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domingo, 16 de agosto de 2015

Arraigo de la tauromaquia en Bogotá



CONSIDERACIONES PREVIAS

La alcaldía de Bogotá ha presentado en últimos días un proyecto de consulta popular antitaurina para la ciudad. Al reconocer que este mecanismo de participación ciudadana no pretende derogar leyes ni disposiciones constitucionales, pues de hecho carece de alcance para esto, las declaraciones de los funcionarios apuntan a que los resultados de la consulta determinarán si el toreo cuenta con el suficiente arraigo en Bogotá, todo esto en virtud a que la Corte Constitucional en la sentencia C-666/10, dispuso que las corridas de toros solo pueden realizarse en aquellos lugares donde la tradición taurómaca contase con el concurso de dicho arraigo.

Lo anterior abre una serie de dudas con respecto a la consulta, algunas de ellas ya formuladas en el concepto pedido por la misma alcaldía a la facultad de derecho de la Unversidad Externado de Colombia. En aquel análisis, se expresa de forma resuelta que la discusión sobre el arraigo es técnica, y como tal debe abordarse desde la disciplina que estudia el fenómeno, descartando que una votación pública pueda ser equivalente al análisis de las ciencias sociales. En tanto, todos los expertos sin vinculación directa con la alcaldía o el animalismo,  han determinado que el resultado de la Consulta, tal como está planteada, carecería de efectos jurídicos, por tanto su resultado no es aplicable.

De antaño se sabe la animadversión sentida por el burgomaestre actual contra la Fiesta de los Toros en Bogotá. Su lucha, en apariencia animalista, pero rebozada de incontables actos de negación, se interpreta como el ataque de una nueva ciudadanía contra los símbolos del poder conservador y dominante. Al parecer, esta conveniencia política obviaría de forma deliberada los derechos fundamentales de los aficionados y profesionales taurinos, todos consagrados de forma genérica en la Constitución y protegidos a lo largo de siete sentencias, las dos últimas, en específico la C 889/12 y la T 296/13, a propósito de las facultades de autoridades locales para prohibir la actividad taurina en Colombia, cosa que es de potestad únicamente del Legislativo o de un Referendo derogatorio.

El presente escrito pretender ser una aproximación inicial a la realidad del arraigo taurino de la tauromaquia en Bogotá.



En la antropología, los conceptos están atados a la pertenencia de las distintas escuelas de pensamiento. Lo anterior no es óbice para reconocer ciertas definiciones generales que pueden servir de análisis al estudio. Siendo el tema el del arraigo, convendría advertir de partida que esta es una categoría referida a los fenómenos culturales con presencia duradera en el seno de algunas comunidades.
Arraigo, cuya etología en el latín deviene de raíz, es un concepto que para las disciplinas sociales nunca ha contado con métodos de estudio que indaguen sobre las cifras exactas de humanos que se conjuguen con el fenómeno social. En las declaraciones de PCI en la Unesco, por ejemplo, y en donde el arraigo cultural es uno de los requisitos para la obtención de la categoría del Patrimonio, jamás se ponen en consideración cifras de popularidad, número exacto de cultores y otras estadísticas, totalmente indiferentes para las ciencias sociales. Por el contrario, la única medición plausible para determinar la raíz y permanencia de un fenómeno cultural en las sociedades, es precisamente el recuento histórico y la vigencia en el tiempo de los fenómenos. Por ejemplo, en los clásicos estudios indigenistas del Perú, se consideran con mayor arraigo a aquellas culturas que datan de siglos anteriores que aquellas mayoritarias y más cercanas a la contemporaneidad. Para cerrar esta idea, cabría recordad al pensador latinoamericanista Alfonso Reyes, quien destacaba al arraigo como algo contrario a la Universalidad, en consideración al profundo crisol de la riqueza cultural americana, tan variada como distinta en sus múltiples manifestaciones. Encumbrar una manifestación cultural por mor de popularidad, redundaría en una invalidez social con respecto a las ciudadanías que conservan modos antiquísimos y minoritarios de ser.

Sobre lo anterior, también la Convención de París emitida por la UNESCO en 2005, invocando su calidad como máxima autoridad del tema cultural en los países miembros de la ONU, contempla que el carácter minoritario de un fenómeno cultural no enerva ni su arraigo ni su pertinencia. Sensu contrario, la UNESCO considera que todas las manifestaciones culturales minoritarias son dignas de protección por parte de los Estados firmantes de la Convención, dentro de los cuales se encuentra la República de Colombia. Esto contradice totalmente el espíritu de la consulta, pues es suya la pretensión de eliminar una cultural minoritaria en razón a mediciones ciudadanas de pertenencia, cuando en realidad la conclusión de la votación es que merecen protección estatal para su fomento.
Según el «Principio de igual dignidad y respeto de todas las culturas» consagrado en la Convención de la UNESCO, se debe garantizar para la cultura minoritaria. En el mismo convenio, su artículo 7 determina medidas para la promoción de las expresiones culturales, en tanto que se les permita «crear, producir, difundir y distribuir sus propias expresiones culturales, y tener acceso a ellas, prestando la debida atención a las circunstancias y necesidades especiales de las mujeres y de distintos grupos sociales, comprendidas las personas pertenecientes a minorías y los pueblos autóctonos»[1]. Teniendo en cuenta que la Corte Constitucional a lo largo de su línea jurisprudencial ha considerado a la tauromaquia como parte del Patrimonio Intangible del pueblo de Colombia, su adecuación a estos principios técnicos y legales es evidente.
Por otra parte, la Constitución Política de Colombia también contempla, además de los derechos a la participación ciudadana, los derechos culturales como fundamentos de la nación. Por ejemplo, su Artículo 7 contempla a Colombia como un «Estado que reconoce y  protege la diversidad étnica y cultural de la Nación». Entre tanto, el Artículo 8 conmina como obligación del Estado el proteger dicha riqueza. No es de obviar la línea jurisprudencial de la Corte en el tema taurino.

En suma, el problema de la consulta antitaurina es su confusión del arraigo social con el arraigo cultural. La malversación entre ambas categorías sociológicas, sin embargo no las hace susceptibles a demostrarse mediante el conteo de votos. Por ejemplo, no existe el primer estudio de ciencia social que mida la popularidad desde las urnas para delimitar la naturaleza de un Patrimonio Cultural Inmaterial. En virtud de lo anterior, las votaciones reemplazarían los trabajos de maestros como Claude Lévi-Strauss o Clifford Geertz en lo que refiere al análisis antropológico sobre los fenómenos. Lo anterior, sería tan absurdo como determinar por vía de las urnas la veracidad de alguna religión con respecto a las otras, o inquirir sobre la naturaleza y protección de los Derechos Humanos mediante consultar o referendos.

La consulta antitaurina planteada por la alcaldía de Bogotá, además de carecer de aplicabilidad jurídica, al no derogar sus resultados la Ley 916 de 2004, tampoco puede ser un instrumento para reemplazar discusiones técnicas que tienen su especialización interdisciplinaria en el seno de la academia colombiana. Finalmente, resulta evidente que el Estado de opinión ha sido altamente desestimulado por la Corte Constitucional, desde luego por la inconveniencia de sus efectos y deseos.


ARRAIGO TAURINO EN BOGOTÁ 

Comprendiendo a la cultura taurina como un todo de manifestaciones en torno al toro, y no solo como el concurso de la corrida, puede decirse que el arraigo taurino en la ciudad data desde la llegada de los toros a un territorio que, como el americano, no los tenía como animales endémicos. Es Alonso Luis de Lugo, junto a frailes cartujanos, quienes en 1543 importan a la sabana de la recién fundada Santa Fe los primeros ejemplares. Luis de Lugo vendió 35 toros y 35 vacas, a precio de mil reales por cabeza, para que fueran distribuidas así en las haciendas reales como animales guardianes.

