martes, 27 de mayo de 2014

Sobre el torero muerto


«Dos toreros muertos en un largo día, y la sociedad contemporánea se esfuerza por explicarnos la altura y la dimensión de su moralidad. Con sus tremendos tambores han arremetido furiosos en la celebración de la muerte, mientras nos tachan de inmorales por creer que también celebramos la defunción de los toros; nos observan a través de las rejas, con la actitud que adopta el visitante del zoológico al que tanto detestan.
Pues yo digo lo siguiente: para nosotros los taurinos, la muerte no es un asunto superfluo, tan remediable como para hacer de él una celebración propia de estadio de futbol. La muerte del toro para el taurino es tan absoluta, que lleva miles de años configurando sus ritos, y por lo menos tres siglos haciéndola coincidir con una expresión artística tan resueltamente elevada como real. Búsquese otra expresión humana tan compleja, tan problemática y a la vez tan rica, y no se encontrará ni la sombra de lo que es la tauromaquia. Compárese con el antitoreo más bruto, capaz de celebrar la muerte del torero como si de una anotación se tratase, y se entenderá que todas esas banderas que enarbolan en nombre de la moral, resultan y son ridículas.
«La mayoría inválida del hombre», clamada por el verdadero César de América (ni Girón, ni Rincón, decididamente Vallejo), se refería a ese ser que solo está lleno de pasado y de futuro: es el gran inválido moral de la historia, quien alza alarmado sus manos por la muerte de los animales, y las baja para aplaudir por la de cualquier hombre, en especial de ser torero. Un ser que se cree adelantado a su tiempo, futurista, pero que no es más que una nueva versión de la inconsecuencia ya pasada y conocida. Porque un mundo donde interese más la muerte de una jirafa en el zoológico, que los 110.000 niños a punto de morir por desnutrición en África, es un mundo que se burla de sí mismo, y también de los hombres muertos ante nosotros. Han querido enfrentar al toreo con el animalismo sin sentir sonrojo, porque a la vez el animalismo los estaba despreciando. Pero hay que tener el coraje para decirlo, como lo tuvo Carruthers entonces: el animalismo es un síntoma de la decadencia moral de occidente».

(...)
«¿Qué esperar entonces en la sombra del mundo, para este hombre inválido obligado a avanzar hacia los buses atestados, las televisiones vacías y los discursos políticos adulterados? Lo que clama Susan Sontag ausente en la inválida sociedad posmoderna: «un espacio para la seriedad». El toreo es una seriedad moral, una seriedad artística, y una seriedad cultural, por cuanto todo lo suyo está al filo de la muerte».

(Pueden seguir leyendo la entrada aquí, o bien ingresar a http://ateneowelles.es/blog/?p=34 . Escrita de forma exclusiva para el Ateneo Taurino Orson Welles, esta diatriba mínima tiene lugar un día después de la muerte de dos toreros en México, y un día antes de la tragedia donde tres toreros cayeron en Madrid ante una corrida casi sexteña de El Ventorrillo. Entonces pudo comprobarse el espectacular despliegue de inhumanismo del que el antitaurino es capaz, en su tardo regodeo por el dolor y la muerte de los hombres de luces, cosa desde luego contra todo pronóstico de la supuesta evolución moral que implica la adopción multitudinaria de una postura antitaurina en la sociedad posmoderna. Como nunca pudo verse la bajeza de una época que invoca a la ética para condenar las corridas de toros. Esta contradicción se muestra como una poderosa sugerencia: el antitoreo no es una evolución).


  
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martes, 13 de mayo de 2014

La estocada de Fandiño



La estocada con la que Iván Fandiño dio cuenta de Rapiñador, su segundo de hoy en Madrid, y que fue sinónima de la puerta grande tan esperada por este matador, ha levantado una cantidad de críticas solo asimilable con la importancia moral que plantea: la ética de la espada en el toreo.

Antes conviene remachar un poco sobre el contexto. La corrida de Parladé enviada a Madrid no debió pasar en el reconocimiento por su exiguo trapío, y la disonancia entre las cabezas y el remate de cuatro ejemplares, donde el manso y sexto anovillado, sucio y reseco, fue una prueba viviente de cómo no enviar un toro a Madrid. La corrida tuvo cierta mansedumbre encastada, que le dio interés. No dio oficio alguno a la caballería, salvo en la segunda vara del cuarto toro. Tampoco exigió mucho al peonaje, no permitiendo el lucimiento por riesgo del mismo, excepto en la calidad de los palos puestos por el torero Miguel Martín. Así pues, una corrida que no conoció las cuerdas y que pasó desapercibida en los primeros tercios de la lidia. Hablando de cuerdas, muchas tenían que tocarse para poderle al encastado y poderoso cuarto, de nombre Gruñidor, que siempre estuvo por encima de toda la lidia, y dejó a su matador en físico ridículo ante los ojos de quienes vieron sus sumas cualidades. Llegado al siguiente acto de la lidia, a la altura del nunca malo quinto toro, y tras haber cuajado algunas series hoy perfectamente olvidables, Iván Fandiño tiró la muleta al suelo y se perfiló a matar en el tercio, mismo terreno que requirió el manso durante toda su lidia. Arrojándose pues a sí mismo hacia adelante con el cuerpo por muleta y espada, salió atropellado por la embestida del toro mientras dejaba una estocada atravesada y un tris pasada, que no valió para rendir a Rapiñador. Pero su gesto quedaba ahí, aún presente en los miles de aficionados que ovacionaban de pie, presas de la emoción y el desgarro.


Desde luego que el gesto no es nuevo. Se puede percibir como error en algunas lidias del XIX en las que era necesario cazar al morlaco en el momento preciso, aún si el espada estaba desarmado. Más modernamente, se puede recordar una novillada en Sevilla donde Juan Belmonte, arrebatado por el fracaso en sus dos astados, se tiraba a matar de la misma forma esperando la muerte. O en 1910, a Zacarías Lecumberri ante un aparente veragüeño de hechuras, haciendo el mismo gesto tan suicida como espectacular.

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 Desde entonces todas las críticas han coincidido en señalar su grosero carácter tremendista, propio más de funambulismo que de la sobriedad del canon en el toreo. Ya en el XVIII se contaba que la muleta era una parte sustancial de la estocada, pues es verdad que se mata con la mano izquierda. Incluso puede leerse cómo hace dos siglos estaba mal visto el perder el engaño cuando se ejecutaba la suerte, y hasta se contaban los pliegues de la muleta en el momento de engendrar la estocada, como expresión de la pureza en la preparación y relevancia de la muleta allí. Es por ello que puede entenderse la pérdida de la muleta de Frascuelo en un volapié, como un signo que termina de redondear la apatía de esta crónica de La Lidia:
Se ruega hacer clic para visualizar el contenido de la foto.
Con lo que puede decirse que el cuestionamiento a esta interpretación de la estocada, resulta del tremendismo de esta suerte, y su renuncia al toreo ciego de la mano izquierda que da salida al toro. Ni sobriedad, ni poder, todo lejos aún del glorioso sacrificio jubilar de un toro de lidia. Sí, pero entonces la acusación contra esta estocada debe chocar con la emulación que se hace con el julipié, que es aquella suerte engendrada con saltos hacia afuera, estocadas pasadas de pitón y renuncia espectacular al toreo ciego de la mano izquierda. Para los críticos, el julipié y la estocada de Fandiño son lo mismo.

Lo espectacular no resulta del salto, sino de lo que simboliza. No es lo indiscutiblemente llamativo de lo que aparece ante nosotros, sino lo que significa en términos de valor, pundonor y riesgo.
Sin embargo, y por desgracia para los críticos, esta observación es inexacta. Hay en esta estocada una emoción que despierta, oscura en el sentir del taurino, y que jamás puede decirse, pensarse, gritarse o temblarse en un julipié. Pese a su declarada herejía, esta estocada es una inestimable muestra de renuncia y de valor, si es que el toreo no es precisamente esto. El julipié entraña la mentira, mientras que la estocada a propósito de esta reflexión, es totalmente real y produce escalofríos. Mientras el julipié ocupa un salto para alejarse de los pitones, esta estocada en cambio consiste en un salto para acercarse a los pitones. Decididamente no son lo mismo.

