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sábado, 2 de agosto de 2014

Gustavo Petro y el vacío totalitario



En el 2012 vino el primer aviso. Gustavo Petro, a la guisa Alcalde Mayor de la ciudad de Bogotá, anunció un día antes del inicio de la tradicional temporada taurina que era su intención erradicar la cultura del toro en la capital de la república. Meses después, y luego de una penosa pantomima en la que presumió "oír" a los aficionados capitalinos, hizo saber su decisión de cerrar la Plaza de Toros de Santamaría para cualquier espectáculo taurino, destinando dicha edificación para la poesía. Por fortuna esta última idea no llegó a prosperar, pues implicaba obligar a los estudiantes de los colegios públicos a desfilar bajo el sol para oír la poesía de cualquier degenerado progresista que supiera escribir en líneas chiquitas sus ripios de alabanza al alcalde. No. Para los menesteres poéticos en Bogotá, huelga recordar que ya existe la Casa de Poesía Silva, y que los amantes de esta expresión hemos huido de allí, porque la alcaldía de Petro es una fuga constante. Como los artistas huyeron de Idartes tras ser previamente excluidos de la Galería Santa Fe. Como los propios escuderos políticos de Petro han huido de su larga sombra. Como sus propias promesas electorales, volatilizadas rápidamente por la asunción de un gobierno altamente demagógico y cositero, lo de Petro es constante huida.

Pero íbamos hacia el segundo aviso: violar la Constitución y la Ley 916, cerrando una plaza de primera, evitando la propagación de la cultura taurina en Bogotá, vigente desde su fundación en el año de 1538. De forma unilateral, y viciando conceptos de la Corte Constitucional, el alcalde se dedicó a destinar los medios públicos para explicar su decisión, a efectos de un falso animalismo que no alcanza a tocar sus intereses familiares: Emilio Alcocer conserva una relación estrecha con las riñas de gallos en Bogotá, y a estas ni siquiera se les ofende con protestas animalistas. Emilio Alcocer, como no podía sospecharse, es el suegro del alcalde Petro. Esta asimetría se explica sola. Volviendo, tiempo después la Corte Constitucional glosó al alcalde en una nueva sentencia (c-889/12), cuyas claves jurídicas revelan varios puntos importantes: ninguna autoridad local tiene la potestad de impedir las corridas de toros, siempre y cuando los organizadores del festejo cumplan con los requisitos de ley. Las plazas de toros de primera categoría, cuentan con una destinación única: los toros. Y esto venía a ratificar lo contenido en sentencias precedentes (C-666/10) y una Ley de la República (Ley 916-04), que también limitan la potestad del alcalde para exigir la transformación del espectáculo, prohibir, entorpecer la realización de festejos taurinos o desechar el patrimonio cultural de la nación. Sentencias, Leyes: una bicoca.

A Petro no le importó pasar por encima de la ley para respaldar su discurso intolerante. Quiso obligarnos a los taurinos a violar la Ley 916, al poner como inamovible que los toros no muriesen en la arena. Con la saña del bruto que se emborracha de poder, continuó su persecución tildándonos a los taurinos de ser nazis y de poseer una cultura de la muerte, con lo que puso a su adorado García Márquez al nivel de Adolf Eichmann; bloqueó las páginas taurinas en las salas de internet de las bibliotecas y colegios públicos, y empezó a retirar silenciosamente los libros taurinos de las colecciones, donde antes eran referencia obligada (en la Virgilio Barco, alguien con la suficiente intuición había puesto los libros de tauromaquia entre los de cine y teatro -Cháves Nogales entre Beckett y David Borwell-; hoy este orden se ha disipado en la uniformidad). Y cuando todos los afectados económicamente por la abolición le reclamaron, asumió una posición plagada de soberbia al ofrecerles puestos de barrenderos en las calles de la ciudad, nada menos que en su fallido modelo de recolección de basuras. Para la mujer de la tercera edad que vendía botas de vino en la puerta 2 cada domingo, asumir el papel de barrendera en una brutal ciudad como Bogotá, no le reporta ninguna idea de progreso moral.


