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jueves, 24 de octubre de 2013

Los poetas de la posguerra española y la tauromaquia



La relación de la tauromaquia con la generación poética del 27 en España está más que particularmente expuesta. Luego, la historia de grandeza e interrelación entre el toreo y otras formas de arte, que sirve como vaso comunicante, se paraliza en la Guerra Civil bajo el drama de las confrontaciones bélicas. Sobrevendrían cambios políticos en España que determinarían una clase distinta de poesía, y de tauromaquia también. Si el toreo estoico y vertical de Manolete reverberaba el espíritu conservador, gris y correcto de su época, la poesía sin embargo se distanciaría hacia formas de resistencia y oralidad subversiva, apartándose del casticismo y el preciosismo de la generación del 27. Pero también es imposible encontrar una relación entre la poesía de la posguerra y la tauromaquia más subversiva: la de El Cordobés. En el primer caso observamos que la labor poética resiste la vida, mientras que en el toreo heterodoxo de El Cordobés, la vida se manifiesta con rabia hasta confundirse con la alegría. Entonces es posible hallar un vaso roto entre el toreo y la poesía. Como expresan los poetas de los que hoy reproducimos su opinión, para ellos será difícil poetizar en torno a la tauromaquia, pese a que van a vivir la segunda edad de oro del toreo. La afición se torna más seria, grave y real. Quizá uno pueda pensar que en García Lorca, Alberti, Diego o Machado, la tauromaquia haga parte ineludible del paisaje cultural español de la época, aunque bien es cierto que la afición de García Lorca era visceralmente real, y que Alberti incluso actuó en una cuadrilla. La leyenda del banderillero anarquista muerto con García Lorca en un fusilamiento ilegal, vendría a representar la muerte misma de la relación cultural de la poesía y los toros como ineludibles culturales.

Lo anterior no puede interpretarse como un abandono de los poetas a la tauromaquia: la llamada Generación del 50, o de la Posguerra, será muy taurina en términos de afición. Blas de Otero, Gamoneda, Panero, Caballero Bonald, Claudio Rodríguez y Francisco Brines, serán aficionados al toreo. De los dos últimos reproducimos la totalidad de sus intervenciones en el número 587 de los Cuadernos Hispanoamericanos, edición dedicada a la relación entre las letras y el toreo. Huelga decir que quien suscribe estas palabras, encuentra en la poesía de Rodríguez y de Gamoneda, la expresión más acaba de la lírica en nuestra lengua, por lo que la afición de esta generación por los toros debe rescatarse y visibilizarse con una importancia similar que la usada con la Generación del 27. Esta última sirvió como revulsivo cultural contra la antitaurina generación del 98, así que el mecanismo queda expuesto. La importancia de capitalizar nuestro acervo cultural frente a una sociedad incompetente para el entendimiento de ciertos principios, debería ser una de las obligaciones urgentes que los taurinos necesitamos imponernos, además de hacer caso a las quejas de Brines y Rodríguez,  que ruego sean leídas por su indiscutible interés:









Adenda del blog Torear


Un poema de Brines:
Amor en Agriento
                                                              (Empedócles en Akragas)
Es la hora del regreso de las cosas,
cuando el campo y el mar se cubren de una sombra lenta
y los templos se desvanecen, foscos, en el espacio;
tiemblan mis pasos en esta isla misteriosa.

Yo te recuerdo, con más hermosura tú
que las divinidades que aquí fueron adoradas;
con más espíritu tú, pues que vives.
Hay una angustia en el corazón
porque te ama,
y estas viejas columnas nada explican:

Unos ardientes ojos, cierta vez, miraron esta tierra
y descubrieron orígenes diversos en las cosas,
y advirtieron que espíritus opuestos los enlazaban
para que hubiese cambio, y así explicar la vida.
Esta tarde, con los ojos profundos, he descubierto la intimidad
                                                                       del mundo:
Con sólo aquel principio, el que albergaba el pecho,
extendí la mirada sobre el valle;
mas pide el universo para existir el odio y el dolor,
pues al mirar el movimiento creado de las cosas
las vi que, en un momento, se extinguían,
y en las cosas el hombre.