Para 1551 se registra oficialmente la primera corrida de toros en Santa Fe, nombre que antaño las disposiciones territoriales del virreyno le daban a Bogotá. Fue en honor a la instalación de la Real Audiencia, y posteriormente para la llegada de su primer presidente, Andrés Díaz Venero de Leyva. Lo anterior quiere decir que en la capital se hacen festejos taurinos desde hace 464 años, extendidos hasta el 2012 con regularidad sorprendente, pues, como se verá más adelante, ni siquiera la época republicana refrenó el gusto taurómaco. En todo caso, es mayoritaria la presencia de años con festejos taurinos que las interrupciones por abolición. Estas últimas pueden dividirse solo en dos periodos históricos: la prohibición por bula papal y la de Gustavo Petro.

Otros autores señalan a la capital como epicentro de distintos festejos, significativos por su condición de celebración civil: «Del siglo XVI, se tiene al menos noticia de seis corridas: a la llegada del adelantado Alonso de Lugo; en 1545, cuando tomó el mando Pedro de Ursúa; en 1547, a la llegada de Miguel Diez de Armendáriz; en 1550, cuando el establecimiento de la Real Audiencia; en 1551, durante la posesión de Juan de Montano, y en 1564, cuando Andrés Diez Venero de Leyva tomo posesión del gobierno de Santafé»[1].
En cuestión, el toreo bogotano a lo largo de los siglos no pudo disociarse de su ocurrencia gracias a fastos civiles. Se hicieron corridas en la Plaza Mayor, como entonces se le llamaba a la Plaza de Bolívar, para celebrar ascensiones de reyes, llegadas de virreyes, proclamaciones de santidad, pero también para celebrar la Independencia y luego para conmemorarla de forma institucionalizada. Colonia y República son taurinas.

En El Carnero, primera obra literaria auténticamente colombiana que puede considerarse como tal, se narran innumerables festejos taurinos como parte activa de la vida santafereña. También es célebre la glosa sobre las vicisitudes piadosas vividas por Don Luis López Ortiz, próspero comerciante santafereño que se salvó milagrosamente del ataque de un toro que entró en su local, escapado de una corrida, y que apenas le ofendió untándole su levita con babas. A tal hecho, que trascendió por siglos en la memoria colectiva bogotana, se le confirió la categoría de milagro.

Con el discurrir de los siglos coloniales se pueden reconocer que la cultura taurina formó arraigo en la sociedad capitalina, bajo la forma de transcultura o transferencia cultural. Aquí, la tauromaquia adquirió una manifestación particular, permeada por el color local y el modo de ser santafereño. Por ejemplo, se toreaba con ruana, o se trasteaban los toros barrio a barrio, todo bajo preceptos de comportamiento netamente santafereños, rodeando los festejos además de manifestaciones gastronómicas y musicales propias de la región, cosa que no ocurre en ninguna otra tauromaquia del mundo. Desde luego los festejos también se verificaban en consonancia de severas celebraciones, más serias y con grandes componentes de hecho social. Algo digno de mencionar es que la única ocasión en la que se ponía alumbrado público, consistente en velas de cebo, era en la celebración de proclamaciones virreinales, ascensiones reales al trono y, desde luego, en días de corrida.
A la llegada del presidente aragonés Dionisio Pérez Manrique en 1669 de Lara se prohíben los festejos taurinos, mas no dejan de realizarse, debido a la gran afición del pueblo a la tauromaquia. Solo sería la aplicación de la bula papal antitaurina, extensible a todo el reino y las colonias, la que sea capaz de acallar la celebración de corridas por casi cinco décadas.


Durante 1654 hasta 1703  persistió una abolición de las corridas de toros en Santa Fe, no obstante los constantes festejos realizados, casi de forma subversiva, en fincas privadas y días de extremo clamor social, donde las autoridades se hacían las de la vista gorda, pese a la tremenda protesta de la iglesia.

Ante la llegada del ilustre virrey Diego Córdoba Lasso de la Vega, los festejos taurinos vuelven a la capital con gran pompa en 1704, al conmemorarse la jura de Luis I con fastuosas corridas de toros. Como ahora, el resurgir de la tauromaquia entre las aficiones de la población, no pudo ser posible sin el arraigo que esta práctica goza en determinado sector social:


 «El presidente Diego Córdoba Lasso de la Vega logró restablecerlas a principios del siglo XVIII, con la condición de que «con ningún pretexto ni causa, llegada la noche desde las Ave Marías, no salgan ni corran a caballo, ni saquen toro dentro del lugar ni sus arrabales hasta la hora común del alba, como ni tampoco al tiempo que se celebran los oficios divinos; pena al transgresor del perdimento del caballo y silla y dos meses de cárcel»[2]


Se distinguió por su particular afición el virrey José Solís Folch de Cardona, advenido como tal en 1753. Para 1756, merced a la noticia de la exaltación de su hermano Francisco de Solís a cardenal, se realizaron los festejos taurinos más grandiosos de los que Santa Fe tuviera memoria. Sin embargo, con la ascensión del abolicionista Carlos III a la corona española, la Nueva Granada, nombre que entonces se le daba a los territorios de Colombia, también ve el arribo del virrey Pedro Messía de la Zerda en 1761. Aunque se se celebran cuatro corridas de toros por su llegada,  luego él mismo hizo valedera la abolición de Carlos III. Pero no puede decirse que la ciudad se quedase sin corridas de toros, pues Messía de la Zerda seguía realizando festejos en su finca privada de El Aserrío, propiedad luego de don Antonio Nariño
Es precisamente don Antonio Nariño, en su calidad de alcalde regular de Santa Fe, quien en 1789 da la primera noticia de corridas de toros organizadas sin el concurso de fuerzas civiles extranjeras, volviendo a la vieja usanza de realizar festejos taurinos por espacio de seis días. Su paralela traducción al castellano de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sembró la semilla revolucionaria entre la élite de Santa Fe.

El último Virrey, Antonio Amar y Borbón, fue recibido con toros pese a la creciente subversión que gran parte de los santafereños ya sentían por la corona extranjera. En tal modo, y de forma curiosa, los hechos oscuros de pacificación ocurridos por la retoma del poder por parte de Morillo en defesa de la corona de Fernando VII, estuvieron ausentes de festejos taurinos casi, de no ser por un festejo en 1861 que pasará a la posteridad por ser motivo de ofensa a Morillo. En él, un independentista de nombre José Ramón Escobar, obtuvo su libertad y la de 11 de sus compañeros al banderillear un toro pese a contar en sus piernas de recio bogotano con los pesados y oxidados grilletes que servían para demorarlo en una mazmorra, centro de la represión. El pueblo saludó frenéticamente la proeza de Escobar, frente a la que el pacificador Morillo no tuvo otra opción que bajar la cabeza, y dejar de asistir a toros.

