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sábado, 14 de enero de 2017

Entrada sentimental por el regreso de las corridas a Bogotá


Foto: Amparo Jacdedt

Ironizado, feliz, brutal, exagerado, retorcido hasta el máximo en la mitad de una olla a presión en mi cabeza, en la sociedad, en la vida del país, el regreso de las corridas de toros a Bogotá está a la vuelta de la esquina, al final de un periodo de tiempo que jamás pareció tener fin, tras cinco años de abusiva prohibición desde aquel 19 de febrero de 2012, fecha maldita en la que los aficionados que llenamos la plaza capitalina salimos luego con el seguro presentimiento de no regresar pronto. Es allí que empieza un dulce hundimiento de la plaza, un agotarse de sus ladrillos amados, enmohecidos por la dejadez, la polución expulsada,  la fachada que empezaba a ceder ante la gravedad y la desaparición del museo, embalado en cajas con medio siglo de historia, ahora desaparecidas.

La plaza seguía resistiendo, frágil y sucia, como un símbolo de nuestra propia lucha por llevarla de nuevo al centro el toreo en América.

Cinco años pasaron desde entonces. Tres sentencias de la Corte, una huelga de hambre, incontables debates y foros, agresiones físicas instigadas por animalistas, miles de insultos apiñados como carpetas de contabilidad sobre cien mesas, una lucha impresionante en plena modernidad por los más básicos derechos civiles y humanos, como si los taurinos fuésemos monstruos, como si no oyéramos también a The Smiths o no comiéramos pollo, como si no nos horrorizara el escándalo de turno en el prime time del amarillismo moderno, los feminicidios, las injusticias, como si fuera delito tener clara la línea que separa por siempre a hombres y animales, relativizada hoy en detrimento del hombre, en ese prime time donde pesa más la muerte de un perro que la de cien niños, no lejos de aquí.

En todo caso, el tiempo fue pasando hasta hacernos normal el no tener a la Santamaría abierta, esa gran y pequeña parte de la vida clásica bogotana, amada por sus mejores y peores ciudadanos, siempre dispuestas para la élite más estirada y los hombres más humildes, siempre así, como representación inigualable de una sociedad que también, contra todo pronóstico, sobrevivió a sí misma tras siglos de violencia.



Quizá haya que tener la suficiente valentía para resaltar lo anterior. Un país que en dos siglos no ha conocido la paz, se cree con la autoridad moral de erigir a la tauromaquia como único problema contra la violencia. Quizá esta estupidez sea suficiente para explicar la gran sombra que ha cubierto al país, donde la muerte está normalizada si es la de quien odiamos. Acabar con el toreo no implica ser capaces de tumbar esta gruesa pared, pues resulta de relativizar la vida humana en cambio de otra foránea idea: patria, pueblo, animales, virtudes heterosexuales o cualquier motivo para matar y vivir.



De una forma increíble, verdaderamente increíble para mí, la primera corrida está a una semana. Cinco años, más de mil días en un país con guerras de mil días, y el momento está a punto de llegar. Podrán insultarnos hasta acabar con la lengua, golpearnos fuertemente, cumplir su promesa de quemar con ácido a las mujeres, apedrearnos, volver a echarnos gas pimienta en medio de una huelga de hambre, odiar con tanto odio sin final, pero nada hará que dejemos de sentir este fuego sagrado, esta corriente en la espalda que se prende cada vez que un toro se emplaza, o cuando los clarines del cielo toquen al Gato Montés con unas notas que van a retumbar para siempre en mi vida.

Es cierto: vuelven los toros a Bogotá.


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domingo, 16 de agosto de 2015

Seis mentiras en el vídeo antitaurino de Canal Capital



El Canal Capital, televisión pública de todos los bogotanos, -incluidos los taurinos, esos molestos outsiders que también pagamos los impuestos que la mantienen-, lanzó con motivo de la celebración de Rock al Parque un comercial antitaurino bajo la campaña No a la sangre como espectáculo.

         


SEIS MENTIRAS SEIS EN EL COMERCIAL DE CANAL CAPITAL


1) "Por aquí salía el toro de lidia; se llamaba así porque había un tipo que tenía que lidiar con él"

Esto introduce una falsificación recurrente en el antitoreo: negar la existencia del toro de lidia al desconocer también su particularidad. Para el antitoreo, el discurso de la tortura solo sirve en función de un animal indefenso. De allí saltan a asegurar que los toros de lidia son un invento, y que en realidad los plácidos bóvidos resultan amigables mascadores de pasto, como Fadjen.  El torero sería así un despiadado que desgracia a un animal que no puede luchar, ahondado la inmoralidad del acto.