La ciudad, elevada, se ha encendido,
y oyen los vivos largos ladridos por el campo:
éste es el tránsito de la muerte, confundiéndose con la vida.
Estas piedras más nobles, que sólo el tiempo las tocara,
no han alcanzado aún el esplendor de tu cabello
y ellas, más lentas, sufren también el paso inexorable.
Yo sé por ti que vivo en desmesura,
y este fuerte dolor de la existencia
humilla al pensamiento.
Hoy repugna al espíritu
tanta belleza misteriosa, tanto reposo dulce, tanto engaño.

Esta ciudad será un bello lugar para esperar la nada
si el corazón alienta ya con frío,
contemplar la caída de los días,
desvanecer la carne.
Mas hoy, junto a los templos de los dioses,
miro caer en tierra el negro cielo
y siento que es mi vida quien aturde a la muerte.

                                                             Dos poemas de Rodríguez:

REVELACIÓN DE LA SOMBRA

Sin vejez  y sin muerte la alta sombra
que no es consuelo y menos pesadumbre,
se ilumina y se cierne
cercada ahora por la luz de puesta
y la infancia del cielo. Está temblando,
joven, sin muros, muy descalza, oliendo
a alma abierta y a cuerpo con penumbra
entre los labios de la almendra, entre
los ojos del halcón, la nube opaca,
junto al recuerdo ya en decrepitud,
y la vida que enseña
su oscuridad y su fatiga,
su verdad misteriosa, poro a poro,
con su esperanza y su polilla en torno
de la pequeña luz, de la sombra sin sueño.
¿Y dónde la caricia de tu arrepentimiento,
fresco en la higuera y en la acacia blanca,
muy tenue en el espino a mediodía,
hondo en la encina, en el acero, tallado casi en curva,
en el níquel y el cuarzo,
tan cercano en los hilos de la miel,
azul templado de cenizas en calles,
con piedad y sin fuga en la mirada
con ansiedad de entrega?
Si yo pudiera darte la creencia,
el poderío limpio, deslumbrado,
de esta tarde serena…
¿Por qué la luz maldice y la sombra perdona?
El viento va perdiendo su tiniebla madura
y tú te me vas yendo
y me estás acusando
me estás iluminando. Quieta, quieta.
Y no me sigas y no me persigas.
Ya nunca es tarde. ¿Pero qué te he hecho
Si a ti te debo todo lo que tengo?
Vete con tu inocencia estremecida
volando a ciegas, cierta,
más joven que la luz. Aire en mi aire.


SALVACIÓN DEL PELIGRO



Esta iluminación de la materia,
con su costumbre y con su armonía,
con sol madurador,
con el toque sin calma de mi pulso,
cuando el aire entra a fondo
en la ansiedad del tacto de mis manos
que tocan sin recelo,
con la alegría del conocimiento,
esta pared sin grietas,
y la puerta maligna, rezumando,
nunca cerrada,
cuando se va la juventud, y con ella la luz,
salvan mi deuda.

Salva mi amor este metal fundido,
este lino que siempre se devana
con agua miel,
y el cerro con palomas,
y la felicidad del cielo,
y la delicadeza de esta lluvia,
y la música del
cauce arenoso del arroyo seco,
y el tomillo rastrero en tierra ocre,
la sombra de la roca a mediodía,
la escayola, el cemento,
el zinc, el níquel,
la calidad del hierro, convertido, afinado
en acero,
los pliegues de la astucia, las avispas del odio,
los peldaños de la desconfianza,
y tu pelo tan dulce,
tu tobillo tan fino y tan bravío,
y el frunce del vestido,
y tu carne cobarde...
Peligrosa la huella, la promesa
entre el ofrecimiento de las cosas
y el de la vida.