Los taurinos fuimos sometidos a un expolio cultural que no cesa ni con las puertas echadas. Tuvimos que exiliarnos por dentro, al sentirnos como parias en una ciudad de tradición taurina que apenas congregaba 30 antitaurinos cada domingo, mientras la plaza se llenaba varias veces en la temporada, incluidas las novilladas sin picadores en Agosto, con la plaza a reventar. Señalados, sometidos a la ilegalidad sin previo aviso, excluidos de la oficialidad como subversivos, y despojados de nuestra cultura, tuvimos que ir a otros puntos de Colombia para asistir al rito que define nuestra identidad. Todo esto, mientras marcha una sentencia directa a razón de la Santamaría, donde la Corte Constitucional, de mantener su línea jurisprudencial, emplazará al alcalde para que permita las corridas de toros, pues su velada prohibición es violatoria de leyes, fallos y libertades civiles. De alguna manera, esta persecución que se produce silenciosa y continuamente a espaldas de la ciudadanía debe terminar.

Y aquí viene el tercer aviso: a sabiendas de que la Corte le puede dar un revés, y con destinatario directo, el alcalde se ha propuesto impedir la posibilidad de la tauromaquia en la Santamaría, destruyendo su mobiliario en un antimacondiano proyecto que inhabilitaría los corrales, los burladeros, la terraza con nuestras estatuas, y sometería a la arena al vaivén de los cambios de escenarios y las continuas adaptaciones de tarimas. Aduce además que la plaza presenta fallos estructurales que pondrían en riesgo la vida de los que se asienten en los tendidos, aunque esto no haya sido óbice para llenar la plaza de barristas y animalistas en indistintas ocasiones. En resúmen, lo que pretende el alcalde es destruir la plaza para reforzarla estructuralmente, y luego hacerla sufrir transformaciones varias para que sea un escenario multipropósitos para la música, el arte, la cuentería y el deporte. Sí. Pero la ciudad ya cuenta con galerías públicas, una concha acústica como la media torta, y suficientes parques y kilómetros de ciclovías como para satisfacer los impulsos deportivos de los capitalinos. Si a eso le sumamos que los habitantes de las Torres del Parque y rascacielos circundantes ganaron un pleito que exige ciertos niveles de ruido en la plaza de toros, tendremos que el proyecto del alcalde no sirve para nada. Solo para seguir incordiando a los taurinos.


Como si la ciudad no contase con problemas sociales acuciantes, el alcalde destinará a este proyecto 37.000 millones de pesos (Más de 15 millones de euros), atestando sus propósitos de persecución, que por desgracia dieron ya inicio esta semana: el desmantelamiento del Museo Taurino de Bogotá, denunciado por todos al percatarse de los salones vacíos, y luego las piezas vistas en cajas en un descampado, como señalara un medio de comunicación. Nos quisieron hacer ver que se trataba de un noble intento de restauración, pero a nadie se le ocurre que se desmontan más de 5000 piezas en un solo día dentro de procesos curatoriales serios. Su embalaje, por lo visto, solo puede compararse con el trasteo de fardos en un puerto de noche, por decirlo de manera poco angustiosa. Su intención desde luego no es otra que la de humillarnos más, aniquilando nuestra memoria viva y nuestras reliquias. Reproduce el gesto del obtuso conquistador que quemaba los textos de los habitantes, como método eficaz de aniquilar su historia y su identidad, y de paso, a ellos mismos. Es como si una potencia extranjera decidiera reducir al contenido de unas cajas anónimas todas las piezas del Museo Nacional de Colombia: esa herida simbólica posee muchos agravantes de humillación, despotismo, abuso y estupidez bajo el sucio aguacero del totalitarismo, por usar la expresión de Arendt. Es como si forzaran de la noche a la mañana a un grupo humano abandonar su cultura sin otra opción. Esto desde luego viola los derechos humanos, y vicia el balance que debe existir entre el derecho humano a la cultura y los derechos animales, que ni siquiera nos permiten discutir.