Así pues, la técnica y la estética sobria de la estocada clásica, se ven superadas por un instante fugaz cuando el torero desprecia su vida y decide dar al toro todo su cuerpo, engendrando una suerte sin mayores pretensiones estéticas más que la de revivir el antiquísimo salto cretense al toro.


Las indagaciones antropológicas de Evans entienden a este salto cretense como uno ritual. La perfección de toda renuncia. Fandiño reemplazaría la muleta por su cuerpo, como la joven cretense reemplazaba la huida con su salto entre los pitones. Era un rito ético de renuncia. Esto puede ser desde luego tomado como una petulante interpretación de un acto que sin embargo aparece cada tanto en la tauromaquia desde hace por lo menos tres siglos. Es lícito pensarlo, pero también lo es imaginar que resulta ser lo contrario a lo que le acusan: su tremendismo que no es tal, pues lo tremendo, lo descoyuntado, lo suciamente esperpéntico, siempre ha consistido en una exageración brutal de los hechos: imaginar que hay riesgo en un salto de la rana ante un animal inválido, es quizá la representación más dura del tremendismo. Su vulgaridad consiste pues en exagerar al máximo las aspiraciones de algo por pasar como peligroso, serio, importante y difícil. Pero en cambio la estocada en cuestión no es una exageración de una sola mentira, pues no hay más verdad en el toreo que ir de frente a los pitones.

Así pues tenemos ante nuestros ojos la majadería de los desplantes, de los toreros de rodillas y de espaldas ante los toros rajados e incapaces de pegar un arreón, y del otro lado la estocada espectacular donde el torero ha tirado su cuerpo hacia adelante, contra los pitones, sin otro propósito que vencer o morir. Lo que acaba de describirse dista mucho de ser un beso en el pitón a un animal incapaz de mover su cabeza. Es todo lo contrario. En esta clase de estocadas hay más ética que estética y técnica, pero nunca puede acusarse a nadie de llevar la ética taurina hasta sus últimas consecuencias.

El tremendismo es lo contrario a la estocada que no huye.
Estocada a su primero, ya con la muleta. Demuestra que el matador sabe completar el canon, y que  no es necesario recurrir a la estocada espectacular en todos los casos. Hacerla previsible es al mismo tiempo convertirla en regular, practicable, y por tanto fácil de hacer con el desarrollo de las destrezas de una técnica. Solo debe aparecer en contextos totalmente inesperados, y como muestra total de renuncia. En conclusión, que no prolifere, y que Fandiño la repita en 10 años, de ser posible. Si se vuelve habitual, no pasaría más que como una anécdota cotidiana sin la menor importancia.



Heroísmo entonces.
En una época plagada de la mugre de los simulacros, del poco riesgo, de las mañas para evadir las más de las veces el peligro, el heroísmo es pues un valor que cada vez se hace menos presente, y que sin embargo es el pilar de la tauromaquia, y por tanto debe ser reivindicado donde quiera que aparezca. Cuando se le exige a un torero lidiar hierros duros, cargar la suerte o no hacer julipiés ni bajonazos, en realidad se le pide que sea heroico. Un héroe, tal allí como persona que no es como los demás en sus miedos y taimados recursos para evadir el peligro. Si el objetivo de la estocada pura es ofrecer un balance de valor entre el riesgo que corre el torero, y la dignidad de la muerte del toro, ¿acaso en qué falla la estocada de Fandiño, tremendamente evocadora de las estocadas de Valente Arellano y Galán? En las estocadas no se exige ningún canon estético: ni temple, ni recorridos, ni vuelos. El compromiso de la estocada es ético antes que nada, y heroico como resultado. No hay mentira incontinente en llevar la verdad, ni en completar toda la ética que rige la ciencia de las estocadas: dar la vida, para poder quitarla.

¿Pero qué es el heroísmo? Lo que el torero debe hacer. Cuando un grupo de jóvenes se congela a las cinco de la madrugada en un parque de Bogotá, apenas arropados por una botella de aguardiente, hablan sin saberlo 'Sobre héroes y tumbas', un clásico de la literatura latinoamericana cuyo título disyuntivo da pie para hablar de esto: el héroe no muere, ni quiere ni desea morir, pero esta sensación no es mayor a su deber. Ser héroe es cumplir ese deber, y el de Fandiño era el de matar a su toro dándolo todo, para explicarnos poderosamente que nada valía más entonces que abrir la puerta grande por la vía de la brutal honestidad y la verdad. Si la estocada es un compromiso ético, el toreo es un compromiso de héroes. Para decirlo de otra forma, siempre será mejor la ética que la estética, verdad trasparentada en la botella. Se hablaba entonces en el parque sobre la conmovedora lidia de Robleño a Déjalo, el Miura más peligroso que ha conocido el siglo XXI, cuando ambos se enfrascaron en Nimes a lo largo de una lidia fiera, azarosa, mortal de necesidad. Robleño sabía que era imposible dar un solo muletazo en condiciones estéticas para pasar como toreo en esta época, pero su trasteo despierta una especie de emoción sustentada en lo real, y que no ocupa al toreo ser vistoso o estéticamente armonioso; un valor que lo hace inolvidable: el mismo de esta estocada, conmovedor, innecesario, heroico, bello por sí mismo, de ofrece la vida para completar el canon del toreo.
¡Adelante, de frente, hacia abajo!






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domingo, 30 de marzo de 2014

Bela Tarr y László Krasznahorkai, sobre la condición humana

 

          

«Los hombres —continuó, sonriendo a Valuska, el cual no sabía si decir algo o
seguir escuchando con atención—, los hombres, si se puede creer
la chachara de la señora Harrer, hablan de terremotos y del juicio
universal, porque no saben que no habrá ni terremoto ni juicio
universal... Estos son absolutamente superfluos, pues todo se
vendrá abajo por sí solo, se vendrá abajo para que todo empiece
de nuevo, y la cosa seguirá así sin parar, porque es así, sin duda
—añadió, levantando la vista al techo—, es como nuestra inútil
rotación en el espacio: una vez empezada, no hay manera de
pararla. Yo—dijo Eszter cerrando los ojos—, yo me mareo, me
mareo y, Dios me perdone, me aburro, como cualquiera que haya
conseguido liberarse de la falsa idea de que puede intuirse un
plan concreto en el exasperante círculo de ascenso y caída, de
nacimiento y muerte, un maravilloso y gigantesco plan
teleológico en vez de la unanimidad cegadora del frío
mecanicismo... Que en un principio... en su día... existiera cierta
imaginación—continuó, echando un vistazo a su huésped que no
cesaba de moverse—es muy posible, pero ahora es preferible
callar en este valle de lágrimas, por el simple hecho de que así al
menos dejaremos en paz los vagos recuerdos de aquel al que
debemos todo esto. Es preferible callar—repitió con voz un tanto
más ronca—y no menear las sin duda sublimes intenciones de
nuestro antiguo patrón, ya hemos hecho demasiadas cábalas
preguntándonos para qué estamos destinados y, como podemos
ver, no nos han servido de nada. No nos han servido de nada ni
en esto ni en lo otro, porque, para ser sinceros, no vamos
sobrados de la tan deseable facultad de la lucidez: el afán
demoledor de nuestra curiosidad, con que una y otra vez nos
hemos abalanzado sobre el mundo, no se ha visto coronado por el
éxito, dicho sea con suavidad, y cuando a pesar de todo hemos
tomado conciencia de alguna pequeñez, enseguida lo hemos
pagado. Si me permite usted un chiste malo, piense—dijo
mientras se acariciaba la frente—en la primera honda. Si tiro la
piedra para arriba, la piedra cae y yo me alegro, debió pensar el
hombre. ¿Pero con qué se encontró? Tiró la piedra para arriba, la
piedra cayó y le dio en la cabeza. O sea que hay que ir con
cuidado con los tanteos e investigaciones—advirtió Eszter
suavemente a su amigo—. Es preferible contentarse con la flaca
pero al menos irrefutable verdad, que todos nosotros
experimentamos en nuestra propia carne, salvo usted por su
carácter angelical, claro está: que sólo somos los miserables
sujetos de un pequeño fracaso en esta creación aparentemente
deslumbrante y que, por tanto, toda la historia humana, para
mencionarle sólo lo que vale la pena, no es más que la
fanfarronería barata de este estúpido, sanguinario y desdichado
paria en el rincón más apartado de un escenario inabarcable y,
por otra parte, la embarazosa confesión, sabe usted, de un error,
el lento reconocimiento de que esta criatura, a decir verdad, no
ha resultado muy espléndida que digamos».
   László Krasznahorkai, Melancolía de La Resistencia pág. 101.