Miserable el momento si no es canto.



**La foto que abre la publicación es de André Viard y Terres Taurines.
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miércoles, 28 de agosto de 2013

Llamarse Claudia


Ordenando mis viejos documentos de poesía, y dentro de los primeros poemas que leí hace años, me llamó la atención que un par de poetas latinoamericanos consagrados dedicaran, casi simultáneamente, dos poemas de amor muy conocidos en el medio, y que ambos se dirigieran a una mujer que se llama Claudia. La coincidencia se hace más feliz, teniendo en cuenta que Quessep y Ernesto Cardenal no pueden ser más opuestos, (entiéndase, poética, social y hasta estéticamente hablando).
Mientras el colombiano se ha decantado por un conservadurismo que se esfuerza en demostrar en sus estudios humanistas en Italia, y en una poesía preciosista que persigue la pureza musical, las imágenes de leyenda y la sobriedad, entre tanto el nicaragüense se decanta por una explosión revolucionaria, subversiva como su vida, su postura política, sus moldes poéticos desenfadados (algunas veces francamente coloquiales, en busca de la "naturalidad del habla popular"). Sin considerar la historia particular de cada poema, pues es tema que no nos interesa, cada respectiva Claudia puede sentirse satisfecha, pues ambas han inspirado dos instantes definitivos de la lírica latinoamericana. El de Quessep, guardando una estructura latina del poema, con el hermoso verso final de cada estrofa a contra ritmo del cuerpo de tres versos precedentes (recordando poderosamente a Catulo).Del otro lado, el de Cardenal, ya se ha dicho, desenfadado, sin rigidez formal, casi hablado en la puerta en tono de recriminación. Claudia, que viene del latín, designaba a una mujer renqueante: "Aquella que cojea", dato inane. Sí.
Ambos poetas ponen mucho de sus convicciones vitales en sus composiciones, y maridarlos después de casi medio siglo, es casi indispensable:

Poema Canto Del Extranjero de Giovanni Quessep

Penumbra de castillo por el sueño
Torre de Claudia aléjame la ausencia
Penumbra del amor en sombra de agua
Blancura lenta

Dime el secreto de tu voz oculta
La fábula que tejes y destejes
Dormida apenas por la voz del hada
Blanca Penélope

Cómo entrar a tu reino si has cerrado
La puerta del jardín y te vigilas
En tu noche se pierde el extranjero
Blancura de isla

Pero hay alguien que viene por el bosque
De alados ciervos y extranjera luna
Isla de Claudia para tanta pena
Viene en tu busca

Cuento de lo real donde las manos
Abren el fruto que olvidó la muerte
Si un hilo de leyenda es el recuerdo
Bella durmiente

La víspera del tiempo a tus orillas
Tiempo de Claudia aléjame la noche
Cómo entrar a tu reino si clausuras
La blanca torre

Pero hay un caminante en la palabra
Ciega canción que vuela hacia el encanto
Dónde ocultar su voz para tu cuerpo
Nave volando

Nave y castillo es él en tu memoria
El mar de vino príncipe abolido
Cuerpo de Claudia pero al fin ventana
Del paraíso

Si pronuncia tu nombre ante las piedras
Te mueve el esplendor y en él derivas
Hacia otro reino y un país te envuelve
La maravilla

¿Qué es esta voz despierta por tu sueño?
¿La historia del jardín que se repite?
¿Dónde tu cuerpo junto a qué penumbra
Vas en declive?

