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sábado, 19 de julio de 2014

¿Qué es torear?


Con el fin de contribuir a la afición, esta entrada hace las veces de estudio sobre el toreo puro. La ortodoxia del toreo es un cánon en continua actualización, que sin embargo, pese a las formas variables de interpretación, sigue teniendo unos pilares fundamentes e inamovibles: parar, templar, cargar y mandar. Frente a la época que sucumbe al toreo espectacular y a los fenómenos visuales artificiales (como el falso temple, o la ruinosa interpretación del volapié), se hace necesario que el aficionado cultive sus conocimientos históricos sobre el toreo: la relación entre el toreo y la exigencia del tendido está probada en todas las épocas. Esta entrada requerirá varias sesiones de estudio, y funciona hermanando una mítica conferencia de Domingo Ortega, y un documental de más de una hora donde se recorren 60 años de tauromaquia.

La conferencia de Domingo Ortega titulada El arte del toreo, fue dictada en el Ateneo de Madrid en marzo de 1950. Su importancia radica en sintetizar todo el cánon del buen torear en un alegato contra la vulgaridad de la época. Su pertinencia sigue siendo actual. Por otro lado, el documental es una importante antología de tauromaquias mostradas y explicadas por sus propios intérpretes, desde Domingo Ortega hasta José Miguel Arroyo Joselito y Enrique Ponce (destacan las cátedras de Ortega, Marcial Lalanda, Paco Camino, El Viti y César Rincón). 

(Tarda un poco en cargar el vídeo)
EL ARTE DEL TOREO
A requerimiento de Pedro Rocamora,  vengo a dar esta conferencia sobre normas  clásicas en el arte del toreo. Bien sabe Dios  que nunca pensé echarme en esta plaza de  espontáneo; pero tampoco a los ruedos de  las plazas de toros suele uno tirarse por su  propio impulso; son muchas las  circunstancias que le empujan y, entre  ellas, es quizá la más importante los  amigos. Dándome cuenta de lo que este  ciclo de conferencias puede representar  para el arte del toreo, le doy las gracias en  nombre de mis compañeros y en el mío  propio, y al mismo tiempo les pido a  ustedes perdón por éste atrevimiento. Es  muy posible que, un día no muy lejano, un  torero con una buena preparación literaria  se haga entender por ustedes mejor que  voy a hacerlo yo por medio de estas  cuartillas.

El arte del toreo es una cosa muy compleja; digo compleja, porque cada  uno lo ve de manera distinta; por lo tanto, yo trataré de hacer un esbozo  del arte, tal como lo he visto a través de mis veinte años de profesión y  veinticinco de aficionado. Ustedes comprenderán que mi punto de vista es diferente del que tiene el  señor que se sienta en un tendido, para registrar, como si fuera una  máquina fotográfica las imágenes que pasan por su campo visual, y en el  momento regocijarse o disgustarse con ellas.

Posiblemente, este sería el  ideal de la fiesta; pero si solamente consideramos este aspecto, caeremos  en una cosa pobre, y, lo que es peor, peligrosa para el arte del toreo. Tenemos que partir de que es un arte muy joven, en relación con las  demás artes, pues mientras éstas han alcanzado tal definición hace miles  de años, nosotros llevamos, en total, dos siglos.

Se han escrito muchos libros de toros, y no digamos artículos en revistas y  diarios; pero considerando aparte la magnífica enciclopedia de José María  de Cossío, todo, o casi todo lo que se ha escrito es apasionado y. por lo tanto, negativo para un arte que, como tal, está empezando. El libro del arte del toreo está haciendo falta. Creo dificilísimo que  aparezca, por ser muy pocos los hombres capacitados para escribirlo. A mi modo de ver, sólo dos tipos de hombre podrían realizarlo: el primero, un gran filósofo que sienta el arte de la fiesta nacional, y no creo que reúna  estas dos condiciones más que don José Ortega y Gasset, que,  desgraciadamente, no tendrá tiempo de hacerlo, por sus muchas  ocupaciones mentales; el otro podría ser un matador de toros, y digo podría, porque esto es todavía más difícil; si podía escribir el libro, es decir,  si estaba preparado para el arte de las letras, sería casi imposible que hubiese tenido tiempo para calar en lo profundo del arte del toreo; por lo  tanto, tenemos que resignarnos a que corra el tiempo, y esperar, a ver si  un día surge en el toreo un hombre del Renacimiento. Decíamos anteriormente que quizá lo bueno sería ver las suertes de la  fiesta en un aspecto exclusivamente visual; pero esto no es suficiente,  porque tenemos delante de nosotros a un animal al que hay que someter y  reducir, y, por lo tanto, es necesario ir a una fórmula, no sólo de estética  personal del artista, sino también de estética con relación a la eficacia  sobre el animal. Porque no hay que olvidar que no se trata de un ballet, en  que, conseguida la estética visual, está logrado todo, sino que el toreo  tiene un fin determinado, y una estética visual, en su caso, si no lleva  consigo la eficacia que produce el bien hacer el arte, será negativa, aun cuando cuente con el aplauso de muchos de los espectadores.


Ustedes, aficionados, a poco que recuerden, habrán visto muchas veces en  las corridas de toros faenas de veinte, treinta, cuarenta pases, y el toro  cada vez más entero, o, por lo menos, lo mismo que cuando empezó, y a la  hora de matar estar el torero pegado a las tablas y pinchar en hueso, o si  se tiene mucha suerte, atravesar el toro. Cuando esto ocurre, hay que ponerse en guardia y pensar que algo raro está pasando: ¿Cómo es posible que con esa cantidad de pases que fueron aparentemente bellos para gran parte del público, el toro no se haya  sometido? La respuesta es muy sencilla: Lo que ha ocurrido es que el  torero ha estado dando pases, y dar pases no es lo mismo que torear.

Puede un torero tenerle miedo a un toro, esto es humano; pero si le ha  dado veinte o treinta pases, quiere decir que el miedo se le ha olvidado, y  en ese caso, si no ha reducido, si no ha sometido al toro, es porque no ha practicado el gusto de bien hacer, que es un placer al cual hasta las fieras se entregan.


Es muy curioso oír a los aficionados lamentarse sobre el estado actual de la  fiesta, y yo les diría: ¿Pero cómo pueden ustedes sorprenderse de esto? ¿Es que creen que esta  situación ha surgido por ley espontánea? No, señores, ha tenido su  proceso, y ustedes han tenido gran culpa de ello; digo gran culpa, porque  no sería justo echársela toda. Bien es verdad que no sé si hoy existen  aficionados, y si existen se han dejado arrollar por la masa, seguramente  porque la vida tiene problemas más importantes que la afición a los toros,  aun para los más apasionados. Ahora bien: no es de hoy tampoco de  cuando parte este error, según mi modo de ver, sino de hace treinta o  cuarenta años.


