lunes, 29 de junio de 2015

El gueto de Sammy Spain


En las últimas horas hemos vivido un nuevo episodio de acoso y derribo contra un taurino por parte de las multitudes de la inquisición antitaurina-animalista. En este caso la 'culpable' a ojos de la moralina actual fue una cocinera que se anuncia como Samantha de España en los carteles del circuito culinario y los estúpidos reflectores del reality show. Su culpa fue subir a redes sociales una foto familiar con sus pequeños hijos en la barrera de una plaza de toros:


Inofensivo. Aparentemente nada del otro mundo frente a las miles de fotos de personalidades en los toros desde que Niépce se inventó la técnica de la fotografía. Inofensivo, en apariencia, hasta que una horda de miles de personas en redes sociales empiezan a atacar a la cocinera por haber subido la foto. Pasemos de largo sobre los impecables razonamientos morales vertidos por los antitaurinos (incluidas las mofas y sugerencias nocivas sobre uno de los hijos, que tiene Síndrome de Down), para señalar no solo la capacidad de interacción y conexión de la sociedad actual, lo que desde luego explicita la estupidez en todas sus formas, sino también la gran ventaja que tenemos los taurinos para captar el campo de batalla, cosa que cualquier ejército apreciaría: estamos en guerra.

Obviamente Sammy Spain (o Samy, según su CM) se retractaría ante las amenazas de sus patrocinadores. No hay que meterse nunca con el pan de la gente:

Lo increíble del caso es que en menos de 24 horas esta cocinera ha tenido que aguantar la presión de la inquisición animalista, y ahora la de los taurinos que le reprochan la falta de entereza por no ser firme con sus gustos, cultura y potestad sobre sus hijos. ¿Pero cómo? ¿Ahora va a ser culpable esta mujer por lo que pasa con la tauromaquia en general?

Sammy Spain en ningún caso es culpable de tenerse que retractar a causa de las amenazas de sus patrocinadores. La insostenible situación de acoso y discriminación contra los taurinos tienen una sola causa: los propios taurinos, incapaces de estar a la altura de siglos y siglos y tradición en defensa de la Fiesta, y de quienes se saltaban la censura de papas, inquisidores, príncipes invasores y políticos pelmazos. La cocinera es una víctima más del inmovilismo de nuestras fuerzas frente a la amenaza de la discriminación. El sector, en el que habría que conjugar a toreros, ganaderos, empresarios, periodistas y aficionados, décadas después del inicio de la ofensiva antitaurina no ha sido capaz siquiera de articular una defensa coherente a ataques localizados como, por ejemplo, la increíble mentira sobre la subvención multimillonaria a las corridas de toros. Este ambiente crea sus víctimas lógicas, como Samantha, una persona a la que los taurinos ofendidos no darán de comer y que solo apela al contexto general.

Homofobia, racismo, sexismo, solo son asimilables como morales cuando se dirigen contra un taurino.

Una vieja paradoja de la sabiduría judía sobre revolución y acción decía:«¿Nunca has salido del guettho pero estás en contra de su existencia?». Con esto querían significar que el animal que no es consciente de los límites que lo apresan no tiene derecho a la queja si al mismo tiempo esa queja de los límites no es un llamado y una vocación a la acción. Lo mismo debería ocurrir con los aficionados indignados: ¿cuántos de los que recriminan a la cocinera han defendido a la tauromaquia en debates, actos de activismo, escenarios políticos o en movilizaciones físicas y virtuales?

Hace años, Morante dijo que la Fiesta no necesitaba defensa, pues se defendía sola. Esa audaz estupidez hizo carrera en la mentalidad conformista de muchos aficionados, pero sus pronósticos fracasaron estrepitosamente. La fiesta no se defiende llenando plazas, presentando toros cinqueños o jaleando faenas de arte al toro bobo: estos hechos no significan absolutamente nada en la realidad antitaurina y son más bien formas de explicitar los gustos propios de cualquier aficionado. Lo que salvará a la fiesta es saber elevar nuestro mensaje y nuestros valores a una sociedad que nos tiene confinados en un gueto. La discriminación se convirtió en corrección política y el acoso, ilegal en todos los casos, se hizo justificable, todo porque jamás nos quejamos de la forma correcta: con la ley y la denuncia penal en la mano, con los argumentos incontrovertibles en el debate.

Samantha Vallejo-Nágera sacó su cabeza y la de su familia por una ventana del gueto. Los devolvieron a palos y ya adentro la culparon por no resistir por nosotros los golpes. ¿Acaso los valores de la tauromaquia no versan sobre el heroísmo, la resistencia, el honor y demás? Exigirlo a una cocinera, y no a los profesionales que viven de esto, es una de las vergüenzas más grandes de nuestra reciente historia.

Ortega y Gasset toreando.


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jueves, 18 de junio de 2015

Terrorismo animalista en Céret, el machismo involucionado




El pasado 26 de mayo un comando animalista del autodenominado Frente de Liberación Animal (ALF por sus siglas en inglés) perpetró un acto terrorista en la taurina y francesa villa de Céret, al incendiar el automóvil de la esposa del alcalde de dicha población en un claro mensaje intimidatorio contra las corridas de toros. Hoy el grupo en su portal ha reivindicado el ataque.

ALF es una organización animalista considerada como terrorista por Estados Unidos e Inglaterra. El FBI ha computado, solo en este siglo, más de 10.000 ataques de terrorismo del ALF en actos que incluye el asesinato de científicos, la profanación de tumbas, el envenenamiento de leche para bebés como protesta contra el ordeñe de vacas, la persecución por escrache y, desde luego, la ampliamente popularizada práctica de quema de inmuebles, que incluye más de 8.000 ataques contra edificios destinados a la vivisección o la peletería, mataderos y demás, con el propósito doble de intimidar al extremo e inutilizar instalaciones destinadas al uso animal. En dichos actos dignos de un enfermo piromaníaco han perecido incontables guardias de seguridad y no dejan de ser un paroxismo aberrante de la intimidación ilegal contra las personas que son blanco de estos ataques.




Este hecho de agresión terrorista (en cuanto generador intimidatorio de terror) contra una mujer viene a sumarse a episodios anteriores donde el animalismo ha demostrado que no distingue de género a la hora de atacar, sino que lo elige: como en el caso de la señora mayor de 60 años a la que le abrieron la cabeza a pedradas solo por estar en una taquilla de plaza de toros, o las madre e hija que en Madrid fueron atacadas con gas pimienta por el horrendo crimen de tener una tienda que vende artículos taurinos, o por el continuo machismo de su propaganda, se intuye de inmediato que no hay pudor en el animalismo al momento de volver víctima a una mujer, deshumanizada desde el momento en el que se le reconoce como taurina. Este proceso, real barbarismo en la sociedad de hoy, ocurre mientras el animalismo ideológico compara la lucha de liberación animal con otras luchas como el feminismo, el antiesclavismo o la reivindicación en contra del racismo. Desde luego todo un dechado de lógica.