Ya te olvidas Penélope del agua
Bella durmiente de tu luna antigua
Y hacia otra forma vas en el espejo
Perfil de Alicia

Dime el secreto de esta rosa o nunca
Que guardan el león y el unicornio
El extranjero asciende a tu colina
Siempre más solo

Maravilloso cuerpo te deshaces
Y el cielo es tu fluir en lo contado
Sombra de algún azul de quien te sigue
Manos y labios

Los pasos en el alba se repiten
Vuelves a la canción tú misma cantas
Penumbra de castillo en el comienzo
Cuando las hadas

A través de mi mano por tu cauce
Discurre un desolado laberinto
Perdida fábula de amor te llama
Desde el olvido

Y el poeta te nombra sí la múltiple
Penélope o Alicia para siempre
El jardín o el espejo el mar de vino
Claudia que vuelve

Escucha al que desciende por el bosque
De alados ciervos y extranjera luna
Toca tus manos y a tu cuerpo eleva
La rosa púrpura

¿De qué país de dónde de qué tiempo
Viene su voz la historia que te canta?
Nave de Claudia acércame a tu orilla
Dile que lo amas

Torre de Claudia aléjale el olvido
Blancura azul la hora de la muerte
Jardín de Claudia como por el cielo
Claudia celeste

Nave y castillo es él en tu memoria
El mar de nuevo príncipe abolido
Cuerpo de Claudia pero al fin ventana
Del paraíso


Epigramas de Ernesto Cardenal



1. Te doy, Claudia, estos versos, porque tú eres su dueña.
Los he escrito sencillos para que tú los entiendas.
Son para ti solamente, pero si a ti no te interesan,
un día se divulgarán tal vez por toda Hispanoamérica.
Y si al amor que los dictó, tú también lo desprecias,
otras soñarán con este amor que no fue para ellas.
Y tal vez verás, Claudia, que estos poemas,
(escritos para conquistarte a ti) despiertan
en otras parejas enamoradas que los lean
los besos que en ti no despertó el poeta.
*

2. De estos cines, Claudia, de estas fiestas,
de estas carreras de caballos,
no quedará nada para la posteridad
sino los versos de Ernesto Cardenal para Claudia
         (si acaso)
y el nombre de Claudia que yo puse en esos versos
y los de mis rivales, si es que yo decido rescatarlos
del olvido, y los incluyo también en mis versos
para ridiculizarlos.
*

3. Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
yo porque tú eras lo que yo más amaba
y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti
pero a ti no te amarán como te amaba yo.
*
4. Esta será mi venganza:
Que un día llegue a tus manos el libro de un poeta famoso
y leas estas líneas que el autor escribió para ti
y tú no lo sepas.

*

5. Me contaron que estabas enamorada de otro
y entonces me fui a mi cuarto
y escribí ese artículo contra el Gobierno
por el que estoy preso.
*

6. Yo he repartido papeletas clandestinas,
gritando: ¡VIVA LA LIBERTAD! en plena calle
desafiando a los guardias armados.
Yo participé en la rebelión de abril:
pero palidezco cuando paso por tu casa
y tu sola mirada me hace temblar.
*
7. Epitafio para la tumba de Adolfo Báez Bone

Te mataron y no
nos dijeron donde
enterraron su cuerpo,

Pero desde entonces
todo el territorio
es tu sepulcro

o más bien;
en cada palmo
de territorio nacional
en que

no está tu cuerpo
tú resucitaste

Creyeron que te
mataban con una orden
de ¡fuego!

Creyeron que te
enterraban

Y lo que hacían
era enterrar una semilla.
*
8. ¡Mi gatita tierna
mi gatita tierna!

¡como estremecen
a mi gatita tierna

mis caricias en su cara
y su cuello

Y vuestros asesinatos
y torturas!
*
9. ¿Has oído
gritar de noche
al oso-caballo

oo-oo-oo-oo

o al coyote
solo en la noche
de luna

uuuuuuuuuuuuuú?

pues eso mismo
son estos versos.
*
10. Cuídate, Claudia,
cuando estés conmigo,

porque el gesto más leve,
cualquier palabra, un suspiro

de Claudia,
el menor descuido,

tal vez un día
lo examinen eruditos

Y este baile de Claudia
se recuerde por siglos

Claudia, ya te lo aviso.
*
11. ¡Mi pelo largo!
¡Mi pelo largo!