Lograda la primera proclama de Independencia, se celebraron festejos taurinosnueve días después del 20 de julio de 1810, en lo que los historiadores consideran es la primera corrida republicana: «En efecto, el día 29 hubo misa de gracias con gran solemnidad y en la tarde corrida de toros con mucha alegría y regocijo. Con motivo de la instalación del Congreso, en la tarde de los días 23, 24 y 25 también hubo toros, que fueron breves, y en la noche iluminación Finalizando el año de 1811, el 24 de diciembre, tuvo lugar la elección de presidente del Estado en propiedad, designación que recayó en Antonio Nariño, quien de paso diremos era muy aficionado a los toros. Al día siguiente, de pascua, se lidiaron toros magníficos, función que se repitió el día 27 amenizada por la banda de sargentos y cabos de Milicias»[3]

Conforme iba verificándose el proceso de emancipación, los ejércitos patriotas fueron financiados en parte con festejos taurinos. Famoso es el registrado en Santa Fe, cobrando medio real la entrada, cuyos réditos se destinaron a comprar el atalaje necesario para que el ejército libertador saliese de la vicisitud provocada por el brutal a través del páramo dl Pispa. Como refieren a los historiadores, «Despidieron al ejercito libertador con toros El 21 de enero de 1815. Simón Bolívar se hizo cargo del ejército patriota y a pesar de que los bogotanos no estaban muy contentos, el día 22, que fue domingo, se celebró un gran festejo taurino, destacándose los jinetes sabaneros que competían valerosamente con los osados toreadores de a pie».[4] Como era de esperarse, la noticia de la total emancipación fue celebrada en 1817 con diversas celebraciones, entre ellas, naturalmente, corridas de toros.
Con lo anterior se entiende que la tauromaquia ya no era concebida desde mucho ha por el capitalino como síntoma de una cultura extranjera, sino que la verificaba como un sentir suyo; el toreo ya era una cultura santafereña, sin visos de extranjerismo, por lo cual no podía simbolizar nada español, teniendo su auge más significativo precisamente en la época republicana.
Ya en Bogotá, se decreta desde 1846 que la celebración de la independencia se conmemoraría el 20 de julio con corridas de toros en la plaza de Bolívar.
Aquí inicia la edad moderna del toreo colombiano, con la irrupción de toreros profesionales españoles como maestros de los patrios, la consolidación de las plazas monumentales, las grandes ferias capitales y, desde luego, el levantamiento de la Plaza de Toros de Santamaría, referencia absoluta de la tauromaquia americana.
Ante la llegada de las primeras cuadrillas españolas que practicaban el toreo a pie, se popularizan las capeas en distintos barrios bogotanos: San Diego, Las Cruces, Chapinero, Las Nieves y San Victorino, son los principales distritos que desde 1980 crean sus propios cerramientos para que hagan las veces de plazas de toros. También, con la definición de los caminos de herradura y la navegabilidad del Río Magdalena, empiezan a aparecer reses llaneras y cuneras que propician el toreo a pie hecho con muleta, como ya estilaba en España desde un siglo antes. Cada barrio vivía la tauromaquia según sus propias posibilidades económicas (de las elegantes corridas de Chapinero, con toreros traídos de España y asistencia de la alta sociedad, hasta las populosas corridas de San Victorino y Las Cruces, donde prosperó la industria de la chicha y las gentes más humildes encontraron su afición con modos más furiosos). Aunque desde entonces el toreo recibiera el desprecio de parte de la población, no deja de ser cierto que la práctica lograba atraer a los capitalinos que así lo quisieren, en virtud al enraizamiento de la misma.

Con la explosión demográfica, lo mismo que con la naciente industria del espectáculo, se hizo patente la necesidad de tener escenarios idóneos para la práctica taurina, a la par que grandes toreros españoles se popularizaban entre los aficionados. Es también para 1890 que Bogotá cuenta con su primer escenario taurino digno de tal nombre: La Bomba, circo de madera que precedería a otras 18 pequeñas plazas construidas ex profeso antes de la irrupción de la Santamaría en 1931.

Tras el advenimiento de las reses de casta pura importadas por la familia Sanz de Santamaría en la década de los 20, el toreo en Bogotá adquiere su plena madurez. Con la necesidad de tener un escenario monumental para albergar a la ya presente afición, conocedora y seria, don Ignacio Sanz de Santamaría invierte su fortuna en la construcción de la plaza de toros que hoy tiene en disputa a dos sectores de la sociedad, que no a toda. El domingo 08 de febrero de 1931, y ante la presencia de todas las fuerzas representativas de la vida civil capitalina y nacional, se verifica la primera corrida de toros en esta plaza.

81 temporadas taurinas alcanzaron a verificarse antes de la llegada de Gustavo Petro a la alcaldía de Bogotá en 2012, año en el que se realiza la última corrida. En dicha temporada final se registran cuatro imponentes llenos en la plaza, los días 15, 22 y 29 de enero, y finalmente el 19 de febrero, cuando se clausurara el recinto para espectáculos taurinos. Frente a esto, cabe preguntarse cómo puede llenarse cuatro veces una plaza monumental con cabida para casi 15.000 espectadores, de no ser porque dentro de su población hay el arraigo suficiente para vender más de 60.000 entradas para las funciones de toros.
Ya en 2014, la Corte Constitucional de Colombia reitera su línea jurisprudencial al proferir el fallo de tutela T-296/13, con el que conmina a la administración distrital a restituir la Santamaría como plaza de toros. Se puede subrayar el siguiente punto del auto de aclaración:

«5.5.1.3. Razón de la decisión: (i) la tauromaquia es una expresión artística y cultural, reflejo de un arraigo social y de la realización de una tradición sociológica; (ii) el deber constitucional de protección animal no se opone absolutamente a la celebración de espectáculos taurinos, en virtud del deber, también constitucional, de promoción y protección de la diversidad y el patrimonio cultural».

La parte resolutiva de la sentencia, cuya observancia es de obligatorio cumplimiento, ordena:

«restituir de manera inmediata la Plaza de Toros de Santa María como plaza de toros permanente para la realización de espectáculos taurinos y la preservación de la cultura taurina, sin perjuicio de otras destinaciones culturales o recreativas siempre que éstas no alteren su destinación principal y tradicional, legalmente reconocida, como escenario taurino de primera categoría de conformidad con la Ley 916 de 2004».
Junto al punto anterior, huelga decir que la Ley 916 contempla a la Santamaría como plaza de primera categoría en Colombia, estatus que solo se da a los recintos monumentales construidos para el uso de la tauromaquia. Gozando de este rango legal, la Corte Constitucional también reconoció en la sentencia C 889/12 que la mera existencia de una plaza de primera categoría, es prueba suficiente para determinar el arraigo de la tauromaquia en excepcionalidad al estatuto de protección animal, siempre y cuando los festejos se realicen en las fechas tradicionales, que en Bogotá pueden rastrearse, como se vio, hasta el siglo XVIII.


  
Según lo expuesto, el toreo en Bogotá hace parte, junto a múltiples manifestaciones dispares, del patrimonio cultural intangible del pueblo bogotano, pues como fenómeno cultural ha estado presente en la capital desde todas sus edades históricas, contando en el siglo XXI con el suficiente arraigo como para ser capaz de llenar la plaza de toros en sucesivas veces, pese al rechazo que un sector de la sociedad erige contra esta clase de prácticas. Se vería inadecuado determinar por vía de las urnas, y en directo atropello a derechos fundamentales ya tutelados por la Corte Constitucional y la Ley, principios técnicos que corresponden a las disciplinas de las ciencias sociales, y, desde luego, ante la clara vigencia del toreo desde 1551 hasta 2012, e incluso con posterioridad, como ha quedado patente con las múltiples manifestaciones que los aficionados taurinos de Bogotá han adelantado contra las medidas de la administración distrital. En suma, si se determinara por vía de la popularidad el arraigo de cualquier expresión cultural, se concluiría que en realidad la capital no cuenta con ningún tipo de arraigo hacia nada, puesto que ninguna práctica cuenta con la unanimidad favorable de la población, sean los ritos indígenas, la consumición del tamal con chocolate, el uso de la ruana o, como es objeto de esta disertación, las corridas de toros. Sensu contrario, el desarraigo resultaría de una abolición lograda por vía de las urnas y en total distorsión de las disposiciones de la Corte Constitucional, en cuyas sentencias, no es posible encontrar en la parte resolutiva, mandato alguno que ordene a las administraciones para que verifiquen por sondeos el nivel de popularidad de la práctica taurómaca, con miras a validarla o negarla. Ya la Corte dispuso a través de la sentencia C 889-12, la falta de alcance de las autoridades locales para la restricción de la tauromaquia en plazas de primera categoría, y también en T 296-13, donde hay un directo mandato dirigido a la alcaldía de Bogotá, donde se le conmina a «abstenerse de adelantar cualquier tipo de actuación administrativa que obstruya, impida o dilate su restablecimiento como recinto del espectáculo taurino en Bogotá D.C». Los resultados de una eventual consulta, sin poder aplicarse, también contradirían el mandato del Constitucional.