En todo caso veremos cómo esta hipócrita comparación entre el animalismo y el feminismo seguirá siendo un saludo a la bandera mientras las agresiones a mujeres taurinas siguen pasando sin pena ni gloria en la indignación pública mundial, tan dispuesta a hacer escándalo por el sacrificio de un perro, pero tan indispuesta para condenar que se intimide una feria taurina quemando el automóvil de una mujer, como si el pánico que se le fuera a causar derivase una forma de comportamiento ético.
¿Las activistas feministas de Femen van a condenar la violencia misógina del animalismo? ¿El animalismo seguirá señalándose a sí mismos como la "ética de la evolución" mientras se niega a condenar su propio terrorismo? ¿Seguirán comparándose los animalistas con las feministas y otras luchas ciertamente humanistas, mientras al mismo tiempo no tienen reparo en atacar a mujeres por su condición de taurinas?

Esa demencial voz, "We want justice for animals and we will get it", explica que los terroristas tienen confundidas de forma lamentable las más elementales nociones de Justicia y Venganza, pues creen que sus acciones, hechas a motu propio en forma ilegal, violenta, terrorista y estúpida, son una forma asimilable a los procesos judiciales y las penas punitivas de la democracia. Solo un bruto confundiría la venganza con la justicia en el siglo XXI que tan positivamente reivindican al momento de señalar el supuesto atraso de la tauromaquia. ¿Cómo es que quemar el carro de una mujer, de la que ni siquiera sabemos si es aficionada, puede derivar en la "evolución" que deje atrás las corridas? Según su propia casuística, aterrorizar a los taurinos en medio de un reclamo sobre la "ética compasiva con todo ser que pueda sufrir" hará que dejen de ir a la plaza, del mismo modo que las decapitaciones de ISIS, espectacularmente producidas y reproducidas en todos los telediarios del mundo, son una promesa de agresión más dirigida contra los espectadores que contra la víctima.

Terrorismo.

Todo en esta imagen es un ridículo contraste: la virginal inocencia de los animales amamantados; los ropajes terroristas, clandestinos, ilegales de quienes se glorifican por esa condición

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miércoles, 17 de junio de 2015






Enmascarado como un combatiente de lucha libre mexicana, allí, atrás del alguacilillo vestido de charro, este inútil personaje agitó el avispero de la siempre nerviosa polémica taurina el pasado fin de semana, mientras la opinión taurómaca obviaba una carta que explicaba los motivos del suicidio de Juan Belmonte.

La materia de escándalo puede ser descrita con facilidad: lo que antes estaba guardado en el nicho del "toreo cómico", aquel desfile circense de enanos simpáticos, superhéroes de Hollywood en trajes desteñidos o remendados, desempleados dispuestos a dejarse vapulear por una vaquilla para ganarse el pan, ahora, por acto de desesperación y publicidad, da un salto exponencial; se pasa del toreo cómico al toreo litúrgico para hacerlo la misma cosa. Es como si mañana un enano vestido de American Captain hiciera el paseíllo con Diego Urdiales, y alternase con él en Mont de Marsan. Lo que ha hecho este "Fantasma" es romper la película que dividía al toreo bufo de la corrida de toros, todo por su santa voluntad de hacerse con la carrera que sus limitados dotes lidiadores no le permitieron a rostro desnudo.


Este "Fantasma", cuya habilidad para esconder su identidad le duró un día, ha sido reconocido como Ricardo Leos. Da igual. Puede llamarse como sea, pero su rostro tapado, a efectos de la corrida, recuerda la mixtificación de la pornografía japonesa, pixelada para revestir una última barrera de pudor pese a lo explícito de sus formas. La anterior idea es de Sizek, desde luego, pero puede pensarse en este caso, donde un hombre se tapa la cara precisamente para que todos se fijen en ella. Distinto al parche de Juan José Padilla o al ojo de cristal de Leonardo Hernández, este Fantasma se vale de una forma compatible con el toreo cómico, como lo demuestra la misma historia. Los enanos disfrazados de superhéroes que torean vaquillas son conscientes de su grado de parodia con respecto a la corrida. Son una caricatura del ritual. Pero ascender a la corrida esa caracterización, solo resulta como una parodia ofensiva a la condición de ser torero cuando se hace dentro de la corrida de toros donde se lidia y da muerte. La diferencia debe entenderse.


La invasión que esto supone es al mismo tiempo una idea sobre la frivolización de los valores taurinos, atacados por la sociedad afuera de los muros, y disueltos en mayor grado en los interiores de nuestra fortaleza, golpeados una y otra vez por deshonras como el ataque de toreros a los tendidos, la imbecilidad antitaurina de medios como Mundotoro*, la falta de épica en la mayoría de las lidias, entre otras lindezas que resultan en la pérdida de temor a violar las leyes del toreo. Que un sujeto toree en corrida de toros ataviado a la usanza bufa es por lo menos una ofensa mayor a los toreros caídos en el ruedo, puestos al nivel de las inofensivas mojigangas que desde siempre han servido para hacer reír y no para conmover con los tremendos lances éticos y plásticos que produce la liturgia taurina, último gran ritual sacrificial de occidente.

Con lo que la cuestión sobre este torero, de raquíticos méritos propios, debería hacernos reflexionar sobre qué es lo que hace perder el respeto a la tauromaquia incluso dentro de las mismas filas de toreros. No es de hacerse esperar que algún listo empresario mexicano lo contrate por temporada y lo lleve en gira mediática ofreciéndolo bajo la promesa de hacer la graciosa experiencia del circo una análoga a la trascendente experiencia, por ejemplo, de la Misa.


Hay incluso otra cuestión desoladora: no logro ver la diferencia entre el torero enmascarado, acaso un rezago del tan peculiar pintoresquismo americano, y los toreros que, por vía contraria, enmascaran al toro, disponiendo su falsificación en cosas como bóvidos afeitados, sin edad, sin la entidad suficiente; esos toreros, que también parodian los valores de su propia profesión, ora gitanos beodos, protagonistas de las portadas de Hola, falsos maestros del encaste único, hacen lo que el Fantasma: poner una máscara al toro de lidia, para que no veámos que bajo la tela se esconde un animal impostor. ¿Qué será peor para nosotros? ¿El torero fantasma o el toro fantasmagórico? Ejemplos sobran e incluso abundan. Si el Fantasma invade la corrida seria con los moldes de la corrida cómica, estos sujetos hacen lo mismo: en ocasiones muy abusivas, invaden la corrida bufa y sus parodias bajo el molde de la corrida seria, al degradar los valores de la corrida de toros. Pero desde luego toda la infatigable corriente de la diaria indignación taurina, jamás enfocada a puntos correctos (como defenderse de la ofensiva antitaurina), seguirá cargando contra el pobre Fantasma, hombre que incluso a exteriorizado su intención de torear en Madrid, desde luego porque detrás de una caperuza es más fácil ir soltando cada insolencia.

La corrida seria, litúrgica, ritual, estética y realista no es para bufos.


