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domingo, 18 de octubre de 2015

Centenario de la encerrona de Joselito con seis toros de Miura




Un años antes, durante la encerrona con seis toros de Contreras, José era sacado a hombros por una febril multitud compuesta por aquellos afortunados que habían visto la histórica faena al astado Algabeño. Era el delirio de las grandes tardes de toros, que confieren a la fiesta ese halo de inmortalidad por un momento, y que concilia a todos los espectadores en un solo puño. Pero desde el tendido, los eternos inconformes le gritan a su paso "¡Con Miuras!", reclamando que la proeza se hiciera con toros aún más difíciles que los de Contreras. Y él, reproduciendo el gesto del gran maestro que había de dominar su época, reformar las bases del toreo y extender el pundonor torero hasta sus límites más inhumanos, les responde: "Al año que viene".
Pues he aquí el 17. 10. 1915, en la misma plaza valenciana, otoñal y describiendo el final de una temporada agitada por la primera oreja en Sevilla, la corrida de Santa Coloma meses antes con Belmonte y las ocho encerronas de Joselito (Medina Garvey, Murube, Pinto Barreiros, Santa Coloma, Murube, Duque de Tovar, Santa Coloma, et al).

Su respuesta a los aficionados que le increparon desde el tendido fue esta:


Ovaciona el pueblo entero
tal derroche de valentía
Cae a los pies el torero
toda una sombrerería

Cuarteta del Heraldo de Madrid

Dice Paco Aguado en su imprescindible biografía sobre el Rey de los toreros: "Además de las más de veinte corridas que lidió en solitario en todas su carrera, solo una perteneció al legendario hierro, la que mató el 17 de octubre de 1915 en Valencia por un simple pique con unos aficionados "chés" que el año anterior, cuando salía a hombros de la misma plaza después de matar otros tantos de Contreras, le retaron a que lo hicieran con seis "miureños".
Y era así. El menor de la dinastía gallista y seis toros de Miura.
El duelo, desde luego, despertó un fervor inusual puesto que parecía el colofón a una de las mejores temporadas gallistas, verificada en toda la mitad de la Edad dorada del toreo. Entonces se decía que José toreaba "Dando pases de verdadero Papa", hipérbole que explicaba la pretendida santidad de un joven de 20 años que dominaba todos los giros del toreo como si de un maduro Pedro Romero se tratase.

Sobre los toros, es poco lo que puede decirse. Un siglo después de la gesta, fatigar las hemerotecas en pos de sus datos es una labor sin recompensa.
Francisco Moya en la revista taurina Sol y Sombra dice: "A Valencia ha enviado don Eduardo Miura un encierro con cuatro toros muy bien presentados uno chico y otro que se tapa por lo cornalón". Mientras que D. Carpio, para  el semanario Palmas y Pitos, escribiría que " hay dos toros que, aunque son largos, son muy bajos de agujas, y para qué hablar de ello. Los restantes están bien, sin ser ninguna exageración".   

Antes de la cruza con el famoso semental de Tamarón que tenía por nombre Banderillo, los miureños lucen sin la imponente alzada esquelética de nuestro presente. Reverberaba en ellos las sangres ya extintas hoy, aunque su poder era incomensurable y mandó al otro mundo a muchos toreros en aquella época. Pero "Joselito se aburría con los miuras", como dice Aguado.
También apostillará Jose Maria Sotomayor, en su obra comparativa de Joselito y Belmonte:


Dirán además las crónicas del ABC y D. Carpio:

"El primer toro es castaño obscuro, de bonita lamina, al que Joselito veroniquea; la ovación estalla, y se repite durante todo el primer tercio, pródigo en quites afilagranados. Cinco varas tomó el toro. Parean Cantimplas y Chiquilín. Joselito empieza con un pase ayudado con los pies clavados en la tierra; sigue ceñidísimo, tanto, que al dar un pase el toro le rompe el chaleco. Esto le encorajina más a Gallito, que continúa cada vez más cerca, dando toda clase de pases, tocando los pitones. El público, entusiasmado. Dos pinchazos buenos. El toro empieza a enseñar la oreja miureña. Joselito lo consiente con el cuerpo. Otro pinchazo y media estocada. Al acercase al estribo se ve que tiene rota la taleguilla por la ingle".

"Las mejores faenas que hizo José fueron las del sexto toro: verónicas, navarras, recortes, todo acabado con suma perfección. Luego prende un buen par de banderillas, y el sobresaliente, que es el Petreño, dos regulares. Brinda desde el centro de la Plaza y realiza una faena estupenda y valiente. Pases de pecho, naturales, de molinete, afarolados, de rodillas, el colmo, y el público de pie aclama a Gallito. Un pinchazo bueno y una superiorisima estocada fue el colmo de la fiesta, y el delirio de la ovación. Esta es la verdad clara y terminante de cuanto pasó en esta corrida". 


