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martes, 1 de octubre de 2013

Documental Grandes maestros del toreo


El documental va de un edad de oro hacia la otra, según mi parecer: desde Joselito y Belmonte hasta El Viti, Paco Camino y Diego Puerta, mediando la convulsión de la guerra civil, Manolete, el campo charro de los años 50`s, el desparpajo de El Cordobés; a través de todo y del toro, se entendía así al toreo como una relación de poder, que no de colaboración. Vale la pena revisarlo: el buen aficionado no vive del tiempo presente, pues lo hace del tiempo único y eterno del toreo, donde la salida a hombros de El Viti con toros de Miura en Madrid, y los 5 naturales de Juan Belmonte, ocurren en un mismo instante, pese a las 6 décadas que los distancia para el tiempo mortal; adjunto las 6 partes del documental, que para sorpresa de cualquiera, empieza con un especial sobre terribles cornadas, acaso para recordarnos que el toreo es una verdad ineluctable por cuanto se enfrenta al dolor y la muerte real; en ese sentido, el toreo ha de ser una imposición sobre el riesgo de muerte y dolor para el hombre, y por tanto, todos aquellos elementos de riesgo deben estar siempre presentes, traducidos en la bravura y presencia del toro, fundamento total de la tauromaquia.


                      

                     
               
                     

                     

                    

                   

 ADENDA con Curro Romero, Rafael de Paula, Curro Vázquez:

                  



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viernes, 2 de agosto de 2013

URQUIJO : EL ASTRO OSCURO



Belmonte rompió con el toreo móvil del siglo XIX justo cuando España se lanzaba a la carrera de la industrialización. Como gran visionario que era, Juan Manuel Urquijo Ussía acompañó esta doble evolución: financiando a la industria a través del banco que creó junto a sus hermanos y cultivando en sus Murubes una bravura apta para el toreo puro que empezaba a despuntar. Veinte años más tarde, Manolete profundizó la lógica belmontina, dándole la espalda a uno de los dogmas fundadores del toreo: situarse de perfil en vez de frente, una “herejía” que le permitió realizar un toreo más estoico que nunca, verdadero espejo donde la España de la postguerra le gustaba reconocerse.

Dominguín, y luego El Cordobés, se subieron a la brecha alargando los muletazos y ligándolos en un terreno cada vez más reducido, sistematizando el “descargar la suerte”, lo que acabó con otro de los credos constituyentes del toreo clásico a la vez que abría la vía del toreo contemporáneo, en el momento en que España, en plena reconstrucción, perseguía el modelo americano, que concedía ayudas a cambio de algunas bases militares estratégicas, bajo los acordes de la generación Los Beatles y la ola Ye-ye. Luego apareció Ojeda, que, en plena vorágine consumista, concentró todas las aportaciones anteriores dentro de un terreno minúsculo, lo que supuso un progreso en cuanto a la continuidad del toreo y su fuerza emocional. Que esta tauromaquia sin retorno produjera a uno de los diestros más iconoclastas y populares de la historia –Jesulín- tendría que habernos alertado de los peligros inherentes a cualquier genio cuyas enseñanzas son pervertidas. Coincidiendo con el auge de la tele-realidad, en la arena sólo podía corresponderle una caricatura del toreo por excelencia. Y aunque el mérito de Jesulín fue inmenso, y su valor indiscutible, de él sólo quedan una marioneta estúpida en los guiñoles de Canal Plus y el recuerdo de un torero bajándose los pantalones en prime time para mostrar sus cornadas.

El mismo exceso de sensacionalismo que destruyó todos los códigos de conducta en nuestra sociedad, desembocó en el mundo taurino en una inversión de sus valores fundamentales: en el toro, la bobaliconeria alocada ha sustituido a la bravura enclasada, mientras que la virtuosidad esforzada y avasalladora ha desterrado al elegante toreo puro, siendo, aquélla para éste, lo que la pornografía al erotismo.