El toro de lidia no recibe tal nombre de su particularidad zoológica solo porque lo lidien. En realidad en él asisten distinciones del orden genotípico y fenotípico suficientes para hacer de su genoma una prueba aplastante sobre su naturaleza ofensiva. El toro de la corrida, concluyó la Academia, es una raza única, con cromosomas no presentes en otras razas y especies de bóvidos, con información genética relevante como para deducir, con algo de ciencia más que de ignorancia, que el toro de lidia se llama así por serlo, y no porque lo lidien.


2) "Vestido con lentejuelas, porque el tipo tenía que brillar con luz propia"

Aunque parezca un detalle inane, que los antitaurinos desconozcan la naturaleza del traje de luces dice mucho sobre qué es lo que realmente saben de la tauromaquia, un fenómeno que solo puede entenderse si es visto. La distorsión de la propaganda animalista ha extendido la especie de que el torero se viste con lentejuelas. Esto, naturalmente, ha producido un discurso homofóbico en torno a la incomprensión que rodea al fenómeno cultural.

Que la inteligentísima presentadora suponga que el traje de luces existe para "hacer brillar con luz propia" al torero, parece más el eslogan de un champú que una explicación informada al auditorio. En realidad, cualquier somera mirada sobre los estudios antropológicos de Patricia Martínez de Vicente, daría luces sobre cómo esta hermosa pieza de orfebrería tiene un sentido social que versa sobre la adquisición de dignidad de las clases menos favorecidas, que ascendían momentáneamente a la dignidad de señores en los ritos de los caballeros e hidalgos en la época de los Austrias. Curiosamente, tal empoderamiento del vasallo como igual al señor, es uno de los discursos en los que la izquierda encuentra mayor simpatía. En este caso, la ridiculización en torno al traje de torear, además de enmascarar un discurso homofóbico (¿Cómo se va a vestir un hombre con lentejuelas?), es un canto a la ignorancia sobre el fondo cultural de las corridas de toros.
Algo que también puede hacerse para salir de la docta ignorancia antitaurina en torno al traje de luces, es ver este trailer.

3) "Estaba el tipo acompañado por un caballo con un jinete, que tenía una gran lanza; esta gran lanza era clavada en el lomo del toro para humillarlo" (...) "luego salían unos banderilleros (...) tenían unas banderillas con las puntas así" [muestra un dedo alargado]

 Es bastante enojoso tener que desmentir tan meríficas exageraciones sobre lo que realmente pasa con el toro en el ruedo. La puya, según la bélica clásica, es todo lo contrario a una lanza: su función es la de parar o detener, por lo que se clasificaba como separada a aquellas armas arrojadizas que pretendían atravesar un cuerpo. Si una lanza atravesara el cuerpo del toro, quedaría inválido, quizá muerto, y no serviría para las siguientes fases de la lidia, donde debe enfrentar al hombre. Al toro se le pica para defender la cabalgadura, antaño sin peto protector, y también para lucir su bravura, pues el toro debe crecerse ante el castigo. La inexactitud sobre la longitud de los arponcillos también es muy diciente, puesto que nunca serán más largos que un dedo extendido y su función en el toro es la de avivar su embestida. ¿De dónde saca que el tercio de varas es para humillar al animal, si de hecho existe para exaltar su casta? El toro no rehuye la lucha y va al caballo en repetidas ocasiones según la dimensión de su bravura. En ese tercio, el público observa que el animal no sea manso y conmemora su poder frente a la lucha. Tan solo el día de ayer en Dax, Francia, una corrida de Pedraza de Yeltes encontraba la apoteosis con un toro que hacía honor a su estirpe al embestir con bravura a la caballería en distintas ocasiones.
Pero lo realmente mentiroso en esta descripción del toreo, es que obvia deliberadamente dos cosas fundamentales: el toreo de capa y el toreo de muleta. En estos actos, que de hecho ocupan la mayor parte de tiempo en una lidia, el hombre solo tiene un trozo de tela y con él debe crear una coreografía usando para tal fin la embestida de un toro que intenta matarlo. Por esta creación estética se conoce al toreo como un arte. El vídeo, al obviarlo, ignora la riqueza estética de las corridas de toros hasta el punto de hacer parecer todo una lucha digna de martirologio para los santos toros.

                     
                          

                          

                          

4) "Había un tipo que se sentaba aquí (...) cual Nerón en un coliseo, daba la orden de matar al toro"