Querías tu
muchacha con
el pelo largo

Yo lo tengo abajo
de los hombros

Crees que esta esquina
de la vendedora de guayabas

donde voz me encontraste
con terror y con júbilo

(aunque sólo demostraste
palidez y silencio)

la borrarán
los Ángeles,
les champs-elysees?
*
12. Ella fue vendida
a Kelly & Martínez
Cía Ltda.,

y muchos le enviarán
regalos de plata

Y otros le enviarán
regalos de electroplata,

y su antiguo enamorado
le envía este epigrama.
*
13. Tomarse con los brazos el uno al otro,
dándose cada uno a los brazos del otro.
Qué diferente sentirte dentro de uno
que sentirse uno solo dentro de uno
es decir, vacío.
¿Será que es soledad tu abrazo
y tus besos sólo sed?
Me parece oírte que de mí no te sacias nunca.
Yo que fui antes buen catador de amarguras.
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martes, 6 de agosto de 2013

Claudio Rodríguez, la poesía



Me he encontrado a Claudio Rodríguez siempre con una coincidencia grata: su revelación hace años se me permitió a través de la poesía de Antonio Gamoneda, otro enorme señor de la lírica en castellano de la posguerra. Cuando creía que la poesía no podía ir más allá de Gamoneda en nuestra lengua, una entrevista del poeta de León nombró con fervor y agradecimiento la influencia de Claudio Rodríguez en los poetas que conocieron la España franquista, y a los que, como a Celan, solo les quedaba la lengua y la herida. Entonces conocí el poeta más sólido en la historia del castellano, cosa de la que otros ya han hablado con más fortuna. Años después, todo leído y aprehendido, todo sin embargo tan desconocido aún, encontré a Claudio Rodríguez en el lugar más insospechado: en la afición que el poeta, al igual que yo, tiene por la tauromaquia ortodoxa, rígida, seria y de cánon. Claudio Rodríguez se definía entonces como Torista, esto es, como el aficionado taurino más radical de todos:


¿Y qué decir? Su poesía, ya se ha dicho, es sólida, como ninguna en nuestra lengua. Comparte esa característica con Baudelaire, y con Rimbaud, el juego de asociaciones infinitas que pule hasta el imposible, y del que sale siempre una poética como forma de conocimiento, de descubrimiento. Su obra es ilimitada, pese a limitarse a 5 obras. Desde una precocidad que también lo alinea con Rimbaud, Rodríguez a los 19 años sacudió el mundillo de la poesía en nuestra lengua con un libro de madurez envidiada: Don de la Ebriedad, una obra panteísta, de música perfecta, original, y que acerca la versificación al conocimiento de la realidad, como un niño aprendiendo a hablar. Luego vienen libros tan importantes y logrados como Conjuros, Alianza y Condena, El vuelo de la celebración...crece el poeta, y con él su poesía y su visión del mundo. Así verifica la muerte de sus padres y su hermana, la cama y la almohada de la juventud, el sexo y la sombra de la mujer amada que no es oscura. Entonces puede verse una relación con el A Portrait of the Artist as a Young Man: la obra es el testimonio real, con sus graduaciones y registros de estilos, de toda la vida de una persona. Su quinta y última obra, Casi una Leyenda, es también el intento de la lengua para acercarse a la muerte, a la desaparición de la palabra, de la descomposición (Con la putrefacción que es amor puro/ donde la muerte ya no tiene nombre), hasta cerrar con un gesto final una de las páginas más gloriosas de nuestra lengua, con un poema de sencillez y belleza perfectas.

