como borradores tachados en un cuadro no lógico, nada parecido a la encerrona de Nimes, la faena a Corchito o los productos de la moribunda Barcelona.

La plaza más grande del mundo registró un lleno evocador de las épocas martinistas, cuando Manolo era capaz de repletar la plaza hasta el reloj, él solo. Pero como en sus últimas comparecencias en La México, en la de Tomás se cumplió la ley ineluctable y eterna de la tauromaquia: el rito, la fuerza, el poder, el sentido, la profundidad y la razón de la fiesta es el toro. En su ausencia, no hay tauromaquia posible.







José Tomás y Joselito Adame from Al Toro México on Vimeo.

Hay que tener una honda impresión sobre el yerro del veedor, persona encargada con todos los galones de traer un encierro digno, que no fracasase mojado por su propia orina y la mansedumbre. En una plaza donde cualquiera corta orejas al mínimo esfuerzo de interpretación sobre la ebriedad de la parroquia, que un torero de la talla histórica de José Tomás no haya triunfado con rotundidad implica una cadena de errores que van desde la pésima elección de las ganaderías hasta la impúdica corrupción de la reventa.





Decenas de aviones volvieron a sus países de origen, arrastrando una decepción similar a cuando el tiro de mulillas se lleva a los mansos hacia el destazadero. Cualquiera, por artificio de la literatura, puede inventar una buena crónica sobre la tarde, pero la verdad es que Tomás se dejó trompicar como novillero en su primero, no terminó de sujetar a su segundo e incurrió en sus dos terceros, el oficial y el bis, en el juego de las figuras al venir a América: toro chico y manso, billete grande y ni una gota de vergüenza en la cara camino a las tablas, con la tranquilidad de tener la cifra consignada en el banco y la esperanza del aficionado aún más capitalizada. Tampoco puede obviarse que su primero fue un marmorillo al límite del trapío, que su segundo carecía de remate y abundaba en sosería, mientras que sus dos últimos revivieron el escenario dominical de horror habitual en La México, donde una especie deforme y bruta plagia al majestuoso toro de lidia su sitio.

Lo dice un tomasista.

Pero acaso, ¿se puede esperar que una tarde se salga del libreto habitual de La México?

Ahora lo esperamos en la Santamaría, donde prometió encerrarse cuando la plaza recobrara su libertad.

Foto Briones


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sábado, 2 de mayo de 2015

José Tomás en Aguascalientes




Cinco años de la vida para esto. José Tomás volvió a la arena donde regó su sangre entre el cuerno de Navegante, el pantalón blanco del monosabio, la raya granulada. Le hicieron una transfusión de sangre con la tipo A negativo de las personas que hacían fila para donarla, entre angustiosos mensajes de megáfono. Todos tenían una manga de la camisa remangada. Bien. Son cinco años y todos seguimos aquí, incluso Navegante,  toro en la memoria colectiva de una cultura que no deja morir a los animales que mata.

Plaza a reventar, inflada espectacularmente por la vergonzosa reventa. Ante una escalera de lote (uno con edad, otro terciado y escurrido, otro anovillado, en el registro de la placita) José Tomás desplegó una tauromaquia rica en registros, eso sí, sin lograr la rotundidad en una sola faena, descontando ese aletazo de tauromaquia en su tercero: derechazos de uno en uno a su segundo con ese perfilismo cruzado tan suyo, tan de Manolete; doblones toreros a su tercero, y molinetes por piernas de inicios del XX; pases del celeste imperio, el escalofriante pase del desdén a un toro que viene cruzado por la cadera contraria; unas tafalleras en la capa, luego la donzantina hecha con toda la lentitud de un toro que caminaba, hipnotizado por el trazo circular que ningún animal, salvo el hombre, puede lograr. Doblones clásicos en su último, que ante un toro de respetable romana y patas pondrían bocabajo a Madrid, donde gusta ese inicio de faena. Incluso un retorcimiento, visto con nuestros ojos, pero figura al fin y al cabo muy cara en la historia de la tauromaquia mexicana, testimoniada en la siguiente foto:




Solo el vídeo de El País hizo honor al excelso toreo al natural del tercero, recibido en el primer tercio con una verónica por doblón plena de poder y clasicismo. Aquellos toro parecían Jano bifronte, dos caras, una de toro de edad, a la vuelta anovillados de perfil, vacíos de expresión. Lo mismo ocurrió con Tomás, huelga decirlo nuevamente, que no conjuntó toda esta rica magia contada en una sola faena. Se le vio en ocasiones apurado por cabezazos en el pecho por falta de mando, enganchones del pasado, el perfilismo abusivo 2.0. En el fondo da igual. Lo torero hoy era pararse en el mismo sitio donde hace cinco años se paró su propia muerte, para luego torear el pase por la derecha que Navegante había dejado inconcluso, no para siempre.