*A este portal, que graduó de "taurino" al reconocido antitaurino Murakami, y que desoyó el pedido de los aficionados para evitar el amarillismo contra Jiménez Fortes tirando una galería de 40 fotos sobre su cornada (como si con una sola no les valiera para ser indecentes), sus editoriales solo le alcanzan para demonizar a los toristas. ¿Qué clase de periodismo sería el de un medio que da falsa información sobre los protagonistas de sus noticias, ayuda al ataque de las celebridades que reseña y finalmente ataca a sus propios clientes con insultos? Eso solo ocurre en la tauromaquia, donde hay portales Fantasma.
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domingo, 7 de junio de 2015

Rafaelillo e Injuriado de Miura en Madrid



Última de San Isidro. Divisa verde y negra en Madrid de los toros de Miura para una terna donde el nombre de Rafaelillo ha retumbado en la tarde como un diapasón fuertemente golpeado por el arreón de uno de los de Zahariche.

Lo que hizo hoy Rafael Rubio Luján en su manojo de naturales, uno de ellos desmayado y metiendo al toro para adentro mientras observaba al público, absorto como Manolete ante el milagro del estatismo, lo empata (casi que lo iguala) con la gran historia de la tauromaquia, aquella de maestros reales, contrastados matadores y lidiadores cuyos galones se medían ante los toros de la leyenda, los toros de los siglos, los que más matadores han despenado y los que ratifican la gloria con su regla de media o la descartan. Miura para Cayetano Sanz(1) en Madrid; miuras en la encerrona de Lagatijo para la Cruz Roja; Miura para la gran temporada Frascuelista del 68, que abochornó a Rafael Molina hasta apartarlo de Madrid por un año; Miura para ratificar el tronío de Guerrita en la plaza de la Villa y la Corte; miuras para concluir que los "naidens" después del Guerra no eran nadie ni nada, hecho exacerbado por el cobarde Boicot de Bombita en 1908, cuando se negaron a matar los toros de la leyenda, con excusas tan febles como decir que cogían; Miura para Pastor cuando la tauromaquia estaba reseca y veía a lo lejos la Edad dorada; Miura para tocar los clarines de muerte de le edad antigua y saludar la época moderna en aquella corrida del 12, tan dura; miuras en mano a mano de José y Juan, esplendor de las épocas, y el pitón cogido por el trianero, la carrera del mensajero desesperado hasta la finca para informalo, y el golpe del ganadero en la mesa, acusando al todero de mentir, pues a un Miura jamás nadie había osado tocarle un pitón; miuras para las guerras y luego miuras en la mitad del siglo XX para las corridas de Pepe Luis en Sevilla, canto para demostrar que el arte no se reñía con la dureza; Miura para la puerta grande de El Viti en el año de 1965 en Madrid, y cinco años antes el Miura Escobero para Diego Puerta, faena de tanta complejidad que el maestro fue recibido en la enfermería por vivas y ovaciones del equipo médico que tardaba en atenderle; y para atrás, de Jocinero, Perdigón, Cochero (Chocero en otras crónicas), Agujeto, Islero, Receptor, el etcétera indefinido de los miuras del luto en los cuernos, toros homicidas que enviaron a la eternidad a espadas de tanto renombre como Manolete o El Espartero, o a coletudos perfectamente olvidados hoy, como aquel banderillero llamado Mariano Canet, muerto por un Miura que nunca se llama igual en las crónicas, aquel 1875. Miura.

Pues hoy, 07.06.2015, Rafaelillo se ha encontrado con Injuriado, herrado arriba con la A de asas y marcado con el número 55; pesó en báscula 606 kilos y repuchó en las dos varas, donde casi llega a emplearse. Manso correoso pues, que incluso intentó saltar al callejón en alarde de su condición, a lo que no llegó por la falta de fuerzas. En banderillas es un ariete bruto con la cara en las nubes, izando su larga gaita. No diremos, sin embargo, que lo que ocurre a continuación esté a la altura de lo que fue, por ejemplo, la faena de Joselito al miureño Galleguito en Sevilla, pero sí fue una bofetada clara en los prejuicios de esta época. Y también esto:

         

Luego de pegarle al toro el mejor natural de la feria, planta firme, de arriba a abajo y rematando atrás, (¡de adentro hacia afuera!) el Miura que vuelve como un látigo, le tira un derrote y le destroza la taleguilla: la tauromaquia es eso y no vale la pena otra explicación.

(2)

La siguiente serie completa el cánon por el natural haciendo de su pierna de salida el eje de la embestida. Vemos un mostrenco "espatarrado", inexplicable pues el compás lo abre la pierna muerta del muletazo; la que carga, la que marca la salida, está firme y puesta, exponiendo la femoral como los toreros buenos. Olía a torero. El toro, que desarrolló casta y boyantía tan solo ver a Rafaelillo de rodillas en la primera serie, se niega en esta a pasar por el derecho y tras dos intentos, a toro acosando tobillos, resuelve el torero con un precioso afarolado invertido hilado a un desplante gallista, rodilla en tierra. Si en ese momento hubiese sacado la espada de verdad, acostádose en el morillo y dejando una estocada en todo lo alto, la ovación y la petición hubiesen escalado tan alto que estaríamos hablando, en efecto, de algo similar a lo de Escobero. Sigue otra serie más.  Por desgracia Rafaelillo pincha en alto una vez engendrando bien la suerte, se deja ganar la acción en la segunda con el toro sin humillar, y dejando luego una en los blandos, desprendida y caidílla, que despena al toro y llena de pena al torero. Quizá el mismo Rafaelillo, desbordado por la sensación de cuajar en Madrid a un Miura, se haya pasado de faena sobrando la última serie, baja en evoluciones, avisando al toro tornado su condición para la muerte en complicada. Quedaba en los 24.000 espectadores la sensación del toreo eterno. Rafaelillo dio la vuelta al ruedo entre lágrimas y la unánime aclamación de todos los tendidos de la plaza.




 Hemos dicho que sería atrevido poner esta faena entre los grandes hitos de la tauromaquia, acaso en son de rigor. Sin embargo, para el nivel de inanidades que llevamos en estos tiempos, sin duda esta lidia es historia reciente. Fue una faena compleja, digna de todos los estudios, sólido capaz que todos los aspirantes a matador de toros tienen la obligación de aprender, antes que las hieráticas poses artísticas de los 'masters' ante el tiovivo mecanizado. Rafaelillo se encargó de lidiar a un toro cambiante, Miura al fin y al cabo, que no paró de acosarlo en cuanto los muletazos no eran poderosos sino de adorno; allí el toro volvía su gaita como un látigo y tenía los pitones a milímetros del maestro; quizá por ello esos naturales de desmayo, como el reseñado, sean tan importantes a la luz de las complicaciones del toro. Allí Rafaelillo no solo creó belleza, sino que realmente estaba mandando a un toro de condición aviesa en cuanto la muleta dejaba de castigarlo. ¡Qué grande fue eso! ¡Qué sensaciones aún nos recorren cuando vemos esas dos series de naturales tan perfectas! ¡Rafael! ¡¿Por qué tienes que salir con la espadita de palo y no con la de verdad?! ¡Pero qué grande torero eres! (3)



(1) La de Cayetano Sanz quizá sea la primera encerrona histórica en la memoria colectiva de la afición, hecho recogido por García Lorca en un sutil poema que data de su primera época. Debo a mi amigo Luis "Pocho" Rubio estos versos, que él halló en María Pineda, Estampa Primera, escena IV, precisamente hace 90 años:

"Y cuando el gran Cayetano 
cruzó la pajiza arena 

con traje color manzana, 
bordado de plata y seda, 
destacándose gallardo 
entre la gente de brega 
frente a los toros zainos 
que España cría en su tierra,
parecía que la tarde 
se ponía más morena.
¡Si hubieras visto con qué 
gracia movía las piernas!
¡Qué gran equilibrio el suyo 
con la capa y la muleta!
Ni Pepe-Hillo ni nadie 
toreó como él torea.
Cinco toros mató; cinco, 
con divisa verde y negra. 
En la punta de su estoque 
cinco flores dejó abiertas, 
y a cada instante rozaba
los hocicos de las fieras,
como una gran mariposa 
de oro con alas bermejas."