Reivindicando el toreo ortodoxo, José Tomás hizo volcar la balanza del lado de un clasicismo bienvenido, realizado también por Morante con una carga artística superior. Un salto atrás hacia una mayor verdad, en un país sumergido en las mentiras de un crecimiento falaz que ahogó a España en la recesión. El Juli, como líder de su generación, se opone hoy a esta restauración tomasista, puesto que en su toreo el único objetivo consiste en encadenar muletazos sin preocuparse por la estética, ni la ortodoxia, ni por supuesto la elegancia, virtudes manifiestamente anticuadas en su opinión. Una filosofía que lo convierte, en la plaza, en un digno reflejo de los brokers insaciables de Wall Street, quienes crearon activos engañosos a partir de valores vacíos.

Si hacemos caso omiso al contexto, la capacidad técnica de los toreros de la “generación Juli” es digna de admirar, pero tenemos derecho a preguntarnos si resulta deseable que este toreo muy previsible - nunca se ha podido tanto con un toro tan escaso de poder- cree escuela, puesto que sólo es admisible cuando se realiza ante un adversario que imponga respeto. Porque, en caso contrario, si el rival peca de poca presencia o casta para encarnar el espejo indispensable donde este toreo eficaz pero sin gracia debe encontrar su reflejo para convencer, todo queda reducido a un ejercicio de virtuosidad desprovisto de significado y que, muchas veces, raya la vulgaridad. Algo que sucede a menudo cuando se ejecuta ante un oponente cuya clase exige al torero que interprete el toreo más puro.

De la misma manera que la tauromaquia de Belmonte era fruto del anarquismo, en la medida en que rechazaba todos los códigos establecidos, igual que Manolete encarnó el estoicismo de una sociedad malherida por la Guerra Civil, igual que El Cordobés acompañó la euforia de la reconstrucción en España a través del Plan Marshall, igual que Paco Ojeda rechazó los límites de lo posible justo cuando la sociedad de consumo emprendía una ciega marcha hacia el abismo, la tauromaquia del Juli parece ser el perfecto contrapunto a la de José Tomás:  éste último encarna un sobresalto místico y ético, mientras que el Juli simboliza la huida hacia delante de una sociedad ávida de emociones fuertes… El fin justifica los medios y el rito degenera en ocio. Por supuesto, aún es demasiado pronto para saber si este postmodernismo debe ser considerado como una regresión o una evolución. A menudo, no son sus contemporáneos quienes determinan el lugar que los toreros deben ocupar en la historia. Lo hará la posteridad, y jamás sabremos qué retendrá de esto que ahora algunos llaman súmmum y otros decadencia. De cualquier manera, la tentativa reformista ahí queda. Y en este contexto, ya que su bravura profunda y el ritmo lento de sus embestidas evidencian las carencias de cualquier tauromaquia que no sea la más pura, el toro enclasado no encuentra ya su sitio, puesto que se ha convertido, a su vez, en el espejo despiadado de una mediocridad banalizada que prefiere destruirlo antes que hacer examen de conciencia. Esta funesta involución explica el destino del encaste Urquijo: mientras que durante más de medio siglo irradió el toreo más profundo, hoy sólo es un astro oscuro condenado a brillar entre tinieblas, donde su luz zaína continúa, sin embargo, iluminando los sueños de quienes no se conforman con la actual realidad.

André Viard en el último número de la imprescindible Terres Taurines
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Cagancho. Según los revisteros el lance no fue enganchado por el toro, esto es, hubo un temple absoluto.
El temple es un concepto el cual hay que agarrar con los dientes, estando como está, malentendido por el toreo actual, hasta el punto de deformar el sentido original del concepto, y con él su práctica. Por ello, formularé mi teoría del temple, aunque apunta más bien a reconocer qué no es el temple.
Templar a un toro siempre ha sido lo mismo: reducir la velocidad de su embestida. Decía Belmonte que el toro ha de entrar como huracán a la muleta y salir como brisa, algo metereológicamente aplicable al muletazo y al lance de capa;  insistimos: pero tomado a la ligera da para malentendidos. Así que repitamos este principio: templar, es lograr reducir la velocidad de la embestida del toro, en el momento en que se da un lance o un pase, lo que se tiene por apreciable visualmente.