Si bien es cierto que la cultura es mutable, y que la espontánea sensibilidad moral es uno de los rasgos definitivos de la sociedad moderna, tampoco deja de ser cierta la prevalencia de los Derechos Humanos, donde el libre acceso a la cultura es uno de los basamentos para una sociedad evolucionada. Por el contrario, las prácticas de totalitarismo en contra de minorías al otro lado de los «desacuerdos razonables», son rasgos distintivos de las peores experiencias sociales del siglo XX.

En consideración a lo anterior, el arraigo de la cultura taurina de la capital está demostrado por vía legal ante la existencia de la plaza que la Corte ordenó restituir para espectáculos taurinos, en toda medida al tutelar los derechos fundamentales de los toreros y aficionados bogotanos, que mantienen la vigencia de un fenómeno cultural presente en la capital desde 1551.



NOTAS





[1] http://admin.banrepcultural.org/node/32536
[2] Íbid.
[3] http://www.banrepcultural.org/node/32538
[4] Íbid.

(1) http://www.taurologia.com/imagenes%5Cfotosdeldia%5C1672_ensayo__la_fiesta_de_toros_en_colombia.pdf
[2] http://www.unesco.org/new/es/culture/themes/cultural-diversity/cultural-expressions/the-convention/convention-text/

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sábado, 16 de agosto de 2014

10 razones para que vuelvan las corridas de toros a Bogotá



Fui invitado por Edgar Álvarez (@plastilinacrea) para dar 10 razones que sustenten el retorno de las corridas de toros a Bogotá. Defenderé mis tesis de la forma más sencilla posible, acusando que en realidad la tauromaquia es un tema complejo y problemático que no debe ser reducido al ritmo de las consignas rimadas, los prejuicios o los sentimentalismos. En corto y por derecho, la mayoría de argumentos en realidad versan sobre aclaraciones a propósito de los prejuicios animalistas implantados a golpe de propaganda en la ciudad.

¿Por qué deberían volver las corridas de toros a Bogotá?

1.Por sujeción a la Ley. Incluso los antitaurinos entienden que la Ley es un principio rector de la Democracia bajo el cual el ciudadano debe someterse. Invocando acaso de forma abusiva al Leviatán, entendemos que el hombre sacrifica su libertad y se sujeta a la Ley para que la figura del Estado cumpla la otra parte del pacto social: garantizar la seguridad y el resguardo del ciudadano. Por esto cumplimos leyes y por esto debemos cumplirlas todas, así contravengan nuestra opinión personal. En eso creo que todos estamos de acuerdo. Los antitaurinos además usan todos los recursos de Ley en su ofensiva contra la tauromaquia: tutelas, proposición de referendos o consultas populares, proyectos de ley para reformar la legislación, o incluso el ataque penal al taurino. Esto indica que los antitaurinos pretenden sujetarse a la Ley. ¿Entonces por qué no respetar lo que la Ley, la Constitución y los fallos de la Corte Constitucional, dicen sobre la tauromaquia o el patrimonio cultural en Colombia? Sobre el tema taurino hay en total cinco sentencias de la honorable Corte Constitucional, y una Ley de la República, y la línea jurisprudencial de todas expresiones jurídicas señala que la tauromaquia en Colombia solo puede ser abolida por el Legislador. La última sentencia, la C 889/12, restringe incluso la potestad del alcalde para abolir, sea por eufemismos o decreto, la celebración de corridas de toros en plazas de primera categoría, como La Plaza de Toros de Santamaría, contemplada en la Ley 916 como tal. Sobre los temas legales, recomiendo el estudio del profesor Santiago García-Jaramillo[1].  Todo este ruido cotidiano, por demás se debe a la inminente sentencia de la Corte que le daría razón a los taurinos, de conservar la línea jurisprudencial sobre el tema. En cualquier caso, el antitaurino de inmediato estaría dispuesto a decir que la Ley no es un principio sagrado: también la esclavitud de los afrodescendientes fue legal en siglos pasados. Es cierto. Pero aquí inicia mi segundo punto.


2. Porque la argumentación antitaurina en realidad es una hipérbole de las falacias de asociación. Sí, es cierto. No es una pretensión válida el desconocimiento de la Ley y de la potestad de la Corte Constitucional, solo porque puede invocarse hechos del pasado como la esclavitud, la ablación, el casamiento infantil o cualquier otro estruendoso fenómeno que tuviere amparo legal en determinado punto de la historia. Además, porque es un desvarío lógico suponer que una argumentación puede estar basada en una red de asociaciones. Esto en realidad es una muletilla común del animalismo, ya denunciada por el exvegano Rhys Southan[2]. ¿Pero cómo puede ser esto un argumento para la vuelta de los toros a Bogotá? Puede serlo, porque si se le solicita al discurso antitaurino que se presente sin falacias de asociación, se vería seriamente empobrecido, y sus razones para pedir que el toreo no vuelva a la capital quedarían reducidas al absurdo. ¿Que el toreo es una cultura? Pues también la ablación del clítoris lo es (sic). ¿Que hay 35.000 familias que quedaron lesionadas económicamente por la prohibición de Petro? Pues también el narco da empleos, y no por eso debemos admitirlo. ¿Que sería conveniente la protección de la patrimonio inmaterial de la identidad cultural de un pueblo? Pues entonces revivamos el Coliseo Romano…Cuando yo era antitaurino, podía explicar cualquier cosa con esto; luego me di cuenta de la inconsecuencia, pues incluso la jugarreta podía invertirse: ¿Que hay miles de personas en contra de las corridas de toros, y los taurinos son minoría? Pues también en su tiempo había más racistas que afroamericanos. ¿Que el antitoreo es una manera de reafirmar mi moralidad, y debería ser extensible para toda la sociedad? Pues Hitler o Tomás de Torquemada también fueron antitaurinos, y no por ello vamos a pedir que la gente tenga la moral nazi (muy antitaurina), o emprenda una persecución xenófoba contra los taurinos, como hiciere en su tiempo el Santo Oficio...Como puede notarse, en realidad esta clase de argumentación entraña partes iguales de irrespeto y falacia, pues las premisas no versan sobre lo tratado, sino sobre ejemplos convenientemente sacados del sombrero. Sin falacias de asociación, el antitoreo y sus razones sobre la no vuelta de los toros a Bogotá, cambiaría sustancialmente. El discurso está adulterado. Finalmente, hay que desconfiar siempre de la argumentación que reitera el “también…” o el “entonces…”, pues está obviando el foco constantemente.