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lunes, 27 de enero de 2014

David Bowie no es periodista de Mundotoro


David Robert Jones nunca sería corresponsal de Mundotoro. Quiero que se me permita defender mi tesis, a la luz de lo ocurrido en una corrida verificada en la pequeña ciudad colombiana de Duitama, siendo el día el sábado pasado, y el sitio la pequeña plaza de toros César Rincón, coso precedido por una horrorosa estatua ubicada en las pesadillas de Rodin.

Con elementos de mi peña taurina, nos dirigimos hasta el mentado lugar desde la ciudad de Bogotá. Tres horas de viaje en carretera sobrevividos tras un pinchazo en la llanta trasera derecha, doloso hecho que vendría a ser evocado por la tarde con los pinchazos de Solanilla a un inválido ejemplar que le cupo en suerte. Completaban el cartel un ensimismado, casi caído dentro de sí mismo Ricardo Rivera, y la revelación de la temporada colombiana Manuel Libardo. En el papel ganadero, la tarde prometía ejemplares de distintas ganaderías en sangres muy dispares: el Domecq ajandillado de César Rincón, los condesos de Achury Viejo, los samueles de Fuentelapeña, el Juan Pedro de Juan Bernardo, el Núñez de Garzón Hermanos y los baltasares de Andalucía. Tan solo el ejemplar de Achury pasaría como toro terciado en Bogotá, por lo que hay que apuntar que la corrida fue anovillada, y más que una festejo concurso, se trató de un evento parecido a agroexpo o toroexpo o cualquier memez que pueda hacerse en Corferias. No se picó a los toros (que llamaremos así para simplificar las cosas), y muchos pasaron con dos medios pares de banderillas al último tercio. Los matadores, entretanto, y excepto Libardo, se esforzaron por explicarnos lo mal que tienen hecha la suerte suprema. Ocho pinchazos y cuatro golpes de descabello en la tarde.

La corrida dejó una serie interesante de Libardo por el derecho, deshecha por la inútil maña actual de ligar el pase de pecho con un anterior molinete que descoloca a toro y torero. Sobre todo, lo que valió fue un natural perfecto de Rivera al adelantado Juan Bernardo Caicedo: puesto sin exageración, un muletazo limpio, bajo, con los vuelos, cargando la suerte con abandono, rematado en la pala del pitón contrario y sin toque, ligado en tercer lugar en una serie que se vería empañada, cómo no iba a ser, por un pingüi saliéndose de la línea, y un pase de pecho cualquiera. Pero seguíamos aplaudiendo ese tercer natural. Es lo que puedo comunicar.

David Bowie, años atrás, había resumido en una exquisita canción el drama de la incomunicación: un astronauta se comunica como el genérico Major Tom al Cabo Cañaveral, pues está a punto de salir a una misión de caminata espacial. Encima del mundo, sobre todos nosotros, está solo como nadie lo ha estado. En tal perspectiva de la condición humana, la comunicación adquiere su cariz central. Sobre el caos de la soledad espacial, a Bowie no le queda sino la comunicación que emite, pero no es correspondida en la tierra. Para resumir su importancia: mientras el mundo veía el alunizaje del Apolo 11, sonaba esa canción que representa la soledad humana cuando la comunicación o la palabra o la oración están rotas. Luego caería al espacio del universo para siempre.

Crónica de Mundotoro sobre la corrida de Duitama:


Mentira. Esta comunicación de Mundotoro, que hace las veces de crónica taurina sobre una corrida, es toda una mentira, plagada de generalidades, por lo tanto imprecisa hasta el desenfoque. Porque para empezar, quien la firma, a menos que sea un gemelo o posea el don de la ubicuidad, es el mismo Alberto Lopera que en esos exactos momentos de la corrida estaba narrando para RCN el festejo de Medellín. Incluso, en el minuto 01:50 de este video, puede oírse a Lopera en el fondo narrando unos trapazos, a miles de kilómetros de la plaza de Duitama. ¿Cómo puede ser creíble esta comunicación publicada a sabiendas por Mundotoro?

 Lo increíble del asunto, se contiene en la reseña al ejemplar de Las Ventas del Espíritu Santo en el cuarto párrafo. Primero, se dice que es un toro, cuando en realidad fue un novillo de 440 kilos. Segundo, se le adjetiva como un buen toro, sin sentir el mínimo sonrojo por tan enorme mentira, escrita a la ligera con la misma desaprensión con la que se firma la crónica de una corrida en la que ni siquiera se estuvo de cuerpo presente. ¿Cómo no van a ser buenos los toros imaginarios, si nos proponemos imaginarlos así, señor Lopera?

(Adenda: aquí el señor novillo "buen toro")                                                                                                          

      

 El novillo, lidiado por Solanilla, fue así: de nombre Presidiario, bajo, sin muchas patas, agalgado de lo anovillado, tocado del izquierdo, negro zahíno, sin fuerzas y lavado de cara. Se durmió en el peto en el único encontronazo que tuvo. Se le picó en buen sitio pero de manera discreta. Pasó el segundo tercio con dos pares acusando por el pitón derecho las dos coladas que permitió Solanilla en la capa. En la muleta, quedó absolutamente parado en terrenos de su querencia, solo tragando los pases por adentro en medios muletazos por alto. Total y absolutamente parado, sin resistir, ni siquiera con la inercia de los mansos con físico, una serie continua de tres muletazos; con la lengua por fuera,  permitió que Solanilla se pegara un arrimón mexicano de esos que, antes que explicar la supuesta valentía de un torero, explica la ausencia total de casta en un toro. Estábamos ahí, luego de viajar tanto, para que Solanilla se pusiera de rodillas y de espaldas, en un infantil fandilismo que resumiremos en una imagen de El Litri, para no cargar sobre el torero bogotano tanto:





Si la anterior mueca taurina la permite hacer un toro bravo, íntegro, fiero y con casta, estoy dispuesto a empezar a aceptar la valía artística de la estatua que preside el pequeño coso de Duitama. Como vimos todos los que asistimos a la corrida, el torillo de Rincón fue un ejemplar borreguil, una vela en una copa, un niño recién montando en su bicicleta, una monja bajo su sombrilla amarilla, o el presidente Santos, pero en cualquier caso nunca un buen toro, a menos que entendamos "buen" como un adjetivo que podamos relacionar con las virtudes franciscanas de la no violencia, y mejor con las de la bondad absoluta y educada.

Lo peor es cuando los medios que tampoco estuvieron en la corrida, copian de manera descarada la mentira, y cometiendo errores de ortografía. Lo mejor, cuando alguien que sí estuvo en la plaza, dice la verdad, o casi la verdad.


Este es el drama taurino posmoderno: masas y masas de aficionados sometidos a la continua propaganda de los grandes medios taurinos. Porque una cosa es la información, la comunicación honesta que pregunta a Major Tom si Dios ayudará en la misión, y otra el proceso constante de mentir para lavar la cabeza de los aficionados: "un buen toro de Rincón habla de una buena ganadería, que a su vez es la que piden las figuras en Colombia". La mentira enmascara muchas cosas. Uno no es un medio, no tomó fotos y solo tiene su sinceridad. Ellos tienen las páginas donde se confunde la verdad con la pauta amañada, y la defensa del sistema corrupto que les da de comer a costas de asesinar a la tauromaquia y su historia.