Considero culpables a los aficionados, porque no han sido consecuentes en  sus convicciones, probablemente porque han sido partidarios de las  personalidades de los toreros, pero nunca, o casi nunca, conscientes de las  buenas normas de practicar el arte; de no haber sido así, con los malos  ratos que han pasado y el dinero que a muchos les costó esta afición  posiblemente no se hubiesen abandonado las normas del bien hacer el  toreo.

A ver si me explico, para que ustedes me entiendan, aunque no cite  nombres cuando me refiero a toreros de este siglo. Ahora sólo nos interesan las normas, y no nos importa si Pedro fue mejor o peor que  Antonio. Ha habido aficionados partidarios de un torero determinado,  pongamos X. Era éste un torero de normas clásicas, de formación rondeña,  con templanza, con cargazón en la suerte, con lentitud. Pues en cuanto X  se retiró de los toros, se hicieron partidarios de Z, que era un torero  completamente distinto, no ya en la personalidad, sino en la forma y en las reglas; y aquí pondría ejemplos que nos llevarían demasiado tiempo. Entonces, yo deduzco: Estos aficionados, siendo partidarios de X, no le conocieron realmente, y la prueba es que jamás le catalogaron como clásico en sus normas, sino como estilista, como algo diferente de todo lo anterior. Esto fue un gran error, porque este torero X estaba reviviendo aquello que ya estaba casi olvidado, traduciéndolo y expresándolo según su propia personalidad, pero que tenía el germen de los Romero, pues gracias a las normas de Pedro, X, cuando se forma en su toreo, es decir, en el clasicismo del bien hacer, llega a reducir a los toros de tal forma que un buen día, al cuarto pase, fíjense bien que digo al cuarto pase, puede impunemente pasarle la mano por la testuz a muchos toros de su época.

Porque no se trata de atontar a los toros a los quince o veinte pases, sino de torearlos. En el toreo ha habido y hay otras normas distintas de las de Romero, pero son negativas para la eficacia y la belleza del arte en toda su magnitud.


Al lado de X hay otro torero, pongamos B, que, con más fuerza física, y, según los aficionados, con más capacidad taurina, no sometía a los toros tan pronto y mucho menos con la belleza y sencillez con que los sometía X. Esto los aficionados jamás lo vieron en esta forma: vieron el poderío físico del uno, pero no vieron el poderío clásico del otro. Los aficionados tienen mucha culpa por no haber seguido fieles a las normas clásicas: Parar, Templar y Mandar. A mi modo de ver, estos términos debieron completarse de esta forma: Parar, templar, CARGAR y mandar; pues, posiblemente, si la palabra cargar hubiese ido unida a las otras tres desde el momento en que nacieron como normas, no se hubiese desviado tanto el toreo. Claro que también creo que el autor de esta fórmula no pensó que fuese necesaria, porque debía saber muy bien que, sin cargar la suerte, no se puede mandar, y, por lo tanto, en este término iban incluidas las dos.

Bien entendido que cargar la suerte no es abrir el compás, porque con el compás abierto el torero alarga, pero no se profundiza; la profundidad la toma el torero cuando la pierna avanza hacia el frente, no hacia el costado. Parar, templar y mandar. ¡ Ahí es nada! ¡ Se confunden tanto estos conceptos! ... La mayoría cree que parar, templar y mandar es esperar a que los toros vengan a estrellarse en el objeto, sin que el torero se mueva; esto es un error, porque si te paras, no puedes templar, y mucho menos mandar. Los toros, cuando más tienen que parar, templar y mandar es cuando más fuerza tienen, y es muy curioso que hoy, que se torea mejor que nunca, según tantísimos aficionados, son muy pocos los toros que se torean con el capote. ¿Y por qué, si se torea mejor que nunca? Pues sencillísimo: porque no se ponen en práctica los conceptos que definen estas normas; por lo tanto, no se torea, se dan pases; eso sí, muchos pases.

Trataré de explicarlo mejor: Fíjense ustedes, cuando van a un tentadero, cómo todo aficionado, e inclusive aficionada, da pases a poco que se decida. Yo, que he tenido siempre bastante afición, he hecho muchos experimentos en el campo con los aficionados. Les voy a contar a ustedes uno de los más significativos: Había un muchacho amigo mío que quería ser torero con gran frecuencia me insistía para que le llevase a torear unas becerras: yo veía que no podría ser torero, entre otras muchas razones porque rondaba ya los cuarenta, edad algo excesiva para empezar esta profesión; pude convencerle de que para ser torero a su edad era preciso hacer una cosa rara, algo que a los demás no se les hubiese ocurrido: le convencí de que podía ganar mucho dinero haciendo lo que yo le dijese, le expliqué que era muy importante, primero, un buen apodo para el cartel, y segundo, llevar a la práctica un toreo en relación con el anuncio; él a todo decía que sí, porque lo que quería era torear. Me preguntó:

--Oiga usted --porque su chaladura era tan profunda que cuando hablábamos de cualquier asunto me tuteaba, pero en cuanto se trataba de toros, me hablaba de usted--: ¿cómo me voy a anunciar en los carteles?
 --El torero sonámbulo, le dije--¿Y qué tengo que hacer en la plaza para estar en relación con ese nombre tan raro?
--Pues, muy sencillo : torear con los ojos vendados.
 Dijo : --Pero ¿cómo? ¿Con los ojos tapados?
--Sí, señor. ¿Tú no quieres ser algo muy serio? Pues con esto te haces el hombre más popular de España
Pues bien, un poco mosca, como el gran Sancho, me pregunta:
--Pero usted cree que eso es posible?
---Pues claro, hombre.
--Bueno, cuando usted lo dice será verdad.
Manos a la obra, nos fuimos al campo, preparamos el tentadero, le tapé bien los ojos para que no viese por abajo, cosa a la que se resistía, y cuando estuvo la becerra a punto, le saqué al ruedo, y le dije:
-Cuando yo te diga ahora, mueves la muleta, y así sucesivamente hasta que te dé la voz de retirarte.

La cosa salió como estaba prevista: le dio cinco o seis pases, es decir se los dio la becerra, él se quedó encantado, los demás se habían divertido y yo afirmaba mis convicciones: dar pases no es lo mismo que torear.