Cinco vídeos sobre la actuación de José Tomás en Aguascalientes (lista actualizable):


 

OCTAVA CORRIDA 2 MAYO 2015 ATM from Charly Lara on Vimeo.

Monumental de Aguascalientes, corrida del 2 de mayo de 2015 from Suerte Matador TV on Vimeo.









Vídeos extraídos de los portales Al toro México, Suerte Matador, El Mundo, El País, Mundotoro, al igual que algunas de las siguientes fotos:






 Y esta, que es una pequeña poesía:


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viernes, 1 de mayo de 2015

Aparición


Todavía logró hablar con precisión sobre ello, después de todo. Es el 24 de abril de 2010 en la plaza de Aguascalientes. El toro Navegante acaba de dividir la arteria femoral de José Tomás, lo que en el siglo XIX y en gran parte del XX hubiera significado su inapelable muerte. Instantes previos el burel estaba en el tercio, renuente  por el pitón izquierdo, agarrándose al piso. Tomás cambia de terreno, le sigue ofreciendo la querencia y le hila una serie cualquiera por el pitón derecho con la muleta retrasada. Es el enorme problema generacional del rebajamiento de la sangre de casta, que en lugar de mansos con poder produce tardos sin ganas. Quedando a favor de la querencia del toro, hace un cambio de mano con un barrigazo a último momento. El toro, que va por el derecho, se revuelve izando al torero con su pitón izquierdo, levantando esa delgada línea de cuerpo como si fuera papel de seda. Es el instante más importante en la vida del hombre más importante de la tauromaquia posmoderna. Un atajo de nada, ridículamente balanceado por un animal que huye. El hombre no es nada. El hombre es víctima del sitio cruzado que tanto preconizó; desde luego también de la ausencia de casta ofensiva que su generación solicita. Antes de caer, Tomás dio un vertiginoso giro en el cuerno del animal, quien a su vez ya emprendía su huida hacia los terrenos donde, irónicamente, el torero quería enviarlo al inicio de la faena. Luego de que las nueve personas que fueron al rescate del torero desaparecieran de la escena, todo salpicado de sangre, el toro queda solo con un peón en el centro del ruedo, como si fuera bravo.

Cientas de rotativas después, de estatutas de yeso, proyectos editoriales, litros de sangre tipo A negativo, carreteras cerradas a media noche, el helicóptero oficial, los lugares comunes ardiendo, el abuso semántico y las aliteraciones con aquel pobre nombre de Navegante, título propicio para metáforas de naufragios, y también las seis horas de cirugía, minuto a minuto, y aquellos moscardones en torno a la sangre fresca que no termina de secar para quienes invocan la tragedia (en nombre de su propio beneficio); luego de todo ello, poco nuevo hay. Acaso alguien,  Méryl Fortunat-Rossi, con su documental tan obviado, como se obvia hoy en el mundillo taurino lo que es realmente artístico y cultural en torno a nosotros.

                     
Trailer Aparición from Hélicotronc on Vimeo.


Aparición narra con un lenguaje particular el retorno a los ruedos de Tomás luego de la cornada en Aguascalientes. Todos sus planos están concentrados en el público de Valencia, captado en tomas fijas de larga secuencia. El resultado registra la red de emociones y reacciones de las personas ante los hechos del ruedo. Sin necesidad de ver una sola vez al torero o al toro, a través del lenguaje gestual del público se sabe si Tomás toreó bien al natural o si fue prendido en pavorosa voltereta. Cada rostro, cada movimiento de los brazos, la concentración de las miradas, el terror femenino, son una extraordinario fresco sociológico sobre el aficionado taurino. Se dirá algo tan provocativo como obvio: los aficionados también son la corrida.