Me permito entonces rescatar algunos poemas que no participan de sus clásicos más conocidos (Como veo los árboles ahora, Ajeno, Adiós, El baile de Águedas), y que incluso no están presentes en la web. Tras morir, y de la edición de su obra completa por Tusquets, vio la luz un volumen de obras desconocidas, incluyendo un poema a Antoñete, con lo que tenemos que Claudio Rodríguez, además de torista, tenía un gusto clásico en la tauromaquia. Rescato además el poema Canción Incrédula, que ha sido musicalizado por Luis Ramos, de lo que también subo testimonio:

                            


CANCIÓN INCRÉDULA

¿Y para qué tanta
resurrección? Caminos
que mueran en nosotros.
Nunca hollados caminos.
Pronto verás al hombre
sangrando en cualquier sitio,
en la tarde aventada
de dolor y de trigos.
Frente al pasado, frente
a lo ya conocido.
(Una ciudad. Y un álamo
con un sueño en el río)
…¿Y Tú? Tú no anocheces.
Nos une el mismo niño
que tropezaba, como
si no fuera su oficio
tropezar: en la risa,
cayendo, en el olvido…
¡Qué bien puedo tenerte
por no sé qué bautismo!
Saber un día, yerto
de campanas, el mismo
pecado que nos duele
en el vientre. Y redimirlo.
Habitar el silencio,
el fiel, el siempre amigo.
Tras el manar del agua
volver para estar vivos.
Y no. Ya es otra fuerza
de tu brazo. Es distinto
golpear, aún más ciego
cuanto más desprendido.
¡Cómo llena de música
tu sombra a los sentidos!
¡Siempre este peso, ahora
y siempre el único abrigo!
Se te ve como si algo
te ignorase en su silbo.
Como si no quisieran
cavar en tus pasillos.
¿Por qué, para qué tanta
resurrección? Caminos
que mueran en nosotros.

Nunca hollados caminos.

DE: Poemas laterales.


SALVACIÓN DEL PELIGRO

Esta iluminación de la materia,
con su costumbre y con su armonía,
con sol madurador,
con el toque sin calma de mi pulso,
cuando el aire entra a fondo
en la ansiedad del tacto de mis manos
que tocan sin recelo,
con la alegría del conocimiento,
esta pared sin grietas,
y la puerta maligna, rezumando,
nunca cerrada,
cuando se va la juventud, y con ella la luz,
salvan mi deuda.

Salva mi amor este metal fundido,
este lino que siempre se devana
con agua miel,
y el cerro con palomas,
y la felicidad del cielo,
y la delicadeza de esta lluvia,
y la música del
cauce arenoso del arroyo seco,
y el tomillo rastrero en tierra ocre,
la sombra de la roca a mediodía,
la escayola, el cemento,
el zinc, el níquel,
la calidad del hierro, convertido, afinado
en acero,
los pliegues de la astucia, las avispas del odio,
los peldaños de la desconfianza,
y tu pelo tan dulce,
tu tobillo tan fino y tan bravío,
y el frunce del vestido,
y tu carne cobarde...
Peligrosa la huella, la promesa
entre el ofrecimiento de las cosas
y el de la vida.

Miserable el momento si no es canto.

DE: El vuelo de la celebración

TIEMPO MEZQUINO (Fragmento) 

Ojalá el tiempo tan sólo
fuera lo que se ama. Se odia
y es tiempo también. Y es canto.
Te odié entonces y hoy me importa
recordarte, verte enfrente
sin que nadie nos socorra
y amarte otra vez y odiarte
de nuevo. Te beso ahora
y te traiciono ahora sobre
tu cuerpo. ¿Quién no negocia
con lo poco que posee?
Si ayer fue venta hoy es compra;
mañana, arrepentimiento.
No es la sola hora la aurora.

DE: Alianza y Condena

MANUSCRITO DE UNA RESPIRACIÓN  (Fragmento)

Y la respiración que es hondo espía
me trasluce y traspasa
no sé qué resplandor. Me está esperando
con taller y con lápida
desde el vértigo mismo de la hoja del pulmón
hasta la vena ciega
y me hiere y me ayuda
tierna en su fibra, bien cocida en limpio,
y me hilvana y me cose
con polen de la luz junto al encaje
del hilo blanco y duro del ahogo,
del suave del suspiro
mientras el cuerpo se va yendo a solas.
¿Es que voy a vivir después de tanta revelación?