Como sigue siendo amigo mío, desde aquí le pido perdón por haber aprovechado su afición para mis experimentos. También un día en casa, una señorita, ya saben ustedes que las mujeres son muy valientes, quiso torear con la muleta a condición de que yo estuviese a su lado; cuando pasó la becerra un par de veces, le dije al oído: "Me voy." Le entró un pequeño temblor, y se quedó como hipnotizada, dando pases hasta que la quitamos de allí. El susto y la emoción le produjeron tal estado de nervios que casi no podía andar. Esta mujer también había dado pases, pero tampoco había toreado.

El concepto de las normas ha llegado hasta nosotros tan desfigurado, que hace días leí una interviú en que un aficionado decía: "De mi tiempo me gustó X, porque hasta él, los toreros echaban la pierna adelante, pero al llegar el toro la quitaban, y X la dejaba allí." Esto último es cierto, pero no lo es que todos los anteriores la quitaban, porque el gran Pedro Romero, con sesenta años de edad, véase un grabado de la época, matando un toro está cargando sobre la pierna contraria, y otro de Martincho dando un pase con un sombrero en que también está sobre la pierna, y no digamos Cara Ancha con el capote, y Montes, y. en fin, muchos más que no he de enumerar. Y yo me pregunto: ¿Cómo es posible que a continuación diga usted que hoy se torea mejor que nunca? ¿Cuántas veces han visto ustedes echarle a los toros la pierna adelante, antes de llegar a la jurisdicción del torero? Si ha pasado esto, yo, generalmente, lo que he visto ha sido lo contrario: cuando más, de perfil, pero casi siempre del perfil para atrás; o lo que es lo mismo: destoreando. Porque, repito: no es igual dar pases que torear. Bien sabe Dios que el hacer esta aclaración no es crítica para nadie, ni siquiera critico el momento actual de la fiesta. Yo tengo un gran respeto para todos los que visten de torero; pero una cosa es el respeto que a mí me merezcan, y otra, muy distinta, decir mi manera de ver el bien hacer el toreo, pues creo francamente que esto puede repercutir en beneficio de la fiesta, y, en consecuencia, de todos los que se visten de luces.

Con relación a los momentos actuales, se está siendo injusto con los toreros. Son hijos de las normas que había y hay en el ambiente, están adulterados por el clima en que se formaron, pero del que ellos son los menos responsables. Desde hace unos años han oído decir a aficionados, periodistas, folletos y demás propaganda, que el toreo había llegado al sumum de la perfección que era lo nunca visto. Al mismo tiempo, cuando empezaron en los ruedos, recibían el aplauso frenético de los públicos cuando practicaban las normas reinantes en el ambiente. Llegaron al toreo cuando el parón se había estabilizado como norma en la retina del público y de la mayoría de los aficionados. A esto contribuye la euforia de posguerra: las plazas se llenan de público dos o tres años seguidos, gran negocio de todos los que viven de la fiesta, hay dinero para todos; pero ya, al tercer o cuarto año, la gente se retrae, las empresas sueltas empiezan a perder dinero, y de aquí, las aguas toman otra vez su cauce; se empieza a encauzar hacer el resumen de lo que ha pasado, como esta es fiesta de pasión y nadie se presta a las pasiones tanto como el español, un tanto por ciento comprende su equivocación pero por no dar su brazo a torcer, por no reconocer su error ante los demás, se calla; otros dicen que no van a los toros porque no tienen interés, y todavía quedan muchos que quieren sostener lo insostenible, conformándose con decir que se torea mejor que nunca, pero conociendo en el fondo la monotonía que existe en este toreo.

Al hacer el análisis desapasionado, nos encontramos con que las normas del arte del bien hacer se han esfumado, el toro casi ha desaparecido -hablo en términos generales-; al menos este es el ambiente de la calle; han reducido su presencia al mínimum, le han mutilado las defensas, esto es también vox populi, nos han estado dando gato por liebre, como vulgarmente se dice. Esto es lo que les queda en el fondo de la conciencia a todos los aficionados y escritores que echaron las campanas al vuelo. Pero, ¿ qué pasa? Como no quieren aparecer responsables de esta riada o catástrofe, les es más cómodo echar la culpa sobre los muchachos que están toreando hoy; y yo les digo otra vez que son inocentes; no tienen más culpa que haber seguido el camino que ustedes tanto marcaron.


Créanme: ellos son los primeros que lo están pagando; porque tendrán sus éxitos cuando el toro muy claramente se lo permita; pero en el fondo de su conciencia sabrán muy bien, es decir, seguramente no lo sabrán, pero percibirán al menos que aquello que allí pasó fue resultado de un esfuerzo personal por el susto constante a que su inseguridad les tuvo sometidos; pero que el colaborador, o sea el toro, en ningún momento estuvo dominado. Y ¿por qué? Pues muy sencillo: porque se han dejado de practicar las reglas clásicas del arte, que nos están legadas desde el gran Pedro Romero, quien en su larga vida de torero, matando cinco mil seiscientos toros, nos da las normas geniales, sencillas, pero eternas, de cómo se deben torear éstos, para reducirlos; normas que llegaron a hacerse clásicas y que seguirán siendo la piedra fundamental de todo el toreo. Y digo fundamental, porque todo el que se formó a través de ellas abrió más camino de posibilidades en el arte.

Como consecuencia de haberse abandonado estas normas, se ha reducido el toreo a la mitad; es decir, le han quitado la parte más bella, la de delante, la que yo llamaría la enjundia del toreo; aquella en que el torero se enfrenta con el toro echándole el capote o la muleta adelante, para, a medida que el toro va entrando en la jurisdicción del torero, ir templándole, ir inclinándose sobre la pierna contraria, al mismo tiempo que ésta avanza hacia el frente, es decir, alargando al toro al mismo tiempo que por sí se va profundizando. Todo esto a mi modo de ver, naturalmente. Claro que, ateniéndose al simple campo visual, un torero puede prescindir de las reglas clásicas, si tiene una gran personalidad, que puede tenerla por miles de cosas; por ejemplo: cómo anda, cómo sale vestido, cómo se mueve, cómo se queda quieto; en fin, muchas más que no es preciso enumerar y que le permitan entusiasmar a los espectadores, arrastrados por la fuerza de su personalidad, aunque su toreo y sus normas sean negativos.

Por eso es imprescindible hacerle ver a las nuevas generaciones de toreros que no se pueden copiar las personalidades, porque cada cual tiene la suya; encauzarles por las reglas clásicas, si no nos encontraremos con que todo muchacho que quiera ser torero se irá por los derroteros establecidos por estos toreros de gran personalidad, y se encontrarán, aun los más capacitados, a los cinco o seis años de alternativa, que es cuando los toreros suelen estar maduros en el arte si su formación es positiva, con que es todo lo contrario, que no han dado un paso hacia adelante, y que los toros -cuidado, que hablo de toros- se irán apoderando de él; y en este caso lo mejor que puede pasarle es tener que abandonar la profesión.

