martes, 19 de mayo de 2015

Sobre Pedro Romero, primer maestro de tauromaquia


En horas donde es preciso recordar nuestros principios más altos, cuando Madrid es cada vez más una rara avis, Nimes lidiará una charlota despreciable y Vic-Fezensac se ofrece como el islote salvador visto por el naufrago, hay que desandar pasos y recordar nuestra historia. 

Los principios a los que aludimos no son invenciones de radicalismos, como algunos intentan responder cuando el aficionado exige -en contraparte al dinero, las horas de estudio, el cultivo de su afición más entrañable-,  que los maestros expongan ese pundonor capaz de llevar al torero más allá del hombre, y que ha caracterizado las gestas que luego entendemos, clasificadas con una hache mayúscula, como Historia de la tauromaquia. Lo mismo que las redes sociales como generadoras de hechos; lo mismo que los medios de comunicación buscando inventariar las simpáticas ocurrencias susceptibles a ser virales en lugar de las noticias trascendentes; lo mismo que la literatura inofensiva trastocada en serie televisiva norteamericana, la tauromaquia posmoderna es una rotativa imparable que produce, casi a diario, un puñado de noticias que luego se revelan como agua en la mano que después se larga; la tauromaquia de hoy es incapaz de producir Historia con la misma intensidad que décadas atrás, pese al ritmo obsesivo de sus cosas, salvo obvias excepciones.
¿O acaso qué histórica realidad ha trascendido de esta primera sermana isidril, tan celebrada con sus orejas personales, largas y baratas como piltrafa de matadero porcino? Acaso la promesa de futuro de Roca Rey y la certeza del pasado de Morenito de Aranda y Eugenio de Mora.

Sin más preámbulo, este es el hecho:


Quien escribe es Peña y Goñi en su magnífico libro Lagartijo y Frascuelo y su tiempo. La deliciosa anécdota es un soberbio ejemplo de cómo una simple lidia es capaz de revelarnos el profundo pozo magisterial de un torero de época. Lo que leímos es Historia: los tres grandes matadores del toreo dieciochesco se encierran en Madrid para honrar a Su Majestad. Cual figuras actuales, dos de ellos, el autor de la primera tauromaquia escrita y el inventor del Volapié, exigen que se quiten las reses de casta Castellana del festejo. Pedro Romero evita que así sea, y resuelve el trance de Pepe-Hillo salvando su vida y matando al toro ofensor, al que desde luego no había tanteado; la estocada recibiendo es una hombrada, pues se deja llegar una res de la que como lidiador desconoce sus complicaciones. Convirtió el susto mental y material de sus compañeros en un alarde suficiente de su propio poder, a despecho de los toros más temidos de su época. Es el siglo XVIII y se echaba a andar, gracias a hechos como este, un hilo emocionante que movería década a década lo que conocemos hoy como cultura taurina.

¿Pero hoy sucedería algo similar? Una jocosa suposición sería imaginar a Julián López, a José Antonio Morante y a Miguel Ángel Perera encerrándose para honrar a Felipe VI. Pongamos que dos matadores se niegan a que dentro del festejo real se incluyan toros cinqueños de José Escolar, y que Julián López, tocado de pundonor, exige la presencia de esas reses, para mayor gloria del Rey. Pongamos que Morante, gran estilista como Hillo, desatiende las voces que López le envía desde los tableros, y sufre una cornada en el brazo por lo que el de Velilla lo lleva entre sus brazos -no sin grave inconveniente- hasta un palco, y que al volver constata que nadie ha hecho por la res, venida arriba desde el tercio del arte de los Romeros, desde luego cubierto por esas buenas cuadrillas. Perera, un gran torero de costados como Costillares, no ha liado muleta ni estoque, entonces López ordena a todos taparse, con ese gesto magistral que solo poseen los toreros de época, gesto que derrocha autoridad y nobleza a la vez. Cuadra al toro en los medios, planta firme y medio pecho adelante, citando con una voz estremecedora y la pierna de apoyo adelantada en varonil zapatillazo -el único que un torero debe dar-. El Escolar se arranca como una exhalación, arrastrando su duro pellejo hasta el maestro que lo cita, adelantando sus pavorosas astas, coronación del animal más bello del mundo, suma de toda la muerte y toda la gloria posible. Y he aquí que Julián López El Juli ha cobrado una estocada en todo lo alto, untando el sable de cebo de cerviguillo y la palma de su mano de la sangre más sagrada del mundo, aguantando como los machos de Ronda la embestida, vaciando a la perfección en el embroque, clavando a ojos abiertos en la cruz del animal que cae fulminado como un rayo. La arena y los asistentes se levantan al mismo tiempo, conmovidos por el acto de poderío taurómaco que acaban de presenciar. Hasta Morante agita, con su brazo sano, el pañuelo que exige los máximos despojos de la bestia abatida. Torerazo.

Cartel de la época. Nótese que los picadores eran anunciados en tipos mayores y sobre el nombre de los matadores.

Pedro Romero citando a recibir a una descomunal res entablerada. 

Pepe Hillo moriría, Goya haurire, entre las astas de Barbudo el 11 de mayo de 1801. El toro procedía de la vacada de José Gabriel Rodríguez, criador de reses castellanas. Pedro Romero en cambio conservaría su imagen de maestro para las generaciones del siglo XIX que lo tenían como referente del máximo estilo de lidiar y matar toros. Todas las sucesivas rivalidades del siglo, todas: la de Cúchares y Chiclanero; la de Cayetano Sanz y Manuel Domínguez; la de El Tato y Gordito y luego la de Frascuelo y Lagartijo, se dirimirían comparando al ganador con Pedro Romero, inscribiéndolo así en la más alta escuela de aquel torero nacido en 1754, muerto de viejo en 1839, y para el que el mismísmo Goya dejó este retrato (amén los pelmazos antitaurinos que proclaman un Goya antitaurino solo por poner en sus Toros de Burdeos algunas escenas de tauromaquia), todo dignidad su rostro y reverencia su mano derecha, portadora del sable que dicen abatió a más de 6.000 toros en la suerte de recibir, incluso los castellanos.


***

Post data: Va por David Mora, torero que conoce la Colombia taurina más que muchos de nosotros, y al que recuerdo en la finca de Peñalisa con una ruana, bebiendo aguadepanela y soñando con confirmar en la Santamaría, plaza a la que respeta al haber asistido varias veces a ella de paisano. Confirmaría luego cortando una oreja  a un Agualuna en su presentación, (el segundo se lo brindaría a Andrés, ganadero, amigo en común, hijo del otro gran Pimentel de nuestra tauromaquia: Santiago), pero desde luego fue después de ese gran momento de la ruana, esa prenda con la que toreaban los santafereños en siglos pasados, distintivo de la nobleza y humildad de carácter más grande del ser colombiano. Pedro Romero también, pese a tan altos honores que le tributaron en su época, fue un humilde maestro, aunque en realidad la palabra que deberíamos usar es nobleza. Sin mucho ruido de prensa David Mora cruzó el mar para obsequiarle una muleta a los novilleros bogotanos en huelga de hambre. Materialmente algunos de ellos carecían de este avío. Hoy hace un año fue la corrida del Ventorillo que dejó a los tres toreros heridos, Mora el más grave de ellos. Recuerdo la agitación de dicho día, el desespero en el rostro de todos los asistentes cuando les dijeron por megafonía que el festejo se suspendía tras caer heridos los tres matadores. A Nazaré lo atendieron en una silla de ruedas, al estar ocupado el quirófano. Ni siquiera lo repitieron en los carteles de este San Isidro. Estoy totalmente seguro de que Pedro Romero lo hubiera exigido. 