Antes habíamos atravesado los campos de Cundinamarca oyendo a los Beatles, y luego los mismos campos verdes, verdes del verde de todos los colores de Aurelio Arturo. Vimos un valle imponente donde en una mitad brillaba un sol parco, y en la otra mitad una nube oscura ensombrecía pequeñas poblaciones enclavas entre las colchas de los cultivos de papa, con todo y sus flores moradas como las de la finca donde crecen los toros de Miura. Nadie conoce la sensación de importancia cuando se va a 100 por hora en una carretera serpenteada por árboles y prados mientras en la conversación está flotando la faena de Lagartijo a Perdigón, y suena You got to hide your love away mientras todo se va llenando de niebla lentamente. Si poetizo esto, quizá un poco con exceso, es para explicar la crueldad de Mundotoro: íbamos tan contentos, y luego ellos nos escupían al día siguiente semejante mentira. Y luego, por supuesto, El Juli:




La foto de El Juli con el toro afeitado lidiado en Cancún, participa de lo mismo: la mentira que en los medios mafiosos taurinos se vuelve, por artificio de tener la voz, en la única verdad. Lo que diferencia a Duitama de Cancún, es que en los tendidos de la primera, agazapados en lo alto de las gradas de sol, unos talibanes de Cali y Bogotá estaban atentos:

"Salió un Achury hechurado en lo de Conde de la Corte, adelantado, serio de cara y con brío. Empujó en la vara recargándose en el pitón derecho en un puyazo medio. Metió miedo en las banderillas de las que se defendía a hachazos que ya en la muleta, Libardo corrigió doblándose con él en los medios. cuatro series por la derecha de muy variado orden de eficacia y corrección, dos de naturales de uno en uno acompañados por el compás de una trompeta que aguantaba en suspenso para estallar hasta que Libardo diera el toque y el toro embistiera, lo que provocaba un olé contenido, feliz, sincero. En fin, la faena imperfecta que logra emocionar por la casta del toro y la sinceridad del torero, que siempre citaba cruzado y dando honestamente el medio pecho. Pero la plaza empezó a pedir un injustificado indulto."

"Agitaron sus pañuelos y ponchos y pitaron la primera igualada con la misma furia con la que pitan siempre el tercio de varas (lo que explica la inconsecuencia del indulto que pedían). La presidencia y el torero se dejaban engañar por la facilidad. Dentro del griterío, esos talibanes nuestros, se impusieron a grito limpio sobre lo que le faltó al toro en el tercio de varas, e increparon al torero, que los oyó, sobre la indignidad de un indulto barato. Antes habían logrado lo mismo con el tercio de varas en lo referente a dónde se deja al toro en suerte, y también los mismos gritos corrigieron los incompletos tercios de banderillas. A gritos, sin páginas grandes de pautas de miles de euros, hasta que la plaza quedó en un silencio sepulcral. Ya nadie pedía el indulto, los talibanes callaban con las gentes normales y Libardo se quedó cuadrado en la cara del toro. Luego echó todo el cuerpo tras la espada, hizo la cruz bajando la mano izquierda con corrección y salió limpiamente en el costillar tras haber dejado media estocada en el hoyo de las agujas. El toro moriría con dignidad en menos de 10 segundos, rodado, muerto con honor, para lo que nació. Se levantaría muerto sobre la mentira de Lopera, de Mundotoro, de El Juli, de Matilla, de Ruiz Villasuso, del sistema, y le pediría comunicación a Major Tom."

                             


A mis compañeros de tendido, talibanes irremediables   , familiares, el perro Hongo que vino de Holanda* o algo así, y demás aficionados que corrigieron el rumbo de una corrida. También a David Bowie por nunca haber aceptado el trabajo aquel en Mundotoro, y haber compuesto entonces en 1969 la imprescindible Space Oddity
*El perro no vino de Holanda: vino de Australia. Nos acompañó toda la corrida muy atento a los pormenores y pormayores de la lidia. Australian Cattle Dog, es su raza. 
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jueves, 9 de enero de 2014


Antes que nada, es imprescindible ver el video.  

                    
Manizales 8 de enero de 2014 from Aplausos on Vimeo.

Ocupado por el cánon nunca escrito, en el rejoneo nunca se indulta. De los caballos tísicos cosidos en el tendido de los sastres en el XIX, se pasa al esplendor de los prestantes caballos toreros para cuya protección hoy se afeitan los pitones del toro. Es un sobresalto del caballo miserable al caballo rey. Por ello, el toro queda relegado en segundo lugar, y las cuestiones de la bravura en el rejoneo nunca han sopesado nada sobre el indulto del toro. Alguna vez, un amigo me mostraba con devoción la divisa de un toro lidiado en Vitoria, también por Pablo Hermoso de Mendoza, de cuya bravura, por su testimonio, yo no estaría dispuesto a dudar. No lo estaría, si no estuviera radicalizado en un principio tan básico: la bravura del toro se mide en el tercio de varas en primera medida y, en segunda medida, en cómo desde este tercio se comporta en los demás. El toro de Vitoria fue infatigable en su carrera por alcanzar la grupa de los caballos veloces, y sus pitones tísicos se metieron por abajo de la capa cuando el peón cuadraba al toro en donde el rejoneador ordenaba. La plaza pedía el indulto, pero el presidente se encogía de hombros: no se lleva un pañuelo naranja a corrida de rejones. Si acaso, se llevan divisas, muerto el toro.

Pensar si este toro de Ernesto Gutiérrez, de nombre Villancico, es de indulto o no, a mí me produce una incurable indiferencia. Para mí no lo es de manera perfectamente clara. Solo como declaración, quizá se pueda dirimir el concepto más elemental, justo y real de bravura, con esta toma extraída del imprescindible blog Dominguillos. Palabras de Luis Fernández Salcedo:






Tercios de varas, con la caballería resistiendo la carga de la bravura, no huyéndola. 


Entonces, no se trata de ser fiel a una costumbre donde se sacraliza el tercio de varas. Al contrario, es que en efecto la bravura de un indulto debe ser real, para que el semental la pueda transmitir a sus descendientes como rasgo.¿Cómo puede saber entonces un ganadero si un toro de rejones es bravo, si este nunca se midió al tercio de varas, y si no sabemos si su empeño de luchar continuaba, aún si lo castigaban con pases por abajo, en redondo, y con un mando que reñía su temperamento? La duración de las anteriores características, es la que da la real medida de la bravura de un toro. Su velocidad, incluso su fuerza, o como sea que queramos entender la movilidad, no es sinónimo de bravura tampoco, por lo menos si no hubo un tercio de varas que midiera la disposición agresiva del toro. Quizá Fuente Ymbro ( separando, por ejemplo, a su toro Jazmín en particular), sea prueba fehaciente de cómo no debe confundirse la movilidad con la bravura. Si el infatigable motor de un toro de lidia fuera sinónimo de su bravura, Fuente Ymbro sería la ganadería más brava de España hace dos temporadas. Sabemos que lo anterior es suficientemente exagerado.



Sin embargo, uno no puede eludir ciertas cuestiones importantes: ¿El toro de lidia en rejones es un reo condenado a la muerte? ¿Por qué debemos usar los mismos baremos para medir la bravura de un toro en la lidia a pie y la lidia en rejones? ¿El rejón de castigo, que en algunos rateros logra equivaler a media estocada, no es acaso algo que podamos comparar con un tercio de varas a ley? ¿No soporta el toro de rejones un castigo análogo con la profusa cantidad de banderillas que se le imponen, además de la mutilación en sus pitones para proteger a los caballos? ¿Por qué debería ser la embestida por abajo una virtud, si el objetivo que el toro persigue para matar es más alto que él, al tener el caballo una alzada superior? En este punto, todas las nociones se confunden, pues nos obligan a pensar una medición de lidia [a pie], mientras lo que ocurre en el ruedo no es esa lidia. El problema sustancial de la cuestión del indulto en rejones, es que en realidad la bravura sí debe existir, así el toro no tenga ocasión de demostrarla.

Iluminado a veces por un acierto, Manolo Molés planteaba hace años en la radio colombiana algo: que aquel toro de rejones al que nuestra intuición hacía sentir por bravo, fuera indultado; luego, al desaparecer el caballero en plaza, haría su aparición un picador, quien citaría al toro tres veces al caballo, mas no lo picaría, pues la suerte propuesta ha de hacerse con el regatón. Dependiendo cómo acuda a esta cita, y cómo deshaga la reunión, el ganadero tendría plena certeza de la bravura de su toro. La idea no carece de razón.