Hay que insistir y hacer todo lo posible para que las nuevas generaciones vayan por el buen camino, porque debemos pensar que los hombres de tienen el mismo valor y la misma inteligencia que los de ayer, y por lo tanto, si se crea el ambiente tendremos lo fundamental; pero, eso sí, ser inexorables en cuanto a las normas. Yo he visto en estos últimos años algunos muchachos con grandes condiciones, de haber seguido las reglas clásicas; tenían talla, valor y afición, con ganas de ser; pero el ambiente de público y aficionados, formando cuerpo con los resultados económicos, les envolvió. Esto unido a que, naturalmente, les resultaba más fácil, les hizo tomar el camino más cómodo.

Cuando se crean estos ambientes es muy difícil sobreponerse a ellos; hay que estar muy curtidos y tener muy firmes convicciones para no dejarse arrastrar, pues a mí mismo me ocurrió una cosa muy curiosa. Teniendo que torear en Madrid el año cuarenta y tantos, vino a yerme un crítico de toros, buen aficionado y amigo, y me dijo: -Tengo que hablar contigo a solas. Esta tarde toreas en Madrid, y ya sabes cómo está el toreo moderno; no le eches a los toros el capote y la muleta delante; ponte al perfil, dale el medio pase, y veras qué fácil te es el éxito-. Yo le contesté: -Creo que están equivocados todos los que tal piensan. Las normas clásicas son eternas; la fiesta en sí es más fuerte que todos los toreros juntos; el que se salga de ellas estará a merced de los toros, y estando a merced de ellos, a la larga se apoderarán de él-. Me contestó: -Querido, eso lo sabemos cuatro-. Le contesté: -A mí me basta con saberlo yo, y el tiempo me dará la razón-. Hoy, cuando oigo las lamentaciones en el mundo de los toros sobre el decaimiento del toreo, examino mi criterio de entonces y tengo que decirme: estaba en lo cierto.


Este fue el gran error de la masa aficionada moderna que, como dije antes, envolvió al buen aficionado, pues salvo algunos casos aislados que por su inferioridad numérica no pudieron contrarrestar el alud, los demás se fueron uniendo al momentáneo clamor de la masa; entre ellos muchos hombres de gran sensibilidad artística, que no se dieron cuenta de que cuando la masa interviene, el arte degenera. Por muchísimas razones que sería demasiado largo explicar. A mi modo de ver, esta es la situación en que hoy nos encontramos. Y ha sido posible, porque el aficionado se ha desentendido del toro, y a las masas que llenaban las plazas monumentales les tenía sin cuidado si era toro, si era gato o si era liebre. Ah, ci toro! Este es el punto grave del arte de torear. Cuando el toro estaba en acción, la cosa era distinta. Viejos aficionados que me están oyendo: ¿no recuerdan ustedes cuando empezaron los primeros toreros a dar parones? Ustedes mismos decían: "Esto no puede ser." Y no era por nada inexplicable, sino que los toros, toros, se encargaban pronto de dar cuenta de ellos.


Muchas veces he pensado que no habría razón para rechazar este toreo si realmente nos divierte, porque nos emociona y nos lleva a una contemplación máxima en el arte; pero no es así: los resultados están claros, no ya con el toro, sino con el medio toro. Aunque yo sostengo que el arte del toreo radica en el peligro que el toro tenga. Si al toro se le quita este gran peligro, al menos ésta es la impresión que le da al que está cerca de él, el arte de torear no existe; será otra clase de arte, pero la belleza, la grandiosidad del toreo, reside en que el torero perciba la impresión, aunque él se sobreponga, de que aquello no es broma, que con rozarle le hiere; entonces es cuando el torero vive, y, por lo tanto, puede producir los momentos más álgidos del arte. Y para amasar esta sensación, para cocer este condimento y ponerlo a punto, la historia lo está diciendo: no hay más formas que las clásicas dadas por los Romero. Porque si no caeremos en lo que ya hemos caído, señores: el toreo está achatado en su forma y en su fondo; esta es la triste realidad.

Lo digo para que se corte en lo sucesivo, y cuando salgan los nuevos valores hacerles ver que mirar al tendido, llegar al toro de costado, quedarse rígido dejándole pasar, fueron invenciones del toreo cómico. Hay que ir a las normas clásicas del arte para bien de todos, y en éstas cada uno dará, según sus condiciones, el máximo rendimiento. Y tendremos la gran ventaja de que el toreo se alargará, tomará más belleza, y cuando llegue el momento, si alguna vez llega, de que salga el toro con la belleza de su pujanza, estarán los toreros en forma y en condiciones de imponerle en todo momento su voluntad, se les ampliará el camino de la maestría, y~ por lo tanto, el campo del arte, pues, corno dice mi admirado amigo don Eugenio d'Ors, no hay que cansarse de hacer la apología de la perfección, "porque de lo demás, en fin de cuentas, siempre quedará bastante". También he pensado muchas veces que el toreo debería tener un árbitro, como pasa en el boxeo, que les separa cuando están demasiado juntos los combatientes. Dada la fiereza y al mismo tiempo muchas veces he pensado que no habría razón para rechazar este toreo si realmente nos divierte, porque nos emociona y nos lleva a una contemplación máxima en el arte; pero no es así: los resultados están claros, no ya con el toro, sino con el medio toro.

Aunque yo sostengo que el arte del toreo radica en el peligro que el toro tenga. Si al toro se le quita este gran peligro, al menos ésta es la impresión que le da al que está cerca de él, el arte de torear no existe; será otra clase de arte, pero la belleza, la grandiosidad del toreo, reside en que el torero perciba la impresión, aunque él se sobreponga, de que aquello no es broma, que con rozarle le hiere; entonces es cuando el torero vive, y, por lo tanto, puede producir los momentos más álgidos del arte. Y para amasar esta sensación, para cocer este condimento y ponerlo a punto, la historia lo está diciendo: no hay más formas que las clásicas dadas por los Romero.