Mi favorita. El Coliseo fue construido después del reinado de Nerón, el clásico déspota que sentía limitada simpatía por los juegos de circo, aunque eso no le impidiera ser un sádico real con los humanos. Por ejemplo, el incendio que este demencial inhumano provocó en Roma, también pasó por encima de los estanques donde décadas después se levantaría el reconocido y monumental Coliseo. Si este César se hubiera sentado en el Coliseo, como dice la presentadora, en realidad hubiera flotado en una laguna artificial. En todo caso, en las plazas el presidente no ordena la muerte del toro. Su jurisdicción solo llega hasta lo contrario: ordenar que no se mate al animal bajo la gracia del indulto, que es pedido por el público para los toros con ejemplar bravura, digna de ser preservada en la tutela de semental que se le asignará al salir victorioso de la corrida.
La escaramuza mendaz solo sirve para establecer la ignorante relación entre circo romano y corrida de toros. En la corrida no se conmemora la muerte humana, a diferencia del juego de circo antiguo. Tal diferencia no es sutil. La corrida se trata, precisamente, de lo contrario al circo: el hombre debe sobrevivir. Los espectadores del toreo no encuentran regocijo en la sangre, puesto que el toreo está codificado de tal forma que la agresión desproporcionada al toro quita el honor al torero. ¿Cómo pudiera ser que el desacierto en la espada genere el rechazo de un público que supuestamente goza con el sufrimiento? Seguido, los espectáculos con animales en el Circo romano eran menos frecuentes de lo pensado. Se servía la destrucción de especies endémicas de los territorios conquistados, para conmemorar la victoria del imperio. Las luchas de fieras contra esclavos indefensos, coinciden más con el deseo antitaurino que con la realidad de la corrida.



5) "Salían unos señores que eran los monosabios y arrastraban el cuerpo del animal por toda la plaza. (...)Mono, por uno; y sabios por a lo único que los tipos sabían hacer (sic). Afortunadamente estas personas desarrollan ahora tareas más nobles"

Otra genial intervención en los límites entre la ignorancia y la insolencia. La presentadora confunde a los monosabios con los mulilleros, personas estas encargadas de arrastrar los restos mortales del toro. Precisamente están allí para garantizar un trato ritual y puro con los restos de un animal que la cultura taurina considera como sagrado. El toro de lidia no puede salir de cualquier forma; lo lleva un tiro de mulillas engalanadas ricamente, como si al animal se le diera un trato funerario. De hecho lo es:


Por el contrario, los monosabios son ayudantes que mantienen la arena en condiciones óptimas para que los animales, sean caballos o toros, no se rompan las pezuñas. También limpian el ruedo y se someten a la heroica empresa de defender la cabalgadura en caso de que el picador la pierda. Si un caballo de pica cae a causa del indómito ataque del poderoso toro, quienes levantan al caballo son los monosabios. Su nombre no viene del insulto escupido por la presentadora: hace eco de unos monos o micos que hacían labores con tanta agilidad y destreza, lo mismo que minucia y gracia, que el movimiento de los peones por la arena para salvar caballos los recordaba.
Distinto a lo que dice la presentadora, la Alcaldía de Bogotá no se preocupó por el desempleo generado a causa de la prohibición de las corridas en 2012. En el fondo, no tienen idea de las penurias económicas que han pasado las miles de personas humildes que dependían de la temporada para obtener sus ingresos con una actividad legal y de la que aprendieron oficio.
Solo, a modo de humillación por la forma en la que lo expresaron, le ofrecieron a los toreros ser barrenderos y recolectores de basura.

6) "Allá se hacían 20.000 personas que bebían, celebraban y reían de la muerte del animal"

No contenta con inflar en 5.000 la capacidad de la Santamaría en un alarde de profundo conocimiento sobre el coso, la presentadora extiende uno de los mitos más celebrados en torno a la tauromaquia: que el taurino va a la plaza para emborracharse. Imaginar cualquier multitud -incluso antitaurina o imparcial- de 15.000 o 20.000 personas beodas en un recinto cerrado, supondría un problema de orden público descomunal. Las calles colapsarían, se sucederían las peleas en torno a la plaza, se destruirían inmuebles y los antitaurinos sufrirían una violencia casi mayor a la del toro atravesado por lanzas y luego arrastrados por monosabios tras el beneplácito de Nerón. De hecho, es imposible que exista una multitud ebria que a su vez no genere perjuicios significativos para una ciudad.
En realidad la manzanilla, clásico acompañante de la bota taurina, es un inofensivo licor con menos de 1% ABV, o sea, habría que beber docenas de litros de esta sustancia si quiera para sentirse un poco mareado. El toreo no gira en torno a la consumación de licores y las personas que asisten a la corrida, no lo hacen para usar la plaza como cantina pública. El desorden de personas estropeando la vista para dirigirse a los baños, los ruidos propios de la irreverencia alcohólica, y demás manifestaciones que concurren en la felicidad de la embriaguez, raramente pueden coincidir con el silencio, la quietud y la concentración del público taurino. Quien haya ido a una corrida en la Santamaría, sabe de lo que aquí se habla.
Lo de reír de la muerte del toro es quizá la mentira más demencial en esta pequeña comedia de salvajes falsedades. La muerte del toro es precedida por un silencio exigido al espectador: para que el torero se perfile a matar, todo el mundo tiene que estar callado. Por otro lado, ¿por qué no hay un solo vídeo de 20.000 risas estallando en el momento en el que el toro es muerto? De las miles de corridas grabadas en la historia desde que existe el arte del cine y la industria de la televisión, estocadas incluidas, no existe tal cosa como risas pregrabadas de talk show al momento de la muerte. Es imposible. La muerte para el taurino es el centro del ritual, pues supone el sacrificio digno de un animal que no merece ser abatido en la oscuridad de los mataderos. El torero debe ofrecer su vida para matar al toro, pues se lanza entre los pitones para poder clavar el estoque. Las recurrentes burlas en torno a los toreros corneados, pueden dar una idea a los antitaurinos de qué tan letales pueden ser las astas del animal, como para que se tomen en serio esto de la estocada.
El día que un espadazo sea celebrado con risas en una plaza, los taurinos dejaremos de ir.