(2) Las fotos de este pequeño escrito han sido tomadas del blog de Fran Jiménez, que ruego visitar:  http://franpictures.blogspot.com.es/2015/06/rafaelillo-san-isidro-2015.html

(3) Que Rafaelillo es un gran torero, ya se sabía. En el 2009 había pinchado en Madrid la gran faena que le hizo a uno de Dolores Aguirre, (si mal no estoy, se llamaba Guindillo, aunque puedo estar equivocado). Tiene un toreo de muchos registros, donde cabe el desmayo con riñones y el toreo poderoso de castigo. En aquella época en Madrid alguien desplegó una pancarta que decía: Rafaelillo es la verdad.

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miércoles, 27 de mayo de 2015

Medias Negras y Chicorro, mínima defensa de las orejas


El 29 de octubre de 1876 Chicorro corta la primera oreja en la historia de la tauromaquia. Su faena al toro Medias negras de Benjumea fue premiada con este simbolismo tras una lidia completa. El relato cuenta que el ruedo quedó tapizado de cigarros, sombreros, chaquetas, ofrendas arrojadas que debieron ser devueltas por toda la cuadrilla y los monosabios en forzada empresa. El paso siguiente fue reclamar la res para el matador, no sabiendo las gentes qué más hacer. Entonces se revivió la práctica matarife de cortar una apéndice a la res, lo que en siglos anteriores era una suerte de carta de propiedad sobre la mole de músculos, tiro de carne.

Aunque existen recuentos anteriores, más precisamente del siglo XVIII, la costumbre de otorgar una oreja como simbolización del trofeo no entraría en furor en la tauromaquia hasta inicios del siglo XX, precisamente en la Edad dorada del toreo. Entonces había una estruendosa y silenciosa competencia entre las plazas de Madrid y Sevilla. El coso de la carretera de Aragón y la Real Maestranza de Caballería, eran facciones enfrentadas subrepticiamente en la lucha por la supremacía del toreo en España. Tal distinción sobrevive hoy, reconociéndose a una plaza por ser tan diferente como importante de la otra. Madrid ve caer orejas antes que Sevilla, lo que la afición andaluza presume como signo inequívoco de su seriedad: en la Maestranza las modas foráneas no tienen lugar, y la novísima fruslería de otorgar despojos de la res es propia de las matanceras de las plazas de pueblos. Sin embargo hubo ese terremoto llamado Joselito, como siempre.
En 1915 Sevilla vería al Rey de los toreros cortar la primera oreja al Santa Coloma Cantinero en plena feria de San Miguel, en faena tan apoteósica que la presidencia no tuvo otro remedio que poner en manos del Gallo la piltrafa tibia del astado. José mismo había cortado dos orejas en Madrid el año inmediatamente anterior, cuando se encerrara para gloria de la tauromaquia con siete toros de Vicente Martínez. Tal par de años marcarían la salida para la cada vez más habitual práctica de entregar los trofeos al torero, luego sumados al rabo, las patas, mediciones estas oficiales para determinar triunfos y puertas grandes. Es la Edad dorada la que consolida la práctica de la imposición de trofeos desprendidos del cuerpo del toro, aunque no hay que perder de vista que Vicente Pastor en octubre de 1910 había cortado una oreja en Madrid al manso Carbonero de Concha y Sierra. ¿Cómo no preservar algo legado de la edad más grande del toreo? Podríamos preguntar acaso.


Revisemos lo que el Boletín de loterías y de toros dice acerca de la primera oreja de la historia:


De este modo observamos que las orejas poseen un valor simbólico en el rito de la lidia de toros bravos. La posesión del toro en manos del matador se verifica con la muerte, pero se ratifica con los trofeos. Cuando un matador pasea los apéndices del animal, pasea al toro y al testimonio de la lucha.
¡Qué lirismo, radicalmente provocativo para la moralina actual, estamos echando por la borda!

En todo caso, son cada vez más los aficionados que claman contra las orejas en el siglo XXI. Desprecian el simbolismo, acusan su actual vulgaridad, las condenan como representación del triunfalismo producto de públicos ignorantes de las reglas del torear; depauperadas, las orejas son casquería, despojos, datos inútiles que humean sangre y cera frente a lo realmente relevante: la bravura y el torear. Es cierto, pero precisamente lo que ocupa es revivir la relevancia de las orejas, no abaratando su producción sino educando a los públicos en la justicia. Las orejas son una forma de reconocer la relevancia de la suerte de matar, en lo que respecta a las puertas grandes en las plazas de importancia. ¿No es suficiente motivo acaso para preservarlas? El axioma dice que sin muerte moralizante del toro no hay trofeos, y sin trofeos no hay puertas grandes, y sin ellas no hay gloria ni historia. Es por eso que una oreja de ley en Madrid es más pesada y abundante en significado que un rabo en plaza de tercera, ¡precisamente porque es un simbolismo poderoso! Entendemos su significado, lo que sintetiza, lo que nos dice históricamente sobre las faenas. En la tauromaquia nada existe en vano, nunca lo obviemos.

 Chicorro y el trascuerno, las banderillas cortas, el trasteo suficiente, solo ratifican la apoteosis cuando se hace rodar al toro sin puntilla en la segunda tentativa. De haber pinchado una segunda vez, o luego haberse ido a la media vuelta dejando alguna estocada chalequera, la lidia más importante en la vida de Chicorro hubiera quedado solo en pitos, no alcanzando jamás la ovación que produjo lógicamente la oreja y su  paso a la historia. Me parece que la posibilidad del trofeo es suficiente justificación para garantizar lidias más puras, muertes más moralizantes y toreros más comprometidos con la gloria del toreo, que no la diversión de los brutos beodos. En Lisboa, donde no se mata al toro, tampoco se entregan orejas.


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El dilema de Jabatillo-145


Se ha verificado en Madrid la corrida de Alcurrucén dejando como saldo la puerta grande de Sebastián Castella, ahíto de torear a Jabatillo-145, un colorado de presentación correcta en el encaste Núñez, de menos a más y al que se le dio la vuelta al ruedo póstuma.