La cama me remueve y me depura
Con olor de marzo,
Con mirada de lluvia entre los pliegues
De la sábana y un
Roce de lana virgen.
La oscuridad del tórax, la cal de uva del labio,
la penumbra del hueso y la penumbra
de la saliva,
la médula espinal mal sostenida
por sus alas que duelen
cuando comienza a clarear y llega
un temblor de inocencia.

DE: Casi una leyenda



TOREANDO

Antoñete
Es esta sinfonía
del capote que suena,
¿a qué? He aquí el misterio.
Todo, la tela, el aire
de la distancia, toda la embestida,
agresiva y solemne,
y cuando el temple llega ya es un canto.
He aquí un torero que, aunque tenga nombre,
se lo va dando más, y quiere, y salva.
Esa manera de estar en la plaza,
el movimiento interno, el del tanteo,
se maciza,
y se hace tacto y arte al mismo tiempo
cuando llega el embroque.
Aparición sin tiempo.
¿Frontal o circular? ¿Es movimiento
o es reposo?
La lejanía, la proximidad,
helas aquí. Él bien sabe
la religiosidad del humo y de la sangre:
lo más vivo. Y le llega
una revelación oscura, por la izquierda
o bien por la derecha, y está el cuerpo
ofrecido, total, aquí en su pecho, en poderío y mármol,
entre la magia y la sabiduría.

DE: Poemas laterales


SECRETA

Tú no sabías que la muerte es bella
y que se hizo en tu cuerpo. No sabías
que la familia, calles generosas,
eran mentira.

Pero no aquella lluvia de la infancia,
y no el sabor de la desilusión,
la sábana, sin sombra y la caricia
desconocida.

Que la luz nunca olvida y no perdona,
más peligrosa con tu claridad
tan inocente que lo dice todo:
revelación.

Y ya no puedo ni vivir tu vida,
y ya no puedo ni vivir mi vida
con las manos abiertas esta tarde
maldita y clara.

Ahora se salva lo que se ha perdido
con sacrificio del amor, incesto
del cielo, y con dolor, remordimiento,
gracia serena.

¿Y si la primavera es verdadera?
Ya no sé qué decir. Me voy alegre.
Tú no sabías que la muerte es bella,
triste doncella.

DE: Casi una leyenda, poema final.


REVELACIÓN DE LA SOMBRA

Sin vejez  y sin muerte la alta sombra
que no es consuelo y menos pesadumbre,
se ilumina y se cierne
cercada ahora por la luz de puesta
y la infancia del cielo. Está temblando,
joven, sin muros, muy descalza, oliendo
a alma abierta y a cuerpo con penumbra
entre los labios de la almendra, entre
los ojos del halcón, la nube opaca,
junto al recuerdo ya en decrepitud,
y la vida que enseña
su oscuridad y su fatiga,
su verdad misteriosa, poro a poro,
con su esperanza y su polilla en torno
de la pequeña luz, de la sombra sin sueño.
¿Y dónde la caricia de tu arrepentimiento,
fresco en la higuera y en la acacia blanca,
muy tenue en el espino a mediodía,
hondo en la encina, en el acero, tallado casi en curva,
en el níquel y el cuarzo,
tan cercano en los hilos de la miel,
azul templado de cenizas en calles,
con piedad y sin fuga en la mirada
con ansiedad de entrega?
Si yo pudiera darte la creencia,
el poderío limpio, deslumbrado,
de esta tarde serena…
¿Por qué la luz maldice y la sombra perdona?
El viento va perdiendo su tiniebla madura
y tú te me vas yendo
y me estás acusando
me estás iluminando. Quieta, quieta.
Y no me sigas y no me persigas.
Ya nunca es tarde. ¿Pero qué te he hecho
Si a ti te debo todo lo que tengo?
Vete con tu inocencia estremecida
volando a ciegas, cierta,
más joven que la luz. Aire en mi aire.