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sábado, 16 de mayo de 2015

A los 95 años de la muerte


Hoy hace 95 años el toro Bailaor de la señora Viuda de Ortega le rajó a José el vientre. El torero, quien antes había inventado el toreo moderno, haciendo de su estilo una hipérbole del pundonor y el poderío, tembló al sostener sus propios intestinos, evitando que dieran en la arena. Lo último que pidió fue que trajeran al médico de Madrid. Farnesio, también el mejor picador para quien escribe estas líneas, le cortaría la coleta al cadáver en una enfermería llena de gente y de silencio. Con esa tijera terminaría la edad dorada del toreo, época de esplendor que la tauromaquia no ha vuelto a conocer, pese a los avances técnicos y ganaderos que hemos visto desde hace ya casi un siglo. Ni la época de los 60-70 con la pléyade de toreros, ni los 50 del campo Charro alzando las astas tras la Guerra Civil, ni la edad heroica de finales del XIX, con el santo triunvirato de Frascuelo, Lagartijo y El Guerra, ni mucho menos esta edad posmoderna, inflada y llena de hechos diarios prescindibles, le hacen sombra a los que fue esa segunda década del siglo XX para el toreo, tiempos en los que las plazas de toros entraban en trance, salían los toros más bravos de la historia (como en aquel gris 1917), los toreros eran tan artistas como maestros lidiadores, y el público era sabio para ver la corrección del rito, produciendo los mejores cronistas y estudiosos del toreo que ha parido esta cultura.
 
¡Viva el Rey de los Toreros!
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domingo, 3 de mayo de 2015

De vencer o morir- Dos puertas grandes en Madrid



Manso y encastado encierro de Montealto en la tradicional corrida goyesca del dos de mayo en Madrid. Al igual que hace poco más de varias semanas, la puerta grande más importante del mundo se abre por vía de la épica. López Simón ha aguantado sin aspavientos hasta el turno de su siguiente toro, luego de ser corneado feamente al salir del embroque en la suerte de matar de su primero. Sus muletazos, salvo un ramillete de doblones toreros, fueron oquedades solo valiosas por la veracidad de estar allí con el muslo abierto, apretado por un torniquete de corbatín. Vencer o morir. Una generosa oreja completaba la cuenta necesaria. El torero no pudo salir a hombros, pues fue ingresado a cirugía tras pasear su trofeo. Como Roca Rey, demuestra que el arte en la tauromaquia no es solo la estética de la coreografía, alguna veces lo suficientemente tramposa como para desengañarnos de la ilusión. El toreo, como dijera Valle-Inclán, es antes que nada un dramatismo. 

No con tanta suerte contó Ángel Teruel, duramente corneado por un animal remolón, de cabeza suelta como uno de sus hermanos, producto de la ausencia de puyazos delanteros capaces de descolgar esas embestidas. A media altura le puso al torero una herida a puñal grueso de 20 centímetros que lo dejó impedido para proseguir la lidia; pero antes había demostrado ese fino empaque madrileño que lo hizo tan preciado hace un par de años en la corrida de Alcurrucén. Teruel sabe torear, recuerda a los maestros de la posguerra en algunos episodios, ante todo solo expresión. A falta de corridas, nos estamos perdiendo otro gran torero, ahogado en las limitaciones propias de su falta de rodaje.

CORRIDA COMPLETA



                   
Morenito por la Puerta Grande; López Simón, dos orejas y herido; Ángel Teruel, herido from Plaza de Toros de Las Ventas on Vimeo.

Quien se llevó en todo caso esta interesante tarde fue Aranda. A su último le cuajó una faena de distancias largas y exactas, mando y un imponente derechazo lleno del temple real que tanto echamos en falta, últimamente confundido con esa paparuza de los muletazos lentos a los toros lentos, o las muletas endurecidas con cera para que sus vuelos no busquen pitón para el enganche. Morenito de Aranda, quien también dejó tres naturales apreciables, hizo de su lidia por diestras un ejemplo de cómo es posible el toreo en redondo, rematando los muletazos y pudiendo a un animal que se vino arriba, sin necesidad de estirar el brazo más allá del cuerpo a pitón pasado, cuando ya no sirve de nada y se tapa, también para nada, ese buen tranco demás. Todas estas descripciones parecen enormemente generales. El toro, de gran condición, galopó de largo en tres series donde también demostró prontitud, humillación y aquel tranco que lo abría de las series para permitir a Aranda volver a dejarle la muleta puesta sin alterar el reposo de su lidia. En la última serie de esta parte de la faena si embargo puso su mirada cada vez más buscando la querencia natural, viaje que Morenito aprovechó en una serie de naturales que terminaron de romper al animal. Ya con los cuartos traseros apuntando a toriles, Aranda acortó la distancia y cuajó un derechazo sobrenatural por la lentitud y la circularidad del mismo, saludo por la plaza con un Olé estremecedor, y por todos nosotros en la transmisión de Tele Madrid con una aprobación unánime. Un derechazo enroscándose al animal, ralentizando el tiempo de un bicho que iba presto y terminó andando. Ya con el toro rajado y cerrado tras un bello trincherazo entre telones, Morenito se tiró a matar dejando una estocada buena que hizo rodar al toro y caer las dos orejas. Se sumaba así a López Simón, cumpliendo esa doble puerta grande que no se veía en Madrid desde aquel 91 con Ortega Cano y Rincón en la Beneficencia. 

Montealto llevó un encierro pleno de romana y edad. Aunque sus animales no pelearon en los caballos, mostraron boyantía en la muleta en un festejo lleno de interés para el aficionado. Excelentes matices de comportamientos, estos sí valiosos, sobre lo mucho que hay que lidiar y torear a un animal encastado. Sirva de prueba los 60 centímetros de heridas que registraron en la plaza sobre los cuerpos de los espadas por causa de los toros, pero al mismo tiempo los interesantes momentos de tauromaquia dejados por la terna, a los que habría que sumar dos palos puestos por el veterano Luis Carlos Aranda, quien lució el mismo terno verde de otra goyesca. 
Como dato final, valga anotar que tres toros del encierro mostraron la lengua pinta en sangre durante la lidia de muleta. Otra anotación sería lo poco que trascenderá, incluso en el medio taurino, un hecho tan relevante como una doble puerta grande en Madrid por la vía del toreo y por la de la épica ante un encierro encastado. Marginalidad esta a la que también hay que vencer o morir,



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sábado, 2 de mayo de 2015

José Tomás en Aguascalientes




Cinco años de la vida para esto. José Tomás volvió a la arena donde regó su sangre entre el cuerno de Navegante, el pantalón blanco del monosabio, la raya granulada. Le hicieron una transfusión de sangre con la tipo A negativo de las personas que hacían fila para donarla, entre angustiosos mensajes de megáfono. Todos tenían una manga de la camisa remangada. Bien. Son cinco años y todos seguimos aquí, incluso Navegante,  toro en la memoria colectiva de una cultura que no deja morir a los animales que mata.