        

El francés firmó una faena ajustada a la intensidad de Madrid, sin embargo en el filo del 2.0 en algunos pasajes, lo que a Las Ventas del 2015 le tiene ya sin cuidado. Cuando la faena perdía vuelo el de Beziers cerró a tablas al toro con doblones toreros, algunos de ellos realmente preciosos, para luego matarlo en la suerte contraria con una estocada caída. La concesión excesiva de los dos trofeos es ya papel de debate, pero no tanto como la atropellada vuelta al ruedo que el presidente dio sacando al unísono los pañuelos blancos -de la segunda oreja- y azul de la vuelta.

El reglamento entiende la vuelta al ruedo póstuma como un homenaje a la bravura de los toros. Esta posee un carácter inequívoco en su concesión: la ha de pedir el público, cosa que desde luego no sucedió. ¿Fue Jabatillo un toro bravo? Ostensiblemente manseó en la primera vara, de la que salió por najas tras recostarse en un pitón y acercar su pala al estribo. Se vio corto en un quite de Morante, ofendiéndose en las banderillas hasta el punto de dar vueltas de toro de rodeo para quitárselas, apenas cambiado el tercio al de muerte y citándolo Castella para su archiconocido pase invertido del Celeste imperio. En cuanto Castella cambia el viaje empieza el toro a desarrollar una acometividad, una codicia, una profundidad de tranco que emociona a la plaza. Series de hasta siete muletazos, todos sacados por debajo de la pala del pitón, dan cuenta de un exigente trasteo, incluso con algunos naturales metiendo al toro para adentro, terreno del torero que al animal manso le cuesta tomar.


El anterior es un relato que puede entenderse de dos formas: según la clásica concepción de la bravura, o la posmoderna.

Para la clásica el toro manseó en varas y se dolió en banderillas, desarrollando luego boyantía en la pañosa hasta el punto de presentar una embestida de bastante importancia; eso le da una categoría de manso encastado.
Para la definición posmoderna, que prescinde de los datos de los dos primeros tercios, la bravura es una dimensión creciente cuya manifestación es cierta en Jabatillo, toro que termina embistiendo 60 veces con ejemplar codicia a la tela, incluso dejándose partir en muletazos poderosos y en redondo (que no circulares).
Lo cierto es que para ambas concepciones el toro era exigente y Castella le planteó la lidia correcta, incluidos esos toreros doblones finales que buscaban apaciguar el gas loco que aún tenía el Núñez, rozando el primer aviso.

En mi opinión, habría que considerar algunas preguntas valientes. ¿Hace cuánto vemos a un Núñez que no sea de Rincón partirse los riñones en las varas de auténtica bravura? El preconcepto del encaste frío que rompe en la muleta está muy popularizado hoy día. ¿Pero es cierto? Si es verdad que el Núñez en su genética se ve corto al momento de desarrollar bravura en varas, sería desproporcionado decir que la vacada es incapaz por ello de sacar un toro bravo. Sería como afirmar que el Duque de Veragua jamás sacó a un bravo tampoco, pues sus toros, buenos mozos, destripadores de jacos, luego se aplomaban escandalosamente en la muleta, lo que hoy puede interpretarse como un ir de más a menos.



La pregunta por la diversidad de encastes debe ser al mismo tiempo una que arroje luz sobre la importancia de entender la riqueza de fenotipos, comportamientos y formas de ser del toro bravo según su procedencia. Cierta vez algún insolente ganadero desde un perfil falso le afeaba a los vazqueños el no embestir por abajo como los Domecq (vacada que cría con tan cárnico éxito). La diferenciación de tableros en los fenotipos de ambas sangres le indicaría hasta al menos avezado que es imposible que cuellos distintos embistan igual. Lo mismo debería valer para realidades más profundas, como la genética. Mientras leemos a ganaderos como el de Conde de la Maza o El Torreón diciendo en Twitter que echarían a Jabatillo a las vacas, algunos por intuición nos resistimos a creer que fuera un toro de diana grande. ¿Pero acaso no es esto una negación de la particularidad de cada encaste?

El dilema de Jabatillo requiere horas de hemeroteca para determinar si la bravura Núñez puede manifestarse en varas como lo requiere la exigencia de nuestra afición. En todo caso, el toro que vale es que inicia las tertulias.

Las fotos son de AFP.
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Lagartijo y Perdigón, cuando el arte también era épica


Ad portas de la que quizá sea la corrida que represente el punto de inflexión en la historia taurina de Madrid, el ánimo empuja a recordar.

A punto de consumarse un acto de apostasía en la que fuera la plaza más seria del mundo, el arte de los que solo pueden ante el toro de condición mórbida al fin habrá declarado su victoria. Estetas, estilistas, orfebres de bisutería, en todo caso habrán removido una piedra fundacional de la tauromaquia: la lidia de toros fieros, que mueven al miedo más fundamental y mágico antes que a la lástima.
El toro de lidia, todo patas, leña y arrobas, debe inspirar reverencia y no misericordia, pues solo la existencia de dicha fiereza hará moral e importante aquello que haga el torero en su faena. El sentimiento de piedad hacia el animal, además de una inversión de los valores humanistas, es una forma oculta de animalismo, por tanto de antitauromaquia. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es lo que interesa de la Fiesta de los Toros a los que solo ven la tauromaquia como el complejo ballet ante toros de condición mórbida? No serán los toros, naturalmente, sino una complicada concepción del arte que rompe el tabú de la muerte animal, cosa desde luego relegada a un segundo plano, que derivará con el tiempo en la corrida incruenta. De hecho, el desprecio al tercio de varas es un síntoma del incruentismo, lo mismo que la tendencia al indulto generalizado o la ausencia de alarma ante toros parados, enseñando la lengua y ofreciendo la impresión de un animal humillado. Ciertamente toda la propaganda antitaurina está compuesta por imágenes de esta clase de toros. ¿Cuándo han visto acaso a los ejemplares de la vacada de Miura adornando la ilegal propaganda de PETA? ¿A un Cuadri, enseñando su estatura, su pezuña, su hondura bestial, en la propaganda de PACMA? En cambio es propio de estos afiches, reversos de los carteles de toros, a los anovillados afeitados, sin entidad de toro, tardos de expresión fiera, acaso vomitando un chorro de sangre producto de las malas estocadas, desprecio del arte de matar al mismo tiempo que el de criar toros poderosos que jamás abren la boca, ni siquiera para morir. Es antitauromaquia, pero no podemos culpar a las asociaciones animalistas de ese enfoque amarillista sin, al mismo tiempo, señalar a los responsables de criar semejantes animales dignos de piedad y no de respeto, de culto y de tauromaquia.

Poniendo que era bueno recordar, la anterior parrafada se ha encargado de hacer unos descargos sobre el futuro. Acaso eso es una insolencia.

Nos ocupa esta vez una de las faenas más significativas de la Edad heroica del toreo. Acaecida el 4 de octubre de 1874 en la entonces nueva plaza de Madrid (predecesora de Las Ventas), marcó un auténtico varapalo en toda la temporada, siendo después de la cornada a Hermosilla el primer acontecimiento de la plaza de la Carretera de Aragón. Su repercusión podría leerse en los diarios taurinos incluso hasta el final de la temporada, llegando a reñir con la retirada voluntaria de Frascuelo para 1875 en Madrid, plaza en la que no toreó, vapuleado por un mal año en su competencia con su competidor cordobés. Hablamos, desde luego, de la mítica faena de Lagartijo a Perdigón de Laffitte.