Porque si no caeremos en lo que ya hemos caído, señores: el toreo está achatado en su forma y en su fondo; esta es la triste realidad. Hace días le escribí una carta a un amigo mío de América que tiene, no sé por qué, gran concepto de mi como aficionado. Me había preguntado por un muchacho que va a empezar a torear este año, y yo le decía: -Tiene mucha personalidad, es el no va más del modernismo; si tiene suerte en acoplarse, y los novillos de hoy es fácil que le dejen, puede ganar mucho dinero; fíjese que le digo personalidad, porque un gran torero es casi imposible; ya sabe usted ci criterio que tengo sobre lo que debe ser un torero. Creo que entre todos los que hemos tenido suerte, quizá se pudiera hacer uno. ¿Que soy exagerado? Pues créame: si el toreo lo llevamos al campo de las artes, así es. De manera que no quiero que vean, ni por lo más remoto, la posible vanidad de Ortega torero; entre otras cosas, porque ya pasé hace tiempo por todas ellas, pues como ustedes comprenderán, también las tuve, pero se quedaron muy atrás, afortunadamente.

Señores: esta exposición de mi modo de ver el toreo no es crítica para ninguna persona determinada; entre otras cosas, porque nunca es un hombre solo el responsable de ellas; eso también sería demasiada vanidad del que se diese por aludido. Toreros de hoy: si mi experiencia os puede servir de algo, pensad, al menos, esto: cuando se echan los cerrojos de la barrera, quedan en el ruedo muchos problemas a resolver; pero el fundamental, del que parten todos los demás, es el siguiente: al abrirse la puerta del chiquero, cuando sale el toro, si tú no puedes con él, él puede contigo; por lo tanto estarás a su merced, y en este caso todo lo que hagas será de tono menor con relación al arte; en cambio, si es al revés, es decir, si tú te adueñas de la situación, pasará todo lo contrario.

Pero, cuidado, que el toreo no es cuestión de fuerza, porque ésta en seguida puede producir la brusquedad, la aspereza; es decir, la antítesis de la suavidad y la lentitud, que es lo que más les agrada a los toros. Y para que esto sea posible, no lo duden ustedes, hay que ir a las normas clásicas, porque éstas nacieron quizá antes que los Romero; digo antes que los Romero, porque el primer hombre que se enfrentó con un toro tuvo, necesariamente, que cargar la suerte; el primer hombre que se montó en un caballo para apartar los toros en los campos tuvo que ir hacia adelante echado ligeramente sobre el cuello del caballo; y no digamos del garrochista; en fin, todas las cosas que se hacen con los toros desde que nacen hasta que mueren son bellas a base de ir hacia adelante; imagínense ustedes a un garrochista completamente vertical en la montura; a la primera resistencia que haga el becerro irá para atrás, y en este caso el becerro seguirá su camino.
No, señores: yo creo que la grandiosidad del arte de torear radica en la cargazón de la suerte: grande es el lance a la verónica cargando lentamente sobre la pierna contraria; bella es la suerte de banderillas cargando sobre la pierna; bellos son los pases de muleta cargando sobre la pierna; más bella es la suerte de matar cargando el cuerpo sobre la pierna. Tengan en cuenta que en los toros, cuando no se va para adelante, se va para atrás, y esto el único que puede hacerlo es el que abre la puerta del toril.

Ya sé que algunos pensarán: -Pero, bueno, si todos los toreros cargamos la suerte, el toreo se hará monótono, porque todos torearemos igual. Yo les digo: -No, señores, de ninguna manera; cada cual será distinto, porque cada individuo tiene una personalidad, tiene un ritmo exterior que nace de lo más profundo de su sensibilidad, y que les hará ser completamente diferentes, aunque se basen en las mismas reglas.
El toro ha cambiado un poco; ésta es una de las causas de la pobre formación del torero de hoy. Cuando los toreros se formaban en la brega de las novilladas duras, con alguna que otra capea más o menos, les eran imprescindibles las primeras letras de las normas; pero hoy los toreros se forman de distinta manera:  van a los tentaderos, torean becerras con dos años, que es cuando se  suelen tentar, y naturalmente, a poca habilidad que tenga un muchacho, es fácil estar airoso, porque no es menester recurrir a normas ni reglas;  con dar lances y pases es suficiente; pero ahí, precisamente ahí, es donde se ha fraguado la limitación del toreo. No crean ustedes por esto que yo soy partidario del toro grande; sería injusto por mi parte el abogar precisamente hoy, cuando no pienso vestirme, posiblemente, más de torero, por el toro de antaño. Yo sé muy bien el gran peligro del toro hecho, y no quiero para los demás lo que a mí prácticamente no me gustaría como torero; otra cosa muy distinta sería como aficionado.

A éste, sí, le gusta cuanto más grande mejor, precisamente porque lo que le hagan tendrá más emoción y más grandiosidad; pero el aficionado que llevo dentro está humanizado por la experiencia. Yo no trato ahora de un toro determinado, grande o pequeño, no; éste es otro problema; estamos tratando de normas para hacer más bello ci arte de torear, y mi criterio es que las normas clásicas son imprescindibles, si queremos que el arte prospere, por la sencilla razón de que si los muchachos las ponen en práctica, tendrán la gran ventaja de que con el toro, grande o chico, como sea, podrán lucir sus sentimientos artísticos, y harán más bello el toreo por que estarán en posesión de dominio sobre él.

Tenemos que hablar algo del toro. Es muy frecuente a la salida de la plaza oír a los aficionados comentar lo brava que ha sido la corrida, sin pensar que es muy difícil ver no ya una corrida, sino un toro verdaderamente bravo. En esto los ganaderos nos equivocamos muchísimo, y nuestro error parte de que no vemos las cosas como son en realidad: el toro es antinatural que sea bravo, tal y como lo queremos para la lidia. A medida que va creciendo se va desarrollando su instinto de defensa, porque tiene que aprender a atacar y defenderse en las luchas con sus propios compañeros; he aquí el peligro de los toros que han pasado su quinta primavera. En esta última es cuando alcanza el máximo su inteligencia o sentido, y por lo tanto sus manías y resabios, y, naturalmente, las dificultades para su lidia. Los ganaderos solemos partir del error de que todos o casi todos los toros embisten; pues bien: es justamente lo contrario.

Se habla ahora en los círculos ganaderos, yo mismo lo he oído comentar, de que la puya de hoy es terrible para los toros, que ninguno puede llegar al final con la fuerza suficiente por el poder que le resta la pérdida de sangre en la brega con los caballos. A mí me parece disculpable que esto lo piense el aficionado en su puesto de espectador; pero si el ganadero piensa de esta forma, tenga la seguridad de que la ganadería va para abajo, porque el toro tiene siempre fuerza para embestir, lo que no tiene en muchos casos es ganas dc hacerlo. Yo les diría a los que tal piensan, que si el toro ha tomado cuatro puyazos y le han pegado bien, es natural que haya perdido mucha sangre; pero es la décima parte de la que le queda en el cuerpo; lo que pasa es que no queremos ver que de la brava tenía muy poca, y fue justamente la que los puyazos hicieron salir. Es muy frecuente confundir la casta de los toros.