Plaza a reventar, inflada espectacularmente por la vergonzosa reventa. Ante una escalera de lote (uno con edad, otro terciado y escurrido, otro anovillado, en el registro de la placita) José Tomás desplegó una tauromaquia rica en registros, eso sí, sin lograr la rotundidad en una sola faena, descontando ese aletazo de tauromaquia en su tercero: derechazos de uno en uno a su segundo con ese perfilismo cruzado tan suyo, tan de Manolete; doblones toreros a su tercero, y molinetes por piernas de inicios del XX; pases del celeste imperio, el escalofriante pase del desdén a un toro que viene cruzado por la cadera contraria; unas tafalleras en la capa, luego la donzantina hecha con toda la lentitud de un toro que caminaba, hipnotizado por el trazo circular que ningún animal, salvo el hombre, puede lograr. Doblones clásicos en su último, que ante un toro de respetable romana y patas pondrían bocabajo a Madrid, donde gusta ese inicio de faena. Incluso un retorcimiento, visto con nuestros ojos, pero figura al fin y al cabo muy cara en la historia de la tauromaquia mexicana, testimoniada en la siguiente foto:




Solo el vídeo de El País hizo honor al excelso toreo al natural del tercero, recibido en el primer tercio con una verónica por doblón plena de poder y clasicismo. Aquellos toro parecían Jano bifronte, dos caras, una de toro de edad, a la vuelta anovillados de perfil, vacíos de expresión. Lo mismo ocurrió con Tomás, huelga decirlo nuevamente, que no conjuntó toda esta rica magia contada en una sola faena. Se le vio en ocasiones apurado por cabezazos en el pecho por falta de mando, enganchones del pasado, el perfilismo abusivo 2.0. En el fondo da igual. Lo torero hoy era pararse en el mismo sitio donde hace cinco años se paró su propia muerte, para luego torear el pase por la derecha que Navegante había dejado inconcluso, no para siempre.

Cinco vídeos sobre la actuación de José Tomás en Aguascalientes (lista actualizable):


 

OCTAVA CORRIDA 2 MAYO 2015 ATM from Charly Lara on Vimeo.

Monumental de Aguascalientes, corrida del 2 de mayo de 2015 from Suerte Matador TV on Vimeo.









Vídeos extraídos de los portales Al toro México, Suerte Matador, El Mundo, El País, Mundotoro, al igual que algunas de las siguientes fotos:






 Y esta, que es una pequeña poesía:


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viernes, 1 de mayo de 2015

Aparición


Todavía logró hablar con precisión sobre ello, después de todo. Es el 24 de abril de 2010 en la plaza de Aguascalientes. El toro Navegante acaba de dividir la arteria femoral de José Tomás, lo que en el siglo XIX y en gran parte del XX hubiera significado su inapelable muerte. Instantes previos el burel estaba en el tercio, renuente  por el pitón izquierdo, agarrándose al piso. Tomás cambia de terreno, le sigue ofreciendo la querencia y le hila una serie cualquiera por el pitón derecho con la muleta retrasada. Es el enorme problema generacional del rebajamiento de la sangre de casta, que en lugar de mansos con poder produce tardos sin ganas. Quedando a favor de la querencia del toro, hace un cambio de mano con un barrigazo a último momento. El toro, que va por el derecho, se revuelve izando al torero con su pitón izquierdo, levantando esa delgada línea de cuerpo como si fuera papel de seda. Es el instante más importante en la vida del hombre más importante de la tauromaquia posmoderna. Un atajo de nada, ridículamente balanceado por un animal que huye. El hombre no es nada. El hombre es víctima del sitio cruzado que tanto preconizó; desde luego también de la ausencia de casta ofensiva que su generación solicita. Antes de caer, Tomás dio un vertiginoso giro en el cuerno del animal, quien a su vez ya emprendía su huida hacia los terrenos donde, irónicamente, el torero quería enviarlo al inicio de la faena. Luego de que las nueve personas que fueron al rescate del torero desaparecieran de la escena, todo salpicado de sangre, el toro queda solo con un peón en el centro del ruedo, como si fuera bravo.

Cientas de rotativas después, de estatutas de yeso, proyectos editoriales, litros de sangre tipo A negativo, carreteras cerradas a media noche, el helicóptero oficial, los lugares comunes ardiendo, el abuso semántico y las aliteraciones con aquel pobre nombre de Navegante, título propicio para metáforas de naufragios, y también las seis horas de cirugía, minuto a minuto, y aquellos moscardones en torno a la sangre fresca que no termina de secar para quienes invocan la tragedia (en nombre de su propio beneficio); luego de todo ello, poco nuevo hay. Acaso alguien,  Méryl Fortunat-Rossi, con su documental tan obviado, como se obvia hoy en el mundillo taurino lo que es realmente artístico y cultural en torno a nosotros.

                     
Trailer Aparición from Hélicotronc on Vimeo.


Aparición narra con un lenguaje particular el retorno a los ruedos de Tomás luego de la cornada en Aguascalientes. Todos sus planos están concentrados en el público de Valencia, captado en tomas fijas de larga secuencia. El resultado registra la red de emociones y reacciones de las personas ante los hechos del ruedo. Sin necesidad de ver una sola vez al torero o al toro, a través del lenguaje gestual del público se sabe si Tomás toreó bien al natural o si fue prendido en pavorosa voltereta. Cada rostro, cada movimiento de los brazos, la concentración de las miradas, el terror femenino, son una extraordinario fresco sociológico sobre el aficionado taurino. Se dirá algo tan provocativo como obvio: los aficionados también son la corrida.

La cinta expone al máximo el grado de implicación que el espectador siente con respecto a la corrida. Allí nadie se está divirtiendo. Lo mismo valdría preguntarse: ¿Por qué, si los aficionados taurinos supuestamente padecen de sadismo, reaccionan ante el hecho de la agresión contra el torero con tanto pavor y rechazo? ¿Por qué al culminar las series sus expresiones parecen de un saludado alivio que rompe la tensión? Es como si esas personas no aplaudieran la destreza del torero, sino el conjunto coral del que también hace parte su capacidad de resistir la avalancha emocional provocada por el toreo. José Tomás, se sabe, es el torero que mayor transmisión logra con los tendidos, a causa de un valor descomunal, el belmontiano dramatismo de sus lances, su pose hierática y la inminencia de las cornadas que siempre anuncia su toreo.

Aparición, cuyo transito en la tertulia taurina ha sido menos que discreto, afronta esta tremenda injusticia acercándose a lo que mañana, 02 de mayo de 2015, representará el retorno a los ruedos de José Tomás al mismo sitio donde hace cinco años cayó herido de muerte. Tras morir en el ruedo y revivir en una enfermería mexicana, José Tomás aparece. Su viaje desde la enfermería de vuelta a la arena es una explicación moral sobre lo que es ser un torero: en el momento en que él se pare en el mismo tercio donde Navegante le infirió la cornada mortal, y aunque el toro de turno esté renuente a embestir, José Tomás estará toreando, pues torear es volverse a poner en pie para situarse más firme, más cruzado, cargando más la suerte...torear es vencer la muerte que promete la embestida, pero también los miedos que invoca.


José Tomas Faena 2e toro Valencia 23 07 2011 por elboby30

¿Debió Fortunat-Rossi esperar hasta el retorno de Tomás en Aguascalientes para grabar esos imponentes planos de relieves humanos? Seguramente nadie podría apostar que el torero volviera a esa arena. A pesar de la moralidad tomasista en la tauromaquia (extremo heroísmo, desprecio de la cornada, valentía, arrojo), el torero sigue siendo alguien fuera de lo común precisamente porque nadie le obliga a hacer lo que está haciendo. Arriesgar la vida propia ante las astas de un animal de media tonelada y un motor increíble de empuje, es algo a lo que no se obliga a nadie. Y como nadie obliga a Tomás a anunciarse en fechas señaladas en plazas y ferias de responsabilidad, ni tampoco se le obliga a lidiar encastes duros, ni a mantener su lugar de figura central de una época rica en registros, pues él tampoco se obliga. Su ostracismo, mitad disfrazado y mitad real como forma de protesta contra el modelo taurino actual, perjudica más al tomasismo mismo que al modelo actual. 

Como sea, que su zapatilla pueda hollar la arena de Aguascalientes sigue siendo un inestimable triunfo de la solidaridad, la medicina, la valentía y la tauromaquia.


                 
APARICION FR-EN from Hélicotronc on Vimeo.