La cinta expone al máximo el grado de implicación que el espectador siente con respecto a la corrida. Allí nadie se está divirtiendo. Lo mismo valdría preguntarse: ¿Por qué, si los aficionados taurinos supuestamente padecen de sadismo, reaccionan ante el hecho de la agresión contra el torero con tanto pavor y rechazo? ¿Por qué al culminar las series sus expresiones parecen de un saludado alivio que rompe la tensión? Es como si esas personas no aplaudieran la destreza del torero, sino el conjunto coral del que también hace parte su capacidad de resistir la avalancha emocional provocada por el toreo. José Tomás, se sabe, es el torero que mayor transmisión logra con los tendidos, a causa de un valor descomunal, el belmontiano dramatismo de sus lances, su pose hierática y la inminencia de las cornadas que siempre anuncia su toreo.

Aparición, cuyo transito en la tertulia taurina ha sido menos que discreto, afronta esta tremenda injusticia acercándose a lo que mañana, 02 de mayo de 2015, representará el retorno a los ruedos de José Tomás al mismo sitio donde hace cinco años cayó herido de muerte. Tras morir en el ruedo y revivir en una enfermería mexicana, José Tomás aparece. Su viaje desde la enfermería de vuelta a la arena es una explicación moral sobre lo que es ser un torero: en el momento en que él se pare en el mismo tercio donde Navegante le infirió la cornada mortal, y aunque el toro de turno esté renuente a embestir, José Tomás estará toreando, pues torear es volverse a poner en pie para situarse más firme, más cruzado, cargando más la suerte...torear es vencer la muerte que promete la embestida, pero también los miedos que invoca.


José Tomas Faena 2e toro Valencia 23 07 2011 por elboby30

¿Debió Fortunat-Rossi esperar hasta el retorno de Tomás en Aguascalientes para grabar esos imponentes planos de relieves humanos? Seguramente nadie podría apostar que el torero volviera a esa arena. A pesar de la moralidad tomasista en la tauromaquia (extremo heroísmo, desprecio de la cornada, valentía, arrojo), el torero sigue siendo alguien fuera de lo común precisamente porque nadie le obliga a hacer lo que está haciendo. Arriesgar la vida propia ante las astas de un animal de media tonelada y un motor increíble de empuje, es algo a lo que no se obliga a nadie. Y como nadie obliga a Tomás a anunciarse en fechas señaladas en plazas y ferias de responsabilidad, ni tampoco se le obliga a lidiar encastes duros, ni a mantener su lugar de figura central de una época rica en registros, pues él tampoco se obliga. Su ostracismo, mitad disfrazado y mitad real como forma de protesta contra el modelo taurino actual, perjudica más al tomasismo mismo que al modelo actual. 

Como sea, que su zapatilla pueda hollar la arena de Aguascalientes sigue siendo un inestimable triunfo de la solidaridad, la medicina, la valentía y la tauromaquia.


                 
APARICION FR-EN from Hélicotronc on Vimeo.





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jueves, 19 de junio de 2014

José Tomás en Granada



Con la séptima costilla rota, en la monumental de Frascuelo en Granada (y también Frascuelo, en el XIX, con sus costillas rotas por Peluquero), José Tomás empuñó estoque y muleta, y se tiró a matar. Minutos antes el cinqueño había intentado echárselo a los lomos, cuando Tomás le perdiera la cara al rematar una serie. Quedó en vilo entre las astas, sacudido como un pelmazo de nada, diría Góngora. Pero en el momento en el que el torero ha perdido su técnica, y la cornada o la muerte son irremediables, entonces aquel hombre no es un pelmazo, un atado de nada. Allí está el testimonio de su valor, en el peligro ya materializado, que parece decirnos todo sobre la valentía del hombre que tomó el riesgo momentos antes, y perdió. Es común oír que José Tomás le sube un punto a la presentación de los toros donde se anuncia. El escrúpulo de su veedor, sin embargo, sigue empleándose en plazas de segunda. Todo está rodeado de mentiras: la ausencia de rigor, el humo de la ortodoxia en los escenarios profanos de las provincias, los eventos elitistas, el público triunfalista de partida. Toda plaza pierde su huella, y se transforma en la misma plaza, con las mismas gentes, el mismo toro. En el momento del paseíllo, parece ser todo una mentira, confirmada en cuanto rompe el toril y sale el toro del punto arriba, sin embargo aún lejos del toro español en la plaza de primera, como Madrid. Pero luego Tomás intenta hacer el toreo de desquiciada pureza que puso su nombre en la boca del siglo: verónicas ganando terreno, temple, pata adelante, sitio cruzado, la pala del pitón contrario, el estoicismo...todo eso invoca la pureza que se ha perdido con el toro de la plaza de segunda, cuando el nombre es anunciado en un enorme cartel, y las reservas de los hoteles se disparan, las transportadoras se alegran y la taquilla experimenta un incontenible éxito.