No hay que olvidar que el toreo está basado en que el toro vaya al capote o la muleta y no al cuerpo, porque imagínense ustedes si fuese al revés. ¡ Menudo lío se iba a armar! Es decir, el que se arma cuando sale un toro que ha sido toreado anteriormente, o sea cuando se le ha desarrollado el sentido. Entonces fallan todas las reglas, porque no están basada en el sentido del toro, sino en su fiereza, en su desconocimiento de todo lo que está pasando. ¿ Se imaginan ustedes lo que sería si el toro tuviese la misma inteligencia que el hombre? Los toros, dada su falta de selección -hablo en términos generales- forman un mundo amplísimo de caracteres diferentes; tanto, que a muchos toros, hablo de toros, hay que enseñarles a embestir, y por eso el torero muchas veces tiene que hacerle ver que le tiene miedo, es decir, huirle, para que se vaya confiando. Pero, cuidado, huirle poco, porque si no tendremos lo que ustedes habrán observado muchas veces en las corridas de toros, y es que el animal se arranca de improviso sobre un peón que está mal colocado; esto es, en el sitio en que el toro ve la salida más fácil, y le hace tomar las de Villadiego. Es muy curioso que, cuando este peón vuelve a salir al ruedo, en cuanto el toro le ve, aunque ya esté bien colocado, vuelve a hacer la misma operación, y es, naturalmente, porque nota más alivio, es decir, porque él cree, no sin fundamento, que aquel individuo le tiene miedo, y el público lo que opina es que le tomó manía, o que no le gustó el color del traje.

Esta es una de las cosas importantísimas para el toreo, es decir, el torero debe saber esto, y debe saber que también se torea huyendo; claro que esto es más complejo que lo que parece a simple vista; yo lo llamaría la supernorma, es decir, lo que dan como resultado las buenas normas; pero, en fin, dejemos este problema. Claro que hay algunas ganaderías que tienen una gran uniformidad de carácter, debido a su vieja selección; pero esto no es lo corriente. Esto de la selección es un problema muy largo y difícil para explicarlo en un momento.


Hablábamos anteriormente del complejo mundo de los toros por su falta de selección, y digo falta de selección, porque todavía no hemos conseguido el toro completamente bravo. Las muchas cruzas que se hicieron con las  ganaderías dieron como resultado la poca uniformidad en el carácter.  Buena prueba es que, en aquellas que se conservan en una línea más o menos pura, los toros tienen menos diferencias de temperamento unos con  otros; aunque bien es verdad que todas en general son hoy más homogéneas que en la época de Pedro Romero.


He aquí el titán del toreo. ¿ Se imaginan ustedes matar cerca de seis mil toros sin que ninguno le levante los pies del suelo? Porque hemos hablado de lo complejo de las reacciones de los toros de hoy; pero hay que pensar en los toros de entonces, cuando todavía no obedecían casi a ninguna selección. Ya en la tauromaquia de Montes se ve bien claro la cantidad de resabios que tenían los toros de esa época; naturalmente, muchos son adquiridos por la diferencia de edad en que se lidiaban, pero otros son por el estado anárquico en que se encontraban la mayoría de las ganaderías. Pues con estos toros tan distintos, Pedro puede escribir en la historia esa su carrera de titán no superada por nadie. Y no solamente él, sino el gran Paquiro, que con las normas recibidas de Pedro llega a dominar todas las suertes del toreo. Este si que es un torero sobre el que valdría la pena hacer un estudio detenido para afianzar de una vez para siempre las normas clásicas y que las generaciones venideras no se apartaran de ellas, porque seguramente se vería cómo en lo que falla, y le lleva a atravesar a los toros, es en lo que él quiere añadir por su cuenta tomándolo de otros ambientes ajenos a las enseñanzas de Pedro. Y conste que estamos hablando del gran Paquiro, que no era cualquier cosa; hay que pensar que este hombre practicaba todo lo practicable, desde el salto a la garrocha y al trascuerno a toda la gama del toreo; además, con una valentía casi temeraria, acoplada a unas condiciones físicas tremebundas; pero como el toro es siempre más valiente y más fuerte que cualquier individuo, por fuerte y valiente que éste sea, cuando los toros empiezan a pegarle tiene que echar mano de lo que recibió de Pedro, y que tenía casi abandonado por la semilla que él mezcló creyendo mejorarlo.
En un pequeño libro, El arte de torear, ya dice que se están perdiendo muchas suertes que eran muy lucidas, y es muy curioso que en todas se refiere a la manera de realizarlas, preocupado sobre todo por el lucimiento, sin que los toros cojan; en cambio Pedro, si deducimos de las cartas que escribe al conde de la Estrella, es todo lo contrario: da normas de cómo hay que llevar la muleta con relación al toro, para que este vaya toreado, es decir, poner en ella todo el romanticismo del toreo; porque en el toreo se da el caso extraño, con relación a las demás artes, de que por medio de las normas clásicas se llega al más profundo romanticismo. Tal vez porque el toreo no es más que eso: romanticismo puro.

Para dar una idea de lo que era Pedro Romero voy a leer un fragmento de la carta que firmada por "J. R. A." apareció en el Diario de Madrid el año 1795, y que publica Josa María de Cossío en el tomo tercero de su admirable obra Los Toros. Dice así: "Sepa Vuestra Merced, señor mío, que el timón de esta nave es la muleta, en que es Romero inimitable, ya llevándola horizontal al compás del ímpetu del toro, ya llevándola rastrera, como barriendo el piso donde ha de caer, o que ha de usar mal de su grado; aquella muleta que siempre huye, y nunca se aleja de los ojos de la fiera, que a veces la obedece como un caballo al freno."
Muchos creen que el arte del toreo nació hace cuatro días: ¿ Se dan ustedes cuenta de lo que esto supone? Señores: estamos en un momento grave con relación al arte; el buen aficionado está en minoría, y casi convencido de lo que en general dice la masa: que hoy se torea mejor que nunca, aunque se toree menos con el capote y se mate peor; como si estas dos suertes fuesen aleatorias en el arte. Y digo grave, porque es muy posible que, si no se le pone coto, se pierdan las buenas normas por completo, y si éstas desaparecen, el toreo será una cosa distinta de lo que pudo ser. He oído dar como argumento en favor del toreo actual, y siento mucho habérselo oído decir el otro día a mi gran amigo Antonio Pérez Tabernero, que los toreros de antes no les interesaban más que a cuatro aficionados, y que hoy se llenan las plazas; pero esto no es razón para afirmar que el arte se haya purificado ni mucho menos. ¿Qué me dirían ustedes si yo afirmase que, porque hoy hay más teatros y acude a ellos más público, los autores actuales son mejores que Calderón y Lope? Respecto a la presencia de la mujer, claro que a mí, cuando he salido a la plaza, me ha gustado siempre mucho más verla cuajada de mujeres que de señores con puro; pero la conquista de la mujer por la fiesta no se puede tampoco tomar en cuenta, porque es indudable que la mujer va más a los toros, pero también va más al cine, a la universidad y al bar a fumarse un cigarrillo.