(fotos de fiestadeltoro.com y Afición Perú)
Lo importante de esta polémica taurina es que lanza un llamado de atención sobre la valoración de la bravura en distintos registros al del toreo a pie. De hecho, hay muchas mediciones distintas: la del toro de forcados, que no debe dejar consumar la pega en menos de tres tentativas, o incluso la perturbadora de las corralejas del norte de Colombia, donde se mide la bravura del toro de media casta contando cornadas, rejonazos y envites por alto. Debe pensarse entonces sobre qué es la bravura en el rejoneo. Quizá entonces la ganadería brava se rompa en dos, pues empezaría a criarse un toro de rejones con conceptos harto distintos, y hasta se perfeccionaría su acometividad en mor de reproducir tal modelo de bravura.

Siendo acaso un poco presuntuoso con el agravio comparativo, no debe dejar de pensarse que el toreo ecuestre hoy vive una época de revolución y competencia similar a la de la edad de oro del toreo a pie. Desde el rabo cortado por Pablo Hermoso de Mendoza en Sevilla, y las consecuentes 11 puertas grandes de Diego Ventura en Madrid, el rejoneo es una forma de torear nueva. Aquí debe pensarse entonces que ocurrirá algo como en la edad de oro del toreo, Urquijo, Murube y nuestra historia, si al fin algunos se sientan a analizar la químera del hijo menor: ¿qué es la bravura en el rejoneo?

Para finalizar, debo decir que el toro de rejones debe indultarse según sus criterios, y que ni siquiera sobre tales Villancico era de indulto.

El Espíritu Santo no se aparece en videos, dijo Rafael de Paula. 





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lunes, 30 de diciembre de 2013

La década de los 80 en Las Ventas, el documental



Este documental, de discreta fotografía por los archivos de origen, es una pieza audiovisual invaluable incluso para nuestro propósito de entender la tauromaquia contemporánea. Desde la mítica Corrida del Siglo donde Esplá ofendió a un Victorino Martín amarrándole (mal) su corbatín al pitón, hasta la luminosa decadencia de toreros de culto como Curro Romero y Rafael de Paula, esta historia vivida en la plaza de Las Ventas es un testimonio de una época donde el toreo era un temblor. Historia pues de esto: la tensión entre la pureza ortodoxa de Antoñete, y la descarada heterodoxia de Ojeda que a la postre vendría a triunfar como concepto subterráneo en nuestro toreo actual; en medio de todo ello late una tauromaquia sin duda más rica y variada que la actual, con Manili y Cámara en las sombras, Espartaco o Robles porfiando, Esplá, Manzanares padre, Curro Vázquez y Yiyo en dos extremos, y ante todo un filtro definitivo que traspasado, daba la medida de ser una figura del toreo: la corrida de Victorino Martín en Madrid, indispensable para la ratificación de la categoría del torero, segunda alternativa, quizá más real y necesaria, que todo espada debería lidiar. Así que es mejor extasiarse con esta soberbia pieza de historia: grandes faenas en Madrid, es decir, grandes faenas en la historia del toreo. La cantidad de toreros importantes que no nombro, por extensa y justificada, obliga a verse completa esta joya:

         
La década de los 80 en Las Ventas from Plaza de Toros de Las Ventas on Vimeo.
(NOTA: hay que dar click en "watch on Vimeo" para que se redireccione el video. La configuración de privacidad de esa plataforma de videos pone taras para que no pueda verse en otros espacios, mas sí embeberse. Vimeo, go home, you`re drunk. En cualquier caso, de no servir pueden dar clic aquí.)

Luego vendrían los años 90`s, con la irresistible consolidación de Joselito, Rincón, Ponce, y en los años finales, Tomás. Pero hablamos de los 80`s. El toreo aún guardaba la característica constitutiva de la diversidad de encastes, modos de torear y criterios de observación en la faena. El torismo tampoco se había impuesto como concepto subterráneo en el crecimiento del volúmen de los toros, hecho que quizá pueda observarse en la resistencia de la plaza a los toros de Baltasar Ibán, que sin embargo propiciaron una gran cantidad de triunfos aceptados. Luego, daría la sensación de un estancamiento con el inicio del siglo XXI, cuando el monoencaste se fue acaparando, incluso en el serial de San Isidro, y Victorino Martín dejó de ser un referente para las figuras. Una época destruida, ¿por el avance? ¿por la decadencia? La respuesta depende de la facción.



Característica importante e insoslayable de la época: la absoluta diversidad de encastes lidiados y la poca probabilidad de darle la vuelta al ruedo a un toro (solo siete toros de vuelta al ruedo en 10 años, con 228 ganaderías distintas lidiadas), cosa que ilustra mejor el grupo de gráficos mostrados al inicio del documental. Quizá con un poco de esfuerzo, uno pueda ver los resortes de la historia que van formando nuestra tauromaquia contemporánea, ya sea para decirnos que antes la tauromaquia con diversidad de encastes era posible, estética, necesaria y real, o para explicarnos que el incontenible avance del toreo tiene sus razones.

Saludos a todos, y gracias por visitar Descabellos en estos pocos meses de vida en el 2013. Fernando Cámara con la izquierda:


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sábado, 21 de diciembre de 2013

Enrique Ponce El maestro de Chiva, el documental



Ad portas de la conmemoración de los 25 años de alternativa de Enrique Ponce, Canal Plus realizó el siguiente documental. Si es cierto que la tauromaquia de un hombre es su historia, este documental es necesario para entender el desarrollo y la evolución de una tauromaquia definitiva en el crisol del toreo contemporáneo:

             

Con las correrías de su abuelo Leandro, y aquella época donde había que torear de todo para merecer el grado de maestro, la tauromaquia de Ponce inicia como la búsqueda constante de la elegancia y la prestancia. En meses pasados, el abuelo Leandro murió a una alta edad, dejando para la historia al nieto valenciano de las becerras toreadas con sobriedad, y también al nieto de los Samueles descomunales. No me queda claro si el abuelo vio acaso el segundo aire que la tauromaquia de Ponce se tomó desde el llamado de atención que hizo en Bilbao este año (y ante todo aquí). Entonces, quizá todos recordamos esa aptitud para torear, donde la lidia era un elemento inherente, y no accidental. Ponce sacó de la chistera una serie de recursos para resolver las embestidas inciertas, inconstantes y ausentes de ritmo, y con el toro ya lidiado, empezó a correr la mano.

¿Pero de dónde pudo sacar esos recursos, cuando entendemos hoy que la tauromaquia de algunos es solo la reiteración del argumento, y no de la trama? Lo anterior quiere decir una cosa: que hoy solo existe una faena por torero, y esta solo es posible cuando sale el toro que confía aquel torero. Si la embestida se sale del margen aceptado, no hay faena, principio que llevamos viendo con cierta figura dos años seguidos en Lima, y con cierto gitano hipster en todas sus temporadas. Pero Ponce pertenece a una generación que vio despuntar a Rincón, a José Tomás y a Joselito Arroyo.


Mientras en América la rivalidad con Rincón llenó de gloria unas temporadas que no conocían esa gracia desde el toreo de El Cordobés y Palomo Linares, en Europa la incurable indiferencia contra José Tomás avivaba, si bien un poco menos, un espíritu de rivalidad que hoy no existe en la tauromaquia. Se vendría a cerrar todo con la retirada de Rincón en mano a mano con Ponce en La Santamaría de Bogotá, y con el soliloquio teatral de José Tomás, a años de distancia de la retirada de otro grande, Joselito, que ya no se podía embraguetar con los toros.

Precisamente es la bragueta, o mejor, la ausencia de ella, la primera y gran recriminación contra la tauromaquia de Ponce. Se pasa los toros lejos, desfajados, en la curva comodidad del toreo de pico. Es entonces cuando debemos preguntarnos si en la geometría del toreo, el inicio de la mentira es al mismo tiempo el inicio del arte, o de una forma estetizante de torear, y si la verdad no puede convivir con el toreo de arte en niveles iguales. Entonces viene ese incontestable toreo prestante, que reverbera una elegancia perseguida como símbolo de dominio al toro, y también despliegue del arte taurino. Elegancia que a veces nos obsequia Rafaelillo en medio de la guerra, y que no es otra cosa que el toreo de cadera y riñón metido. Esta elegancia en Ponce va siempre a media altura, sin hostigar la embestida del toro, un desahogo que quizá lo explique como el torero con más indultos en la historia. Discreto estoqueador, pero mejor en la capa, la suya no es una tauromaquia mediocre.