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sábado, 21 de marzo de 2015

El vídeo que los antitaurinos no quieren que veas


La presidenta de PACMA, Partido antitaurino contra el maltrato animal, sufrió un duro revés mediático en el debate organizado por el Canal Plus Toros, cuyo contenido se comparte en el siguiente vídeo. Se desmintieron puntos definitivos de la polémica en torno a las corridas de toros, como las falsas subvenciones generales al sector, la tortura, el futuro del animal sin corridas y la permisividad del mismo movimiento animalista para con sus miembros sorprendidos en casos de "maltrato animal", por lo que esta figura de la inmoralidad animalista demuestra su poca importancia, incluso dentro de las propias filas veganas. También se hicieron revelaciones en torno a la financiación que desde el exterior se hace a los movimientos antitaurinos, verdaderas subvenciones transnacionales reconocidas por PACMA en el caso del Toro de la Vega.
La incapacidad de respuesta ante los cuestionamientos taurinos sobre la libertad y los mitos antitaurinos es tal que ni las cuentas en redes sociales ni la página oficial del PACMA han hecho eco del debate, ocultando su existencia como si este jamás hubiese ocurrido.

     

El debate se produce días antes de una nueva agresión animalista en contra de aficionados taurinos, esta vez también ensañada contra mujeres. Una aficionada de 60 años en estado de indefensión fue agredida a piedra por animalistas, cuando la mujer se disponía a ingresar a una corrida en la plaza de toros de Valencia. La gravedad de la herida en su cabeza requirió atención de emergencia en la enfermería de la plaza de toros. Hasta el momento el hecho no ha recibido una sola condena por parte del movimiento antitaurino: 

"A los taurófilos nos ha llegado la hora de pasar a la ofensiva, no dejando ni una mentira sin contestar, ni una falacia sin rebatir. Y en eso estamos". Santi Ortiz.


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jueves, 26 de febrero de 2015

El alambre y las cuerdas


Desde que Alexander Calder usara en sus famosos móviles las tiras de alambre para conectar piezas de sus esculturas con movimiento, este fino hilo de metal estirado, repujado, fundido a golpes de martillo, luego estilizado y puesto en carretes, alambre pues insignificante, entró definitivamente en la historia del Arte, el de las mayúsculas, de materiales gloriosos. Lo recuerdo en algún auditorio universitario de la dormida Caracas. Los móviles son como las estrellas, cuyo movimiento perpetuo es imperceptible. Forma dolorosa de lo bello. Movimiento fundamental, como el de un toro galopando, o el del torero que se arropa en su propio grito afirmativo antes de tirarse tras la espada para matar al toro.

Pero los taurinos le dan ahora un uso distinto al noble hilo de metal que el de las tiras con púas que separan los potreros donde se crían los astados. Como Calder, también quieren justificar el alambre para acceder a una forma de arte.

Los taurinos, esa especie de culto sin religión, de hermandad separada y reñida, debaten su propia pertenencia a la historia que ahora les juzga. Creen que la salvación de la tauromaquia es la abolición del rito, cambiado rápidamente por una forma de arte sin sangre. Para eso es el alambre.


Mi amigo Cantaritos, que testimonia hoy en vivo los festejos taurinos que conmemoran en Teruel, desde 1171,  las viejas bodas reales, me explica que el rito heredero del Toro Nupcial posee dos cuerdas: soga y baga. La primera ata al toro que corre por las calles a un sistema de control, mas no lo domeña. El toro arrea frente a los hombres que lo corren. La baga, en cambio, es el sentido humanista, freno de mano al borde del abismo, que ante una emergencia frena al toro. Soga y baga se descorren en armonía para no entorpecer el recorrido del toro, ni alterar la emoción o autenticidad de correrlo. Hombres han muerto en las astas de los toros nupciales desde hace un milenio. También aún hoy, sobre modernos pavimentos mojados o clásicos empedrados pisoteados por zapatillas de carrera.

Pero el sentido del alambre es otro: no es soga que ata sin atrapar, sino ridícula estructura de una farsa. Hormigón de basura, lo pusieron a sostener el cuerno de un toro brutamente afeitado hasta la queratina y que perdió definitivamente su diamante, luego parte de la pala. Le volaron el pitón con un estúpido trabajo de la trampa. Luego lo volvieron a formar con trabajo de pelmazo alfarero, con barro y luego pintura. La endeble parodia de las poderosas armas naturales del toro de lidia, se sostuvo con un alambre. ¡Cuánta insolencia que apunta a un solo hombre capaz de semejante estupidez! Fue rematar el toro contra el peto de picar y se descubrió el engaño. A pesar de la visible mutilación, su matador declaró no haber notado nada extraño en los 20 minutos que se puso frente al animal ofendido.

Ve uno el timo y el oro del traje del matador se transforma el latón vulgar, como si el traje de luces también fuera de alambre. Pero el matador es inocente, no solo por ser víctima de su época, sino por ser marinero en un barco con capitanes de barrera y contrabarrera. 

A los aficionados nos acosan las preguntas: ¿Qué tiene que pasar tan mal en una cabaña brava de un país como para hacer imposible el reemplazo de un toro imperfecto por uno en condiciones? Si no quedara un solo toro en los campos, sería en cierto modo justificable este indulgente engaño a la audiencia. Y el juez de plaza, con su bigote comunal, su sombrero blanco como otra afirmación, ¿a qué le teme como para no haber rechazado este animal desde el mismo momento en que se estropeó el pitón? Y los apoderados del torero al que le cupo en suerte vérselas con un lisiado, lo mismo que pudo haber sido un tullido, ¿a qué le temen como para no salir a declarar ante todos que ellos no tuvieron nada que ver con la elección del  ganado ferial, mucho menos con la permanencia del incapacitado animal al que prefirieron remendarlo que reemplazarlo?


El culpable, como sabremos, es el arte. 
«En nombre del arte se han justificado las peores barbaries de la historia», dijo un personaje de Roberto Bolaño en 2666.

En el toreo el cacareado Arte justifica para un sector cualquier tipo de trampa. La verónica perfecta, purificadora, exacta, justifica la estela de trampas, disminuciones, artimañas, estafas y contubernios que pueden estar tras ella. Es como si esos hombres olorosos de ginebra y gomina se parasen de la mesa y con un puño acusador dijeran: «si para la media que para el tiempo hace falta el animal más bueno que bravo, el noblón, el de pitones discretos o mutilados, el toro de comportamiento fotocopiado y dulce, pues sea». 

Así que están dispuestos a tragar todas las trampas administrativas (monoencaste, vetos, boicots), técnicas (descargue de suerte, sitio de la mentira) y morales (traición al toro; no arriesgar la vida, no jugársela ante una fiera bravía) con tal de contemplar el Arte. 

El Arte todo lo vale. Pero en contravía de la época, donde las expresiones plásticas contemporáneas son una suerte de inculpación y de culpabilidad, el Arte taurino se declara vivo y cima verdadera de una expresión milenaria. Entiéndase: en el toreo el arte es enemigo del rito. El rito tolera al arte, siempre y cuando no lo sobrepase. Es decir, la edad dorada del toreo fue la más ritual y al mismo tiempo la más artística, porque se entendía al arte como un drama, no como una forma productora de belleza visual. Pastor y Carbonero, José y Barrabás, Bombita y Gorrioncito, Gaona y Barrenero, eran el rigor del rito y también una forma de arte dramático, pues el trance de poder perder la vida y ganarla mediante una epopeya lidiadora, es la forma más real de arte trágico de todos los tiempos. Escenificar una batalla religiosa, ponerle colores y reglas, ceremonias y divisiones, es el teatro de la verdad. 