3. Porque la abolición de los toros no implica ninguna forma de bienestar animal. Algunas personas suponen que la abolición de las corridas de toros es, de inmediato, una forma de garantizar bienestar al animal. De hecho, además de la condena de tono moralizante en contra del taurino, la segunda parte del antitoreo versa sobre el bienestar del toro. El antitoreo intenta impedir la “tortura” y el “asesinato” del astado, y este es su fin último. Todo muy loable, siempre y cuando se corra un tupido velo sobre el toro que queda en el campo. El toro, si no va a la plaza, sigue necesitando alimentación, atención fitosanitaria, las dos hectáreas por cabeza donde vive, y un sinfín de cuidados más. Está acostumbrado a vivir en un régimen extensivo muy dispendioso. Pero abolir las corridas de toros redunda inmediatamente en la asfixia económica de las ganaderías de bravo, que se ven en aprietos para seguir manteniendo el bienestar vital del 100 % de reses bravas que viven en la cabaña brava. Con corridas, solo el 6 % de toros es lidiado, y el 94 % de reses restantes, comprendidas en madres, añojos, cabestros, utreros, sementales y demás, viven sin ninguna clase de explotación, manteniéndose con el dinero venido de las corridas de toros. Es una forma realista y ecuánime de garantizar bienestar vital a los animales. Muchos antitaurinos han visitado ganaderías de bravo para comprobar que las cifras y la situación de las reses es cierta, como de hecho lo es. Bien, abolir el toreo implica cortar el flujo económico que deriva en vacas bravas libres de máquinas ordeñadoras, por ejemplo. Las ganaderías colombianas, sobre todo las toristas que lidiaban en Bogotá, han tenido serios aprietos para subsistir sin el dinero devenido de La Santamaría. También, la oferta de corridas en plazas de menor aforo, no puede sostener el público bogotano (unos 35.000 aficionados a distintas facciones de la tauromaquia), por lo que el número de corridas de toros en los alrededores de la capital ha venido en aumento (Subachoque, Choachí, Duitama). En realidad las medidas antitaurinas de Petro han desembocado en más toros muertos, sea por problemas ganaderos o por tener que realizar más corridas para satisfacer la demanda de aficionados.  Su formas moralizantes, he aquí una paradoja, resultan amplificando las consecuencias de afectación en los animales. Sin una salida realista a esta paradoja, cualquier intento de abolición es irresponsable para con los animales. ¿Por qué el hambre va a ser menos inmoral que la muerte?



4. Porque el toreo es una cultura. Pese a años de programación propagandística en contra, y aunque a muchos les cueste creerlo, la tauromaquia es una cultura. Su naturaleza ha sido abordada por muchos antropólogos capaces de poner una mirada profunda sobre este rito milenario[3], que ha configurado un arte vivo, un metalenguaje, una relación con la naturaleza, y una identidad transmitida de generación en generación desde hace varios milenios: en suma, eso es la cultura.  Bajo el fenómeno de la transculturación, la tauromaquia se adaptó rápidamente en Colombia, pues los indígenas prefiguraron una deidad similar al toro, que no era endémico en nuestro país. Los indígenas y los afrodescendientes practicaron la tauromaquia como un acto de libertad y afirmación. Luego, los republicanos que forjaron nuestra emancipación de España, no solo fueron devotos del toreo (todos, sin excepción), sino que incluso financiaron nuestra independencia con corridas de toros. Ya en la vida republicana, todos los actos públicos estaban rematados con corridas. En fin, 400 años de una expresión que forja la identidad de una minoría, un discurso cultural arraigado, y estamos aquí. ¿El sacrificio animal es un argumento suficiente para enervar una cultura? Para responder el antitoreo solo puede anteponer su falacia de asociación: cercenar el clítoris a las doncellas africanas…¡también es cultura! Y no por ello…(etc), pero esta escaramuza dialéctica ya fue señalada como falaz, obviando que no es lo mismo una cultura que en un proceso endógeno (la cultura taurina es una construcción mucho más compleja que la ablación, que no es una cultura), y que la ablación viola derechos humanos, no animales, y por ello las premisas de la asociación no coinciden en nada. ¿Y cuál es la necesidad de una cultura? Quisiera reforzar la respuesta citando la definición de la pertinencia cultural que dio Clifford Geertz en su celebrado estudio sobre las riñas de gallos: “tiene la función de sintetizar el ethos de un pueblo-el tono, el carácter y la calidad de su vida, su estilo moral y estético-y su cosmovisión, el cuadro que ese pueblo se forja de cómo son las cosas en la realidad, su ideas más abarcativas acerca del hombre”[4]. Sin su cultura, un ser humano no es humano. Recientemente la tauromaquia ha sido avalada bajo un severo estudio por el Ministerio de Cultura francés (en Francia, las corridas de toros son Patrimonio Cultural Inmaterial, según los requerimientos de la UNESCO). El paso es importante, pues el riesgo de xenofobia ha hecho que distintos organismos internacionales amparen el derecho a la cultura como uno de primer orden. La cultura está contemplada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos[5] y del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales[6]. La Declaración de Johannesburgo en 2002 delimita la cuestión: «Our rich diversity...is our collective strength»[7]. En suma, el derecho a la cultura es a la vez un derecho humano, y debe estar en relación a los derechos animales, mas no sometidos por estos. ¿Por qué la persecución cultural va a ser un valor positivo en la sociedad posmoderna? Que lo explique Petro. El derecho a la cultura es de por sí suficiente como hacer más serio el debate, apenas respondido por los antitaurinos con rimas como “la tortura no es cultura”.



5. Porque la cultura taurina no afecta a la sociedad. Los animalistas esgrimen que toda violencia está interrelacionada, y que la tauromaquia pondría en grave riesgo a la sociedad, pues la violencia sublimada del ruedo podría trasladarse a las calles. Este argumento se conoce como el de “la pendiente resbaladiza”,  y en el tema animal destacan los estudios de Andrew Linzey, investigador este que ha intentado indagar el vínculo entre la violencia animal y la violencia social. No hay que dudar de esta honesta preocupación, pero sus pretensiones empíricas sí deben ser contrastadas. ¿Realmente el carácter cruento de la tauromaquia ha derivado en violencia social para Bogotá? No hay un solo estudio que logre mostrar evidencia empírica suficiente para comprobarlo. Yendo un poco al plano general, sobre las ideas de Linzey pesan algunos cuestionamientos. Por ejemplo, no logra una sola cifra significativa, en términos estadísticos, que pruebe la inalienable relación entre las violencias. Sus ideas pecan de parecer frenología, y tampoco logran explicar la furiosa violencia de algunas expresiones animalistas, como el grupo terrorista Animal Liberation Front. En estos temas, nunca debemos perderlo de vista, la acusación debe estar reforzada con estudios empíricos antes de convertirse en una ley general. Los animalistas además aducen un estudio inexistente del FBI sobre crueldad animal para definir parámetros de asesinos en serie, (siempre reto a que me faciliten la información oficial del mismo FBI, pero curiosamente solo están los casos de ALF en el portal del buró[8]), afirmación pues incomprobable, y que se basa en una afirmación emitida en 1991 por un agente en una entrevista publicada en el The New York Times. Pero estamos yendo muy lejos. Son incontables los estudios hechos por criminólogos y psicólogos animalistas sobre el particular, pero sin evidencia empírica esto no pasa de ser una teoría bienintencionada. Es decir, ¿cómo comprueban que la corrida de Mondoñedo en 2012 generó actos de violencia a nivel social? ¿Cuáles fueron esos actos? ¿Por qué los toreros en Colombia no tienen cargos por violencia intrafamiliar, asesinato, o cualquier otro delito social? También hay serias teorías que informan sobre peligros mentales merced a la acumulación de animales, pero yo considero irrespetuoso e insultante pretender que los animalistas, pese a ciertos grados de agresividad, son enfermos mentales. Los taurinos tampoco lo somos, y en general somos socialmente una de las minorías más pacíficas del país. Si los antitaurinos de Bogotá pretenden que el argumento de la pendiente resbaladiza sea cierto, deben presentar un informe demostrando palpablemente los hechos de violencia generados a nivel social por la tauromaquia en nuestra ciudad. Contrario a lo que se piensa, la discriminación cultural sí ha empañado con cierta violencia antitaurina esta disputa, y esto es una desgracia para el animalismo mismo.