¿Cómo puede un espada tan estético no ser torero de Sevilla y sí de Bilbao? Esta pregunta es de una materia tan inexplicable como la tauromaquia misma, o como aquella abominación que pasará para la historia como la aportación de Ponce al toreo: la poncina, toda una destrucción al concepto mismo de Ponce, en un horroroso y teatral telonazo inelegante, un suicidio de escorpión cuyo mérito parece la gimnasia de rodillas y poses que preceden a un muletazo popular en el toreo de la rodilla en tierra para alarmar a los profanos.

Yo prefiero en lugar de ello al Ponce de la guerra con Lironcito; al de la diversidad de encastes y lidias y no al enfermo de Zalduendo; al de Gomero y la elegancia sin aduladores cursis, pues en esa época no estilaba eso de la poesía de pasquín en lugar de la crítica taurina. Prefiero al Ponce que rinde culto a Manolete toreando Miuras, y no al de la trampa en la América que lo idolatra. Prefiero al Ponce que bañó a todos este año en Bilbao, desmentido por la presidencia de Matías con una oreja, pero que se impone en el recuerdo más que la eternamente olvidada puerta grande de todos los años de aquel que ya tiene las dos orejas desde el paseíllo en Bilbao. Quizá con un poco de inocencia más que de esperanza, se puede pensar que Ponce puede revivir la tauromaquia de antes del 2002, donde su insufrible vicio de la distancia y la falta de bragueta se silenciaba por el nombre ganadero que rezaba en la tabilla.

Él puede.

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viernes, 13 de diciembre de 2013

La Tauromaquia de Juan Mora


Golpeado nuevamente en horas recientes por los caprichos de cinco, a uno no le queda más opción que echar cuenta para atrás y recordar aquello que hace grande la historia de la grandeza misma. Porque una cosa es ser grande, y otra muy distinta estar inflado, al socaire de un sistema de taurineo que semeja a las dictaduras que concentran el poder absoluto en pocas manos, y conjugan para sí en esas manos todos los medios de comunicación, y en extensión de ello, la teoría única de la verdad. Dictaduras de lo blando.

Juan Mora es un torero que por esa misma virtud del veto de cinco a la plaza de Sevilla, también estuvo todo este 2013 sin torear apenas. Porque es ese sistema cerrado el que no deja salir ni entrar nada sin su severo juicio; sistema pues que ve con malos ojos que se le haga luz o sombra al perfecto mundo luminoso y mistificado donde es posible cantar allí donde antes había pavor y respeto. Juan Mora sin embargo nos sigue interpelando tres años después de su última gran faena, cuando en aquel otoño del 2010 rompió de un cerrojazo de autoridad la puerta grande de Las Ventas con una faena del frascuelismo más puro: 17 muletazos a un toro de Torrealta, tres de ellos naturales perfectos, y luego un espadazo en lo alto que rodó al toro, mientras el torero caminaba garboso en dirección contraria, sabiendo que el toro había salido de sus manos muerto y matado.

(Adenda: cuatro naturales son lo suficiente como para cortar orejas de ley en Madrid, o producir un documental como el hecho por Canal Plus Toros, que dejo a continuación)

      


     

¿Qué es todo este espíritu que revive y reconocemos como visto desde un sueño del XIX? El toreo de la brevedad, de salir a torear con la espada de verdad y no con una de palito; el torero que para con la capa, o lleva al toro hacia el caballo con una mano y saca también al toro de la cabalgadura con la misma mano; la tauromaquia donde se puede comprobar el pavor que surge cuando se tensiona la torería contra la bravura.

He hablado, quizá con mucha ligereza, de frascuelismo y rasgos decimonónicos en una tauromaquia enclavada en los inicios del siglo XXI, poseída además por el espíritu más posmoderno de la ligazón y el asentamiento. Plantear la cuestión como lo he hecho aquí, nos lleva a reconocer puntos de encuentro con la tauromaquia de Frascuelo en lo fundamental: el contenido por brevedad, y de allí la intensidad.

Las faenas de Frascuelo, en son del siglo XIX, nunca sobrepasaban la docena de muletazos, si eran buenas. Entonces debía comprobarse el carácter medido de todos los pasos del torero en el albero, y su efectividad (más que la belleza) para ayudar a la estocada. Desde ese momento la tauromaquia de Juan Mora es la sabia medición del toreo para dejar al toro cuadrado y dispuesto para la muerte. No por otra cosa, el torero sale con la espada de verdad, filosa y pesada, estorbosa para el toreo por la derecha, y un elemento de riesgo cuando se torea con la izquierda. Lo hábil sería que esta construcción de poco espacio, tuviera además una forma concentrada. La tauromaquia de Juan Mora tiene esa forma concentrada.


Si la tauromaquia de Morante se tiene como barroca al ser la expresión profusa y total de muchos elementos plásticos, incluido el cuerpo del torero (lo que se conoce como empaque), la de Juan Mora no renuncia a ese barroquismo, aunque se represente en una dirección totalmente opuesta: en Juan Mora la expresión no es la del cuerpo, sino la del muletazo como una identidad independiente. Un toreo vertical, si se quiere de recargue en los riñones, donde el mérito está en tirar del toro y llevarlo hasta atrás estando absolutamente cargando en los riñones del torero. No cabe más verticalidad como expresión de la verdad, pero tampoco puede confundirse como 'panzaso' un toreo donde el diestro está asentado en el cite. Entonces, es como si el muletazo cantara solo en un espacio concentrado. Sabemos que la espada es de verdad, y que el torero en cualquier momento puede empalmar el pase de pecho con la estocada, al perfecto modo como en el XIX Lagartijo tumbó al toro Perdigón, o Frascuelo echó a rodar a Peluquero, toro de la ganadería de Antonio Hernández, que antes le había roto tres costillas al mítico torero de una cornada. Así.

             
      


Si la tauromaquia tiene algo de ballet, y este es la concisa exactitud en los movimientos plásticos de un bailarín, Juan Mora tiene el ballet más concentrado de la tauromaquia contemporánea. Su importe de artista se acrecienta cuando a él añadimos el talante de lidiador auténtico requerido para dar muerte a los toros en el momento preciso, lo que estuvo precedido de una lidia correcta. Ritual y arte son lo mismo por primer vez.

La evolución de su toreo es prueba de sus intenciones, que no guardan la pretensión de perpetuar el toreo clonado actual, de mano baja y culto al pase circular. De hecho, Juan Mora nunca baja la mano porque nunca quiebra el cuerpo al estar cargando en los riñones, pero nadie puede asegurar a la vez que el suyo es un toreo por alto.

El especial sobre de su carrera emitido por el Plus, como testimonio de una empecinada trayectoria para hallar esa forma cuya perfección depende de la exactitud.

En una época blanda de cinco doblegando a miles, y donde las tendencias mediocres se suceden como las luces en una autopista de noche, lo de Juan Mora es de agradecerse.

Una blasfemia contra el cánon mexicano de la duración. Una bofetada sincera contra el neotoreo del cuerpo doblado hacia adelante y el descargue de todas las suertes. Una afrenta digna con una espada de verdad contra los ayudados de fibra de carbono, propios de deportistas de alto rendimiento y no de matadores de toros. 17 muletazos que ya van para tres años, y si quisiéramos hacer alarde de radicalismo, tres naturales y un espadazo. Devaluada la época, y mientras algunos rapiñan lo poco que queda de nosotros con la imposición de una Fiesta virtual y socialmente cómoda, Mora está oculto en una zona sombreada que a la vez representa lo que la Fiesta debe ser y no es. Y lo reafirmo: el chantaje de los cinco participa de una misma expresión, que es la de la ausencia de Juan Mora en los ruedos.
     