¿Para qué templar? Porque en el toreo, lo valioso es lo difícil, LA VERDAD consiste en exponer, en el grado de dificultad de un pase o lance; eso es lo que vale la pena. Instintivamente, lo más difícil es someter al toro, en cuestión de terrenos (revisar abajo nuestra entrada sobre ‘cargar la suerte’), y finalmente, en cuestión de sus movimientos naturales: un animal de media tonelada, que logra desarrollar no sé cuántos trenes de fuerza, por arte (y no artificio) gracias al temple se mueve con lentitud, adquiere ritmo, y por ello, compone una danza con el torero. He ahí la magia, y lo difícil, y el temple.
Con ello, vamos a la primera conclusión: el temple no es una técnica, es un resultadoque consiste en ralentizar o reducir la velocidad del toro, a fin de lograr un ritmo coherente, que será danza, y por ello ARTE. Con esto, sin duda debemos pensar que el temple es un atributo del toreo moderno, aunque permitamos una digresión histórica útil:

Podemos contar desde los revisteros una escuela del temple en la historia del toreo: Cúchares, el último Paquiro, Pepe Hillo, Pastor. Todos ellos en sus tauromaquias contienen formas primitivas de reducir la embestida del toro; la lentitud que lograron en el toreo de capa no se puede comparar con la actual, la veríamos como un juego desaseado y muy rápido. Pero para la época, donde el toreo de poder y de piernas era una lucha épica entre la potencia de un toro bravo y descompuesto y un torerillo, el instinto de querer reducir la velocidad del toro marcaba un corte de diferencia. Luego, me aventuro a decir que Belmonte y Chicuelo sentaron las bases del temple. Belmonte, al invertir el axioma de Lagartijo (o te quitas tú o te quita el toro), introduciendo la quietud, y Chicuelo, especialmente en su tauromaquia del periodo 1927-1928, al introducir la ligazón y el toreo en redondo real. Todo ello necesita temple, necesita que el toro “deje estar”, y no por bondadoso, no por buenazo, sino en conclusión porque el torero lo torea.
Con ello llegamos a una segunda conclusión: el temple es resultado del torear, y por tanto de un proceso en la lidia; no puede confundirse el temple con torear lento a un toro lento, ya que esto último niega el proceso de torear, y su resultado: templar la embestida.

Tenemos que en la gran parte de los casos antiguos, el toro era sometido a un tercio de varas sucio pero fuerte, a los quites de capa, banderillas, y luego llegaba al tercio de muleta con fiereza. Incluso, cuando la bravura era ejemplar, el toro iba a más, esto es, aumentaba su violencia y acometividad, sin dejar respiro, tragando terrenos y empujando con más furia; esto especialmente en los 50`s y 60`s del siglo pasado, donde el toro era más pequeño pero estaba más en tipo conforme a las características de cada casta y encaste. Bien, este toro, y se supondría que todo bravo, requería lidia, una guerra de poder en la que la fuerza del toro estaba incólume, y si el torero lograba ralentizar su embestida era por torear, romper al toro, tener una muñeca prodigiosa (el toreo es juego de muñecas y piernas firmes, para el que hay que tener cabeza de ajedrecista y expresión corporal de artista) y saber llevar los vuelos de la muleta, lo que hoy se extraña. Lo verdaderamente increíble del temple, era dar constancia de que la fuerza del toro y su empuje seguían transmitiendo fiereza y bravura cuando embestía, pero durante el muletazo, tenían una lentitud que paraba los relojes y el aliento; la magia ocurre, se comprueba que el toro tiene dos ritmos distintos: uno dado por su naturaleza fiera, que es el rápido, y otro lento y con coherencia de danza, lo que se llama temple, y que le da el torero.