El arte de las verónicas de alelies siempre va a ser imperfecto, por tanto mentiroso, pues las formas perfectas que busca no coinciden con el animal fiero. El toreo real debe ser como las alfombras tejidas por las mujeres musulmanas, y que poseen un error apropósito, pues solo lo divino puede ser perfecto en una forma que no se busca con las manos o la técnica, o la elaboración. Cuando tejen, ellas cometen un error con los hilos. Sin embargo, esta honesta equivocación está muy lejos del abusivo amarre de alambre al pitón del lisiado.


Lo que no entienden entonces estos timadores, es que no hicieron arte alguno desde el momento en que hicieron un pitón de barro y lo amarraron con alambre. Al contrario, mataron al arte, pues un pitón de mentiras no mata de verdad. Sin la posibilidad de la muerte, la verónica y todo el toreo no es más que un curioso movimiento de telas y nada más, porque en definitiva le arrebataron su fundamento. 
Calder quería retratar el movimiento con móviles y los agarró con alambres. ¿Podía ser arte? Lo fue, puesto que tenía un fundamento, y era retratar el movimiento, así fuera en formas tan básicas y pobres, como tiras de alambres y óvalos de plástico. Arrebaten del toreo el fundamento de la muerte, y no habrá más que un falso arte abocado a la desaparición. Amarrando con alambre un pitón falso a un bovino desposeído de su condición animal, en realidad se desprenden de la tauromaquia para siempre.
En cambio, el toro ensogado de Teruel y de todos los festejos populares donde se corre, representa el ritual puro sin contaminaciones estéticas. La cuerda es la historia del pueblo, su identidad que pasa por las generaciones y se mantiene como seña de cultura. La cuerda fija la embestida del toro en una línea constante atravesada de hombres. La soga es la posibilidad de la muerte y también la lidia, y la baga los capotes que no hacen verónicas pero sí quites. La permanencia de estos rituales por el tiempo es causa directa de su carácter de ritual, por ende de cultura. El arte en cambio no sobrevive siquiera a sí mismo, pues la vanguardia constante hace obsoletas a la mayoría de producciones, sacrificadas en nombre de un nuevo arte o expresión. Lo que hoy es la verónica de un mofletudo, mañana no valdrá nada ante una verónica distinta. Hay que entender en suma que la única garantía de permanencia con la que cuenta la fiesta de los toros parte de poder sostener sus valores fundamentales, aún si para ello hubiera que sacrificar el bello arte: toro bravo e íntegro, matador valiente, honor y verdad.

Ni que lo entendieran los matadores en traje de alambre.

*Fotos del toro mutilado pertenecen a Mau Pasos. Las fotos del toro de cuerda las debo a mi amigo Cantaritos, a quien agradezco toda su paciente ilustración sobre estos ritos populares, que prometo visitar.
**Hoy, cuando el torbellino de la polémica sobre lo ocurrido en México con el pitón alambrado pareció tocar su cima, también hubo un acto de redención para el aficionado: la publicación de los carteles para la feria de Céret, bastión torista de los que creemos más en el rito que en el arte, y más en el drama que en la plástica. Otra cita ineludible.

Sin alambres, un Graciliano de Juan Luis para Céret

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miércoles, 18 de febrero de 2015

La teoría de Urdiales



No hay estilos personales de torear, solo una historia común sobre los logros estéticos y técnicos del arte de lidiar toros. Por ejemplo, obviando a Cúchares y a Paquiro, uno con su gracia y el otro con su ánimo de ordenar la lidia en una estructura coral, el primer torero artista de la historia fue Cayetano Sanz. Su arte distaba mucho de la actual concepción del torero artista. Sin embargo es aquí citado porque explica a Diego Urdiales.
Para urdir otra referencia, en Sanz el concepto de la belleza es el de Platón: la verdad es belleza. La verdad es la más alta belleza. Más exactamente: "la belleza es el esplendor de la verdad". En dicho sentido toreros como Urdiales serían más artistas que coletas como Morante. Urdiales antepone la verdad como fundamento de lo bello, y Morante el barroquismo de plagar de destellos y giros las lidias.
Se supondría que esta verdad filosófica, la de la verdad como arte, debería prevalecer en la historia de la tauromaquia, pero Cayetano Sanz  se pierde cada vez más en la bruma de la historia, siempre dispuesta a celebrar los cotidianos sin significado. Su tauromaquia nunca fue de la derecha de la espada, pues mataba de forma lamentable en una época de maestros del mandoble. Su poder fue la izquierda, el pase natural esculpido de belleza, celebrado en ese número de La Lidia que recogía esta portentosa litografía coloreada de 1883. Cayetano Sanz es el primer torero en fundamentar toda su tauromaquia en el pase natural haciendo de él algo más relevante que la estocada o la lidia misma, siendo sus décadas aquellas donde más difícil era poder hacer arte con los ásperos toros del XIX. No cabe más alarde de verdad, aún hoy. Parafraseando a Petrarca, en su pase natural el toreo se hizo bello [por tanto arte].




Los moralistas del sagrado toreo posmoderno repondrán que Cayetano descarga la suerte, y que allí no puede haber verdad,  y si la hay, también la tienen las figuras actuales. Allí lo vemos con la pierna de entrada asentada y la de salida levantando de la arena la zapatilla. Su cuerpo refleja reposo en contraste con la aparatosa embestida y corpulencia del animal. Uno y otro están unidos por la tela, pues la muleta es puente de la danza.
Sí. La geometría del pase está invertida con respecto a la actual, en lo tocante a lo que conocemos hoy como cargar la suerte, pues asienta su cuerpo en la pierna derecha y levantaba la izquierda en el pase natural, como se observa también en los lances de frente por detrás y la estocada,
¿A qué se debe? ¿Por qué sigue invocando una poderosa idea de la belleza para nosotros, pese a hacer un gesto que hoy se vería como inaceptable? A que cargar la suerte entonces no era un concepto de piernas, sino de brazos. Su cortesana figura es la nobleza ante el peligro de la muerte, pero también un tratado técnico sobre cómo danzar con una fiera en los terrenos de los siglos XVIII y XIX.

Lo anterior es el caballito de hojalata y escaramuza de los aficionados que defienden el toreo actual de pierna retrasada y perfil. Usan ellos definiciones de cargar la suerte de 1796, cuando la tauromaquia de Cúchares lo denominara como el acto de llevar la suerte con los brazos.
Cargar la suerte era mover la muleta o la capa de forma que quedara fuera del tronco, que servía como eje. Luego la suerte pasaba por debajo de las astas que ofendían embistiendo. Es el sentido más primario de un término que en su propia semántica, "cargar", habla de agarrar con la mano algo. Sostener una forma sobre el toro. De tal forma que el torero sí cargaba la suerte, pero tampoco validaba a las figuras actuales.
Cayetano Sanz toreaba de piernas y huía de la jurisdicción. Pero torear al natural era su forma de quedarse allí ante la muerte. Torear es eso.