Y para terminar, porque temo cansarles a ustedes, con mi insistencia sobre las normas, el toreo es: parar, templar, cargar y mandar a un toro naturalmente. Ayer, hoy y mañana, ha sido, es y será un gran torero todo el que sea capaz de realizar esto bellamente, que aquí es donde la personalidad reclama su parte; los grandes artistas que marcaron algo decisivo se han formado siempre dentro de normas y reglas, y clasicismo no es más que una personalidad singular dentro de una norma eterna. A mí me parece un poco temerario afirmar que cualquiera de los muchachos de hoy torea mejor, y por lo tanto es mejor torero que Lagartijo, Frascuelo, Paquiro o Pedro Romero.
Domingo Ortega


Orden de aparición de las fotografías: Rodolfo Gaona, Diego Urdiales (por Andrés Viard), comparativa entre un natural de Urdiales y otro de Julián López, Antoñete, Joselito El Gallo (bis), Belmonte, Rafael Ortega, Curro Puya.
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viernes, 2 de agosto de 2013

¿Qué es cargar la suerte?



Cargar la suerte es quizá el tema más confuso y sobre el que puede centrarse toda la ética del toreo de muleta, suerte general que desde el siglo XIX ha terminado por desplazar los dos tercios precedentes de la lidia de toros bravos. Tenemos dos significados, ellos siempre contradictorios:

*el primero, sustentado en los críticos tutelares de siempre (Bleu, Corrochano, Ortega, Vidal, Navalón) y que tiene el cargar la suerte como el acto mediante el cual el torero adelanta la pierna de salida (pierna donde el toro sale: si es toreo con la derecha, será la pierna derecha; si es toreo con la izquierda o naturales, será la pierna izquierda; si es algún pase cambiado, como trincherilla, trincherazo o cambio de manos, resulta la pierna contraria), y que varía según el crítico: para algunos, la suerte se carga al citar al toro, para otro, antes del embroque (antes que llegue el toro). Adelantar la pierna de salida, sería sin duda una formulación aproximativa de cargar la suerte.

*el segundo, propio de críticos más heterodoxos e incluso tratadistas (Pepe Hillo, Zabala, Alameda, y ¿por qué no? El buenazo de Morente), que caracteriza el cargar la suerte no como el acto de adelantar la pierna de salida (pues incluso hay uno que sugiere sin rubor que se puede cargar la suerte escondiendo la pierna de salida, como hace Manzanares hijo), sino de torear con los brazos, formulación que desde Pepe Hillo hasta Morente, resulta fijar en la capacidad de alterar la embestida con los brazos, para embarcar el toro, la verdadera naturaleza de cargar la suerte; esto es, el peso de cargar resulta no en las piernas, que da igual dónde se pongan, sino en qué hacen los brazos para llevar al toro toreado: bajar los brazos y adentrar al toro en el terreno del torero.

Formularé mi teoría, pues en definitiva en esos terrenos toreamos: ninguna de las dos acepciones de cargar la suerte que como corrientes se han instaurado en la historia, son definitivas; en efecto, uno puede adelantar la pierna de salida, incluso espernancado, pero si se está fuera de pitón, la suerte no está cargada (tauromaquias como las de Encabo, u hoy la de Javier Castaño, por ej). Radica lo anterior en una cosa: tanto la acepción de la pierna adelantada como la del brazo toreador, implícitamente comprenden que cargar es una manera de torear mucho más profunda que no cargar. En el primer caso, la antítesis es la pierna de salida escondida, y en el segundo, que el toro no sea sometido por la muleta que se conecta al brazo; ambas, hemos notado ya, se refieren en últimas no a cómo se hace, sino a qué produce: produce toreo profundo.

Vamos con algo sencillo: torear es llevar al toro donde este no quiere ir, esto es, lejos de su viaje natural, que regularmente es en línea recta. Por eso, la introducción de Belmonte, bebida desde Frascuelo y Antonio Montes Vico, fue el toreo en redondo (que no pases circulares, repitamos eternamente), o forzar al toro a ir en un viaje no-natural: no dejarlo ir con su embestida lineal.



El toreo profundo no es el de los muletazos largos en tiempo ni el de los circulares, por ello nadie se atrevería a calificar el toreo de montaña rusa (padre del posmoderno) que instrumentaba Paco Ojeda como profundo, o propio en cargar la suerte; sencillamente, como en todo circular, el toro iba aliviado. Por ello, hay otra conclusión de reducción: cargar la suerte produce además sometimiento y obliga al toro a ir en otro terreno no-natural a la línea, pues el hombre ha ganado ese terreno con su cuerpo: a veces adelantando la pierna, a veces, como Manolete o Tomás, cargando con el cuerpo entero de frente y a pies juntos: en ambos casos, el viaje natural del toro en línea recta es ocupado por una parte del cuerpo mismo del torero, con lo que el toro debe embestir describiendo la curva en derredor al estorbo, y eso se logra sometiendo y mandando al toro a que no toque el cuerpo del torero.

Con lo anterior llegamos a otra conclusión: tienen razón las dos definiciones de cargar en fijar ello tanto en adelantar una pierna, o el cuerpo, como en que son los brazos los que deben torear para que el toro no embista a la pierna o al cuerpo, con lo que cargar la suerte, no se puede reducir a una ni a otra definición, sino que tiene que resultar de ambas. De nada sirve adelantar la pierna de salida, como Encabo o Castaño, si se está fuera de cacho y por ello ni la pierna ni el cuerpo estorban la trayectoria del toro, y con ello no hay necesidad de torearlo para evitar ser arrollado. Tampoco sirve, mucho menos, esconder la pierna y estar fuera de cacho y además mandar el toro para afuera, como hace Manzanares (ej, indulto de arrojado), si el cuerpo o la pierna e incluso la muleta (al torearse con el pico y en línea recta) nunca estorban al toro.