Con esto, llegamos a una tercera apreciación:
Para templar, es indispensable el contraste entre la bravura y la dominación, esto es, para templar la condición es que haya algo qué templar: se necesita una embestida brava que sea detenida por el milagro de ralentizar con un trozo de tela a un animal irracional, hasta el punto de hacer que sus embestidas se parezcan a la danza.
Dada la violencia habitual del Victorino en su salida, se puede decir que estos lances de Morante en su comparecencia en Sevilla 2009 tuvieron una de las cimas del temple en el toreo reciente.
Cuando esto sucedía, la sensación de estar sintiendo la eternidad ocurría. No es un exceso poético o retórico al estilo de mundotoro.com, en realidad este juego de paradojas visuales crea un efecto que solo produce el arte de verdad; de lo último se extrae que el temple entra como una de las categorías artísticas del oficio de lidiar toros bravos, como una muestra de creación estética que requiere de plástica, pues un material en bruto es refinado por un proceso hasta el punto de crear un material coherente y capaz de producir emociones que se desprenden de su belleza. No hay que confundir antitaurinamente este proceso de plástica con el hecho de sangrar al toro en la pica y las banderillas para así reducir su velocidad, pues un toro bravo va a más, y los temples más altos de la historia del toreo (Curro Puya, Curro Romero, Morante cada vez que hay elecciones en Colombia, o sea, cada 4 años más o menos) han sido en el tercio de capa. La plástica del toreo es la lidia, y el lenguaje estético más explícito del toreo, es el temple, de allí la importancia de la tercera apreciación: necesariamente el proceso de plástica debe existir, necesariamente ha de haber una embestida fiera-veloz-brava que el torero a punta de lidia transforme en lenta-templada-danza.


Si unimos las cursivas explicativas tendremos que el temple es:
El temple no es una técnica, es un resultadoque consiste en ralentizar o reducir la velocidad del toro en el momento en que se da un lance o un pase, a fin de lograr un ritmo coherente, que será danza, y por ello ARTE. El temple es resultado del torear, y por tanto de un proceso en la lidia; no puede confundirse el temple con torear lento a un toro lento, ya que esto último niega el proceso de torear, y su resultado: templar la embestida. Para templar, es indispensable el contraste entre la bravura y la dominación, esto es, para templar la condición es que haya algo qué templar: se necesita una embestida brava que sea detenida por el milagro de ralentizar con un trozo de tela a un animal irracional, hasta el punto de hacer que sus embestidas se parezcan a la danza.

Así que vamos a formular el centro: hoy, el concepto de templar se malentiende suciamente, en parte por el estado lamentable de la bravura, y en parte por la mediocridad de los públicos y críticos, que han reemplazado lo bonito y falso de lo visual, por lo difícil y emocionante de la lidia y la verdad.

¿Cómo puede decirse que torear a un toro lento es templar? La pregunta es casi ridícula, si uno no tuviera que formular otra: ¿De dónde sale el toro lento, en la historia de un rito que existe precisamente para que el toro será bravo y fiero? Sale de los procesos históricos de degradación de la bravura, hechos actualmente con criterios de selección en las ganaderías que admiten el toro descastado (llenándolo de adjetivos: toro con clase, con movilidad, crudo, fresco, NOBLE, dulce (¡), colaborador (¡!), apto para el toreo con ARTE, etcaetera) , supuestamente porque sin él, el toreo de arte no sería posible, como si las faenas de Curro Romero, Curro Puya o Antonio Ordóñez, y que marcaron una cumbre del toreo hecho arte, no fueran ante toros encastados de Conde de la Corte, Contreras y Palha, respectivamente. No hay que confundir estas lidias a toros sin empuje, que embiste caminando o que desconocen cualquier movilidad, con toreo templado. Pero es mejor machetear:
Curro Puya, para la mayoría de teóricos, la mejor verónica de la historia. Hay que ver cómo lleva embebido en los vuelos al toro.
Hemos analizado con anterioridad la naturaleza del temple como atributo estético del toreo. Entonces concluíamos que el temple es una operación, no un resultado, y que la introducción del cánon belmontiano de dicho atributo, añadió al toreo su dimensión artística actual. Templar, decíamos todos, es reducir la velocidad de la embestida mediante las telas, en un acto soberbio de mando y de metafísica. Sin embargo, también denunciábamos el falso temple: aquel que es producto de los toros lentos, en cuyo caso no hay proceso [de templar] sino lógica: al toro lento, el muletazo lento, pero en ningún caso el templado.