Se ha dicho que Perdigón, un colorado, pertenecía a la vacada de Rafael Laffitte y Castro, ganadería procedente del excelentísimo señor Barbero, y conformada en 1869 con puntas de Gallardo-Cabrera, divisa blanca verde y encarnada, que luego incorpora reses jijonas, navarras y vazqueñas, cruza que sera adquirida en sus génes más gallardos en 1885 por un nombre que hará eco en los siglos de la tauromaquia: Felipe de Pablo Romero. La condición fiera de Perdigón perduró en los tercios de la lidia hasta hacer que Juan Molina, hermano de Lagartijo, tuviera a bien cometer el exceso de parear un cuarto par de banderillas luego de tocar los clarines la muerte del toro. Pero a un toro bravo el reto de los rehiletes no le conviene en exceso, pues se avisa de los recortes que le propinan para ponerlo y sacarlo y clavar, con lo que pasearlo por dicho tercio de la lidia de forma tan ostentosa es como irle poniendo moscas detrás de la oreja. Por eso antaño se consideraba ejemplar a la cuadrilla que cubría el tercio de los romeros en el menor tiempo posible; por eso, hoy chirrea tanto esos maratónicos tercios de banderillas con sus correteos insustanciales, donde cada paso de toro y atleta carecen de significado para la lidia. Perdigón pues quedaría en condición de avisado, propinando al hermano de Lagartijo una cornada en el trámite de dicho cuarto par de banderillas, con lo que el torero vería su peón familiar marcharse herido hacia la enfermería, quedando así frente al toro ofensor, con la plaza en vilo, con los corazones de todos los espectadores en un puño: ¿Cómo torearía Lagartijo al duro toro que antes había mandado a su hermano al hule de la enfermería? Con el ánimo roto precisamente en el momento que más serenidad de espíritu requiere un hombre, es decir, frente al momento de torear, Lagartijo haría esto:


O bien la impresión de un lagartijista como Peña y  Goñi, habida cuenta del frascuelismo de F. Bleu:


Ambos autores desde sus orillas se detienen a narrar la emoción que produjo esta faena. Helaba la sangre, conmovía el espíritu, justificaba el sacrificio, producía belleza real,  luego sacudida en sus hombros por la aparición certera de la muerte más apoteósica. La complejidad de esta maratón de emociones dramáticas producía esas reacciones descritas por Carmona y Jiménez, de personas que salían redimidas de las plazas de toros, unánimes y resplandecientes.
¡Qué gran ejemplo de cómo el arte y la épica son el camino a la tauromaquia más alta! La intensa emoción de esta faena se desprende del dramatismo ante la tragedia de la cogida, lo que explicó la importancia del toro, pero también la sangre fría de Lagartijo para sobreponerse al duro trance, actuando como el torero-héroe y no como el hombre común;  y desde luego también a aquellos naturales, caracterizados por Bleu -un frascuelista- como resurrección del arte de Cayetano Sanz, primerísima referencia del toreo al natural del siglo XIX. Luego, el incomensurable espadazo que le recetó al toro, polvo mordido por una bestia poderosa, antes toreada con el toreo eterno, al mismo tiempo arte y lidia como preparación para la muerte. La faena lo posee todo para situarse ente las más grandes de la historia de la tauromaquia, pues dice que el toreo artístico también puede ser lidiador y coronarse con la suerte de matar, ejecutada con toda ortodoxia ante un toro poderoso. Se puede hacer arte taurómaco ante toros de respeto, no mórbidos y sin producir ese efecto sedante tan denunciado. ¿Qué esta tautología? Una explicación de vergüenza torera: Lagartijo prefirió torear con todo el arte posible al natural en lugar de despenar a sablazos al toro ofensor. En lugar de buscar los blandos, cosa que hubiera entendido el público, se entregó en la suerte de matar con total corrección, dejando una estocada fulminante. Hizo precisamente lo que ningún ser humano haría, excepto los toreros: épica.


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martes, 19 de mayo de 2015

Sobre Pedro Romero, primer maestro de tauromaquia


En horas donde es preciso recordar nuestros principios más altos, cuando Madrid es cada vez más una rara avis, Nimes lidiará una charlota despreciable y Vic-Fezensac se ofrece como el islote salvador visto por el naufrago, hay que desandar pasos y recordar nuestra historia. 

Los principios a los que aludimos no son invenciones de radicalismos, como algunos intentan responder cuando el aficionado exige -en contraparte al dinero, las horas de estudio, el cultivo de su afición más entrañable-,  que los maestros expongan ese pundonor capaz de llevar al torero más allá del hombre, y que ha caracterizado las gestas que luego entendemos, clasificadas con una hache mayúscula, como Historia de la tauromaquia. Lo mismo que las redes sociales como generadoras de hechos; lo mismo que los medios de comunicación buscando inventariar las simpáticas ocurrencias susceptibles a ser virales en lugar de las noticias trascendentes; lo mismo que la literatura inofensiva trastocada en serie televisiva norteamericana, la tauromaquia posmoderna es una rotativa imparable que produce, casi a diario, un puñado de noticias que luego se revelan como agua en la mano que después se larga; la tauromaquia de hoy es incapaz de producir Historia con la misma intensidad que décadas atrás, pese al ritmo obsesivo de sus cosas, salvo obvias excepciones.
¿O acaso qué histórica realidad ha trascendido de esta primera sermana isidril, tan celebrada con sus orejas personales, largas y baratas como piltrafa de matadero porcino? Acaso la promesa de futuro de Roca Rey y la certeza del pasado de Morenito de Aranda y Eugenio de Mora.

Sin más preámbulo, este es el hecho:


Quien escribe es Peña y Goñi en su magnífico libro Lagartijo y Frascuelo y su tiempo. La deliciosa anécdota es un soberbio ejemplo de cómo una simple lidia es capaz de revelarnos el profundo pozo magisterial de un torero de época. Lo que leímos es Historia: los tres grandes matadores del toreo dieciochesco se encierran en Madrid para honrar a Su Majestad. Cual figuras actuales, dos de ellos, el autor de la primera tauromaquia escrita y el inventor del Volapié, exigen que se quiten las reses de casta Castellana del festejo. Pedro Romero evita que así sea, y resuelve el trance de Pepe-Hillo salvando su vida y matando al toro ofensor, al que desde luego no había tanteado; la estocada recibiendo es una hombrada, pues se deja llegar una res de la que como lidiador desconoce sus complicaciones. Convirtió el susto mental y material de sus compañeros en un alarde suficiente de su propio poder, a despecho de los toros más temidos de su época. Es el siglo XVIII y se echaba a andar, gracias a hechos como este, un hilo emocionante que movería década a década lo que conocemos hoy como cultura taurina.