¿Y qué resta al final? El mérito del vídeo es que su guionista halló a la persona indicada para presentar esta sarta infamante, afrentosa y desconsiderada de falsedades en torno a una minoría que vive en Bogotá la persecución oficial de la Alcaldía. El reclamo contra la sangre como espectáculo obvia que las riñas de gallos ocurren en la ciudad semanalmente, sin que la alcaldía ni el animalismo con contratos suscritos con Petro, hagan nada. El tono del comercial es altamente desconsiderado, rayano en el desprecio y el odio; infunde mentiras y se solaza con un tema que lleva tres años ausente en la ciudad. A pesar del mandato de la Corte Constitucional en su sentencia T 296/13, la alcaldía sigue sin mantener el principio de imparcialidad en la función pública en torno al tema de los toros.

¿Pero cuál es la urgencia de producir un comercial de propaganda negra contra los taurinos? Entre otras cosas, la Alcaldía había expulsado a los toreros que practicaban de salón en la Santamaría, aduciendo que la plaza presentaba grave riesgo de colapso, exponiéndolos con esta medida a la constante agresión en los parques donde deben practicar ahora. Aunque se supone que la plaza está en intervención estructural por una empresa que ganó la licitación, se ve que no es óbice para que dentro de ella Canal Capital produzca un comercial dirigido contra una minoría cultural presente en la ciudad desde 1551 hasta nuestros días. Es, desde luego, el ahíto de la corrección pública, su producción diaria de demagogia en la propaganda,  la moralina que se escandaliza por el león cazado y no por los 12.000 niños portadores de VIH en derredor al felino, hasta entonces indiferente para la trama global. Si como dijo el filósofo catalán Gómez Pin, para el PIB mundial tiene más peso un gato parisino que una familia africana completa. Lo trágico, es que ya hasta el león cazado en Zimbabue tiene más peso en el escalafón de la indignación moral que los 39.000 niños muertos anualmente por desnutrición en dicho país, que además está en el último lugar de la medición de la Unicef sobre esperanza de vida infantil en todo el mundo. Algo paralelo sucede en Colombia con el tema de la tauromaquia en contraposición a los reales dramas de la nación, como, por ejemplo, la desnutrición infantil en La Guajira, que mata niños semanalmente. Desde aquí, es evidente, solo podemos extender falsedades contra la diferencia, aquella que no puede entrar en la trama de corrección de aquella aparente y espontánea sensibilidad moral, si es que puede decírsele así a la actitud que obvia la gran estela de mortandad infantil en despecho de un león, o de un toro.
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Arraigo de la tauromaquia en Bogotá



CONSIDERACIONES PREVIAS

La alcaldía de Bogotá ha presentado en últimos días un proyecto de consulta popular antitaurina para la ciudad. Al reconocer que este mecanismo de participación ciudadana no pretende derogar leyes ni disposiciones constitucionales, pues de hecho carece de alcance para esto, las declaraciones de los funcionarios apuntan a que los resultados de la consulta determinarán si el toreo cuenta con el suficiente arraigo en Bogotá, todo esto en virtud a que la Corte Constitucional en la sentencia C-666/10, dispuso que las corridas de toros solo pueden realizarse en aquellos lugares donde la tradición taurómaca contase con el concurso de dicho arraigo.

Lo anterior abre una serie de dudas con respecto a la consulta, algunas de ellas ya formuladas en el concepto pedido por la misma alcaldía a la facultad de derecho de la Unversidad Externado de Colombia. En aquel análisis, se expresa de forma resuelta que la discusión sobre el arraigo es técnica, y como tal debe abordarse desde la disciplina que estudia el fenómeno, descartando que una votación pública pueda ser equivalente al análisis de las ciencias sociales. En tanto, todos los expertos sin vinculación directa con la alcaldía o el animalismo,  han determinado que el resultado de la Consulta, tal como está planteada, carecería de efectos jurídicos, por tanto su resultado no es aplicable.