A la anterior condena cabría añadir dos conceptos autorizados: uno,el de un torero de época como Paco Camino; diremos que su autoridad se sustenta en haber disputado su época con El Viti, Puerta, Cordobés, sí, y con el toro. Puede presumir una puerta grande en Madrid con toros de Pablo Romero, y una Beneficencia solo. Eso lo puede presumir, y entonces le creeremos. El otro concepto, es el de José Bergamín, el fantástico escritor que despliega un virulento ataque contra Belmonte en su libro El arte de Birlibirloque. El ataque no es otro que el de la condena al temple y la lentitud: torear despacio es lánguido, afeminado, dice Bergamín, pues el toro bravo es veloz y fiero.  Reproducimos los dos conceptos a continuación:

"Yo creo que el temple ha sido un camelo total...El temple es acomodarse a la embestida del toro, no es una cosa que puedas imponer o crear. Claro, si te echan una burra que embistiendo hace dos metros en medio minuto, tu pase puede durar medio minuto. De otra forma, no es posible. Date cuenta de que a mi siempre me gustaron los toros crudos que los toros parados. ése no es el caso de todos."
Paco Camino citado por François Zumbiehl en El discurso de la corrida.

Y  esto añade Bergamín en su El arte de Birlibirloque: "La falta de poder y bravura, de años,  de casta, resta al toro el ímpetu en el empuje: le hace tardo, medroso y suave en la embestida, lo que permite al torero pasarlo lento y eludir el peligro del cruce, simulando ventajosamente, en ralenti, una ilusión de suerte: lo que llaman temple, templar; efectivimos sin expresión ni estilo; amaneramiento afeminado, retorcido, lánguido, falso; latiguillo fácil para el torero como un calderón o un portamento, y espejuelo de tontos; porque el único que templa es el toro."



Bien, aunque ocurre la circunstancia de que de vez en vez a esta clase de toreros y ganaderías les salga un toro con chispa y picante, adjetivos que dan cuenta de lo extraño que se está convirtiendo la bravura en nuestra época, me permito aseverar que es imposible la existencia del temple si uno de sus componentes: la precedente embestida rápida y fiera del toro, no existe; esto a raíz de la ya casi viral peste que cunde en nuestra época, según la cual se torea mejor que nunca, entre otras cosas porque hay más temple, y hay que criar cierta especie de toros, pues es más difícil templar y crear arte, pues hay que “aguantarlos”.

Hoy, todos los muletazos de esta clase de faenas sin temple real son casi idénticos en velocidad y ejecución (ej, el indulto de Trojano por El Juli en la plaza México); cuando hay temple de verdad, y hay lidia ante un toro que va con verdad, un muletazo es una entidad diferenciada, y no se parece en velocidad a ningún otro, porque el temple es difícil. Baste este ejemplo: una cumbre del toreo templado, la faena de El Tato a un Victorino en La Maestranza; permítanse analizar y sopesar mis palabras, sugiriendo posteriormente otros videos de faenas, para que el lector descubra el sentido del temple:
 El Tato ante un Victorino en la Maestranza:

El Tato y un Victorino en la Real Maestranza from Por Siempre Toreo on Vimeo.