Foto de Arjona para Aplausos

A la altura del segundo toro, el cinqueño, astado mejor presentado del encierro, José Tomás pierde la cara, es vapuleado y luego transportado inconsciente a la enfermería, en medio de escenas de gran pánico de sus creyentes. Cuando uno ve a cualquier torero ingresar inconsciente, con la imagen fresca de los pitones jugando en el pecho, el triángulo y la cara, no imagina que el diestro saldrá en cuestión del minuto, caminando con la misma prestancia y majestad con la que ha pisado la arena en el paseíllo. Esos andares también son tauromaquia. Por ejemplo, su indulto a Idílico es un desvarío posmoderno que poco interés me produce, salvo por el momento en el que el toro de Núñez del Cuvillo entra al toril, y José Tomás se dirige al centro del ruedo, caminando como si fuera un Dios. En esos momentos lo era. Incluso el torero, en trance de franca derrota e inconsciencia, es un Dios:


Como si fuera el atropellado en una calle cualquiera, ha perdido la zapatilla izquierda, que en las costumbres de los agentes de tránsito siempre indica un cuerpo derrotado por el movimiento. Da igual. Uno puede citar la descabellada cantidad de mitos que quiera. Tomás salió al minuto de la enfermería, caminando como un magno, y sin que nadie supiera lo que llevaba adentro: la séptima costilla izquierda fracturada y desviada, lo que supone un dolor infinito. Sin torcer el gesto, sin hacer de su dolor una expresión ostentosa, incluso engañando a todos, salió a matar al toro, en la rectitud, como sabe matar él. Ese es precisamente el mito de Tomás, uno que desmiente poderosamente la acusación taurina y antitaurina, sobre el supuesto morbo que el diestro, y por extensión la tauromaquia misma, despierta: se va a la plaza no a ver la sangre y el dolor, sino a ver el más puro estoicismo, el más incontestable. Pero nosotros estamos aún estupefactos por la noticia de Guardiola. ¿Qué verdad hay en el mundo que permite el destino de los oscuros corredores de los mataderos para un toro de casta brava? ¿Y los maestros? ¿Por qué están lejos del mundo, matando el encaste de siempre?
Así como un hombre hoy tocó el mito (y nos lo hizo tocar) y volvió de la enfermería tan rápido, con su pecho roto y sin demostrar nada, uno espera que nuestra época asista a esa resurrección, como la de Tomás en Granada, y que los toros y vacas de Guardiola se devuelvan por los corredores de las factorías, de regreso a los campos y las plazas donde se produce el mito de la tauromaquia.


José_Tomás_Granada por burladero_es
Granada, Feria del Corpus, 19-06-2014. Finito de Córdoba, José Tomás -que reaparece en España- y Rafael Cerro (PARTE 1) from Aplausos on Vimeo.

Granada, Feria del Corpus, 19-06-2014. Finito de Córdoba, José Tomás -que reaparece en España- y Rafael Cerro (PARTE 2) from Aplausos on Vimeo.

FERIATV












Fotos de Arjona para Aplausos
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domingo, 18 de agosto de 2013

José Tomás, el toreo metafísico



Escribir sobre José Tomás es un serio problema. Su tauromaquia no cuenta con ninguna referencia anterior, pese a las notables influencias que su toreo tiene: el estoicismo de Manolete, el sitio de Lorenzo Garza, el impávido o inhumano valor de Diego Puerta...y sin embargo, todos ellos se distancian de Tomás hasta un punto donde el pase natural de nuestro torero en cuestión es un imposible físico: la ruptura del cánon de Belmonte, donde el toro no pasa en derredor, sino a través. Un estremecimiento metafísico.