                       


¿Por qué no se le anuncia en ferias de primera? Dicho con la concisión estilista de un antitaurino como Fernando Vallejo, debemos coincidir en lo siguiente: "Porque todos ustedes son irremediables en lo inútil"











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jueves, 5 de diciembre de 2013

F. Bleu y Matemáticas: resurreción de la fiesta de los toros



El presente escrito intentará indagar sobre la necesidad de establecer un equilibrio entre el poder del toro y el oficio del toreo. La no conclusión de lo anterior, equivaldría a un desbarajuste de las claves de la tauromaquia cuyas consecuencias vemos hoy en el peligro de perder castas y encastes del campo bravo, producto de infelices circunstancias ante monopolios y conceptos cerrados. Haciendo eco de las consideraciones del crítico taurino F. Bleu, y de la lidia de Morante al toro Matemáticas de la ganadería de Victorino Martín, se intentará dejar de presente una serie de consideraciones que juzgo necesarias para que el toreo goce de cierta salud interna, tan necesaria ante las arremetidas de una sociedad hostil.

1.
Lagartijista de la primera hora, y frascuelista de la última, F Bleu legó para nosotros una biblia del toreo decimonónico capaz de volver a nuestros días como una premonición. La bancarrota moral que supone perder el equilibrio entre la relevancia del toro frente al torero, fue narrada como un fresco por Bleu al asistir a la época convulsa donde el lagartijismo, facción jurada a Rafael Molina Lagartijo, fue pasto de fuego para el nacimiento del culto a la personalidad del torero (o exageración en la afición por un torero), los ísmos, y también el surgimiento de figuras que harían valer su peso mediante imposiciones de ganado, alternantes y honorarios. En el apogeo de la rivalidad de Frascuelo y Lagartijo, se dan las circunstancias para traducir el culto a la personalidad hacia otros toreros, que se declaran herederos de las escuelas. Nace El Guerra, y con él la abusiva superioridad del torero frente a un toro mermado de todos sus aspectos relevantes. Sobre lo anterior, incluso el célebre panegirísta Peña y Goñi es capaz de acertar, al condenar que su torero imponga ganaderías blandas en detrimento de la maestría que una figura debe ostentar.

Pocas épocas pueden sin embargo rivalizar con nuestra tauromaquia contemporánea en lo tocante al monopolio de las ganaderías, el monopolio de un solo encaste (monoencaste) y de determinado tipo de selección. Si bien es cierto que en todas las épocas de la tauromaquia muchas ganaderías, encastes y castas han perecido al ser apuntillados en los mataderos todas sus especies, también lo es que desde hace siglos el toreo no se veía tan hostigado por la sociedad como hoy, hecho que acentúa todos los procesos de desaparición gracias a la pérdida de espacios, fechas, plazas y capital social.

Sin desconocer todas las aristas de la situación, es innegable que las figuras del toreo contemporáneo acaparan cierta cantidad relevante de festejos en plazas de todas las categorías, lidiando un único encaste que despierta serias dudas sobre la exigencia de su lidia. No debe buscarse otro motivo para tan censurable actitud que en esto: las figuras hacen lo que quieren porque el público lo permite.

En el siglo XIX Lagartijo disputó con Frascuelo una época de esplendor y variedad ya no de encastes, sino de castas. Más de lo mitad de lo lidiado en la mayoría de temporadas de ambas figuras, se inscribía en la llamada cabaña de Colmenar Viejo, que encerraba a las ganaderías más duras de la época, incluyendo a la muy andaluza de Miura por descontado. ¿Pero acaso, debemos preguntar de inmediato, no era cierto que en esa época ambos toreros ya tenían sus facciones de partidarios furibundos, dispuestos incluso a pelear en la plaza por sus toreros? ¿Y no hemos dicho que el monopolio o monoencaste es una actitud que existe en virtud al culto a los toreros, con lo que sus públicos le permiten todos los excesos?



2.
En la página 73 de su obra Antes y después del Guerra, F Bleu narra la historia inmortal del toro Perdigón, la cornada al hermano de Lagartijo, y lo sucedido en la lidia del toro, perfecta para los cánones de la época. De la aludida obra extraeré el resto de citas de este escrito:

«A esta época de triunfos pertenece la asombrosa faena empleada con el toro Perdigón, de Laffite, corrido en cuarto lugar el 4 de octubre.
Juan, el segundo de los Molina, entró a parearle de últimas, y al clavar los palos al relance salió cogido y fue volteado y corneado aparatosamente. Puede que aún no hubiese abandonado el redondel el torero lastimado en brazos de los monosabios, cuando Rafael, en medio minuto, en mucho menos tiempo del que se tarda en referirlo, pendientes de él 13.000 almas dominadas por la emoción, llegaba hasta la respetable cara del de Laffite, engendraba y remataba tres pases naturales, tres solos, pero como pudiera soñarlos el mismo Cayetano [Sanz], y enterraba toda la espada en lo más alto del morillo de Perdigón. Y en el preciso momento en el que el toro caía como masa inerte desdeñando el remate de puntilla, Lagartijo, sin abandonar la muleta de la mano izquierda, entró jadeante de impaciencia  en la enfermería para enterarse del estado de su hermano.

... He aquí el tipo de las faenas de los matadores de entonces. Faenas que helaban la sangre, que transmitían al público escalofríos de emoción, y que se recordaban admirablemente años y años. ¡Oh tiempos de toreo trágico, en que Lagartijo y Frascuelo se entregaban con alma y vida, con intereses, con ahorros y con capital, a los azares peligrosos de una profesión que ejercían, nunca como industriales, sino como aficionados y como entusiastas!

En esa clase de faenas, que los contemporáneos de los dos maestros recuerdan por centenares, se interesaba, más que la vista, el corazón del espectador; mejor que divertir, asombraban y sobrecogían; el aplauso no era bastante para exteriorizar el efecto que se experimentaba, porque ante las hazañas que daban completa sensación de la dificultad y del peligro de muerte, vencidos, rugía el pueblo y se congestionaba. 

Por otra parte, la figura hercúlea y musculosa de los lidiadores respondía, lógicamente, a su ejercicio profesional: eran atletas forzudos y no alfeñiques desmedrados; usaban alías hombrunos y no remoquetes infantiles terminados en -illo o -ito o en etc.


Así era el toreo de antaño y así debe y tiene que ser, a juicio de los que nunca le consideraremos como resolución de un problema de habilidad sin mezcla de riesgo personal, o como un concurso o torneo de actitudes plásticas»

El texto de Bleu continúa (puede leerse aquí) hablando de la verdadera sensación que produce la confluencia del Toro y del Maestro: una capaz de helar la sangre y encender el alma. La tauromaquia debe aspirar a eso, o de lo contrario, significar cualquier parapeto vetusto de arte, reproducido de manera incesante e insensata hasta que deje de poseer un sentido, pues la estética taurina de una época siempre caduca. Como es fácil observar, lo que el aficionado busca del maestro es que no haya aquel banderillero hermano caído en las astas, sino que el matador y su Perdigón sean una regla mínima de la tauromaquia.


3.
Lo que cabe fuera de toda duda, es que el culto a la personalidad de los toreros es el inicio del incontenible poder de los mismos para imponer las condiciones de su agrado para el ejercicio de la tauromaquia. Al respecto, y en lo sucesivo de las páginas 187 y 188, F. Bleu señala que  «La exageración inadmisible de ese romanticismo» produjo en Lagartijo un periodo de relajamiento y decadencia que a la postre le hizo perder la batalla histórica contra Frascuelo.  Sigue F. Bleu:  «La casi completa adhesión del público le perdonaba cien cosas detestables por una buena»,  lo que equivale a afirmar que la decadencia de un torero guarda una relación con la cantidad de fanáticos que comulguen en su parroquia. Más allá de la trágica comedia que se forma cuando la esperanzadora carrera de un torero se convierte en un espantajo (Juli, Morante, Tomás, Ordóñez, Aparicio, Pastor, Gordito, etc. per omnes versus), tal trágica comedia debería tener sin cuidado al aficionado de no ser porque hoy, y solo hoy, impacta directamente en la salud de la cabaña brava. En otras palabras, el culto a Morante o El Juli, es el responsable de la muerte de las ganaderías de bravos en el siglo XXI, cosa que espero se me permita argumentar a continuación.