O también, la diferente velocidad en los muletazos de Victor Mendes en Perú.

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¿Qué es cargar la suerte?



Cargar la suerte es quizá el tema más confuso y sobre el que puede centrarse toda la ética del toreo de muleta, suerte general que desde el siglo XIX ha terminado por desplazar los dos tercios precedentes de la lidia de toros bravos. Tenemos dos significados, ellos siempre contradictorios:

*el primero, sustentado en los críticos tutelares de siempre (Bleu, Corrochano, Ortega, Vidal, Navalón) y que tiene el cargar la suerte como el acto mediante el cual el torero adelanta la pierna de salida (pierna donde el toro sale: si es toreo con la derecha, será la pierna derecha; si es toreo con la izquierda o naturales, será la pierna izquierda; si es algún pase cambiado, como trincherilla, trincherazo o cambio de manos, resulta la pierna contraria), y que varía según el crítico: para algunos, la suerte se carga al citar al toro, para otro, antes del embroque (antes que llegue el toro). Adelantar la pierna de salida, sería sin duda una formulación aproximativa de cargar la suerte.

*el segundo, propio de críticos más heterodoxos e incluso tratadistas (Pepe Hillo, Zabala, Alameda, y ¿por qué no? El buenazo de Morente), que caracteriza el cargar la suerte no como el acto de adelantar la pierna de salida (pues incluso hay uno que sugiere sin rubor que se puede cargar la suerte escondiendo la pierna de salida, como hace Manzanares hijo), sino de torear con los brazos, formulación que desde Pepe Hillo hasta Morente, resulta fijar en la capacidad de alterar la embestida con los brazos, para embarcar el toro, la verdadera naturaleza de cargar la suerte; esto es, el peso de cargar resulta no en las piernas, que da igual dónde se pongan, sino en qué hacen los brazos para llevar al toro toreado: bajar los brazos y adentrar al toro en el terreno del torero.

Formularé mi teoría, pues en definitiva en esos terrenos toreamos: ninguna de las dos acepciones de cargar la suerte que como corrientes se han instaurado en la historia, son definitivas; en efecto, uno puede adelantar la pierna de salida, incluso espernancado, pero si se está fuera de pitón, la suerte no está cargada (tauromaquias como las de Encabo, u hoy la de Javier Castaño, por ej). Radica lo anterior en una cosa: tanto la acepción de la pierna adelantada como la del brazo toreador, implícitamente comprenden que cargar es una manera de torear mucho más profunda que no cargar. En el primer caso, la antítesis es la pierna de salida escondida, y en el segundo, que el toro no sea sometido por la muleta que se conecta al brazo; ambas, hemos notado ya, se refieren en últimas no a cómo se hace, sino a qué produce: produce toreo profundo.

Vamos con algo sencillo: torear es llevar al toro donde este no quiere ir, esto es, lejos de su viaje natural, que regularmente es en línea recta. Por eso, la introducción de Belmonte, bebida desde Frascuelo y Antonio Montes Vico, fue el toreo en redondo (que no pases circulares, repitamos eternamente), o forzar al toro a ir en un viaje no-natural: no dejarlo ir con su embestida lineal.



El toreo profundo no es el de los muletazos largos en tiempo ni el de los circulares, por ello nadie se atrevería a calificar el toreo de montaña rusa (padre del posmoderno) que instrumentaba Paco Ojeda como profundo, o propio en cargar la suerte; sencillamente, como en todo circular, el toro iba aliviado. Por ello, hay otra conclusión de reducción: cargar la suerte produce además sometimiento y obliga al toro a ir en otro terreno no-natural a la línea, pues el hombre ha ganado ese terreno con su cuerpo: a veces adelantando la pierna, a veces, como Manolete o Tomás, cargando con el cuerpo entero de frente y a pies juntos: en ambos casos, el viaje natural del toro en línea recta es ocupado por una parte del cuerpo mismo del torero, con lo que el toro debe embestir describiendo la curva en derredor al estorbo, y eso se logra sometiendo y mandando al toro a que no toque el cuerpo del torero.