Valga hacer un memorial de agravios: se le considera un torero sin mando, con codilleo; que participa en el trapazo, en el tremendismo serio de mancharse el traje.Algunos le acusan de ser un samurai, un suicida que traza el 7 del seppuku, pero toreando.  Se le pone en solfa al vender su toreo a precios exorbitantes y en sitios exclusivos prestos a la manipulación. También, y por extensión de lo anterior, se le acusa de tener el poder de llenar cualquier plaza del mundo, y no hacerlo con las más necesitadas. José Tomás, el único que llenaba la Monumental de Barcelona, el torero más grande de la posmodernidad, se esté o no de acuerdo.

En mi personal opinión, el toreo de Tomás me parece metafísico; metafísica por cuanto su tauromaquia es capaz de transmitir, como ninguna otra, una sensación de muerte y belleza, todo inmediato, todo ofrecido. La muerte es un campo que no experimentamos propiamente: tras la muerte cerebral y la nada, hemos dejado de percibir el mundo, pues la muerte no es el mundo, ni está en él. Esa imposibilidad de conocer la muerte, de vivirla, solo puede romperse con el ritual; tras la misa latina, y algunos rituales de interés etnográfico en comunidades remotas, no conocemos a la muerte más que como una molesta irrupción en nuestra vida cotidiana, capaz de perturbar con el dolor de la desaparición de un ser querido, o la violencia; la modernidad ha perdido entonces la capacidad de 'vivenciar' la muerte más allá de todo rasgo doloroso y social; pero necesitamos otra cosa; sin perder de vista, la muerte como experiencia pura. Sin embargo, occidente solo cuenta con la tauromaquia para la intromisión de la muerte en la vida. Tomás es quien más llega tras ese muro, con su torero que en cada pase es muerte y emoción, y una caracterización de la valentía, la más grande. Por eso Viard dice que su tauromaquia es un <<sobresalto místico y ético>>, y tiene toda la razón.

Pero aquella suciedad manchada, aquella acusación sobre "no saber torear", es terriblemente imprecisa. Es entonces cuando recordamos su primera puerta grande en Madrid con este corto toro de Alcurrucén, la primera de 7: una total y absoluta cátedra de toreo al natural, esto es, de tauromaquia clásica y pura:

                       

¿Cómo puede lanzarse una acusación de incapacidad técnica sobre José Tomás, después de este puño en la mesa del toreo contemporáneo? La resurreción del toreo clásico, en una línea que iniciara Ortega, y siguiera Bienvenida, Antoñete, Rincón...Todo ese toreo clásico y puro, por extensión el más difícil de practicar, reivindicado en esta faena. Tomás sabe torear.

Luego conoceríamos al torero maduro, pasado por el tamiz de la experiencia, y la saludable influencia de un apoderado, Antonio Corbacho, quien lo inició en la ética y la mentalidad de los samurais, en la obsesiva reiteración de los pases y lances proyectados desde un estado interior, en la renuncia del Yo...en fin, en una forma de espiritualidad con la muerte, reflejada a la perfección en el filme catalán El Brau Blau, donde una persona se obsesiona con el toreo de José Tomás, e inicia un camino interior hacia la faena y la muerte. De ese filme, se desprenden unas palabras de Belmonte superpuestas a unas de Takuan y luego el mismo torero; todo es casi poesía:

Dijo Juan Belmonte: "Tan pronto
como el toro salió, fui a él
y al tercer pase oí el clamor
 de la multitud puesta en pie.
¿Qué había hecho?
Al instante me olvidé del público,
de los otros toreros, de mí mismo...
...en incluso del toro.
Comencé a torear como lo había hecho
tan frecuentemente en los corrales
 y en las dehesas,
con la misma precisión
que si hubiera estado trazando
un dibujo en una pizarra..."
"La espada no tiene voluntad propia,
no es sino vacuidad.
Es como el destello de un relámpago.
El hombre que está a punto
de ser abatido es también vacuidad
y lo mismo el que maneja la espada.
Como son vacuidad, el hombre
que golpea no es un hombre,
la espada en sus manos
 no es una espada,
y el "yo"
que está a punto de ser abatido
es como el corte
de la brisa primaveral
en el destello de un relámpago.
Cuando la mente no se fija,
la espada que se blande
es como el soplo del viento.
El viento no es consciente de sí,
cuando sopla sobre los árboles
hace estragos en ellos.
Así ocurre con la espada."
Maestro Takuan, siglo XVll.
Dijo José Tomas:
"El valor es dejar dormir la mente
para que el espíritu
toree con libertad."
No evadas la forma.
Repite hasta la saciedad.
Tienes que librarte del peso.
Tienes que sentirlo todo
sin tener nada.
Esa es la esencia del toreo interior.
Absoluta mismidad.
Un ritual pleno y cerrado.
Un lugar para perderse.