Lidia, arte, poder, torería, es decir, otra gloriosa tarde para decir que El toreo es grandeza, como clamara un absorto Joaquín Vidal décadas después. ¡Cuánto poder, cuánta sapiencia, cuánta valentía se requieren para lidiar seis toros de Miura en cualquier época de la tauromaquia!
La encerrona demostró la capacidad sin límites de un torero joven llevado hasta el límite en una maratónica temporada plagada de hitos y dolor. Desde que Lagartijo se encerró con seis miuras a favor de la Cruz Roja en el siglo XIX, la empresa de vérselas a solas con un encierro de los de Zahariche ha supuesto una tarea descomunal para la mente, el miedo y el cuerpo. Joselito cubrió la mansedumbre del encierro, acaso más difícil que la bravura en esta casa, propagando su ánimo tras la agresión de ese primer toro que le destruyó parte del traje. El repertorio de la capa, que le valió saludar una ovación en pleno tercio de varas, satisfizo al público, lo mismo que la muleta en el primero y sexto, totalmente dominados y sujetos por el Rey de los toreros. Cortó dos orejas en época en la que apenas se daban.
El pundonor que supuso encerrarse con 20 años ante seis miuras, trazó un techo muy alto para las aspiraciones del resto de matadores que vendrían en la historia, incapaces de tal gesta a tan corta edad y sin otra motivación que demostrar su sitio de matadores de toros. La valentía exacerbada, la lidia inteligente ante seis laberintos mansos y quedados; el poder de la capa más efectiva de la historia, la honestidad al matar y al elegir el encierro...hoy nos romperíamos las manos ovacionado una sola faena de esas.

Sin embargo, digamos con la melancolía general de este escrito, que lo importante de esta encerrona no fueron las faenas, pese a su capital importancia. Desde luego aquí lo relevante es la respuesta al aficionado que lo exige. 
Solo José entonces podía complacer así a una afición enconada, muerto de ira por su amor propio que respondió no con retos, vulgaridades, vetos, censuras ni desaires a una afición que le reclamaba hacer sus proezas luminosas ante toros más difíciles. Porque un torero debe responder con un cartel de toros a los aficionados que le reclaman, no con la policía, la censura o el reto a bajar al ruedo.



Era un tiempo distinto. Fue esa época donde la comunión entre los matadores y sus seguidores era un lazo fuertemente atado a la fe por la tauromaquia, el orgullo por el rito y la afición, y la devoción por los toros incluso para verlos en muladares que hacían las veces de corrales como si se tratara de dioses amados. Los toreros hacían la épica gesta con la que el aficionado salía a la calle lleno de ella, dispuesto a carear a "los del bando contrario", como en aquella época salieron de 1915 todos los gallistas en tropel retórico contra los belmontistas, a clamar la supremacía de José Gómez Ortega, Gallito, El Gallo, cuya mirada de la foto que inicia esta publicación refleja tanta soledad y profundiad como quien se sabe solo en el reinado histórico del toreo, suficiente, confiado y poderoso en la plaza de tientas de Miura, sin sospechar la muerte que se avecina cinco años después en los pitones de un ignoto toro en Talavera. 
Hoy, con tantos lobos golpeando nuestras puertas, ¿qué hechos de amor por el toreo nos llenarán de orgullo para salir como esos gallistas a encarar a los belmontistas, salvo que hoy el enemigo retórico es casi la sociedad entera en nuestra contra? ¿Quién recogería el guante de los aficionados que claman por un cambio en la estructura interna de la tauromaquia, tan ahítos de la misma perfecta facilidad, anestesiante, indiferente para la sociedad, desprovista de ardor épico y de motivos para hacer creer a los aficionados en su rito? 
¡Con Miuras! ¡Con el toro íntegro de hierbas, puntas y patas!


Post data: debo gran parte de la riqueza documental de este humilde escrito a mi amigo Pepe Morata, joven gallista como yo. Va por él y por José a un siglo de su magisterio. 
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miércoles, 27 de mayo de 2015

Medias Negras y Chicorro, mínima defensa de las orejas


El 29 de octubre de 1876 Chicorro corta la primera oreja en la historia de la tauromaquia. Su faena al toro Medias negras de Benjumea fue premiada con este simbolismo tras una lidia completa. El relato cuenta que el ruedo quedó tapizado de cigarros, sombreros, chaquetas, ofrendas arrojadas que debieron ser devueltas por toda la cuadrilla y los monosabios en forzada empresa. El paso siguiente fue reclamar la res para el matador, no sabiendo las gentes qué más hacer. Entonces se revivió la práctica matarife de cortar una apéndice a la res, lo que en siglos anteriores era una suerte de carta de propiedad sobre la mole de músculos, tiro de carne.