De antaño se sabe la animadversión sentida por el burgomaestre actual contra la Fiesta de los Toros en Bogotá. Su lucha, en apariencia animalista, pero rebozada de incontables actos de negación, se interpreta como el ataque de una nueva ciudadanía contra los símbolos del poder conservador y dominante. Al parecer, esta conveniencia política obviaría de forma deliberada los derechos fundamentales de los aficionados y profesionales taurinos, todos consagrados de forma genérica en la Constitución y protegidos a lo largo de siete sentencias, las dos últimas, en específico la C 889/12 y la T 296/13, a propósito de las facultades de autoridades locales para prohibir la actividad taurina en Colombia, cosa que es de potestad únicamente del Legislativo o de un Referendo derogatorio.

El presente escrito pretender ser una aproximación inicial a la realidad del arraigo taurino de la tauromaquia en Bogotá.



En la antropología, los conceptos están atados a la pertenencia de las distintas escuelas de pensamiento. Lo anterior no es óbice para reconocer ciertas definiciones generales que pueden servir de análisis al estudio. Siendo el tema el del arraigo, convendría advertir de partida que esta es una categoría referida a los fenómenos culturales con presencia duradera en el seno de algunas comunidades.
Arraigo, cuya etología en el latín deviene de raíz, es un concepto que para las disciplinas sociales nunca ha contado con métodos de estudio que indaguen sobre las cifras exactas de humanos que se conjuguen con el fenómeno social. En las declaraciones de PCI en la Unesco, por ejemplo, y en donde el arraigo cultural es uno de los requisitos para la obtención de la categoría del Patrimonio, jamás se ponen en consideración cifras de popularidad, número exacto de cultores y otras estadísticas, totalmente indiferentes para las ciencias sociales. Por el contrario, la única medición plausible para determinar la raíz y permanencia de un fenómeno cultural en las sociedades, es precisamente el recuento histórico y la vigencia en el tiempo de los fenómenos. Por ejemplo, en los clásicos estudios indigenistas del Perú, se consideran con mayor arraigo a aquellas culturas que datan de siglos anteriores que aquellas mayoritarias y más cercanas a la contemporaneidad. Para cerrar esta idea, cabría recordad al pensador latinoamericanista Alfonso Reyes, quien destacaba al arraigo como algo contrario a la Universalidad, en consideración al profundo crisol de la riqueza cultural americana, tan variada como distinta en sus múltiples manifestaciones. Encumbrar una manifestación cultural por mor de popularidad, redundaría en una invalidez social con respecto a las ciudadanías que conservan modos antiquísimos y minoritarios de ser.

Sobre lo anterior, también la Convención de París emitida por la UNESCO en 2005, invocando su calidad como máxima autoridad del tema cultural en los países miembros de la ONU, contempla que el carácter minoritario de un fenómeno cultural no enerva ni su arraigo ni su pertinencia. Sensu contrario, la UNESCO considera que todas las manifestaciones culturales minoritarias son dignas de protección por parte de los Estados firmantes de la Convención, dentro de los cuales se encuentra la República de Colombia. Esto contradice totalmente el espíritu de la consulta, pues es suya la pretensión de eliminar una cultural minoritaria en razón a mediciones ciudadanas de pertenencia, cuando en realidad la conclusión de la votación es que merecen protección estatal para su fomento.
Según el «Principio de igual dignidad y respeto de todas las culturas» consagrado en la Convención de la UNESCO, se debe garantizar para la cultura minoritaria. En el mismo convenio, su artículo 7 determina medidas para la promoción de las expresiones culturales, en tanto que se les permita «crear, producir, difundir y distribuir sus propias expresiones culturales, y tener acceso a ellas, prestando la debida atención a las circunstancias y necesidades especiales de las mujeres y de distintos grupos sociales, comprendidas las personas pertenecientes a minorías y los pueblos autóctonos»[1]. Teniendo en cuenta que la Corte Constitucional a lo largo de su línea jurisprudencial ha considerado a la tauromaquia como parte del Patrimonio Intangible del pueblo de Colombia, su adecuación a estos principios técnicos y legales es evidente.
Por otra parte, la Constitución Política de Colombia también contempla, además de los derechos a la participación ciudadana, los derechos culturales como fundamentos de la nación. Por ejemplo, su Artículo 7 contempla a Colombia como un «Estado que reconoce y  protege la diversidad étnica y cultural de la Nación». Entre tanto, el Artículo 8 conmina como obligación del Estado el proteger dicha riqueza. No es de obviar la línea jurisprudencial de la Corte en el tema taurino.

En suma, el problema de la consulta antitaurina es su confusión del arraigo social con el arraigo cultural. La malversación entre ambas categorías sociológicas, sin embargo no las hace susceptibles a demostrarse mediante el conteo de votos. Por ejemplo, no existe el primer estudio de ciencia social que mida la popularidad desde las urnas para delimitar la naturaleza de un Patrimonio Cultural Inmaterial. En virtud de lo anterior, las votaciones reemplazarían los trabajos de maestros como Claude Lévi-Strauss o Clifford Geertz en lo que refiere al análisis antropológico sobre los fenómenos. Lo anterior, sería tan absurdo como determinar por vía de las urnas la veracidad de alguna religión con respecto a las otras, o inquirir sobre la naturaleza y protección de los Derechos Humanos mediante consultar o referendos.