Entonces inauguramos la época donde José Tomás demostrará un valor inhumano en los ruedos: a su sitio, totalmente cruzado, estoico, quieto, vertical y cercano a la cruz del toro, hay que añadirle una condición inusual para reponerse y quedarse en pie tras la cornada. Si bien es cierto que todos los toreros están hechos de otra pasta, y todos están dispuestos a brindarnos un testimonio de cómo torear con el cuerpo atravesado por una cornada, también es verdad que en Tomás esto parte del concepto ético de su tauromaquia: su sitio es el más expuesto, torea donde nadie, y por ello, debe cambiar toreo por cornada, y cornada por toreo. Las acusaciones sobre sus errores técnicos acaso obvien este principio: la tauromaquia de José Tomás es evidenciar al máximo la posibilidad de la cornada, la oportunidad y el honor del toro,y cambiar esto por toreo, en el filo preciso de la muerte. Quizá por ello su tauromaquia, que he dicho metafísica, sea la más poderosa en la transmisión de la sensación de la muerte.

Recordemos esta corrida en Madrid, donde cortó 3 orejas, pero también sufrió 3 cornadas durísimas en sus muslos. El primer toro, de El Puerto de San Lorenzo, rajado en tablas y apretando hacia adentro, pero el torero obviando la existencia de la tabla, en una faena de complicaciones técnicas. Su segundo toro, con transmisión y recorrido, y Tomás con la pierna perforada, pero haciendo un toreo de distintos registros -colocación de frente, de perfil absolutamente cruzado, manoletinas de escándalo, una estocada pura que valió cornada-:

                       




Es el José Tomás de la impureza estética, pero de la ética pura, que quizá pueda ser explicada en este feliz aparte de la nota luctuosa sobre la muerte de su apoderado y mentor, el maestro Antonio Corbacho:

"Corbacho aplicaba al mundo del toro el ‘Bushido’ y los códigos de comportamiento de los guerreros japoneses. Se acercó a aquel mundo a través de Michael Von der Goltz, un amigo suyo novillero y barón alemán con el que entraba en los cines a ver películas de Kurosawa después de beber sake. A partir de ese momento, el apoderado, que resultó un estudioso de autores como Confucio y Anácletas, depuró un código mental, unas reglas radicales de comportamiento que influyeron en sus pupilos. «El toreo tiene que ver mucho con aquel mundo de honor del samurai, de compromiso vital, de aceptación de la propia muerte». Una parte importante de esas teorías se vieron en los toreros que forjó y en su capacidad para el sacrificio en la plaza, «algo incomprensible hoy en día, en una sociedad en la que la gente se cree con todos los derechos y ninguna obligación»."

¿Y la estética de José Tomás? La pregunta peca de palmaria, pues, ¿qué sería de un torero moderno, tras la revolución de Belmonte y Chicuelo, si no tuviera estética al torear? Cuando en José Tomás la carga ética y dramática logra conciliarse con su técnica, su pureza, y su forma de torear plena de transmisión, surge su estética. Resulta de sumo interés esta corrida en Madrid, con toros enclasados de Victoriano del Río -el último con un galope encastado-, toros con la embestida y la cabeza suelta, esto es, con dificultades técnicas, pero a los que José Tomás les receta un concepto de toreo por abajo y 'semidefrente' exquisito. En el tercer video se ve al toro rozar la taleguilla en el inicio de la faena por estatuarios; cabe recordar que el estatuario, también conocido como Pase del Celeste Imperio para denotar su engaño, en José Tomás no es engaño: solo él ha podido pegarle un trincherazo a un toro que arranca atrás de la cadera, y solo él ha podido rematarlo en la pala contraria, como si el toro hubiese atravesado al torero: el pase ha sido absolutamente toreado. Cortó 4 orejas:

                        

                        
             
                        

Esta es pues la estética de Tomás: verticalidad pero con verdad, impresionismo, que no tremendismo; ética total en la danza con la muerte, valor y nuevamente valor, y si me apuran, una ruptura del cánon de Belmonte, una trascendencia del cánon del toreo moderno. La espada sin mentiras:


Y sin embargo, sigo insistiendo en que escribir sobre José Tomás es un serio problema, como seria es la muerte, y todo lo que sobre ella trata. Luego José Tomás se irá diluyendo, toreando a cuenta gotas cada año-agitando profundamente las aguas de la tauromaquia cuando aparece en el ruedo-, buscando la perfección a costa de toda esta voluntad de no hacer una temporada decente, cosa que lo enemista con un gran sector de la afición. El torero que pasaba 14 horas frente a un espejo de gimnasio haciendo el mismo lance de capote, no ha aparecido en el 2013, y el año anterior solo hizo 3 paseíllos en ruedos convencionales. Conmocionó profundamente al mundo taurino en el 2012 con una encerrona en Nimes que tocó la perfección en algunos apartes, incluido el indulto de un toro que llamaron Ingrato, pese a llamarse Vándalo. En este punto me da igual la reiteración sobre lo manipulado; lo que advierto es un torero de pasos y pases medidos con perfección geométrica, y toreo al natural con la mano derecha, con la muleta asida a la manera de Antoñete.

Hace algunos años, jugábamos fútbol en un baldío pavimentado junto a una autopista altamente transitada por carros, por lo que todo el juego debía estar medido por los pasos exactos y leves, ya que, si el balón daba en la autopista, sacarlo de allí no solo nos ponía en riesgo de atropello, pues además era un serio problema para el mismo balón, que resultaba pinchado, y a 2 calles, arrollado. Para un niño, aquel era un cálculo definitivo. Recuerdo esos partidos como el juego de no dejar salir el balón más que el de meter el balón en el arco enemigo. La total consciencia del movimiento para eludir el peligro, la total y absoluta consciencia de los pasos y la levedad, la delicadeza (patear la pelota duro, era lanzarla a la autopista). Por alguna obvia y desconocida razón, esta faena de José Tomás me transmite la misma impresión que aquellos juegos junto a la autopista:

             

Para J.J.N. Y también para A.O.

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viernes, 2 de agosto de 2013

URQUIJO : EL ASTRO OSCURO



Belmonte rompió con el toreo móvil del siglo XIX justo cuando España se lanzaba a la carrera de la industrialización. Como gran visionario que era, Juan Manuel Urquijo Ussía acompañó esta doble evolución: financiando a la industria a través del banco que creó junto a sus hermanos y cultivando en sus Murubes una bravura apta para el toreo puro que empezaba a despuntar. Veinte años más tarde, Manolete profundizó la lógica belmontina, dándole la espalda a uno de los dogmas fundadores del toreo: situarse de perfil en vez de frente, una “herejía” que le permitió realizar un toreo más estoico que nunca, verdadero espejo donde la España de la postguerra le gustaba reconocerse.

Dominguín, y luego El Cordobés, se subieron a la brecha alargando los muletazos y ligándolos en un terreno cada vez más reducido, sistematizando el “descargar la suerte”, lo que acabó con otro de los credos constituyentes del toreo clásico a la vez que abría la vía del toreo contemporáneo, en el momento en que España, en plena reconstrucción, perseguía el modelo americano, que concedía ayudas a cambio de algunas bases militares estratégicas, bajo los acordes de la generación Los Beatles y la ola Ye-ye. Luego apareció Ojeda, que, en plena vorágine consumista, concentró todas las aportaciones anteriores dentro de un terreno minúsculo, lo que supuso un progreso en cuanto a la continuidad del toreo y su fuerza emocional. Que esta tauromaquia sin retorno produjera a uno de los diestros más iconoclastas y populares de la historia –Jesulín- tendría que habernos alertado de los peligros inherentes a cualquier genio cuyas enseñanzas son pervertidas. Coincidiendo con el auge de la tele-realidad, en la arena sólo podía corresponderle una caricatura del toreo por excelencia. Y aunque el mérito de Jesulín fue inmenso, y su valor indiscutible, de él sólo quedan una marioneta estúpida en los guiñoles de Canal Plus y el recuerdo de un torero bajándose los pantalones en prime time para mostrar sus cornadas.