Aunque existen recuentos anteriores, más precisamente del siglo XVIII, la costumbre de otorgar una oreja como simbolización del trofeo no entraría en furor en la tauromaquia hasta inicios del siglo XX, precisamente en la Edad dorada del toreo. Entonces había una estruendosa y silenciosa competencia entre las plazas de Madrid y Sevilla. El coso de la carretera de Aragón y la Real Maestranza de Caballería, eran facciones enfrentadas subrepticiamente en la lucha por la supremacía del toreo en España. Tal distinción sobrevive hoy, reconociéndose a una plaza por ser tan diferente como importante de la otra. Madrid ve caer orejas antes que Sevilla, lo que la afición andaluza presume como signo inequívoco de su seriedad: en la Maestranza las modas foráneas no tienen lugar, y la novísima fruslería de otorgar despojos de la res es propia de las matanceras de las plazas de pueblos. Sin embargo hubo ese terremoto llamado Joselito, como siempre.
En 1915 Sevilla vería al Rey de los toreros cortar la primera oreja al Santa Coloma Cantinero en plena feria de San Miguel, en faena tan apoteósica que la presidencia no tuvo otro remedio que poner en manos del Gallo la piltrafa tibia del astado. José mismo había cortado dos orejas en Madrid el año inmediatamente anterior, cuando se encerrara para gloria de la tauromaquia con siete toros de Vicente Martínez. Tal par de años marcarían la salida para la cada vez más habitual práctica de entregar los trofeos al torero, luego sumados al rabo, las patas, mediciones estas oficiales para determinar triunfos y puertas grandes. Es la Edad dorada la que consolida la práctica de la imposición de trofeos desprendidos del cuerpo del toro, aunque no hay que perder de vista que Vicente Pastor en octubre de 1910 había cortado una oreja en Madrid al manso Carbonero de Concha y Sierra. ¿Cómo no preservar algo legado de la edad más grande del toreo? Podríamos preguntar acaso.


Revisemos lo que el Boletín de loterías y de toros dice acerca de la primera oreja de la historia:


De este modo observamos que las orejas poseen un valor simbólico en el rito de la lidia de toros bravos. La posesión del toro en manos del matador se verifica con la muerte, pero se ratifica con los trofeos. Cuando un matador pasea los apéndices del animal, pasea al toro y al testimonio de la lucha.
¡Qué lirismo, radicalmente provocativo para la moralina actual, estamos echando por la borda!

En todo caso, son cada vez más los aficionados que claman contra las orejas en el siglo XXI. Desprecian el simbolismo, acusan su actual vulgaridad, las condenan como representación del triunfalismo producto de públicos ignorantes de las reglas del torear; depauperadas, las orejas son casquería, despojos, datos inútiles que humean sangre y cera frente a lo realmente relevante: la bravura y el torear. Es cierto, pero precisamente lo que ocupa es revivir la relevancia de las orejas, no abaratando su producción sino educando a los públicos en la justicia. Las orejas son una forma de reconocer la relevancia de la suerte de matar, en lo que respecta a las puertas grandes en las plazas de importancia. ¿No es suficiente motivo acaso para preservarlas? El axioma dice que sin muerte moralizante del toro no hay trofeos, y sin trofeos no hay puertas grandes, y sin ellas no hay gloria ni historia. Es por eso que una oreja de ley en Madrid es más pesada y abundante en significado que un rabo en plaza de tercera, ¡precisamente porque es un simbolismo poderoso! Entendemos su significado, lo que sintetiza, lo que nos dice históricamente sobre las faenas. En la tauromaquia nada existe en vano, nunca lo obviemos.

 Chicorro y el trascuerno, las banderillas cortas, el trasteo suficiente, solo ratifican la apoteosis cuando se hace rodar al toro sin puntilla en la segunda tentativa. De haber pinchado una segunda vez, o luego haberse ido a la media vuelta dejando alguna estocada chalequera, la lidia más importante en la vida de Chicorro hubiera quedado solo en pitos, no alcanzando jamás la ovación que produjo lógicamente la oreja y su  paso a la historia. Me parece que la posibilidad del trofeo es suficiente justificación para garantizar lidias más puras, muertes más moralizantes y toreros más comprometidos con la gloria del toreo, que no la diversión de los brutos beodos. En Lisboa, donde no se mata al toro, tampoco se entregan orejas.


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sábado, 16 de mayo de 2015

A los 95 años de la muerte


Hoy hace 95 años el toro Bailaor de la señora Viuda de Ortega le rajó a José el vientre. El torero, quien antes había inventado el toreo moderno, haciendo de su estilo una hipérbole del pundonor y el poderío, tembló al sostener sus propios intestinos, evitando que dieran en la arena. Lo último que pidió fue que trajeran al médico de Madrid. Farnesio, también el mejor picador para quien escribe estas líneas, le cortaría la coleta al cadáver en una enfermería llena de gente y de silencio. Con esa tijera terminaría la edad dorada del toreo, época de esplendor que la tauromaquia no ha vuelto a conocer, pese a los avances técnicos y ganaderos que hemos visto desde hace ya casi un siglo. Ni la época de los 60-70 con la pléyade de toreros, ni los 50 del campo Charro alzando las astas tras la Guerra Civil, ni la edad heroica de finales del XIX, con el santo triunvirato de Frascuelo, Lagartijo y El Guerra, ni mucho menos esta edad posmoderna, inflada y llena de hechos diarios prescindibles, le hacen sombra a los que fue esa segunda década del siglo XX para el toreo, tiempos en los que las plazas de toros entraban en trance, salían los toros más bravos de la historia (como en aquel gris 1917), los toreros eran tan artistas como maestros lidiadores, y el público era sabio para ver la corrección del rito, produciendo los mejores cronistas y estudiosos del toreo que ha parido esta cultura.
 