La consulta antitaurina planteada por la alcaldía de Bogotá, además de carecer de aplicabilidad jurídica, al no derogar sus resultados la Ley 916 de 2004, tampoco puede ser un instrumento para reemplazar discusiones técnicas que tienen su especialización interdisciplinaria en el seno de la academia colombiana. Finalmente, resulta evidente que el Estado de opinión ha sido altamente desestimulado por la Corte Constitucional, desde luego por la inconveniencia de sus efectos y deseos.


ARRAIGO TAURINO EN BOGOTÁ 

Comprendiendo a la cultura taurina como un todo de manifestaciones en torno al toro, y no solo como el concurso de la corrida, puede decirse que el arraigo taurino en la ciudad data desde la llegada de los toros a un territorio que, como el americano, no los tenía como animales endémicos. Es Alonso Luis de Lugo, junto a frailes cartujanos, quienes en 1543 importan a la sabana de la recién fundada Santa Fe los primeros ejemplares. Luis de Lugo vendió 35 toros y 35 vacas, a precio de mil reales por cabeza, para que fueran distribuidas así en las haciendas reales como animales guardianes.

Para 1551 se registra oficialmente la primera corrida de toros en Santa Fe, nombre que antaño las disposiciones territoriales del virreyno le daban a Bogotá. Fue en honor a la instalación de la Real Audiencia, y posteriormente para la llegada de su primer presidente, Andrés Díaz Venero de Leyva. Lo anterior quiere decir que en la capital se hacen festejos taurinos desde hace 464 años, extendidos hasta el 2012 con regularidad sorprendente, pues, como se verá más adelante, ni siquiera la época republicana refrenó el gusto taurómaco. En todo caso, es mayoritaria la presencia de años con festejos taurinos que las interrupciones por abolición. Estas últimas pueden dividirse solo en dos periodos históricos: la prohibición por bula papal y la de Gustavo Petro.

Otros autores señalan a la capital como epicentro de distintos festejos, significativos por su condición de celebración civil: «Del siglo XVI, se tiene al menos noticia de seis corridas: a la llegada del adelantado Alonso de Lugo; en 1545, cuando tomó el mando Pedro de Ursúa; en 1547, a la llegada de Miguel Diez de Armendáriz; en 1550, cuando el establecimiento de la Real Audiencia; en 1551, durante la posesión de Juan de Montano, y en 1564, cuando Andrés Diez Venero de Leyva tomo posesión del gobierno de Santafé»[1].
En cuestión, el toreo bogotano a lo largo de los siglos no pudo disociarse de su ocurrencia gracias a fastos civiles. Se hicieron corridas en la Plaza Mayor, como entonces se le llamaba a la Plaza de Bolívar, para celebrar ascensiones de reyes, llegadas de virreyes, proclamaciones de santidad, pero también para celebrar la Independencia y luego para conmemorarla de forma institucionalizada. Colonia y República son taurinas.

En El Carnero, primera obra literaria auténticamente colombiana que puede considerarse como tal, se narran innumerables festejos taurinos como parte activa de la vida santafereña. También es célebre la glosa sobre las vicisitudes piadosas vividas por Don Luis López Ortiz, próspero comerciante santafereño que se salvó milagrosamente del ataque de un toro que entró en su local, escapado de una corrida, y que apenas le ofendió untándole su levita con babas. A tal hecho, que trascendió por siglos en la memoria colectiva bogotana, se le confirió la categoría de milagro.

Con el discurrir de los siglos coloniales se pueden reconocer que la cultura taurina formó arraigo en la sociedad capitalina, bajo la forma de transcultura o transferencia cultural. Aquí, la tauromaquia adquirió una manifestación particular, permeada por el color local y el modo de ser santafereño. Por ejemplo, se toreaba con ruana, o se trasteaban los toros barrio a barrio, todo bajo preceptos de comportamiento netamente santafereños, rodeando los festejos además de manifestaciones gastronómicas y musicales propias de la región, cosa que no ocurre en ninguna otra tauromaquia del mundo. Desde luego los festejos también se verificaban en consonancia de severas celebraciones, más serias y con grandes componentes de hecho social. Algo digno de mencionar es que la única ocasión en la que se ponía alumbrado público, consistente en velas de cebo, era en la celebración de proclamaciones virreinales, ascensiones reales al trono y, desde luego, en días de corrida.
A la llegada del presidente aragonés Dionisio Pérez Manrique en 1669 de Lara se prohíben los festejos taurinos, mas no dejan de realizarse, debido a la gran afición del pueblo a la tauromaquia. Solo sería la aplicación de la bula papal antitaurina, extensible a todo el reino y las colonias, la que sea capaz de acallar la celebración de corridas por casi cinco décadas.