El mismo exceso de sensacionalismo que destruyó todos los códigos de conducta en nuestra sociedad, desembocó en el mundo taurino en una inversión de sus valores fundamentales: en el toro, la bobaliconeria alocada ha sustituido a la bravura enclasada, mientras que la virtuosidad esforzada y avasalladora ha desterrado al elegante toreo puro, siendo, aquélla para éste, lo que la pornografía al erotismo.

Reivindicando el toreo ortodoxo, José Tomás hizo volcar la balanza del lado de un clasicismo bienvenido, realizado también por Morante con una carga artística superior. Un salto atrás hacia una mayor verdad, en un país sumergido en las mentiras de un crecimiento falaz que ahogó a España en la recesión. El Juli, como líder de su generación, se opone hoy a esta restauración tomasista, puesto que en su toreo el único objetivo consiste en encadenar muletazos sin preocuparse por la estética, ni la ortodoxia, ni por supuesto la elegancia, virtudes manifiestamente anticuadas en su opinión. Una filosofía que lo convierte, en la plaza, en un digno reflejo de los brokers insaciables de Wall Street, quienes crearon activos engañosos a partir de valores vacíos.

Si hacemos caso omiso al contexto, la capacidad técnica de los toreros de la “generación Juli” es digna de admirar, pero tenemos derecho a preguntarnos si resulta deseable que este toreo muy previsible - nunca se ha podido tanto con un toro tan escaso de poder- cree escuela, puesto que sólo es admisible cuando se realiza ante un adversario que imponga respeto. Porque, en caso contrario, si el rival peca de poca presencia o casta para encarnar el espejo indispensable donde este toreo eficaz pero sin gracia debe encontrar su reflejo para convencer, todo queda reducido a un ejercicio de virtuosidad desprovisto de significado y que, muchas veces, raya la vulgaridad. Algo que sucede a menudo cuando se ejecuta ante un oponente cuya clase exige al torero que interprete el toreo más puro.

De la misma manera que la tauromaquia de Belmonte era fruto del anarquismo, en la medida en que rechazaba todos los códigos establecidos, igual que Manolete encarnó el estoicismo de una sociedad malherida por la Guerra Civil, igual que El Cordobés acompañó la euforia de la reconstrucción en España a través del Plan Marshall, igual que Paco Ojeda rechazó los límites de lo posible justo cuando la sociedad de consumo emprendía una ciega marcha hacia el abismo, la tauromaquia del Juli parece ser el perfecto contrapunto a la de José Tomás:  éste último encarna un sobresalto místico y ético, mientras que el Juli simboliza la huida hacia delante de una sociedad ávida de emociones fuertes… El fin justifica los medios y el rito degenera en ocio. Por supuesto, aún es demasiado pronto para saber si este postmodernismo debe ser considerado como una regresión o una evolución. A menudo, no son sus contemporáneos quienes determinan el lugar que los toreros deben ocupar en la historia. Lo hará la posteridad, y jamás sabremos qué retendrá de esto que ahora algunos llaman súmmum y otros decadencia. De cualquier manera, la tentativa reformista ahí queda. Y en este contexto, ya que su bravura profunda y el ritmo lento de sus embestidas evidencian las carencias de cualquier tauromaquia que no sea la más pura, el toro enclasado no encuentra ya su sitio, puesto que se ha convertido, a su vez, en el espejo despiadado de una mediocridad banalizada que prefiere destruirlo antes que hacer examen de conciencia. Esta funesta involución explica el destino del encaste Urquijo: mientras que durante más de medio siglo irradió el toreo más profundo, hoy sólo es un astro oscuro condenado a brillar entre tinieblas, donde su luz zaína continúa, sin embargo, iluminando los sueños de quienes no se conforman con la actual realidad.

André Viard en el último número de la imprescindible Terres Taurines
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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".