¡Viva el Rey de los Toreros!
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miércoles, 18 de febrero de 2015

La teoría de Urdiales



No hay estilos personales de torear, solo una historia común sobre los logros estéticos y técnicos del arte de lidiar toros. Por ejemplo, obviando a Cúchares y a Paquiro, uno con su gracia y el otro con su ánimo de ordenar la lidia en una estructura coral, el primer torero artista de la historia fue Cayetano Sanz. Su arte distaba mucho de la actual concepción del torero artista. Sin embargo es aquí citado porque explica a Diego Urdiales.
Para urdir otra referencia, en Sanz el concepto de la belleza es el de Platón: la verdad es belleza. La verdad es la más alta belleza. Más exactamente: "la belleza es el esplendor de la verdad". En dicho sentido toreros como Urdiales serían más artistas que coletas como Morante. Urdiales antepone la verdad como fundamento de lo bello, y Morante el barroquismo de plagar de destellos y giros las lidias.
Se supondría que esta verdad filosófica, la de la verdad como arte, debería prevalecer en la historia de la tauromaquia, pero Cayetano Sanz  se pierde cada vez más en la bruma de la historia, siempre dispuesta a celebrar los cotidianos sin significado. Su tauromaquia nunca fue de la derecha de la espada, pues mataba de forma lamentable en una época de maestros del mandoble. Su poder fue la izquierda, el pase natural esculpido de belleza, celebrado en ese número de La Lidia que recogía esta portentosa litografía coloreada de 1883. Cayetano Sanz es el primer torero en fundamentar toda su tauromaquia en el pase natural haciendo de él algo más relevante que la estocada o la lidia misma, siendo sus décadas aquellas donde más difícil era poder hacer arte con los ásperos toros del XIX. No cabe más alarde de verdad, aún hoy. Parafraseando a Petrarca, en su pase natural el toreo se hizo bello [por tanto arte].




Los moralistas del sagrado toreo posmoderno repondrán que Cayetano descarga la suerte, y que allí no puede haber verdad,  y si la hay, también la tienen las figuras actuales. Allí lo vemos con la pierna de entrada asentada y la de salida levantando de la arena la zapatilla. Su cuerpo refleja reposo en contraste con la aparatosa embestida y corpulencia del animal. Uno y otro están unidos por la tela, pues la muleta es puente de la danza.
Sí. La geometría del pase está invertida con respecto a la actual, en lo tocante a lo que conocemos hoy como cargar la suerte, pues asienta su cuerpo en la pierna derecha y levantaba la izquierda en el pase natural, como se observa también en los lances de frente por detrás y la estocada,
¿A qué se debe? ¿Por qué sigue invocando una poderosa idea de la belleza para nosotros, pese a hacer un gesto que hoy se vería como inaceptable? A que cargar la suerte entonces no era un concepto de piernas, sino de brazos. Su cortesana figura es la nobleza ante el peligro de la muerte, pero también un tratado técnico sobre cómo danzar con una fiera en los terrenos de los siglos XVIII y XIX.

Lo anterior es el caballito de hojalata y escaramuza de los aficionados que defienden el toreo actual de pierna retrasada y perfil. Usan ellos definiciones de cargar la suerte de 1796, cuando la tauromaquia de Cúchares lo denominara como el acto de llevar la suerte con los brazos.
Cargar la suerte era mover la muleta o la capa de forma que quedara fuera del tronco, que servía como eje. Luego la suerte pasaba por debajo de las astas que ofendían embistiendo. Es el sentido más primario de un término que en su propia semántica, "cargar", habla de agarrar con la mano algo. Sostener una forma sobre el toro. De tal forma que el torero sí cargaba la suerte, pero tampoco validaba a las figuras actuales.
Cayetano Sanz toreaba de piernas y huía de la jurisdicción. Pero torear al natural era su forma de quedarse allí ante la muerte. Torear es eso.


El axioma era: se carga con los brazos pues se mueven las piernas. Pero Joselito El Gallo, y no Belmonte con su sitio, lo invierte: se carga con las piernas pues se mueven o corren los brazos, o la mano. Gallito lo hizo en 1914 ante los hijos de la cruza ibarreña, al embarcar en redondo a un Martínez. Piénsese, años después, en la faena más importante de Belmonte, El Montepío de toreros, faena de siete naturales, cada uno ligado a su propio pase de pecho. Es el afán de la circularidad, el movimiento cerrado que el animal irracional no conoce. Ningún animal, salvo el hombre, sabe trazar círculos o cuadrados teniendo plena consciencia de lo que ello significa. Que ocurra ese movimiento entonces era una suerte de milagro. Algún atavismo mental de la afición hace que tal deseo se convierta en la celebración de los pases circulares actuales: dozantinas, circulares invertidos, poncinas, martinentes con el cuerpo, son al toreo esperpentos visuales, logrados como recurso siempre que el toro se niega a embestir por un pitón. ¿No han pensado acaso que antes del circular el toro renunció al derechazo o al natural, o que en la mayoría de los casos el toro está ya aplomado y apretando contra las tablas en el tercio?
Es cierto, pero entonces Belmonte completaba un movimiento circular fragmentando su tiempo en dos: natural y pase de pecho; luego natural y el forzado de pecho. Así siete veces hasta pinchar y luego abatir al toro como un rayo con una estocada que enardeció a la plaza de la Corte, que antes había gritado "los dos solos" para afear a Belmonte ante un memorable tercio de banderillas de Joselito y Gaona. El llamado Pasmo de Triana no hacía círculos: toreaba el pase natural y luego cambiaba de posición en un tiempo muerto para poder dar el de pecho. Para llegar a ese fundamento hizo falta que un siglo atrás Cayetano Sanz desarrollara todo el esplendor del pase natural, aislándolo del resto de las suertes por su poder de belleza que no podemos explicar, excepto porque es la forma de la verdad al comprometer junto con la estocada el momento de más riesgo para el hombre. Se dirá entonces que en la lidia la belleza es formada por un germen de miedo y tragedia, donde el hombre cambia su muerte entre las astas por el arte. El pase natural vuela y se hace con la mano torpe y con la que no mata.