DE: Casi una leyenda

CALLE SIN NOMBRE II

Está ya clareando.
Y cuando las semillas de la lluvia
fecundan el silencio y el misterio,
la espuma de la huella
sonando en inquietud, con estremecimiento,
como si fuera la primera vez
entre el aire y la luz y una caricia,
ya no importan como antes,
el canto vivo en forja
del contorno del hierro en los balcones,
las tejas soleadas
ni el azul oscuro
del cemento y del cielo.
La calle se está alzando. ¿Y quién la pisa?
¿Hay que dejar que el paso, como el agua,
se desnude, y se lave
algunas veces seco, ágil o mal templado;
otras veces, como ahora
tan poco compañero, sin entrega ni audacia,
caminando sin rumbo y con desconfianza
entre un pueblo engañado, envilecido,
con vida sin tempero, con libertad sin canto?

Me está hablando esta acera como un ala
y esta pared en sombra que me fija y me talla
con la cal sin tomillo y sin vuelo sin suerte
la juventud perdida. Hay que seguir. Más lejos…
Y voy de puerta en puerta
calle arriba y abajo
y antes de que me vaya
quiero ver esa cara ahí a media ventana,
transparente y callada
junto al asombro de su intimidad
con la cadencia del cristal sin nido
muy bien transfigurada por la luz,
por el reflejo duro de meseta,
con pudor desvalido,
asomada en silencio y aventura.
Quiero ver esa cara. Y verme en ella.

DE: Casi una leyenda

SOLVET SECLUM

No sé por qué he vivido tanto tiempo.
No me voy como huido
porque ahora estoy junto a los de mi mesa.
Es el agua, es el agua, la energía
y la velocidad del cierzo oscuro
con un latido amanecido en lumbre,
y la erosión, la sedimentación,
el limo ocre como arcilla fina
mientras llega la noche y su color,
en la medida luminosa, rápido
entra en el suelo,
en horizontes de la roca madre
y se hace casi azul,
verde claro y caliente
como de valle en música.

Es la disolución, la oxidación,
el milagro olvidado
cuando un copo de nieve quemó un cáliz
y la pobreza de la hoja nocturna,
y los cimientos y los manantiales,
la corrosión en plena
adivinación
y la aniquilación en plena creación,
entre delirio y ciencia.

El campo llano, con vertiente suave,
valiente en viñas...
Cómo el sol entra en la uva
y se estremece, se hace luz en ella, 
y se maduran y se desamparan,
se dan belleza y se abren
a su muerte futura...
                         ¡Si está claro
antes del amanecer!

EL esqueleto entre la cal y el sílice
y la ceniza de la cobardía,
la servidumbre de la carne en voz,
en el ala,
del hueso que está a punto de ser una flauta,
y el cerebro de ser panal o mimbre
junto a los violines del gusano,
la melodía en flor de la carcoma,
el pétalo roído y cristalino,
el diente de oro en el osario vivo,
y las olas y el viento
con el incienso de la marejada
y la salinidad de la alta marea,
la liturgia abisal del cuerpo en la hora
de la supremacía de un destello,
de una bóveda en llama sin espacio
con la putrefacción que es amor puro,
donde la muerte ya no tiene nombre...

Es el último aire. ¡Ovarios lúcidos!
¿Y se oye al ruiseñor?
¿Dónde la cepa nueva,
dónde el fermento trémulo
de la meditación,
lejos del pensamiento en vano, de la vida
que nunca hay que esperar
sino estar en sazón
de recibir, de hijos
a hijos, en la aurora
del polen?

DE: Casi una leyenda



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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".