El axioma era: se carga con los brazos pues se mueven las piernas. Pero Joselito El Gallo, y no Belmonte con su sitio, lo invierte: se carga con las piernas pues se mueven o corren los brazos, o la mano. Gallito lo hizo en 1914 ante los hijos de la cruza ibarreña, al embarcar en redondo a un Martínez. Piénsese, años después, en la faena más importante de Belmonte, El Montepío de toreros, faena de siete naturales, cada uno ligado a su propio pase de pecho. Es el afán de la circularidad, el movimiento cerrado que el animal irracional no conoce. Ningún animal, salvo el hombre, sabe trazar círculos o cuadrados teniendo plena consciencia de lo que ello significa. Que ocurra ese movimiento entonces era una suerte de milagro. Algún atavismo mental de la afición hace que tal deseo se convierta en la celebración de los pases circulares actuales: dozantinas, circulares invertidos, poncinas, martinentes con el cuerpo, son al toreo esperpentos visuales, logrados como recurso siempre que el toro se niega a embestir por un pitón. ¿No han pensado acaso que antes del circular el toro renunció al derechazo o al natural, o que en la mayoría de los casos el toro está ya aplomado y apretando contra las tablas en el tercio?
Es cierto, pero entonces Belmonte completaba un movimiento circular fragmentando su tiempo en dos: natural y pase de pecho; luego natural y el forzado de pecho. Así siete veces hasta pinchar y luego abatir al toro como un rayo con una estocada que enardeció a la plaza de la Corte, que antes había gritado "los dos solos" para afear a Belmonte ante un memorable tercio de banderillas de Joselito y Gaona. El llamado Pasmo de Triana no hacía círculos: toreaba el pase natural y luego cambiaba de posición en un tiempo muerto para poder dar el de pecho. Para llegar a ese fundamento hizo falta que un siglo atrás Cayetano Sanz desarrollara todo el esplendor del pase natural, aislándolo del resto de las suertes por su poder de belleza que no podemos explicar, excepto porque es la forma de la verdad al comprometer junto con la estocada el momento de más riesgo para el hombre. Se dirá entonces que en la lidia la belleza es formada por un germen de miedo y tragedia, donde el hombre cambia su muerte entre las astas por el arte. El pase natural vuela y se hace con la mano torpe y con la que no mata.

Fragmentado el pase natural y el de pecho, rotos en dos partes para nunca ser un despreciable circular, torear es la división de movimientos que buscan rematar en la cadera en semicírculo, para así dejar dormida la embestida del toro junto al cuerpo humano, exigiendo más compromiso estético y técnico para evitar la cornada toreando. El circular es un round point donde el toro no repara en nada salvo en ver la salida, que busca con afán mientras el torero se la tapa dirigiendo la muleta en círculos.

Cargar hoy es ofrecer esa pierna por donde han de embestir los pitones, pierna que curiosamente ha sido llamada "de salida" cuando  siempre ha de ser la de entrada, la única que conozcan los pitones aún con todo y que se toree de perfil.

Obsérvese ahora la portada del Doctrinal Taurómaco de Hache. La estocada con ortodoxia era la resistencia del cuerpo, aún con la pierna derecha atrás, pero asentada, contra la embestida de aquel fino Jijón fijo en la tela que lo torea. Lo que revela el documento es que se mataba cargando la suerte, siendo por ello la suerte de recibir más fundamental y dura que la del volapié, convertida en el asco posmoderno en "julipié", o suerte de abatir mientras se vuela. El verdadero precedente del toreo ligado y asentando es la estocada recibiendo. Recordemos con Bleu que a Guerrita, esa conclusión del XIX, se le reprochaba el "paso atrás", pues como descargar la suerte es una forma de renuncia con el compromiso ético de arriesgar la vida.

Fundamentos: el pase natural y la estocada son un mismo espíritu en los tiempos. Se diría que la embestida es el intento de estocada al torero, y el pase natural su forma de torear la estocada. Si el toro cargara la suerte, de ser tal licencia posible con un irracional, no habría estocada humana posible.

Otros quisieran parecer romper el hilo. Tras la ligazón en redondo de la época dorada del toreo, se deriva en el arte de torear pero también el toreo cómico engendra su producto: el tancredismo. Don Tancredo era una aparición blanca sobre un pilón. Salía un astado y correteaba en torno a esa figura fantasmagórica, leticia, que no se movía sino que hacía el alarde de una estatua. Los públicos creían que no había nada más valiente que ese quieto hombre sobre una caja, que aguantaba el peligro del toro. Pero dijo Bergamín que el toreo de piernas es el espíritu. Lo mismo vale para el toro: sin movimiento que lo provoque, el toro no acomete. Don Tancredo y su inmovilismo no provocaban al toro, pues el humano había desaparecido para el animal que no lograba verlo. El toro, a diferencia de los monjes, no sabe ver la quietud total. Otras cosas son las estocadas y los naturales, que contienen cuando se engendran el movimiento de la tela que provoca.


El crítico Alegrías refiere sobre Cayetano Sanz una extraña manía de alternar el ocho de toreo de piernas con una forma de irse totalmente al extremo de cada pitón buscando un sitio para dar el natural. Esa es la negación del tancredismo, pues el movimiento busca el lugar donde la tauromaquia clásica ocurre. Al moverse, Sanz no inquiría la huida, ni menos delataba su ausencia de técnica. Estaba lidiando. Al ponerse de verdad dando los frentes, hallado el sitio preciso, hacía el Toreo al dar el natural en el lugar donde correspondía. Otros se quedan quietos y ligan las suertes de cualquier manera con tal de ligar solamente.  Ellos hacen el tancredismo, no el toreo. La obsesión por ligar es a la vez el sacrificio de los principios necesarios para el toreo: parar, templar, mandar, cargar la suerte y ponerse en el sitio de la verdad. Ligar no es torear, ni torear es ligar, pues la ligazón total apenas ocupa tres décadas de tres siglos de historia taurómaca.
Hay dos espíritus contrapuestos: el cayetanismo y el tancredismo. El segundo infectó en su ardor el ánimo de torear sobre el pilón del bufo de blanco. En cambio, el verdadero fundamento del toreo reposado no es la quietud de las piernas, sino la forma de ponerlas en el lugar donde está la muerte. Mientras uno se hace más alto que el naufragio al pararse sobre una caja, el segundo camina hacia el lugar donde la tierra se hunde. ¿Cuál es la verdadera resurrección cuando se torea? ¿La de quién?


El satírico pasquín The Kon Leche saluda la anunciación del Rey de los toreros. En él el natural se ayuda de la espada, del mismo modo que la verdad se ayuda con el movimiento de los pies para corregir el sitio y torear de forma acertada. El natural debe ser ese paso hacia el frente, hacia la embestida, no el ahuecamiento del cuerpo hacia atrás para que la inercia de la embestida pase. Luego de un siglo tras Cayetano Sanz, y posteriormente otro tras el Gallo, no hay aún torero más grande que José. ¿Lo pueden decir de, por ejemplo, los novilleros que ahora ligan con ánimo julista? El aficionado cabal se puede desgastar 50 tardes viendo a los derviches, tiovivos, carruseles y molinos giratorios. ¿Pero qué fue lo que ocurrió en Madrid con los de Adolfo, cuando Urdiales toreara siete naturales? Una voz obtusa en el micrófono pidió que ligara las series, o sea, que diera los pases de muleta sin corregir nunca el sitio de los pies. ¡Qué sucia impertinencia ante la creación de la verdad! Las embestidas no se ligan, se torean. De ahí que siete naturales de Urdiales abrieran las carnes de los aficionados del mundo, del mismo modo que la novillada del Gallo avisó una época, hecho tan inocuo que incluso fue advertido por los paródicos de su época, como ahora.

Ni Cayetano Sanz, ni José ni Diego Urdiales reposan en un ladrillo para torear. Julián López, en cambio, liga de tal forma que sus piernas podrían estar durante toda la serie montadas en el pilón de don Tancredo. Él hace eco al Espartaco y su forma de ligar el tercer pase con el de pecho sin enmendar, que no es lo mismo que la faena de El Viti en la Maestranza ante el Samuel Flores. Espartaco, creyendo hacer una revolución, en realidad inyectaba una fuerte anestesia a la Fiesta, pues el toreo ligado necesita un toro que lo permita con su progresiva falta de fiereza. Con esto el toreo se acerca a una forma de ballet, pero no a la verdad.
Así que el tancredista final de la época del XXI no es José Tomás, sino Julián López. Poner la quietud como valor supremo del torear es sacrificar el resto de principios en pos de la danza. Pero Rafael de Paula bailó un negro flamenco con Corchero de Martínez Benavides, en quizá una de las fenas más imperfectas pero más de verdad en la historia. Y Urdiales en Madrid buscaba el natural de Cayetano Sanz. Y ese solo natural, aislado, expresivo, fundamental, uno, como forma de arte, es una búsqueda más difícil y alta que ligar encima del pilón de don Tancredo cualquier cantidad insensata de pases.