Pero como el toro que se crece ante el castigo, la afición de Bogotá ha despertado, y empieza a moverse de nuevo. El primer gesto es de nuestra novillería, que ha decidido someterse a una huelga de hambre, exigiendo una audiencia con el alcalde, y el subsiguiente cese de la persecución. Si además de calmar su bruta sed de odio contra las familias pudientes de Bogotá, sus actos antitaurinos le reportaban a Petro muchos réditos mediáticos y demagógicos*, él sabe muy bien que la huelga de hambre de los novilleros se puede volver en su contra, al caracterizar el carácter despótico y totalitario del burgomaestre aún más, si cabe.

Contra la dictadura, contra el despotismo cultural e intolerante del alcalde, contra su vejación a nuestra historia y nuestros ancestros, y su afán totalitario de eliminar la minoría que lo sobrepasa, nosotros llenaremos su vacío. Resistiremos.


* En forma de globos de distracción para contrarrestar los cuestionamientos a su discreta gestión al frente de la alcaldía. Cualquiera puede comprobar que cada andanada de cuestionamiento en su contra, es respondida por Petro con una andanada antitaurina para servirse de distracción.
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martes, 3 de septiembre de 2013

Maletillas, escuelas taurinas: aprendiendo a morir


Maletilla, de Sanz Lobato, es una fotografía poderosa, patética, triste, ridícula, gloriosa y social: justamente lo que debe ser el arte. Ocurrió en Pedro Bernando, Ávila en el año de 1967, y su autor, pese a no ser aficionado a los toros, justifica la permanencia de la tauromaquia al considerarla como de "una estética altísima". Justificar, precisamente en un mundo posmoderno lleno de ataques; el fundamental, al ir conspirando la pérdida del animalismo como una moda pasajera, es poner el acento de las quejas contra el toreo en los niños, el impacto psicológico de las corridas, y la pertinencia ética de formar a menores de edad en escuelas taurinas. Formarlos para matar, dicen ellos; formarlos para que aprendan a morir, decimos nosotros. 

Pero asistimos entonces a una reproducción de un problema existente: que se ataque a la formación de niños para ser toreros, cosa que en el pasado se hacía condenando a los maletillas, y que hoy sin embargo se hace condenando a las escuelas taurinas. La palabra "maletilla" para el hombre del siglo XXI, puede resultar tan inexplicable como la permanencia misma de un rito de muerte y arte: la tauromaquia. ¿Qué es entonces un maletilla? El maletilla era un joven que se iba con un atado de ropa al hombro, muleta o capote, si se puede ambas, y así puesto se iba a peregrinar por todos los pueblos donde saliera un toro, un novillo o una vaca de lidia. Se molía de hambre, dormía a campo abierto, se cubría del invierno con su capote y se iba de un pueblo a otro con la decisión de irse a morir, y hacia esto todo bajo una convicción: ser torero. Y para serlo, debía aprender el duro oficio de lidiar con arte o poder, o ambas, a un toro de lidia. De tal suerte que resultaba todo un fresco social sobre la desesperación, pero al mismo tiempo sobre el apasionamiento y la identidad del pueblo. Estos hijos de nadie, idos a los campos a morir de cornadas o de hambre, con suerte llegaban a desarrollar un talento que, visto por alguien, los ponía a ascender en el mundo taurino hasta ser figuras, ganar millones, sacar a los suyos de la miseria, y contar algo importante sobre la estética de torear, como hace todo torero que ha sido algo. 