Fragmentado el pase natural y el de pecho, rotos en dos partes para nunca ser un despreciable circular, torear es la división de movimientos que buscan rematar en la cadera en semicírculo, para así dejar dormida la embestida del toro junto al cuerpo humano, exigiendo más compromiso estético y técnico para evitar la cornada toreando. El circular es un round point donde el toro no repara en nada salvo en ver la salida, que busca con afán mientras el torero se la tapa dirigiendo la muleta en círculos.

Cargar hoy es ofrecer esa pierna por donde han de embestir los pitones, pierna que curiosamente ha sido llamada "de salida" cuando  siempre ha de ser la de entrada, la única que conozcan los pitones aún con todo y que se toree de perfil.

Obsérvese ahora la portada del Doctrinal Taurómaco de Hache. La estocada con ortodoxia era la resistencia del cuerpo, aún con la pierna derecha atrás, pero asentada, contra la embestida de aquel fino Jijón fijo en la tela que lo torea. Lo que revela el documento es que se mataba cargando la suerte, siendo por ello la suerte de recibir más fundamental y dura que la del volapié, convertida en el asco posmoderno en "julipié", o suerte de abatir mientras se vuela. El verdadero precedente del toreo ligado y asentando es la estocada recibiendo. Recordemos con Bleu que a Guerrita, esa conclusión del XIX, se le reprochaba el "paso atrás", pues como descargar la suerte es una forma de renuncia con el compromiso ético de arriesgar la vida.

Fundamentos: el pase natural y la estocada son un mismo espíritu en los tiempos. Se diría que la embestida es el intento de estocada al torero, y el pase natural su forma de torear la estocada. Si el toro cargara la suerte, de ser tal licencia posible con un irracional, no habría estocada humana posible.

Otros quisieran parecer romper el hilo. Tras la ligazón en redondo de la época dorada del toreo, se deriva en el arte de torear pero también el toreo cómico engendra su producto: el tancredismo. Don Tancredo era una aparición blanca sobre un pilón. Salía un astado y correteaba en torno a esa figura fantasmagórica, leticia, que no se movía sino que hacía el alarde de una estatua. Los públicos creían que no había nada más valiente que ese quieto hombre sobre una caja, que aguantaba el peligro del toro. Pero dijo Bergamín que el toreo de piernas es el espíritu. Lo mismo vale para el toro: sin movimiento que lo provoque, el toro no acomete. Don Tancredo y su inmovilismo no provocaban al toro, pues el humano había desaparecido para el animal que no lograba verlo. El toro, a diferencia de los monjes, no sabe ver la quietud total. Otras cosas son las estocadas y los naturales, que contienen cuando se engendran el movimiento de la tela que provoca.


El crítico Alegrías refiere sobre Cayetano Sanz una extraña manía de alternar el ocho de toreo de piernas con una forma de irse totalmente al extremo de cada pitón buscando un sitio para dar el natural. Esa es la negación del tancredismo, pues el movimiento busca el lugar donde la tauromaquia clásica ocurre. Al moverse, Sanz no inquiría la huida, ni menos delataba su ausencia de técnica. Estaba lidiando. Al ponerse de verdad dando los frentes, hallado el sitio preciso, hacía el Toreo al dar el natural en el lugar donde correspondía. Otros se quedan quietos y ligan las suertes de cualquier manera con tal de ligar solamente.  Ellos hacen el tancredismo, no el toreo. La obsesión por ligar es a la vez el sacrificio de los principios necesarios para el toreo: parar, templar, mandar, cargar la suerte y ponerse en el sitio de la verdad. Ligar no es torear, ni torear es ligar, pues la ligazón total apenas ocupa tres décadas de tres siglos de historia taurómaca.
Hay dos espíritus contrapuestos: el cayetanismo y el tancredismo. El segundo infectó en su ardor el ánimo de torear sobre el pilón del bufo de blanco. En cambio, el verdadero fundamento del toreo reposado no es la quietud de las piernas, sino la forma de ponerlas en el lugar donde está la muerte. Mientras uno se hace más alto que el naufragio al pararse sobre una caja, el segundo camina hacia el lugar donde la tierra se hunde. ¿Cuál es la verdadera resurrección cuando se torea? ¿La de quién?