6. Porque el antitoreo está en contra de una tauromaquia que no existe. Lo anterior es algo que yo mismo he podido comprobar. Cuando di el paso desde el antitoreo hacia mi actual afición (mediando José Tomás y su toreo espiritual), me di cuenta de que la mayoría de cosas que pregonaba el antitoreo sobre el rito son completamente exageradas, falsas, inventadas o sencillamente incomprobables. Muchos dirigentes animalistas callan, por ejemplo, que hay mitos espectaculares como el de la vaselina en los ojos antes de salir al ruedo. Se exagera la medida de las armas y las operaciones rituales (un columnista de El Espectador incluso aseguró que la espada salía por la boca del toro). Se le infiere al taurino un carácter que no tiene, o se supone que la finalidad del toreo es la diversión o el goce sensual con el dolor. Cuando se conoce por dentro la cultura taurina, todo esto no pasa más que como una broma malintencionada, apoyada en la reiteración obsesiva de la propaganda, las imágenes editadas o sacadas de contexto, y la saña de desinformar.  Por ejemplo,  yo pensaba que la pica destrozaba los músculos del cuello para que el toro no pudiese levantar la cabeza, aunque luego noté que la pica volvía más preciso y peligroso al animal (pues sacaba la casta), y que este levantaba la cabeza en todos los pases de pecho. Lo que parecía un acto ruin con un específico propósito, en realidad tenía otro sentido, y el propósito pensado no resultaba ser real, aunque allí estuviese la sangre como prueba. Volviendo, la necesidad de mentir para el antitoreo es algo sintomático y que deshonra el concurso de su acción contra la tauromaquia: se enfrentan a una tauromaquia que no existe en el fondo. Saliendo un poco al trapo, es innegable que hay sangre y muerte en el ruedo, y que hay puyas, banderillas y estoques. Pero también que lo valorado del toro es su bravura, su forma para enardecerse ante la agresión, su capacidad de sublimar la lucha hasta embestir más de 100 veces. Hay toros que van decenas de veces al caballo de pica, aun sabiendo que allí les espera la puya. ¿Coincide esto con la imagen de un animal inofensivo, si entendemos este término como la capacidad de no ser ofensivo, como también la imposibilidad de poder luchar? La tauromaquia se trata precisamente de convertir en danza la embestida o ataque del toro. Para ello se requiere que sea el toro el que pase a la ofensiva.  Su peligrosidad y fierezason el verdadero sentido del rito. ¿Acaso lo sospechaban los antis? Por ejemplo, el gurú animalista Leonardo Anselmi posteaba la imagen de un caballo de puya destripado en el suelo, para reafirmar que la tauromaquia era un trasunto indecente de sadismo contra un pobre animal indefenso, y que esto no debería volver a Bogotá. ¿Pero cómo puede un animal indefenso matar un caballo? ¿No se supone que el toro está siendo letalmente torturado, y que el torero está ensañándose sobre su indefensión? Ni siquiera tienen en claro si confundir al toro con una mascota o un letal animal cuando mata caballos. Por cierto, la imagen es sospechosamente falsa, porque los caballos llevan peto desde hace casi un siglo. En resumen, el antitaurino clama que no quiere leer, aprender, ver o entender nada de tauromaquia, pero al mismo tiempo se cree capacitado para entender el sentido del rito, sus significados, y hasta para saber qué hay en la mente del taurino. Algo aquí mueve a sospecha.



7. Porque el sensocentrismo no puede ser una moral que invalide a la tauromaquia. El sensocentrismo es el nombre con el que se conoce a todas las posturas morales hereditarias del utilitarismo moral, si entendemos a este como una concepción axiológica basada en cálculos de placer y dolor: el dolor es inmoral, y el placer es moral o una identificación del bien. Para el antitoreo la tauromaquia es el acto exclusivo de infligir dolor al toro de lidia, y allí radica su inmoralidad. La tauromaquia además eliminaría la posibilidad de florecimiento del toro, erradicando las capacidades que pudiera desarrollar. Los animales, dicen, tienen intereses en no sentir dolor, y en florecer como especie. También aseguran que las tesis del doctor Illeras[9] sobre la particularidad hormonal del toro de lidia, y que ratifica que el astado tiene la capacidad hormonal de morigerar su dolor, son falsas y han sido rechazado por la comunidad científica, poniendo una nueva pared de contención. Desarrollemos esto con un zoom invertido: para empezar, lo que llaman “comunidad científica” no ha emitido ningún comunicado desmintiendo los estudios del doctor Illeras; solo es posible hallar comunicados sueltos de sociedades veterinarias antitaurinas y de veterinarios independientes, también animalistas, todo esto lo suficientemente vago como para pretender que engloba a toda la comunidad científica a nivel mundial. De por sí, la comunidad científica no es tal, ni emite comunicados rechazando estudios. El discurso institucional de la antitauromaquia en cambio es el de adoptar por estrategia una postura que no reconocerá absolutamente nada a la tauromaquia. Lo cierto es que los estudios de Illeras no han sido desmentidos con ciencia, esto es, usando las magnitudes y experimentos que él usó, para concluir otra cosa, demostrando que sus tesis son falsas. Así se desmiente a la ciencia: realizando el mismo estudio, pero llegando a una conclusión distinta, y denegadora de la original. Por demás, los estudios de Juan Carlos Illeras no son los únicos que versan sobre el tema. Desde los análisis del Nobel Ramón y Cajal, numerosos fisiólogos y veterinarios han estudiado la particularidad hormonal del toro de lidia, acaso guiados por la intuición de lo visto en el ruedo: un animal que se crece ante el castigo, hasta el punto que luce más agresivo tras las puyas y las banderillas que sin ellas (como el toro Bastonito, por ejemplo). Laburu, Montero,  Sanz Egaña, Paños Marti, Gavin, son solo algunos de los nombres que pueden sumarse a una bibliografía completa sobre el tema de la bravura[10].  ¿Es posible hallar el rechazo de la Asociación Mundial de Comunidad Científica sobre todos los estudios que cursan esta materia?No sense…  La secreción de hormonas hipofisiarias y adrenales es algo normal en los animales adaptados a través de los tiempos a la lucha, incluso de ser herbívoros, y esto es algo sobre lo que nadie puede tener dudas. Los taurinos creemos que el toro es capaz de bloquear su dolor gracias a su naturaleza brava. Por eso vemos que los animales mansos saltan al sentir las banderillas, o son remisos a ir hacia el caballo, mientras que los bravos nunca acusan los rehiletes, y persiguen por el ruedo a los banderilleros, o van varias veces al caballo para vencerlo, pese al puyazo que eso traduce. La agresión extrae la bravura. Solo produciendo un dolor inicial, este proceso hormonal se pone en marcha, y garantiza que la muerte del toro es un trance menos doloro que similares experiencias en el matadero o en el campo. Esta ha sido una digresión sobre la cuestión del sensocentrismo. Me gustaría remitir a las tesis de Peter Carruthers y Adela Cortina en contra de esta postura moral, además de los argumentos de Mikel Torres (desde el mismo animalismo) en contra del utilitarismo. La capacidad de sentir dolor no es un baremo moral. Nunca ha sido usada en la historia para determinar la agencia moral de los seres, y abre la puerta al “sacrificio humanitario” y al “nuevo bienestarismo” (matar animales a nivel industrial, aturdiéndolos primero para que no sientan la muerte).El sensocentrismo se revela incapaz de garantizar protección a los animales que no son cordados, y también a los ecosistemas, los patrimonios culturales, los nonatos o los muertos, pese a que nuestra intuición moral nos dice que este grupo de no-sintientes cuentan con consideración moral efectiva. De hecho por eso hace dos siglos la postura utilitarista de la moral se reveló incapaz de consolidarse como una moral practicable. No se demuestra que tener A (capacidad de sentir) necesariamente conduzca a B (tener derechos morales), más que afirmándolo.  En este último prisma, y hasta que el antitoreo no refute científicamente los estudios sobre la sintiencia particular del toro de lidia, la tauromaquia no violaría los derechos del toro, siempre y cuando se garantice que su bravura elimina la posibilidad del dolor. Con respecto al enfoque de las capacidades, la teoría del florecimiento y demás, esto es una teoría contractualista, y requeriría un amplio concenso social para que las tesis fuera aplicables. Nussbaum, pensadora norteamericana que defiende el contractualismo moral, incluso dice claramente al final de su disertación que los intereses de los animales en no sufrir y florecer, en realidad son “asunciones teóricas” o “aspiraciones” en las que todos como sociedad debemos estar de acuerdo, pese a que fácticamente no existen. Ciertamente el toro de lidia cuenta con una programación genética sobre su supervivencia, pero en ningún caso esto puede aliarse a una forma de voluntad sobre tener intereses. Los animales sin consciencia reflexiva secundaria carecen de construcciones volitivas acabadas, cosa que asegura incluso la etología animalista. Para finalizar, ciertamente lo que truncaría para siempre la capacidad del toro de lidia para florecer como raza particular, es que el antitoreo cumpla su aspiración de extinguirlo.