Como ha quedado dicho en la entrada sobre el monoencaste, las figuras del toreo contemporáneo acaparan más de la mitad de los festejos en plazas de primera y segunda categoría en Europa, imponiendo para su actuación un solo tipo de encaste, o mejor, de selección dentro de un solo encaste (ya que no lidian Marqués de Domecq, por ejemplo). Tras ellos, hay una fuerza social de románticos en su legítimo derecho a aficionarse a sus matadores, pero también la ambientación de la imposición del encaste en detrimento del resto de sangres y ganaderías. Cuando la burbuja de festejos empezó a decaer tras el luminoso 2007, los espacios para lidiar cayeron dramáticamente hasta el punto de casi reducirse a la mitad en menos de cinco años. Por desgracia, ante menos espacio, y la permanencia de la imposición del único encaste patrocinada por una afición poco exigente, se ha tenido que extender la alarma por la puesta en peligro de casi todas las sangres y casas ajenas al Domecq de las figuras.Sin lidia, no hay recursos posibles para la crianza. Sin recursos ni crianza, la ganadería va al matadero por quiebra. Sin una afición seria y crítica, la figura tiene el campo libre para que el culto a ella tome la forma de una tauromaquia prefabricada en casi todo.

El 99.9% de toros de Domecq que componen la baraja de un torero como El Juli, viene a representar la indignidad frente al suceso de la muerte de los Coquillas de Mariano Cifuentes o Sánchez Fábres en la oscuridad de los mataderos. Hay una innegable relación estructural entre un hecho y otro. La mistificación de la figura, además, siempre coincide con el eclipsarse del toro, por lo que el desprecio a la lidia de otros encastes, es más una expresión general que particular: el toro ha dejado de ser el protagonista. Se rinde culto indebido al hombre, y no al dios.



4.
Lo anteriormente expuesto sobre el patente peligro de extinción de muchas expresiones de la bravura, solo viene a reforzar la idea de que la queja del monoencaste de las figuras es una queja ética. Además del abominable riesgo de perder la riqueza genética del campo bravo, (mientras al mismo tiempo se reivindica con un doble discurso el importe de Patrimonio Cultural de la tauromaquia), se tiene que pensar sobre algunas preguntas. Que las figuras se nieguen a lidiar ciertos encastes, refrendados en el culto a la personalidad que las masas le rinden a los toreros, ¿no habla del poco amor propio, de la ausencia de vergüenza torera, y del poco calado real de algunas tauromaquias incapaces de contrastarse con ciertas embestidas? Si el Lagartijo venido a menos pero siempre adulado por su cohorte de seguidores tuvo la maestría de hacer una faena de época ante el serio Perdigón, no fue por otra cosa más que por ver a su hermano caer ante las astas de dicho toro. Se activó su amor propio en un registro que no era el del culto de los fanáticos (morantismo, julismo, manzanarismo, para hablar del mass media actual), sino el de la vergüenza torera, el ego del matador, la torería real y la sangre taurina. Salió a invocar los naturales de Cayetano Sanz al sentirse torero, no divo. Salió a matar sin el condenado tranquillo del paso atrás en el volapié al sentirse matador de Toros, no centro de culto de un romanticismo mal entendido, por el que se le permiten todas las ventajas.

Antes de terminar este escrito pensando sobre la faena de Morante al toro Matemáticas, juzgo necesario aclarar ciertas respuestas para quienes le rinden culto a algunos toreros cuando uno pregunta sobre el monoencaste, la elección de tipos, la variedad de encastes y demás arandelas del tema.

Que los maestros tienen un cierto deber histórico de contrastar su maestría con los toros más difíciles, es algo propio hasta de cualquier actividad humana. Solo en la mediocre mentalidad de algunos puede albergarse la no muy inteligente idea de que "las figuras no tienen nada que demostrar". Los toreros deben ser conscientes de la delicada situación social que atraviesa el toreo, y tirar del carro a todos los niveles, incluso garantizando la salud y equilibrio de la cabaña brava. Entonces de inmediato seguirá la queja: que los maestros han ganado su puesto en la comodidad, son tan fuertes que pueden elegir, e incluso aquellos toros exigidos por el aficionado no permiten el toreo estético, como si Curro Díaz nunca hubiera hecho una faena de arte a un Cuadri en Madrid, o Morante nunca hubiera expresado su mejor y más real toreo de capa ante un Victorino Martín en Sevilla. Que estas figuras solo matan lo que embiste porque necesitan mínimos de garantía, como si el año que viene tuvieran comprada la camada de La Quinta, Ana Romero o Baltasar Ibán. Luego saldrá la exposición de las heridas y la sangre de la figura cada vez que un Domecq logra pegar la cornada, cuando lo que se ignora es que el reclamo de la variedad de encastes no encubre un soterrado deseo por ver corneadas o en fuga a las figuras. Se es consciente de que todos los toros dan cornadas, porque no saben hacer otra cosa. Se sabe que Antonio Bienvenida murió por la embestida de una mínima becerra, y que en mor de ello todo animal de lidia entraña un riesgo real. Cuando el aficionado sueña con ver a Manzanares con un Juan Luis Fraile, no presume una carnicería. Quiere ver que el maestro sea capaz de hacer su tauromaquia, resolviendo las particularidades y complicaciones de todos los encastes y embestidas. ¿Quién no supone un goce estético al imaginar que la supuesta suficiencia lidiadora de El Juli hallaría un gran enemigo en algún arisco Saltillo de Zaballos? La dificultad del toro vendría a probar la magnitud real de las tauromaquias de todos. Sin toro, no sería posible la existencia del pase natural, por ejemplo; de ahí que sea el toro la medida de la importancia del pase natural en un registro tan o más importante que la estética misma del pase.

Sobre la página 190 de su obra, F Bleu enunciará la idea del aficionado:  «Para mí y para muchos, el mayor encanto de las fiestas de toros descansa principalmente en los momentos difíciles e inesperados que hay que resolver por medio de inspiración súbita.»

Para efectos de la reflexión que se ha intentado hacer en el presente escrito, lo más conveniente es cerrar con el video de esta faena: la Francia torista de la afición, los bastiones, la exigencia y la lidia pura, hace que una plaza que no alberga ni la mitad de asistencia que las más grandes plazas europeas y americanas, sea capaz de doblegar la mentalidad de la figura: Morante resulta lidiando toros de Victorino Martín en pleno 2013, lo que más que hablar bien del torero mismo, habla bien de la afición de Dax. Por el chiquero sale entonces el toro Matemáticas, serio de estampa y de comportamiento. El toro hace una brava pelea en varas, instaura el terror en banderillas, y se engalla en la plaza como amo de la situación. Morante, lejos de todas las centrales de cursilería que le rinden culto por los países hispanos, se ve encerrado en el ruedo con semejante alimaña infumable por el izquierdo y que pide guerra por el derecho. Es el hombre y el destino, pero antes de los dos está EL TORO.  La lidia será la guerra de Morante por intentar imponer su concepto ante semejante animal. ¿Lo logrará?, o mejor: ¿Lo hubiera logrado con mayor rotundidad de no existir el morantismo?    

                        

«Factor principal de las fiestas de toros: el toro. Lo demás es secundario. Con ganado bueno y toreros malos, hay corrida posible y hasta interesante; con los elementos invertidos, no la concibo.»
 página 199.

«Y lo que yo he querido dejar de manifiesto es que en la fiesta nacional el toro es la obra y el torero el intérprete. Sin desvirtuar lo esencial, no puede permitirse que el toro se supedite al torero.
Por eso fui lagartijista de la primera hora y frascuelista de la última. Para aquellos toreros fue el toro la razón suprema del espectáculo. No les cegó su calidad y su influencia de intérpretes famosos para colarse delante de la obra y eclipsarla. Pocas veces se pregunta en su tiempo «¿Quién torea?», sino únicamente «¿Qué toreros se lidian?».
   página 373
F. Bleu, Antes y después del Guerra (Medio siglo de toreo)

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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".