Es este entonces un camino lleno de dolor y lágrimas, demasiado duro para cualquiera, en especial si se es un joven. Esta disciplina espartana no garantizaba el éxito, cosa que cuenta el fotógrafo Sanz Lobato, sobre su fotografía: 

"En ese instante en que se me aparecía en el cuarto oscuro ya me llamó mucho la atención. La foto es patética. Recordaba cómo aquella criatura cada vez que salía al ruedo lo hacía tan mal que el novillo le iba a pillar. La gente del pueblo que presenciaba el encierro y los apuros por los que pasaba el inexperto diestro le decían: ¡Niño vete de aquí que te va a coger el toro! Ya le aseguro, era una situación de tremendo patetismo porque así es como vi a aquel pobre hombrecillo, con su traje alquilado que le estaba grande (eso se ve a la legua) y sin poder resolver nada."

Entonces, tras la creación de la primera escuela taurina de mano del gran maestro Andrés Vázquez, cabe preguntar si las escuelas en efecto se contraponen a lo anteriormente contado sobre la foto, esto es, si las escuelas taurinas son una garantía de aprendizaje. Atendamos a las palabras de un torero sobre el pase natural: 

 "Una vez que se engancha al toro en el primer natural hay que irle preparando para pegarle el siguiente vaciando la embestida con la muñeca. El toreo no debe perder pasos hacia atrás  sino que debe atacarle hacia adelante con una serie de movimientos de cintura y cadera. Esto es importante, porque atacando el toro, cuando este se vuelve lo único que ve es muleta, y no tiene otra posibilidad que embestir y repetir sus arrancadas. La ligazón debe producirse en medio metro. Pero es imposible ligar si antes el torero no ha colocado al toro en su sitio con un giro suave de su muñeca y con un movimiento hacia adelante de la pierna derecha. Atacar quiere decir que una vez que se remata con la muñeca el pase natural, el torero no debe dejar quieta la pierna derecha y colocarse perdiendo un paso moviendo la izquierda, sino que la que se queda inmóvil es la izquierda al tiempo que gira y avanza la derecha".

¿Quién pudo haber dicho palabras tan sabias, puras, ciertas y técnicas sobre el pase natural? ¿Alguien como El Juli, Ponce, Esplá, Rincón, Aparicio, El Cid, El Viti, Daniel Luque, Saldívar, o El Fundi? No, en realidad fue él: Manuel Benitez 'El Cordobés', uno de los toreros más heterodoxos e impuros de la historia, y criado a sangre y dolor y hambre en el medio de los maletillas:

En Bilbao, y con un tío del Marqués de Domecq
Y aunque Gloria Sánchez Grande confunde el nombre del lance de capa (siendo zapopina su nombre real), es necesario rescatar estas palabras, correspondientes a una reflexión similar a la nuestra:

"¿Cuál es el producto más logrado de esta administración taurina? La "lopecina" (dícese del lance inventado por El Juli que consiste en ejecutar un arabesco imposible con el capote con dudosa finalidad y vistoso resultado). La "lopecina", la "poncina", la "luquesina" o la "talavantina" se expanden en las escuelas taurinas donde cientos de chavales formados en fila india ensayan los pases de sus ídolos, los importantes "toreros-artistas". Toreo en serie, al fin y al cabo, especializado en  "gurripinas". Según Villán, un pase superficial, que sería imposible con toros encastados y fuertes: "Eso parece indicar Vicente Zabala Portolés: en torno al toro de verdad no pueden andar más que los toreros de verdad. La gurripina, la espaldina, el banderazo y demás microbios hijos del utrero sin casta se mueren como por arte de magia".