Con lo anterior llegamos a otra conclusión: tienen razón las dos definiciones de cargar en fijar ello tanto en adelantar una pierna, o el cuerpo, como en que son los brazos los que deben torear para que el toro no embista a la pierna o al cuerpo, con lo que cargar la suerte, no se puede reducir a una ni a otra definición, sino que tiene que resultar de ambas. De nada sirve adelantar la pierna de salida, como Encabo o Castaño, si se está fuera de cacho y por ello ni la pierna ni el cuerpo estorban la trayectoria del toro, y con ello no hay necesidad de torearlo para evitar ser arrollado. Tampoco sirve, mucho menos, esconder la pierna y estar fuera de cacho y además mandar el toro para afuera, como hace Manzanares (ej, indulto de arrojado), si el cuerpo o la pierna e incluso la muleta (al torearse con el pico y en línea recta) nunca estorban al toro.

Así las cosas, creo que ya tenemos caracterizado el cargar la suerte como la manera de ganar el terreno para torear con más profundidad al toro, y con ello, con más riesgo mortal para el torero, y que se produce cuando una parte del cuerpo estorba el viaje natural del toro, con lo que además de exponer, el torero está obligado a someter y torear con los brazos,  llevando a fondo al toro en curvas que también lo romperán, dando además cuenta de qué tan bravo es, crecido ante este nuevo castigo.

Aunque con la pierna adelantada, la distancia con respecto al toro hace que este pase de pecho no tenga la suerte cargada
Con ello, tenemos el componente técnico pero también vislumbramos el ético: cargar es arriesgar también.
Y para arriesgar, el torero además de imponerse en un terreno ganado al toro durante el muletazo, también debe abandonarse a esa conquista, esto es, cargar todo el peso de su cuerpo en esa pierna de salida (con lo que la otra pierna queda levantada), o siendo el caso del toreo a pies juntos, someterse a la quietud y a la no corrección del terreno. O, también, si se trata de una mixtura de ambas, tener decididamente asentadas las zapatillas en la arena, incluida la pierna adelantada, como hacía el maestro Rincón desde el segundo muletazo.

No hay algo tan emocionante en el toreo de muleta como ver a un torero abandonar todo su peso a la cargazón, es una renuncia al yo pero un sometimiento absoluto al toreo, algo que raya para mí lo religioso, debido a lo que produce.

Con ello caracterizamos nuevamente una nueva objetivación de cargar la suerte: el torero debe dar la sensación de dar un paso adelante hacia la embestida del toro, mientras al mismo tiempo está quieto. Si se me cree contradictorio, por favor revísese con detenimiento la foto de Morante que inaugura este post, y que para mí es expresión definitiva de qué es cargar la suerte, y que forma parte de la magia que logra la lidia del toro bravo. Si unimos las conclusiones que nuestro método de deducción ha producido, tendremos la siguiente definición:


Cargar es una manera de torear, se refieren en últimas no a cómo se hace, sino a qué produce: produce toreo profundo. Cargar la suerte produce además sometimiento y obliga al toro a ir en otro terreno no-natural a la línea, pues el hombre ha ganado ese terreno con su cuerpo: a veces adelantando la pierna, a veces, como Manolete o Tomás, cargando con el cuerpo entero de frente y a pies juntos. Tienen razón las dos definiciones de cargar en fijar ello tanto en adelantar una pierna, o el cuerpo, como en que son los brazos los que deben torear, para que el toro no embista a la pierna o al cuerpo, con lo que cargar la suerte, no se puede reducir a una ni a otra definición, sino que tiene que resultar de ambas. Así las cosas, creo que ya tenemos caracterizado el cargar la suerte como la manera de ganar el terreno para torear con más profundidad al toro, y con ello, con más riesgo mortal para el torero, y que se produce cuando una parte del cuerpo estorba el viaje natural del toro, con lo que además de exponer, el torero está obligado a someter y torear con los brazos, llevando a fondo al toro en curvas que también lo romperán, dando además cuenta de qué tan bravo es, crecido ante este nuevo castigo. Es una renuncia al yo pero un sometimiento absoluto al toreo. El torero debe dar la sensación de dar un paso adelante hacia la embestida del toro, mientras al mismo tiempo está quieto.
Esto es cargar la suerte en su expresión más depurada, estética, ética y técnica. Es don Antonio Bienvenida, con una curita en la herida.
Me permito en últimas rebatir una falacia: que se pueda cargar la suerte retrasando la pierna, cono estilan ahora las figuras aproximadamente desde el 2001. Según esta abstracción del fanatismo de algunos, retrasando la pierna el toro al concluir el muletazo pasará por la pierna de salida retrasada, con lo que, según ellos, la suerte se carga al final del muletazo, no al inicio. Es fácil machetear esto: en realidad es una trampa, incluso visual, pretender que retrasar la pierna o torear de perfil espernancado, conduce a que se cargue la suerte al final del muletazo porque: al final del muletazo el toro ya ha pasado por obra de que se le torea con el brazo extendido, o sea, al momento de ir atrás de la pierna, el toro ya ha pasado hace media hora. Torear así garantiza que el toro vaya aliviado en línea recta; solo una mente fantasiosa puede suponer que el viaje natural del toro se modifica al final del muletazo (!) y no al inicio, teniendo en cuenta que durante el cite y la conducción toreada el toro ha ido en línea recta, o sea, el muletazo ha sido recto (el remate del muletazo no es el muletazo, el muletazo es todo!). Fundamentalmente, contraviene otros principios: el ganar terreno al toro, el dar el paso con el cuerpo hacia la embestida, en someter realmente al animal a ir donde no quiere, y éticamente a exponerse, pues el mayor riesgo que corre el torero retrasando la pierna y toreando en líneas, es que al concluir el muletazo en la pierna de salida-retrasada, el toro pueda matarlo pegándole con el costillar, o sea, no hay riesgo realmente. Quizá, lo que puedan tener algunos es conducción y mando a toros nobles, pero difícilmente toreo profundo, pues nunca cargan la suerte de ninguna manera, y contrario a ello, la descargan, cosa que resulta de hacer todo lo contrario a lo que se ha explicado.
Este muletazo, de difícil clasificación en los pecados novilleriles, es una trampa: no se carga la suerte bajo ninguna manera conocida, pero El Juli hace la pose, pese a estar fuera de cacho, y en línea, de perfil y con los pitones a 10 metros, pues el toro va en línea, por donde quiere; solo hay que leer esto: "Sin cargar la suerte, el toro entra y sale por donde quiere; y no, ha de ser por donde quiera el torero. Hoy, los muchachos, como no cargan la suerte, dejan al toro tan fresco después de 50 pases; ¡Y eso no es torear! El toro, después de cargarle la suerte en 8 o 10 muletazos, ha de acabar hecho una birria. "
Domingo Ortega
Esto se explica solo....


Solo hay que hacer una pregunta final, ¿Por qué El Juli y Manzanares adelantan la pierna de salida de manera correcta en el capote al estirarse por verónicas, pero en la muleta hacen todo lo contrario, descargando cada uno a su modo para poder ligar los muletazos? ¿Por qué esa radical separación entre el toreo de capa y el de muleta? ¿No hay ligazón en sus toreos por verónicas acaso? Ah….




Cargar la suerte, es un componente ético, técnico y estético de la lidia de toros bravos. Un logro de la ciencia taurina, como para venirlo a botar a la basura en 12 años.
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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".