Así las cosas, creo que ya tenemos caracterizado el cargar la suerte como la manera de ganar el terreno para torear con más profundidad al toro, y con ello, con más riesgo mortal para el torero, y que se produce cuando una parte del cuerpo estorba el viaje natural del toro, con lo que además de exponer, el torero está obligado a someter y torear con los brazos,  llevando a fondo al toro en curvas que también lo romperán, dando además cuenta de qué tan bravo es, crecido ante este nuevo castigo.

Aunque con la pierna adelantada, la distancia con respecto al toro hace que este pase de pecho no tenga la suerte cargada
Con ello, tenemos el componente técnico pero también vislumbramos el ético: cargar es arriesgar también.
Y para arriesgar, el torero además de imponerse en un terreno ganado al toro durante el muletazo, también debe abandonarse a esa conquista, esto es, cargar todo el peso de su cuerpo en esa pierna de salida (con lo que la otra pierna queda levantada), o siendo el caso del toreo a pies juntos, someterse a la quietud y a la no corrección del terreno. O, también, si se trata de una mixtura de ambas, tener decididamente asentadas las zapatillas en la arena, incluida la pierna adelantada, como hacía el maestro Rincón desde el segundo muletazo.

No hay algo tan emocionante en el toreo de muleta como ver a un torero abandonar todo su peso a la cargazón, es una renuncia al yo pero un sometimiento absoluto al toreo, algo que raya para mí lo religioso, debido a lo que produce.

Con ello caracterizamos nuevamente una nueva objetivación de cargar la suerte: el torero debe dar la sensación de dar un paso adelante hacia la embestida del toro, mientras al mismo tiempo está quieto. Si se me cree contradictorio, por favor revísese con detenimiento la foto de Morante que inaugura este post, y que para mí es expresión definitiva de qué es cargar la suerte, y que forma parte de la magia que logra la lidia del toro bravo. Si unimos las conclusiones que nuestro método de deducción ha producido, tendremos la siguiente definición:


Cargar es una manera de torear, se refieren en últimas no a cómo se hace, sino a qué produce: produce toreo profundo. Cargar la suerte produce además sometimiento y obliga al toro a ir en otro terreno no-natural a la línea, pues el hombre ha ganado ese terreno con su cuerpo: a veces adelantando la pierna, a veces, como Manolete o Tomás, cargando con el cuerpo entero de frente y a pies juntos. Tienen razón las dos definiciones de cargar en fijar ello tanto en adelantar una pierna, o el cuerpo, como en que son los brazos los que deben torear, para que el toro no embista a la pierna o al cuerpo, con lo que cargar la suerte, no se puede reducir a una ni a otra definición, sino que tiene que resultar de ambas. Así las cosas, creo que ya tenemos caracterizado el cargar la suerte como la manera de ganar el terreno para torear con más profundidad al toro, y con ello, con más riesgo mortal para el torero, y que se produce cuando una parte del cuerpo estorba el viaje natural del toro, con lo que además de exponer, el torero está obligado a someter y torear con los brazos, llevando a fondo al toro en curvas que también lo romperán, dando además cuenta de qué tan bravo es, crecido ante este nuevo castigo. Es una renuncia al yo pero un sometimiento absoluto al toreo. El torero debe dar la sensación de dar un paso adelante hacia la embestida del toro, mientras al mismo tiempo está quieto.
Esto es cargar la suerte en su expresión más depurada, estética, ética y técnica. Es don Antonio Bienvenida, con una curita en la herida.
Me permito en últimas rebatir una falacia: que se pueda cargar la suerte retrasando la pierna, cono estilan ahora las figuras aproximadamente desde el 2001. Según esta abstracción del fanatismo de algunos, retrasando la pierna el toro al concluir el muletazo pasará por la pierna de salida retrasada, con lo que, según ellos, la suerte se carga al final del muletazo, no al inicio. Es fácil machetear esto: en realidad es una trampa, incluso visual, pretender que retrasar la pierna o torear de perfil espernancado, conduce a que se cargue la suerte al final del muletazo porque: al final del muletazo el toro ya ha pasado por obra de que se le torea con el brazo extendido, o sea, al momento de ir atrás de la pierna, el toro ya ha pasado hace media hora. Torear así garantiza que el toro vaya aliviado en línea recta; solo una mente fantasiosa puede suponer que el viaje natural del toro se modifica al final del muletazo (!) y no al inicio, teniendo en cuenta que durante el cite y la conducción toreada el toro ha ido en línea recta, o sea, el muletazo ha sido recto (el remate del muletazo no es el muletazo, el muletazo es todo!). Fundamentalmente, contraviene otros principios: el ganar terreno al toro, el dar el paso con el cuerpo hacia la embestida, en someter realmente al animal a ir donde no quiere, y éticamente a exponerse, pues el mayor riesgo que corre el torero retrasando la pierna y toreando en líneas, es que al concluir el muletazo en la pierna de salida-retrasada, el toro pueda matarlo pegándole con el costillar, o sea, no hay riesgo realmente. Quizá, lo que puedan tener algunos es conducción y mando a toros nobles, pero difícilmente toreo profundo, pues nunca cargan la suerte de ninguna manera, y contrario a ello, la descargan, cosa que resulta de hacer todo lo contrario a lo que se ha explicado.
Este muletazo, de difícil clasificación en los pecados novilleriles, es una trampa: no se carga la suerte bajo ninguna manera conocida, pero El Juli hace la pose, pese a estar fuera de cacho, y en línea, de perfil y con los pitones a 10 metros, pues el toro va en línea, por donde quiere; solo hay que leer esto: "Sin cargar la suerte, el toro entra y sale por donde quiere; y no, ha de ser por donde quiera el torero. Hoy, los muchachos, como no cargan la suerte, dejan al toro tan fresco después de 50 pases; ¡Y eso no es torear! El toro, después de cargarle la suerte en 8 o 10 muletazos, ha de acabar hecho una birria. "
Domingo Ortega
Esto se explica solo....


Solo hay que hacer una pregunta final, ¿Por qué El Juli y Manzanares adelantan la pierna de salida de manera correcta en el capote al estirarse por verónicas, pero en la muleta hacen todo lo contrario, descargando cada uno a su modo para poder ligar los muletazos? ¿Por qué esa radical separación entre el toreo de capa y el de muleta? ¿No hay ligazón en sus toreos por verónicas acaso? Ah….




Cargar la suerte, es un componente ético, técnico y estético de la lidia de toros bravos. Un logro de la ciencia taurina, como para venirlo a botar a la basura en 12 años.
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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".