8. Porque el animalismo no es honesto en sus pretensiones a partir de la lucha contra la tauromaquia. En este punto yo entiendo a la tauromaquia como un ejercicio de contracultura, y que se opone por su resistencia a una capa de pensamiento anglo predominante, que intenta disolver la riqueza cultural de los pueblos extranjeros bajo el signo de la monocultura. La UNESCO ha advertido este proceso a través de los puntos de la Convención de Paris (2005). Por ello uno puede notar cómo los que en meses pasados usaban una ruana como apoyo simbólico a los campesinos en paro agrario, hoy se tornan violentos con las expresiones festivas de la ruralidad, donde se incluye la tauromaquia. De hecho tuve una experiencia traumática sobre este particular, aunque no pretendo hacer una falacia ad hominem contra el animalismo o el antitoreo. Otro punto es el que habla sobre los planes de veganizar la sociedad, restringir hasta su desaparición el consumo de carne y leche, o incluso abolir la manutención de mascotas, según aspira el filósofo abolicionista Gary Francione. El animalismo más radical aspira a la abolición del principio de propiedad sobre los animales. ¿Por qué no se lo explican a los antitaurinos que asisten con sus mascotas a las marchas antis? Los animalistas también creen que el consumo de carne es un asesinato al nivel de la tauromaquia, y que el omnívoro es cómplice (esto puede leerse en Francione, Singer, Regan, Cavalieri, o en cualquier reivindicación animalista). ¿Por qué entonces no explican a los antis omnívoros que gritan contra nosotros, que los animalistas también los consideran a ellos “asesinos”? Tras el antitoreo, en realidad subyace un programa ético que de ser conocido ampliamente, sería rechazado por la mayoría de personas que se prestan al juego de la antitauromaquia. Los toros son una barrera cultural contra los excesos más boyantes de un pensamiento animalista que ni siquiera ha terminado de definirse como programa ético. De Singer a Nussbaum hay un abismo de indefinición y alimentación constante de nuevos aportes y descartes de lo evidentemente superfluo. Por ello, defender la tauromaquia es un intento para no empobrecer nuestras relaciones simbólicas con los animales, ni dar cabida a un proceso que, desatado sin control, puede tener consecuencias como la desaparición generalizada de especies, a fin de evitar que sean usadas por el hombre. ¿Qué animalista se atreve a refutar a Francione sobre las consecuencias de la dejación del estatuto de propiedad?


9. Porque las culturas tienen derecho a surtir sus propios procesos. La tauromaquia ha sufrido permanentes cambios a lo largo de su historia. El último ha sido atravesado por hechos como la revolución belmontiana, la inclusión de peto a los jacos de pica, la introducción del indulto, entre otros. Estos procesos son la expresión de las culturas que se adaptan al cambio social y se enriquecen con las expresiones que llegan y salen. ¿Por qué negarle este derecho a la tauromaquia? Por ejemplo, la imposición del peto que evita la muerte del caballo, es una preocupación de la tauromaquia misma. Desde 1888 pueden verse ya cabalgaduras con peto, o incluso el reemplazo de caballos por velocípedos, zancos o tapias.  Yo recuerdo un tentadero en 1914 con el mejor torero de todos los tiempos, Joselito El Gallo, donde ya el jaco tenía peto. Esto indica que la tauromaquia se cuestiona a sí misma, pues en el caso del peto, y a diferencia de lo que quieren dar a entender los antis, esto no se trató de una imposición política. El aspecto sacrificial está virando hacia el multitudinario pedido de indulto, y la técnica de la estocada requiere más perfección que nunca. La tauromaquia pude verificarse gracias a los medios masivos. En tiempo real puede verse lo que ocurre en una plaza de la provincia francesa, o ver el esplendor de la tauromaquia lusitana en la capital portuguesa. Como nunca, la tauromaquia es fiscalizada por sus propios creyentes desde todos los puntos del mundo, y esto necesariamente está provocando un cambio en el toreo contemporáneo, donde la escala moral del toreo es exigida en puntos que rayan la perfección inaudita. Así que las culturas no son estáticas, se regulan a sí mismas y deben tener el derecho a cambiar bajo la coherencia de sus propios procesos. Por ejemplo, la única disertación seria a nivel antropológico que he leído contra la tauromaquia ha sido la de Bernard Lempert, un pensador francés que acusa a la lógica sacrificial. ¿Lo imaginan pidiendo aboliciones a diestra y siniestra? En realidad, y pese a la dureza de su ataque, Lempert es consciente del daño que se produce a un tejido social cuando la cultura es abolida unilateralmente por un poder superior. En realidad, esta es la verdadera cara del barbarismo: lo solamente xenofóbico. Lempert entonces propone la introducción de una figura: el reemplazo simbólico de la lógica sacrificial, siempre y cuando este se haga dentro de los principios de la cultura. En la tauromaquia esto ya ha sucedido, cuando en Portugal se prohibiera la muerte del toro en el ruedo, pero no la tauromaquia misma. De forma espontánea la cultura taurina lusitana introdujo una nueva figura: los forcados, toreros que consuman simbólicamente la muerte del toro, al recibirlo a cuerpo limpio tras la lidia regular. Los hombres se funden con la embestida del toro recibiéndolo con el pecho, hasta lograr que el toro se detenga, muriendo así simbólicamente. No digo que este sea necesariamente el reemplazo que los bogotanos debamos dar a la muerte del toro en el ruedo si en un futuro se produce, pues en realidad estos cambios no pueden predecirse con exactitud. Aduzco que la tauromaquia está en continuo cambio, y que este es un derecho al que toda cultura debe aspirar. No considero que la persecución cultural sea un valor positivo de la modernidad. En cambio, algunos antitaurinos creen que pueden erigir una teoría evolucionista de la moral, donde obviamente ellos serían la evolución, y nosotros lo atrasado.  Hay que elegir pues entre el evolucionismo moral o el derecho a la cultura y sus transformaciones. Si se puede aspirar a dar más credibilidad a la predicción moral, ¿por qué no hacerlo en el tema cultural?