¿Pero hoy sucedería algo similar? Una jocosa suposición sería imaginar a Julián López, a José Antonio Morante y a Miguel Ángel Perera encerrándose para honrar a Felipe VI. Pongamos que dos matadores se niegan a que dentro del festejo real se incluyan toros cinqueños de José Escolar, y que Julián López, tocado de pundonor, exige la presencia de esas reses, para mayor gloria del Rey. Pongamos que Morante, gran estilista como Hillo, desatiende las voces que López le envía desde los tableros, y sufre una cornada en el brazo por lo que el de Velilla lo lleva entre sus brazos -no sin grave inconveniente- hasta un palco, y que al volver constata que nadie ha hecho por la res, venida arriba desde el tercio del arte de los Romeros, desde luego cubierto por esas buenas cuadrillas. Perera, un gran torero de costados como Costillares, no ha liado muleta ni estoque, entonces López ordena a todos taparse, con ese gesto magistral que solo poseen los toreros de época, gesto que derrocha autoridad y nobleza a la vez. Cuadra al toro en los medios, planta firme y medio pecho adelante, citando con una voz estremecedora y la pierna de apoyo adelantada en varonil zapatillazo -el único que un torero debe dar-. El Escolar se arranca como una exhalación, arrastrando su duro pellejo hasta el maestro que lo cita, adelantando sus pavorosas astas, coronación del animal más bello del mundo, suma de toda la muerte y toda la gloria posible. Y he aquí que Julián López El Juli ha cobrado una estocada en todo lo alto, untando el sable de cebo de cerviguillo y la palma de su mano de la sangre más sagrada del mundo, aguantando como los machos de Ronda la embestida, vaciando a la perfección en el embroque, clavando a ojos abiertos en la cruz del animal que cae fulminado como un rayo. La arena y los asistentes se levantan al mismo tiempo, conmovidos por el acto de poderío taurómaco que acaban de presenciar. Hasta Morante agita, con su brazo sano, el pañuelo que exige los máximos despojos de la bestia abatida. Torerazo.

Cartel de la época. Nótese que los picadores eran anunciados en tipos mayores y sobre el nombre de los matadores.

Pedro Romero citando a recibir a una descomunal res entablerada. 

Pepe Hillo moriría, Goya haurire, entre las astas de Barbudo el 11 de mayo de 1801. El toro procedía de la vacada de José Gabriel Rodríguez, criador de reses castellanas. Pedro Romero en cambio conservaría su imagen de maestro para las generaciones del siglo XIX que lo tenían como referente del máximo estilo de lidiar y matar toros. Todas las sucesivas rivalidades del siglo, todas: la de Cúchares y Chiclanero; la de Cayetano Sanz y Manuel Domínguez; la de El Tato y Gordito y luego la de Frascuelo y Lagartijo, se dirimirían comparando al ganador con Pedro Romero, inscribiéndolo así en la más alta escuela de aquel torero nacido en 1754, muerto de viejo en 1839, y para el que el mismísmo Goya dejó este retrato (amén los pelmazos antitaurinos que proclaman un Goya antitaurino solo por poner en sus Toros de Burdeos algunas escenas de tauromaquia), todo dignidad su rostro y reverencia su mano derecha, portadora del sable que dicen abatió a más de 6.000 toros en la suerte de recibir, incluso los castellanos.


***

Post data: Va por David Mora, torero que conoce la Colombia taurina más que muchos de nosotros, y al que recuerdo en la finca de Peñalisa con una ruana, bebiendo aguadepanela y soñando con confirmar en la Santamaría, plaza a la que respeta al haber asistido varias veces a ella de paisano. Confirmaría luego cortando una oreja  a un Agualuna en su presentación, (el segundo se lo brindaría a Andrés, ganadero, amigo en común, hijo del otro gran Pimentel de nuestra tauromaquia: Santiago), pero desde luego fue después de ese gran momento de la ruana, esa prenda con la que toreaban los santafereños en siglos pasados, distintivo de la nobleza y humildad de carácter más grande del ser colombiano. Pedro Romero también, pese a tan altos honores que le tributaron en su época, fue un humilde maestro, aunque en realidad la palabra que deberíamos usar es nobleza. Sin mucho ruido de prensa David Mora cruzó el mar para obsequiarle una muleta a los novilleros bogotanos en huelga de hambre. Materialmente algunos de ellos carecían de este avío. Hoy hace un año fue la corrida del Ventorillo que dejó a los tres toreros heridos, Mora el más grave de ellos. Recuerdo la agitación de dicho día, el desespero en el rostro de todos los asistentes cuando les dijeron por megafonía que el festejo se suspendía tras caer heridos los tres matadores. A Nazaré lo atendieron en una silla de ruedas, al estar ocupado el quirófano. Ni siquiera lo repitieron en los carteles de este San Isidro. Estoy totalmente seguro de que Pedro Romero lo hubiera exigido. 

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sábado, 16 de mayo de 2015

A los 95 años de la muerte


Hoy hace 95 años el toro Bailaor de la señora Viuda de Ortega le rajó a José el vientre. El torero, quien antes había inventado el toreo moderno, haciendo de su estilo una hipérbole del pundonor y el poderío, tembló al sostener sus propios intestinos, evitando que dieran en la arena. Lo último que pidió fue que trajeran al médico de Madrid. Farnesio, también el mejor picador para quien escribe estas líneas, le cortaría la coleta al cadáver en una enfermería llena de gente y de silencio. Con esa tijera terminaría la edad dorada del toreo, época de esplendor que la tauromaquia no ha vuelto a conocer, pese a los avances técnicos y ganaderos que hemos visto desde hace ya casi un siglo. Ni la época de los 60-70 con la pléyade de toreros, ni los 50 del campo Charro alzando las astas tras la Guerra Civil, ni la edad heroica de finales del XIX, con el santo triunvirato de Frascuelo, Lagartijo y El Guerra, ni mucho menos esta edad posmoderna, inflada y llena de hechos diarios prescindibles, le hacen sombra a los que fue esa segunda década del siglo XX para el toreo, tiempos en los que las plazas de toros entraban en trance, salían los toros más bravos de la historia (como en aquel gris 1917), los toreros eran tan artistas como maestros lidiadores, y el público era sabio para ver la corrección del rito, produciendo los mejores cronistas y estudiosos del toreo que ha parido esta cultura.
 
¡Viva el Rey de los Toreros!
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domingo, 3 de mayo de 2015

De vencer o morir- Dos puertas grandes en Madrid



Manso y encastado encierro de Montealto en la tradicional corrida goyesca del dos de mayo en Madrid. Al igual que hace poco más de varias semanas, la puerta grande más importante del mundo se abre por vía de la épica. López Simón ha aguantado sin aspavientos hasta el turno de su siguiente toro, luego de ser corneado feamente al salir del embroque en la suerte de matar de su primero. Sus muletazos, salvo un ramillete de doblones toreros, fueron oquedades solo valiosas por la veracidad de estar allí con el muslo abierto, apretado por un torniquete de corbatín. Vencer o morir. Una generosa oreja completaba la cuenta necesaria. El torero no pudo salir a hombros, pues fue ingresado a cirugía tras pasear su trofeo. Como Roca Rey, demuestra que el arte en la tauromaquia no es solo la estética de la coreografía, alguna veces lo suficientemente tramposa como para desengañarnos de la ilusión. El toreo, como dijera Valle-Inclán, es antes que nada un dramatismo. 