El satírico pasquín The Kon Leche saluda la anunciación del Rey de los toreros. En él el natural se ayuda de la espada, del mismo modo que la verdad se ayuda con el movimiento de los pies para corregir el sitio y torear de forma acertada. El natural debe ser ese paso hacia el frente, hacia la embestida, no el ahuecamiento del cuerpo hacia atrás para que la inercia de la embestida pase. Luego de un siglo tras Cayetano Sanz, y posteriormente otro tras el Gallo, no hay aún torero más grande que José. ¿Lo pueden decir de, por ejemplo, los novilleros que ahora ligan con ánimo julista? El aficionado cabal se puede desgastar 50 tardes viendo a los derviches, tiovivos, carruseles y molinos giratorios. ¿Pero qué fue lo que ocurrió en Madrid con los de Adolfo, cuando Urdiales toreara siete naturales? Una voz obtusa en el micrófono pidió que ligara las series, o sea, que diera los pases de muleta sin corregir nunca el sitio de los pies. ¡Qué sucia impertinencia ante la creación de la verdad! Las embestidas no se ligan, se torean. De ahí que siete naturales de Urdiales abrieran las carnes de los aficionados del mundo, del mismo modo que la novillada del Gallo avisó una época, hecho tan inocuo que incluso fue advertido por los paródicos de su época, como ahora.

Ni Cayetano Sanz, ni José ni Diego Urdiales reposan en un ladrillo para torear. Julián López, en cambio, liga de tal forma que sus piernas podrían estar durante toda la serie montadas en el pilón de don Tancredo. Él hace eco al Espartaco y su forma de ligar el tercer pase con el de pecho sin enmendar, que no es lo mismo que la faena de El Viti en la Maestranza ante el Samuel Flores. Espartaco, creyendo hacer una revolución, en realidad inyectaba una fuerte anestesia a la Fiesta, pues el toreo ligado necesita un toro que lo permita con su progresiva falta de fiereza. Con esto el toreo se acerca a una forma de ballet, pero no a la verdad.
Así que el tancredista final de la época del XXI no es José Tomás, sino Julián López. Poner la quietud como valor supremo del torear es sacrificar el resto de principios en pos de la danza. Pero Rafael de Paula bailó un negro flamenco con Corchero de Martínez Benavides, en quizá una de las fenas más imperfectas pero más de verdad en la historia. Y Urdiales en Madrid buscaba el natural de Cayetano Sanz. Y ese solo natural, aislado, expresivo, fundamental, uno, como forma de arte, es una búsqueda más difícil y alta que ligar encima del pilón de don Tancredo cualquier cantidad insensata de pases.


Con quietud no hay paso al frente, sencillamente porque no hay movimiento. Lo que observamos en cada estampa de Cayetano Sanz es ese paso al frente, hacia la jurisdicción. De ahí que la definición de cargar la suerte que diera Bollaín fuera la de echar todo el peso del cuerpo en la pierna expuesta. Es la forma de inclinar el cuerpo hacia el abismo, de simbolizar el paso al frente.
En todo caso, hoy se le afea a Urdiales que no ligue las suertes en las series, pues corrige su posición en cada paso. Quienes lo acusan de carecer de conocimientos técnicos en realidad señalan los propios. Urdiales se pone en el sitio único donde emerge el toreo de verdad. Señalemos que todas las tauromaquias tiene su geometría y ética, y que todas caben en un rito que logra cobrar diversas expresiones. El Cordobés era un funámbulo que sin embargo toreaba por naturales de frente a toros del Marqués de Domecq en Bilbao.
Volviendo, la importancia de Urdiales estriba en ese giro radical y rebelde para con la época más tancredista: la verdad como fundamento de la belleza. Si Curro Romero, el último gran torero artista de todos los tiempos, puso a Urdiales al nivel de Morante, es porque el toreo en el riojano se concilia con las formas estéticas más fuertes y ciertas; por tanto, nadie pondría a un Greco por debajo de un Warhol. Si para la verdad hace falta corregir constantemente el sitio, habrá que darle la razón a Galileo.


Foto de inicio: Diego Urdiales en Medellín en el 2015, a siglos y mares después de Cayetano y su natural al Vazqueño en Madrid. Fue tomada de www.puertagrande.net
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viernes, 18 de julio de 2014

Joselito El Gallo en el siglo XXI


José Gómez Ortega, llamado por sus devotos como Joselito El Gallo, alzaría la vista hacia Bailaor, el burriciego de la Viuda de Ortega. Entonces nosotros la bajamos para siempre.
El toro, de nombre Bailaor (hijo de Canastillo, y parido en un oscuro desgarro por Bailaora), con sus menguadas arrobas y su vista remendada, daría entonces un arreón que sacudiría todos los cimientos de la tauromaquia al matar a Joselito el 16 de mayo de 1920, fecha señalada con una mancha de tinta para siempre. Pero entonces el gallismo no moriría. Todos se tendrán que aferrar a él, desesperadamente, como a un credo, volviendo sus ojos hacia José cada vez que el toreo brinde cargas iguales de decepción y asco. Sería necesario volver a lo que el famoso poeta gazatíe M. Darwish  llamó "el Nuevo pasado", esa incontenible fuerza de lo verdadero para ser más real que las cosas del tiempo presente; el Nuevo pasado es más real que este momento presente, pese a haberse extinguido, en el caso de José, hace más de un siglo. [Sí, es cierto: algunas faenas de José, datadas de hace un siglo atrás, cuentan con más realidad hoy que, por ejemplo, las palabras de un pelmazo insuflado por la autoridad de tener un micrófono al frente, y que con el gesto de un bruto operario en ausencia de sus jefes, deja deslizar la prueba de su irremediable condición de limitado. "Esto es el torismo", clamó él la semana pasada ante un petardo ganadero del encaste ubicado en el némesis contemporáneo del taurineo, cuando los toros de Adolfo Martín cometieran el primer crimen al no ser de encaste Domecq, y el segundo, menos grave, al salir descastados. Fin del inciso].