10. Porque La Santamaría de Bogotá es el centro de la cultura taurina de mi ciudad y de mis ancestros.  He esgrimido varios argumentos, ante todo atajando las posibles respuestas antitaurinas, pues solo a través de este método es posible entender a lo que aspiro finalmente: la tauromaquia es mi cultura, y la de otros miles de personas en la capital. Somos una minoría ante la vasta indiferencia. Como tal, esto nos da cierto amparo legal y constitucional que está siendo irrespetado. Lo hace el alcalde remontando una ola tan minoritaria como la nuestra: el animalismo, que funge como un programa ético, aún en construcción ciertamente. Sus quejas se basan en el desconocimiento de la particularidad cultural, la distorsión de la mentalidad taurina, y los supuestos riesgos que entraña el toreo para la sociedad. Sus inconsecuencias lógicas terminan manifestándose en paradojas como el tupido velo corrido a despecho del toro en el campo. ¿Dónde estaban todos esos animalistas cuando debíamos subir a 3.000 msnm para cortar pastos frescos, ante la insuficiencia del heno que no se podía comprar por falta de dinero? Aquí campea fuertemente una irresponsabilidad sobre las consecuencias del antitoreo, pero también el cuidado que le damos a miles de cabezas de ganado, aunque supuestamente seamos abusadores de animales por consumar un rito que, lejos de ser inmoral, es una moralidad misma. ¿Alguien puede dar una respuesta antropológica al hecho de la muerte del toro en el ruedo? En lugar de esto, encontramos generosas ocurrencias como acusaciones de sadismo, diversión o sevicia. La estocada, por ejemplo, es el momento más moral de la lidia, pues en ella el torero renuncia a su cuerpo y se lanza ciegamente entre los pitones para matar. Es un acto gallardo de heroísmo, que expone el honor que se le da a la muerte del toro, pues se consuma a total riesgo de la sagrada vida humana. Para el taurino es tortuoso pensar que el toro pueda ser abatido en un matadero. Concebimos la cultura taurina como un mundo simbólico y cultual que gira en torno al toro de lidia, donde la corrida sería el episodio final y dramático. El toro necesita ser sacrificado para su consumación, y en torno a este doloroso hecho se ha tejido por siglos un ritual sacrificial que rinda honores al animal, y revive el encuentro entre la cultura humana y la naturaleza inhumana.Se elige a los toros más serios y fieros para luchar, y por la comunidad bajan al ruedo los hombres capaces de trastocar el sacrificio en un complejo rito, devenido en arte desde la revolución belmontiana.  El toreo es un drama de poder, una tragedia sublime donde el torero arriesga su vida danzando con el toro antes de sacrificarlo, y donde el toro expone sus capacidades para representar toda la fuerza de la naturaleza, y su empeño por imponerse al hombre. Por eso la tortura es una futeza como categoría, pues el toreo, ya lo he dicho, consiste precisamente en transformar la lucha brutal del toro en una daza estética y armoniosa. El torturado no puede luchar. Los grandes temas de occidente, como la muerte del dios, la sublimación por el arte, la despedida, la renuncia o el heroísmo, son en sí los temas de la tauromaquia. Es lo que mi cultura intenta conmemorar bajo la libertad de correr toros, es lo que vemos y sentimos en la plaza, pagando un precio moral y ecológico muy alto por ello y a despecho de quienes no son taurinos ni conocen de tauromaquia, pero creen saberlo todo sobre ella. La muerte cargada de sentido es adulterada por el antitoreo y rebajada a la categoría de la diversión para poder desactivar su carga cultural. Los derechos humanos son puestos bajo los derechos animales en medio de una hipocresía nauseabunda, máxime en Bogotá. Se miente y condena a consciencia, y se justifica la agresión a la cultura porque “siempre será peor matar toros”. Abogo en cambio a nuestro derecho de la libre determinación, o por lo menos al derecho de controvertir contra una imposición unilateral de la alcaldía, que se ha ensañado en todos los planos contra una minoría cultural hasta el punto de incluso lanzar la población en contra de una huelga de hambre. Los toros deben volver a Bogotá porque lo dicta la Ley, porque los derechos humanos deben respetarse, porque el equilibrio ecológico es más realista que la utopía animalista disuelta en el tiempo, y porque toda cultura tiene derecho a su libre determinación para adaptarse a la marea de los siglos.


Descabellos



[1] http://www.javeriana.edu.co/juridicas/pub_rev/univ_est/documents/6-REV.UNIVERSITAS-GARCIALATAUROMAQUIA.pdf
[2] http://opinionator.blogs.nytimes.com/2014/08/10/how-similar-are-human-and-animal-suffering/?_php=true&_type=blogs&_php=true&_type=blogs&smid=tw-share&_r=1&
[3] En este particular, recomiendo vivamente la obra del catedrático de Cambridge, Julian Pitt-Rivers, una bandera de defensa de la tauromaquia desde la perspectiva antropológica.
[4] Geertz, Clifford.  The Interpretation of Cultures, Basic Books Inc., New York, 1973
[5] http://www.un.org/es/documents/udhr/
[6] http://www2.ohchr.org/spanish/law/cescr.htm
[7] http://www.unesco.org/new/en/education/themes/leading-the-international-agenda/education-for-sustainable-development/cultural-diversity/
[9] https://www.youtube.com/watch?v=Lsv30pz1ohA
[10] Teniendo en cuenta el súbito interés de la así llamada por el animalismo “Comunidad científica”, aporto bibliografía sobre el tema para que refuten con ciencia estos estudios:
ESTEBAN, R., ILLERA, J.C., ILLERA, M. "Influencia de la lidia en los perfiles hormonales de testosterona plasmática en toros y novillos". Medicina Veterinaria, 10: 675-681, 1993.
ESTEBAN, R., ILLERA, J.C., SILVÁN, G., ILLERA, M. "Niveles de cortisol plasmático en ganado bravo después de la lidia". Investigación Agraria, Producción y Sanidad Animal, 9: 21-25, 1994
CASTRO, J.M., SANCHEZ, J.M., RIOL, J.A. y V.R. GAUDIOSO.- Valoración del esfuerzo metabólico de adaptación en animales de la raza de lidia cuando son sometidos a diferentes secuencias de estímulos. II Congreso mundial taurino de veterinaria. Consejo General de Colegios Veterinarios de España. Córdoba, 1997
DE LUCAS, J. J., DE VICENTE, M. L., CAPO, M. A. y E. BALLESTEROS.- Rapport testosterone-agressivite chez le taureau de combat detection des fraudes eventuelles. Revue Med. Vet., 142: 4, 405-406, 1991.
PURROY, A., GARCIA-BELENGUER, S., GASCÓN, M., ACAÑA, M.C., J. ALTARRIBA.- Hematología y comportamiento del toro bravo. Invest. Agr.: Prod. Sanid. Anim., 7: 107-114, 1992.

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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".