Durante 1654 hasta 1703  persistió una abolición de las corridas de toros en Santa Fe, no obstante los constantes festejos realizados, casi de forma subversiva, en fincas privadas y días de extremo clamor social, donde las autoridades se hacían las de la vista gorda, pese a la tremenda protesta de la iglesia.

Ante la llegada del ilustre virrey Diego Córdoba Lasso de la Vega, los festejos taurinos vuelven a la capital con gran pompa en 1704, al conmemorarse la jura de Luis I con fastuosas corridas de toros. Como ahora, el resurgir de la tauromaquia entre las aficiones de la población, no pudo ser posible sin el arraigo que esta práctica goza en determinado sector social:


 «El presidente Diego Córdoba Lasso de la Vega logró restablecerlas a principios del siglo XVIII, con la condición de que «con ningún pretexto ni causa, llegada la noche desde las Ave Marías, no salgan ni corran a caballo, ni saquen toro dentro del lugar ni sus arrabales hasta la hora común del alba, como ni tampoco al tiempo que se celebran los oficios divinos; pena al transgresor del perdimento del caballo y silla y dos meses de cárcel»[2]


Se distinguió por su particular afición el virrey José Solís Folch de Cardona, advenido como tal en 1753. Para 1756, merced a la noticia de la exaltación de su hermano Francisco de Solís a cardenal, se realizaron los festejos taurinos más grandiosos de los que Santa Fe tuviera memoria. Sin embargo, con la ascensión del abolicionista Carlos III a la corona española, la Nueva Granada, nombre que entonces se le daba a los territorios de Colombia, también ve el arribo del virrey Pedro Messía de la Zerda en 1761. Aunque se se celebran cuatro corridas de toros por su llegada,  luego él mismo hizo valedera la abolición de Carlos III. Pero no puede decirse que la ciudad se quedase sin corridas de toros, pues Messía de la Zerda seguía realizando festejos en su finca privada de El Aserrío, propiedad luego de don Antonio Nariño
Es precisamente don Antonio Nariño, en su calidad de alcalde regular de Santa Fe, quien en 1789 da la primera noticia de corridas de toros organizadas sin el concurso de fuerzas civiles extranjeras, volviendo a la vieja usanza de realizar festejos taurinos por espacio de seis días. Su paralela traducción al castellano de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sembró la semilla revolucionaria entre la élite de Santa Fe.

El último Virrey, Antonio Amar y Borbón, fue recibido con toros pese a la creciente subversión que gran parte de los santafereños ya sentían por la corona extranjera. En tal modo, y de forma curiosa, los hechos oscuros de pacificación ocurridos por la retoma del poder por parte de Morillo en defesa de la corona de Fernando VII, estuvieron ausentes de festejos taurinos casi, de no ser por un festejo en 1861 que pasará a la posteridad por ser motivo de ofensa a Morillo. En él, un independentista de nombre José Ramón Escobar, obtuvo su libertad y la de 11 de sus compañeros al banderillear un toro pese a contar en sus piernas de recio bogotano con los pesados y oxidados grilletes que servían para demorarlo en una mazmorra, centro de la represión. El pueblo saludó frenéticamente la proeza de Escobar, frente a la que el pacificador Morillo no tuvo otra opción que bajar la cabeza, y dejar de asistir a toros.

Lograda la primera proclama de Independencia, se celebraron festejos taurinosnueve días después del 20 de julio de 1810, en lo que los historiadores consideran es la primera corrida republicana: «En efecto, el día 29 hubo misa de gracias con gran solemnidad y en la tarde corrida de toros con mucha alegría y regocijo. Con motivo de la instalación del Congreso, en la tarde de los días 23, 24 y 25 también hubo toros, que fueron breves, y en la noche iluminación Finalizando el año de 1811, el 24 de diciembre, tuvo lugar la elección de presidente del Estado en propiedad, designación que recayó en Antonio Nariño, quien de paso diremos era muy aficionado a los toros. Al día siguiente, de pascua, se lidiaron toros magníficos, función que se repitió el día 27 amenizada por la banda de sargentos y cabos de Milicias»[3]