Con quietud no hay paso al frente, sencillamente porque no hay movimiento. Lo que observamos en cada estampa de Cayetano Sanz es ese paso al frente, hacia la jurisdicción. De ahí que la definición de cargar la suerte que diera Bollaín fuera la de echar todo el peso del cuerpo en la pierna expuesta. Es la forma de inclinar el cuerpo hacia el abismo, de simbolizar el paso al frente.
En todo caso, hoy se le afea a Urdiales que no ligue las suertes en las series, pues corrige su posición en cada paso. Quienes lo acusan de carecer de conocimientos técnicos en realidad señalan los propios. Urdiales se pone en el sitio único donde emerge el toreo de verdad. Señalemos que todas las tauromaquias tiene su geometría y ética, y que todas caben en un rito que logra cobrar diversas expresiones. El Cordobés era un funámbulo que sin embargo toreaba por naturales de frente a toros del Marqués de Domecq en Bilbao.
Volviendo, la importancia de Urdiales estriba en ese giro radical y rebelde para con la época más tancredista: la verdad como fundamento de la belleza. Si Curro Romero, el último gran torero artista de todos los tiempos, puso a Urdiales al nivel de Morante, es porque el toreo en el riojano se concilia con las formas estéticas más fuertes y ciertas; por tanto, nadie pondría a un Greco por debajo de un Warhol. Si para la verdad hace falta corregir constantemente el sitio, habrá que darle la razón a Galileo.


Foto de inicio: Diego Urdiales en Medellín en el 2015, a siglos y mares después de Cayetano y su natural al Vazqueño en Madrid. Fue tomada de www.puertagrande.net
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miércoles, 21 de enero de 2015

La maravillosa historia de Gracioso y sus cinco hijos indultados



Jerónimo Pimentel, oriundo de la torista Cenicientos, da inicio a esta historia.
Había traído desde España un lote de sementales de encaste Domecq a Colombia, tropilla que agitarían su sangre con el trópico, luego la altitud del páramo, para revolver por siempre la historia del toreo nacional. Es el 95, año en que Rincón abre su quinta puerta grande de Madrid. Entonces la tauromaquia colombiana experimentaba ya el desgaste natural que sucede a cada burbuja o boom. Las cuatro puertas grandes en Madrid de 1991 habían supuesto un aceleración brutal en nuestra tauromaquia, al vivirse una auténtica fiebre taurina, revuelta en las capitales, las provincias, las ocho plazas portátiles importadas. Se multiplicaron las ferias, cundieron los visitantes, los festejos se aumentaron en número y las ganaderías se estiraron para poder soportar ese movimiento. Ya en el 94, algunas casas señeras dan síntomas de consanguinidad y mansedumbre, pues para abastecer la cantidad de festejos se destinan adelantos y se relaja la selección para poder sacar más toros en la camada, bajando con ello el trapío y el comportamiento. Allí está entonces la temporada del 94, abúlica en Bogotá, casi conmemorativa en Medellín, extraña en Cali, eternizada en Manizales y quebrada en Cartagena.
Pimentel, quien había administrado la Santamaría, coincide con la nueva necesidad de reformar la cabaña brava colombiana. Años antes el de Cenicientos se radicó en Colombia, en aquel año de 1958. Había sido torero, tomando la alternativa en Burdeos con los portugueses de Palha,  oficiando de padrino Julio Aparicio y con Ordóñez como testigo. Los rumores de la naciente Feria de Cali lo trajeron a este país, donde se quedaría hasta nuestros días, siendo ganadero de El Paraíso, hierro que motiva el presente escrito.

Tras Monserrate, el cerro tutelar de Bogotá, siguiendo cuesta arriba en esa espalda por una sinuosa carretera, Cundinamarca se enfría y va desarrollando una orografía helada. Se sube junto abismos llenos de niebla, pueblos de cordillera y flora de páramo. Se sigue ascendiendo en medio del sobrecogedor frailejón y ya está, Choachí, un pequeño pueblo con escuela taurina, fundada por Pimentel, y una plaza fija para 2000 espectadores, enclavada junto a la plaza de mercado en la falda de la montaña. Se siguen 40 minutos por una tormentosa carretera veredal, atravesada por dos puentes de madera que salvan dos riachuelos de agua blanca. Lo primero que se piensa es en la cantidad de toros pesados que habrán trasegado esos puentes endebles, algunos para luego volver con la gloria del indulto para la casa. Llegaron al Paraíso.
En la vereda Fonté desembarcan entonces 150 vacas de Juan Pedro Domecq, Jandilla y Torreón. Ellas son la avanzada de una revolución ganadera que aún retumba en Sudamérica y que transformó los conceptos ganaderos en Colombia. Luego llegarán en el 95 y 96 los 16 sementales, también de las mismas ganaderías de los vientres, además de tres de Salvador Domecq y otros dos de Enrique Martín Arranz. Ya están madres y padres en El Paraíso, la finca que los recibe. Son entonces las montañas de Cundinamarca y un toro melocotón herrado con la V ducal del Duque de Veragua, gloria del campo bravo del siglo XIX en España, ahora observando la muerte del siglo XX en la lejana América.
Aquel melocotón se llama Gracioso, dejando ver en su costado el número 120.



 La anterior es la calificación de los 16 sementales originales que fundan la ganadería El Paraíso. El tercer astado, marcado con el número 120, es reseñado como "Superior en todo lo bueno", por lo tanto calificado con un 9-9-9.
Gracioso es casi el toro perfecto.
¿Pero cómo la cabaña brava española deja huir esta fuente de bravura, comprobada entonces en el tentadero y luego en la historia? La respuesta es cuando menos particular: Enrique Martín Arranz y José Miguel Arroyo, el torero, pactaron una alianza con Jerónimo Pimentel para hacerse con esta cantidad ingente de vientres y sementales de Juan Pedro Domecq en los 90,  que alimentaría a la postre muchas ganaderías en ambos países del toro. A José Miguel Arroyo le había impresionado este Gracioso, hijo del semental Ilusión -el número 40- adivinando una bravura de tal fuerza que fijaría muy bien sus caracteres en su descendencia. Pero el hijo de Ilusión conservaba esa característica del Jandilla en el desarrollo cornidelantero de sus astas, sin duda recesión de algunos goterones de Veragua, también presentes en la sangre Domecq. En suma, Gracioso no tenía la suficiente cuerna para padrear, pues podría heredar, además de su bravura, pitones cortos, inadmisibles ya para entonces en las corridas españolas que variaron el tipo de gran parte de la casta Vista Hermosa. Así como Baratero de Victorino Martín posee una exigua cuerna al lado de cualquier Albaserrada de hoy, también Gracioso era de aquella época cuyo tipo es más reducido que el actual, por tanto incompatible.
 Así es que un toro que pudiera ser el más codiciado de los años 60 o 70 en España, debe descartarse en los 90 con enorme dolor por José Miguel Arroyo, quien lo cede a  Jerónimo Pimentel para que viaje a Colombia, donde la profusión de astas no es un imponderable de la cabaña brava aún hoy. Gracioso, nunca mejor dicho, estuvo a 15 centímetros de quedarse en España, donde sin duda hubiese dado un aliento fundamental a los problemas de remos y fuerzas en la cabaña brava de finales de siglo.