Caballero, el toro de Moreno Santamaría con el que Joselito tomaría la alternativa el 28 de septiembre de 1912, también es un ente hoy con más realidad que el obtuso tocayo cuyo único mérito hoy es el de poder sintetizar toda la sangría contemporánea que inunda a la tauromaquia con el barniz del vinagre, el vino cortado, la mala baba y la ignorancia general. Volviendo, Joselito es pues el Nuevo pasado. La gloria con la que cubrió los ruedos y el nombre de la tauromaquia, no tiene similar, y hoy se revela como insuperable. Belmonte, su único interlocutor, tendrá que sellar todo con un disparo suicida. Otra derrota de la tauromaquia sin José, que quedó huérfana, cuñada, viuda y destartalada.


La tauromaquia de Joselito El Gallo es la más perfecta cátedra de toreo que pudo resumir su época, y las pasadas, y las futuras. Un sobrenatural dominio del toro, merced al conocimiento exacto de los vericuetos de la lidia, los comportamientos, las querencias, las distancias, las alturas y los aires, ante los oponentes de todas las castas y encastes de la cabaña brava europea de entonces. Un gracioso manejo de la capa, pródiga en suertes y apariciones. Sus pares de banderillas, que como en ninguna otra época han sido lidia pura. Un soberbio toreo de poder en la muleta, que prefiguraría el toreo moderno, incluso antes que Belmonte (las gestas en redondo de José son, por lo menos, un año anteriores a las ocurrencias de Belmonte con Tallealto de Contreras). Su figura apática, la enorme distancia de su gesto con el resto de mortales, su errática espada como cierre del gesto arrogante...El todo.  Hace un mes conmemorábamos con fijación los 100 años de su épica encerrona con los siete toros de Vicente Martínez; tan solo ese festejo, a la sombra de sus 19 años de edad (la edad de un novillero de hoy), y ante los jijones de su época, es prueba suficiente para demostrar que la multitudinaria perfección de José no ha tenido competidor en el resto de la historia. Búsquese otro gesto épico similar, sellado con tanta fortuna en todos los aspectos de la lidia pura, y solo se hallará el balbuceo de la incapacidad, y la sombra renqueante de Frascuelo ante los Miuras en la plaza de la Corte.


Barrabás, el bravo jijón que hizo de tercero en el festejo de 1914, mata al jaco de una cornada que le rompe desde el brazuelo, y sale con ira hacia lo primero que se le ofrece, que no es otra cosa sino el capote de José. El toro es un huracán de fuerza y de odio, bravura neta y bruta. Entonces ocurre el acto gallista: José lo embarca con el capote a una mano, invocando a Reverte, y le recorta el terreno con el poder de conducirlo toreado desde el vuelo echado al hocico, y dejando al toro en la cadera contraria, totalmente parado, podido, lelo, roto por el intratable castigo del poder del Rey de los toreros, que sale andando con torería. Barrabás tiembla con nosotros:


Esto es el gallismo. El triunfo de la inteligencia taurómaca, válido solo porque ha sido contrastado con la fiereza del auténtico toro bravo, con romana, poder y leña. Cualquier ausencia en esta ecuación, es un adulterio de la tauromaquia, rito tremendo que conmemora el triunfo de la cultura y la humanidad por encima de las fuerzas de la naturaleza y de la muerte. De ahí que el gallismo sea una vigencia aún en el siglo XXI, cuando su pesada ausencia es más real que la tauromaquia en boga, rosario completo de hechos que se olvidan a la semana, debido a su raquítica fuerza. De ahí que debamos responder al insensato, cuando clama ante un petardo "esto es el torismo", un "esto es el gallismo", en terrible contraste con la tauromaquia posmoderna.   La devoción del también ausente Antonio Díaz  lo resume con magisterio: "Gallismo es reivindicar que el matador lo sea en la calle y en la plaza, admirando su orgullo y torería, aplaudiendo su honradez y santificando su chulería"(...) "No cabe, entiendo yo, orientado por el catecismo de don Gregorio Corrochano, mayor homenaje que cada día a eso de las cinco, exigir el toro con trapío, casta, yerbas y arrobas".

Adjunto tres documentales, y algunas fotos sobre su corte de torero; en todo el material es patente la tauromaquia de José, y lo que aquí se ha hablado:

Documental de TVE a propósito de los 75 años de su deceso. 