No con tanta suerte contó Ángel Teruel, duramente corneado por un animal remolón, de cabeza suelta como uno de sus hermanos, producto de la ausencia de puyazos delanteros capaces de descolgar esas embestidas. A media altura le puso al torero una herida a puñal grueso de 20 centímetros que lo dejó impedido para proseguir la lidia; pero antes había demostrado ese fino empaque madrileño que lo hizo tan preciado hace un par de años en la corrida de Alcurrucén. Teruel sabe torear, recuerda a los maestros de la posguerra en algunos episodios, ante todo solo expresión. A falta de corridas, nos estamos perdiendo otro gran torero, ahogado en las limitaciones propias de su falta de rodaje.

CORRIDA COMPLETA



                   
Morenito por la Puerta Grande; López Simón, dos orejas y herido; Ángel Teruel, herido from Plaza de Toros de Las Ventas on Vimeo.

Quien se llevó en todo caso esta interesante tarde fue Aranda. A su último le cuajó una faena de distancias largas y exactas, mando y un imponente derechazo lleno del temple real que tanto echamos en falta, últimamente confundido con esa paparuza de los muletazos lentos a los toros lentos, o las muletas endurecidas con cera para que sus vuelos no busquen pitón para el enganche. Morenito de Aranda, quien también dejó tres naturales apreciables, hizo de su lidia por diestras un ejemplo de cómo es posible el toreo en redondo, rematando los muletazos y pudiendo a un animal que se vino arriba, sin necesidad de estirar el brazo más allá del cuerpo a pitón pasado, cuando ya no sirve de nada y se tapa, también para nada, ese buen tranco demás. Todas estas descripciones parecen enormemente generales. El toro, de gran condición, galopó de largo en tres series donde también demostró prontitud, humillación y aquel tranco que lo abría de las series para permitir a Aranda volver a dejarle la muleta puesta sin alterar el reposo de su lidia. En la última serie de esta parte de la faena si embargo puso su mirada cada vez más buscando la querencia natural, viaje que Morenito aprovechó en una serie de naturales que terminaron de romper al animal. Ya con los cuartos traseros apuntando a toriles, Aranda acortó la distancia y cuajó un derechazo sobrenatural por la lentitud y la circularidad del mismo, saludo por la plaza con un Olé estremecedor, y por todos nosotros en la transmisión de Tele Madrid con una aprobación unánime. Un derechazo enroscándose al animal, ralentizando el tiempo de un bicho que iba presto y terminó andando. Ya con el toro rajado y cerrado tras un bello trincherazo entre telones, Morenito se tiró a matar dejando una estocada buena que hizo rodar al toro y caer las dos orejas. Se sumaba así a López Simón, cumpliendo esa doble puerta grande que no se veía en Madrid desde aquel 91 con Ortega Cano y Rincón en la Beneficencia. 

Montealto llevó un encierro pleno de romana y edad. Aunque sus animales no pelearon en los caballos, mostraron boyantía en la muleta en un festejo lleno de interés para el aficionado. Excelentes matices de comportamientos, estos sí valiosos, sobre lo mucho que hay que lidiar y torear a un animal encastado. Sirva de prueba los 60 centímetros de heridas que registraron en la plaza sobre los cuerpos de los espadas por causa de los toros, pero al mismo tiempo los interesantes momentos de tauromaquia dejados por la terna, a los que habría que sumar dos palos puestos por el veterano Luis Carlos Aranda, quien lució el mismo terno verde de otra goyesca. 
Como dato final, valga anotar que tres toros del encierro mostraron la lengua pinta en sangre durante la lidia de muleta. Otra anotación sería lo poco que trascenderá, incluso en el medio taurino, un hecho tan relevante como una doble puerta grande en Madrid por la vía del toreo y por la de la épica ante un encierro encastado. Marginalidad esta a la que también hay que vencer o morir,



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sábado, 2 de mayo de 2015

José Tomás en Aguascalientes




Cinco años de la vida para esto. José Tomás volvió a la arena donde regó su sangre entre el cuerno de Navegante, el pantalón blanco del monosabio, la raya granulada. Le hicieron una transfusión de sangre con la tipo A negativo de las personas que hacían fila para donarla, entre angustiosos mensajes de megáfono. Todos tenían una manga de la camisa remangada. Bien. Son cinco años y todos seguimos aquí, incluso Navegante,  toro en la memoria colectiva de una cultura que no deja morir a los animales que mata.

Plaza a reventar, inflada espectacularmente por la vergonzosa reventa. Ante una escalera de lote (uno con edad, otro terciado y escurrido, otro anovillado, en el registro de la placita) José Tomás desplegó una tauromaquia rica en registros, eso sí, sin lograr la rotundidad en una sola faena, descontando ese aletazo de tauromaquia en su tercero: derechazos de uno en uno a su segundo con ese perfilismo cruzado tan suyo, tan de Manolete; doblones toreros a su tercero, y molinetes por piernas de inicios del XX; pases del celeste imperio, el escalofriante pase del desdén a un toro que viene cruzado por la cadera contraria; unas tafalleras en la capa, luego la donzantina hecha con toda la lentitud de un toro que caminaba, hipnotizado por el trazo circular que ningún animal, salvo el hombre, puede lograr. Doblones clásicos en su último, que ante un toro de respetable romana y patas pondrían bocabajo a Madrid, donde gusta ese inicio de faena. Incluso un retorcimiento, visto con nuestros ojos, pero figura al fin y al cabo muy cara en la historia de la tauromaquia mexicana, testimoniada en la siguiente foto:




Solo el vídeo de El País hizo honor al excelso toreo al natural del tercero, recibido en el primer tercio con una verónica por doblón plena de poder y clasicismo. Aquellos toro parecían Jano bifronte, dos caras, una de toro de edad, a la vuelta anovillados de perfil, vacíos de expresión. Lo mismo ocurrió con Tomás, huelga decirlo nuevamente, que no conjuntó toda esta rica magia contada en una sola faena. Se le vio en ocasiones apurado por cabezazos en el pecho por falta de mando, enganchones del pasado, el perfilismo abusivo 2.0. En el fondo da igual. Lo torero hoy era pararse en el mismo sitio donde hace cinco años se paró su propia muerte, para luego torear el pase por la derecha que Navegante había dejado inconcluso, no para siempre.

Cinco vídeos sobre la actuación de José Tomás en Aguascalientes (lista actualizable):


 

OCTAVA CORRIDA 2 MAYO 2015 ATM from Charly Lara on Vimeo.

Monumental de Aguascalientes, corrida del 2 de mayo de 2015 from Suerte Matador TV on Vimeo.









Vídeos extraídos de los portales Al toro México, Suerte Matador, El Mundo, El País, Mundotoro, al igual que algunas de las siguientes fotos:






 Y esta, que es una pequeña poesía:


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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".