Para la tauromaquia colombiana es este un documento histórico: la reata de Gracioso 120. Hijo de Ilusión y  de Graciosa, Melocotón fino, de calificación 9-9-9. Abajo, la finca El Paraíso, donde padrearía.


Gracioso llega así en el 96 a tierras colombianas tras un viaje en avión y el camino de dos horas desde el aeropuerto de Bogotá hasta la finca donde sería rey, pasando por aquellos dos puentes de espanto. De inmediato empieza a padrear bajo los lineamientos de seriedad y transmisión infundidos por el ganadero, quien tienta sus vacas en la plaza de Choachí para dar oportunidad de torear a los novilleros de la escuela taurina. La primera camada, a inicios del siglos XXI, sería observada por los aficionados como un revulsivo ante la anestesia de una tauromaquia que abría los ojos tras el estallido de Rincón, más social que taurino en nuestro país para entonces. Sus hijos llenarían de una nueva bravura los ruedos, más larga, con ese tranco adicional que da el galope entregado. Desde luego también sube el tipo del toro, cuajado y rematado pese a la altitud superior a los 2600 metros sobre el nivel del mar donde se cría. Jerónimo Pimentel no olvida que es de Cenicientos, y aunque la proteína se acumula para producir el abundante pelaje que protege a los toros del frío, en detrimento del desarrollo de los cuernos que usan la misma proteína, remata sus toros con imponentes estampas y el hasta entonces inadvertido desarrollo de los cuartos traseros, sinónimo ahora del buen criar. Sus toros son bajos, macizos, empujan en el caballo y desarrollan emoción en la muleta por su tranco serio, alimentado por el motor que gira con la sangre de Gracioso.
Pero el cuajo es su seña de identidad, incluso hasta para su inri. Algunos aficionados observaron un tipo de exageración en una corrida bogotana que bordeaba los 600 kilos, y en la que actuaba José Tomás, página triste, ineludible en todas las ganaderías de la historia, pero lejana de aquel inicio de siglo cuando Gracioso tuvo más de 10 hijos que volvieron de la muerte, cinco de ellos en plazas de primera categoría.


Dos sementales más de la importación original. El 150  Refrenado  (cinco puyazos, franqueza, seriedad y recorrido) y el 22, de nombre Desgreñado (ocho puyazos, casta y seriedad), ambos también piezas fundamentales al ser productores de vacas que ligarían de forma ejemplar con el fondo de Gracioso 120.
























Buboso, Lanudo, Jarrero, Trotón, Apasionado; Lascivo, Lanzafuego, Vagabundo I, Vagabundo II, Giboso...todos hijos de Gracioso 120, rompiendo plaza con la primera impresión de su estampa cuajada. Todos empujaron en los tres tercios con la bravura transmitida de su padre, ante la mirada de una afición que comprendía de un solo golpe los cambios evolutivos de la cabaña brava mundial, disputada en ese equilibrio entre la transmisión en la muleta y la seriedad del tipo. Bogotá, Cali, San Cristóbal, Manizales, serían las ciudades americanas que presenciarían este rompimiento en la muleta, la ligazón emocionante, el pozo profundo de la bravura que va a más.

Así que una ganadería debuta en las ferias, precedida por la historia de un toro de color desconocido para América hasta entonces, por inexistente,  y sus hijos embestían como tampoco se había visto.

Gracioso, padre de los jaboneros en América, produce máquinas de embestir que vengaban así el rechazo sufrido en España contra su tipo. El primer golpe sobre la mesa fue con Buboso, indultado en Cali por El Juli en una corrida donde se ovacionaron los cuatro primeros, se le dio la vuelta al ruedo al quinto y se indultó al jabonero. Aquel 2001 vería descollar para Colombia a El Paraíso y El Juli gracias a esa faena, aún hoy rememorada por su estilo apasionante y encadenado, cuando el diestro de Velilla era una promesa precoz y no un espasmo de retorcimientos y cólicos.

José Pacheco El Califa, quien observaba la corrida, declararía en El Tiempo que Buboso era perfectamente un toro de indulto en España. ¡Un toro de un nuevo color y que ponía bocabajo la feria! Demasiada sorpresa para el americano consumidor de sorpresas.

Un año después embestiría Lanudo, inicialmente rechazado por los veterinarios de la Santamaría de Bogotá y que entraría en la corrida por los buenos oficios del ganadero. Ramiro Cadena lo indultaría en una faena atropellada, pero que desbordó los ánimos de la plaza por la bravura del toro, luego exportado a Venezuela donde encontraría la muerte a sus 14 años en la ganaderías Los Ramírez, no sin antes cubrir de bravura parte a la cabaña brava de ese país, al tener cinco hijos suyos indultados, nietos de Gracioso.
En el festejo de Bogotá todos salieron a hombros.

Trotón fue indultado por Paco Perlaza en Manizales, semanas después del indulto de Buboso en Cali. La crónica echa de menos una tercera vara a ley en un festejo donde también se le dio la vuelta al ruedo al primero.

Jarrero sería indultado en Venezuela por David Luguillano, en una feria de San Cristóbal que premiaría al Paraíso por una corrida apoteósica; esta feria que también vería a El Cid indultando a Galopo.

Apasionado también salvaría su vida en Venezuela, aun en contra de una presidencia que se resistía a la creciente tendencia a indultar. Su bravura fue tal que Javier Conde se negó a matarlo, reclamando el derecho de Apasionado a padrear. Se dejó sonar los tres avisos y pasó la noche en prisión.

Buboso, Lanudo, Jarrero, Trotón, Apasionado; Lascivo, Lanzafuego, Vagabundo I, Vagabundo II, Giboso...en ese año 2001, desvariado anagrama del 120.




Los indultos de Cali y Bogotá. La tercera foto es de Lanudo, pastando en Venezuela, donde daría cinco nietos del 120, todos indultados.
Maravilla es la palabra que debe ser aquí utilizada para resumir esta historia: maravilla por el cuajo y el pelo de los toros, celebrados por la afición en el momento más necesario, síntomas de renovación y de encanto. Maravilla que un toro produzca tal cantidad del indultos, que pueden defenderse bajo la necesidad de renovar la cabaña brava de Sudamérica hacia un feliz puerto. Maravilla que el prejuicio de una época lo empujara de España hacia Colombia, para repartir sementales en festejos que avivaban la llama de la Fiesta en un momento de anestesia. Maravilla que El Paraíso refundara el torismo en Colombia, marcando el camino para casas como Santa Bárbara, Alhama, Armerías, Juan Bernardo Caicedo, Peñalisa, Paispamba o Guachicono, donde la sangre de Gracioso también se regaría para luego pasar a la práctica totalidad de la cabaña brava colombiana. Maravilla que su finura, que recuerda a la de Diano, encierre ese misterio místico de la bravura de un animal sobrenatural, al que debemos todo. Como un tesoro devuelto, la tauromaquia sudamericana contemporánea no podría explicarse sin la maravillosa historia de Gracioso y sus cinco hijos indultados, pues sus nietos y bisnietos se lidian aún hoy en las plazas de Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú.

El 21 de febrero de 2004, a sus 11 años de edad, Gracioso sucumbiría ante una fiebre de garrapatas. Tiempo atrás, la última visión de su ganadero fue la de verlo malamente tumbado en el potrero, lo que produjo alarma. Desde los 2200 metros sobre el nivel del mar el cultivo parasitario de garrapatas está disparado por las condiciones climáticas. Esas garrapatas, que nunca pasaron los puentes de madera, atacaron a traición a uno de los toros más bravos de la historia, logrando doblegarlo de pezuña. Miró del cielo más alto al pasto fecundo y brutalmente verde de Colombia. El mayoral lo encontró muerto. Para entonces había sentado las bases fundamentales de nuestra historia, colmando de bravura la gran tarde de la fiesta americana.



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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".