                              

Toreros para la historia de Fernando Achucarro

                              

Grandes maestros de la historia

                               










¡VIVA EL REY DE LOS TOREROS!
¡ABAJO EL IMPOSTOR AL TRONO!



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martes, 1 de octubre de 2013

Documental Grandes maestros del toreo


El documental va de un edad de oro hacia la otra, según mi parecer: desde Joselito y Belmonte hasta El Viti, Paco Camino y Diego Puerta, mediando la convulsión de la guerra civil, Manolete, el campo charro de los años 50`s, el desparpajo de El Cordobés; a través de todo y del toro, se entendía así al toreo como una relación de poder, que no de colaboración. Vale la pena revisarlo: el buen aficionado no vive del tiempo presente, pues lo hace del tiempo único y eterno del toreo, donde la salida a hombros de El Viti con toros de Miura en Madrid, y los 5 naturales de Juan Belmonte, ocurren en un mismo instante, pese a las 6 décadas que los distancia para el tiempo mortal; adjunto las 6 partes del documental, que para sorpresa de cualquiera, empieza con un especial sobre terribles cornadas, acaso para recordarnos que el toreo es una verdad ineluctable por cuanto se enfrenta al dolor y la muerte real; en ese sentido, el toreo ha de ser una imposición sobre el riesgo de muerte y dolor para el hombre, y por tanto, todos aquellos elementos de riesgo deben estar siempre presentes, traducidos en la bravura y presencia del toro, fundamento total de la tauromaquia.


                      

                     
               
                     

                     

                    

                   

 ADENDA con Curro Romero, Rafael de Paula, Curro Vázquez:

                  



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viernes, 2 de agosto de 2013

La dimensión religiosa ante la muerte en la tauromaquia




La foto de arriba es un fotograma que ilustra la llegada de un tren a Valencia: en medio de vahos industriales y vigas, el pueblo abarrota la llegada del tren, pues en él viene el féretro de Manuel Granero, torero muerto en el ruedo tras la peor cornada de la historia. Luego, el pueblo acompañará los restos mortales en medio de una procesión llena de fervor. Estamos ante una construcción cultural: la relación eventual de la muerte con el hombre.
Todos conocen el fervor popular que desató la muerte de El Gallo o Manolete, fervor evidenciado en tener que parar en cada estación para que en ella el pueblo agolpado hiciera duelo, o que incluso se intentara sublimar al toreo hasta los cielos, vistiendo las vírgenes más sagradas, como La Macarena, de luto ante la muerte de El Gallo. Por ello me parece muy genérico exponer este sencillo post con esas muertes y prefiero la de Granero, una muerte espantosa de una joven promesa, que llenó de dolor al pueblo español aficionado, por lo que para responder a su muerte, a la asimilación de tal muerte, tuvieron que urdir de manera espontánea una construcción cultural.

Vírgen de la Macarena, vestida de luto por la muerte de Joselito
El luto, por ejemplo, responde a una necesidad profunda: es una construcción cultural que surge para poder hacer asimilable la muerte, al sumergir al enlutado en una serie de rituales altamente pautados, que lo alejan del abismo de la muerte y los deseos de autodestrucción, al obligarle a cumplir ciertos pasos que lo mantienen emocionalmente ocupado (tesis formulada por Philippe Ariés). El luto taurino, que podemos poner de relieve con estos hechos espontáneos, como vestir a la Virgen más adorada de luto, como si el torero fuera Jesucristo, o hacer parar el tren donde viaje el cadáver de un torero mítico más de 30 veces hasta su tierra natal para cargarlo con rosas, es una demostración más de la dimensión religiosa del toreo, dimensión innegable.

En el particular caso de Granero, la reacción espontánea como construcción cultural sobre la muerte, consistió en acompañar su féretro por toda la ciudad, con una procesión gigantesca, y en la mitad de tal procesión, un río auténtico de coronas mortuorias, o coronas de rosas. Cuentan los cronistas, que cuando el cortejo fúnebre arribaba al cementerio, las multitudes desviaban por una calle para seguir perpetuando el cortejo.

¿A qué naturaleza responden estos hechos surgidos sin que nadie los haya dirigido, sin que teología alguna contemple que la Virgen debe guardar luto por la muerte de un mortal, o que una procesión debe extenderse de manera indefinida para perpetuarse a sí misma? Que respondan los inteligentes antitaurinos, quienes, ellos dicen, son los únicos seres inteligentes de esta historia.
En cualquier caso, al final uno imagina que ningún animal, por ejemplo un perro o un cerdo, puede acceder a estas instancias religiosas, donde la multitud espontánea forma un rito, una construcción cultural de la nada, para enfrentarla a la muerte de ese cuasi dios. Esto de Granero nadie lo puede imaginar con la muerte de un perro, por heroico y famoso que sea, por ejemplo, Laika. Pareciera que uno pudiera concluirlo, esto es, que no se pudiera pues pensar en la inclusión de un animal en estas instancias religiosas; pero sí que tenemos una inclusión, un ritual, una construcción cultural sobre la muerte y el animal, y la tenemos al frente:





Fotograma de la procesión fúnebre de los restos mortales de Granero, torero muerto de espantosa cornada por Pocapena del Duque de Veragua.
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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".