Lo cierto es que la anterior es una de las mejores reflexiones sobre la escuelas taurinas posmodernas, escuelas capaces de crear moldes, modelos y copias de la copia, que además ponen el acento en la estética, y no en la torería. Es acertado ejemplificar esto con la hermosa zapopina, lance mexicano inventado hace 40 años bajo inspiración de los movimientos de los charros que con un lazo ataban las reses huidizas; el lance, como muestra la siguiente secuencia, goza de una estética importante en el momento del cite, pero se comporta de cualquier manera en el momento real: el del embroque con el toro, donde pierde cualquier atisbo de estética, terrenos y mando; la zapopina hoy es un lance popularizado en los novilleros:



 Sin embargo, aquí no queremos ilustrar el siguiente argumento: que las escuelas taurinas han reemplazado la angustia del hambre y el toro duro de los maletillas por el confort de los toreros en las escuelas; sería una dolosa equivocación, entre otras cosas porque instrumentar una zapopina es muy complejo. Lo ilustrado es que el oficio del maletilla no implica un retroceso ni técnico ni estético en comparación a escuelas taurinas actuales, como las de El Juli (que cuenta con centro de alto rendimiento, nutricionista, cardiólogo y muchas ventajas): tanto escuela como maletilla, tienen que vérselas con el mismo espíritu, y este es el de aprender a morir.

Porque lo que aquí se ignora es que el oficio de aprender a ser torero el día de hoy es tan complicado como el maletilla que en los años 50`s se internaba sin un duro en el Valle del Terror, en infinidad de pueblos toristas con vacas cinqueñas, restaurantes repletos que no fiaban y enfermerías sin gasas. Como se ha dicho, pertenecer hoy a la pretensión de querer ser torero es enfrentarse no solo al toro y al público, pues también es hacerlo a una sociedad hostil y una antitauromaquia repleta de mentiras e intolerancia por partes iguales.

Frente a los requerimientos éticos preguntemos: ¿La formación de maletillas produjo en el pasado la proliferación de asesinos, delitos y crímenes sociales? Ciertamente no, pues el maletilla era una persona noble dentro de la adversidad. Lo mismo cabe preguntar sobre la formación de toreros desde hace 4 décadas, que a toda evidencia no ha producido ni ladrones, ni asesinos de humanos en serie, ni desfalcadores ni personas que afecten a la sociedad. Tal cosa es de difícil entendimiento para la sociedad contemporánea, que imagina sobre el aprendizaje taurino uno capaz de formar criminales, e incluso predicen sus posibles delitos y enfermedades mentales, mientras la demostración y los datos de esta supuesta maldad siguen en el aire.  Dicen que formar a alguien acostumbrado a matar es peligroso para la sociedad, mientras en siglos de tauromaquia ésta nunca ha afectado a nadie, ni siquiera al toro como raza singularizada, debido al bajo número de animales lidiados con respecto a los criados. ¿Cuántos asesinatos de humanos se le pueden comprobar a x o y torero?

Para finalizar, lo que aquí se ha pretendido es explicar que el aprendizaje de torear es eso: aprender las reglas y técnicas de un arte ritual complicado, donde se juega la vida, y que impone la adopción de una escala de valores rica en moralidades como el honor, la valentía, el control y el respeto; sin lo anterior, ni el maletilla ni el novillero podrían ponerse frente a un astado de lidia para torearlo con arte. En definitiva, lo que se enseña no es a matar, aunque el toro muera por regla del rito. Lo que se enseña es saber  morir en un rito de honor al toro, al público y a la tauromaquia. Para algunas mentalidades esto es incomprensible, como para nosotros lo es que se acuse a los novilleros actuales de formarse en una carrera delictiva basándose inexactamente en una declaración del FBI, pese a que las pruebas, bueno es insistir, no existen.

Sobre la foto que inaugura esta entrada, su autor a dicho lo mismo que yo siento al ver la siguiente foto de Oriol Maspons, y que explica la perspectiva del aficionado y el novillero cuando la tauromaquia existe:

"Un día, en mi estudio, el director de cine la descubrió y, contemplándola en silencio, se puso a llorar. Esta circunstancia me dio la certeza que tenía la fuerza que yo le asignaba."




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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".