Conforme iba verificándose el proceso de emancipación, los ejércitos patriotas fueron financiados en parte con festejos taurinos. Famoso es el registrado en Santa Fe, cobrando medio real la entrada, cuyos réditos se destinaron a comprar el atalaje necesario para que el ejército libertador saliese de la vicisitud provocada por el brutal a través del páramo dl Pispa. Como refieren a los historiadores, «Despidieron al ejercito libertador con toros El 21 de enero de 1815. Simón Bolívar se hizo cargo del ejército patriota y a pesar de que los bogotanos no estaban muy contentos, el día 22, que fue domingo, se celebró un gran festejo taurino, destacándose los jinetes sabaneros que competían valerosamente con los osados toreadores de a pie».[4] Como era de esperarse, la noticia de la total emancipación fue celebrada en 1817 con diversas celebraciones, entre ellas, naturalmente, corridas de toros.
Con lo anterior se entiende que la tauromaquia ya no era concebida desde mucho ha por el capitalino como síntoma de una cultura extranjera, sino que la verificaba como un sentir suyo; el toreo ya era una cultura santafereña, sin visos de extranjerismo, por lo cual no podía simbolizar nada español, teniendo su auge más significativo precisamente en la época republicana.
Ya en Bogotá, se decreta desde 1846 que la celebración de la independencia se conmemoraría el 20 de julio con corridas de toros en la plaza de Bolívar.
Aquí inicia la edad moderna del toreo colombiano, con la irrupción de toreros profesionales españoles como maestros de los patrios, la consolidación de las plazas monumentales, las grandes ferias capitales y, desde luego, el levantamiento de la Plaza de Toros de Santamaría, referencia absoluta de la tauromaquia americana.
Ante la llegada de las primeras cuadrillas españolas que practicaban el toreo a pie, se popularizan las capeas en distintos barrios bogotanos: San Diego, Las Cruces, Chapinero, Las Nieves y San Victorino, son los principales distritos que desde 1980 crean sus propios cerramientos para que hagan las veces de plazas de toros. También, con la definición de los caminos de herradura y la navegabilidad del Río Magdalena, empiezan a aparecer reses llaneras y cuneras que propician el toreo a pie hecho con muleta, como ya estilaba en España desde un siglo antes. Cada barrio vivía la tauromaquia según sus propias posibilidades económicas (de las elegantes corridas de Chapinero, con toreros traídos de España y asistencia de la alta sociedad, hasta las populosas corridas de San Victorino y Las Cruces, donde prosperó la industria de la chicha y las gentes más humildes encontraron su afición con modos más furiosos). Aunque desde entonces el toreo recibiera el desprecio de parte de la población, no deja de ser cierto que la práctica lograba atraer a los capitalinos que así lo quisieren, en virtud al enraizamiento de la misma.

Con la explosión demográfica, lo mismo que con la naciente industria del espectáculo, se hizo patente la necesidad de tener escenarios idóneos para la práctica taurina, a la par que grandes toreros españoles se popularizaban entre los aficionados. Es también para 1890 que Bogotá cuenta con su primer escenario taurino digno de tal nombre: La Bomba, circo de madera que precedería a otras 18 pequeñas plazas construidas ex profeso antes de la irrupción de la Santamaría en 1931.

Tras el advenimiento de las reses de casta pura importadas por la familia Sanz de Santamaría en la década de los 20, el toreo en Bogotá adquiere su plena madurez. Con la necesidad de tener un escenario monumental para albergar a la ya presente afición, conocedora y seria, don Ignacio Sanz de Santamaría invierte su fortuna en la construcción de la plaza de toros que hoy tiene en disputa a dos sectores de la sociedad, que no a toda. El domingo 08 de febrero de 1931, y ante la presencia de todas las fuerzas representativas de la vida civil capitalina y nacional, se verifica la primera corrida de toros en esta plaza.

81 temporadas taurinas alcanzaron a verificarse antes de la llegada de Gustavo Petro a la alcaldía de Bogotá en 2012, año en el que se realiza la última corrida. En dicha temporada final se registran cuatro imponentes llenos en la plaza, los días 15, 22 y 29 de enero, y finalmente el 19 de febrero, cuando se clausurara el recinto para espectáculos taurinos. Frente a esto, cabe preguntarse cómo puede llenarse cuatro veces una plaza monumental con cabida para casi 15.000 espectadores, de no ser porque dentro de su población hay el arraigo suficiente para vender más de 60.000 entradas para las funciones de toros.
Ya en 2014, la Corte Constitucional de Colombia reitera su línea jurisprudencial al proferir el fallo de tutela T-296/13, con el que conmina a la administración distrital a restituir la Santamaría como plaza de toros. Se puede subrayar el siguiente punto del auto de aclaración:

«5.5.1.3. Razón de la decisión: (i) la tauromaquia es una expresión artística y cultural, reflejo de un arraigo social y de la realización de una tradición sociológica; (ii) el deber constitucional de protección animal no se opone absolutamente a la celebración de espectáculos taurinos, en virtud del deber, también constitucional, de promoción y protección de la diversidad y el patrimonio cultural».

La parte resolutiva de la sentencia, cuya observancia es de obligatorio cumplimiento, ordena:

«restituir de manera inmediata la Plaza de Toros de Santa María como plaza de toros permanente para la realización de espectáculos taurinos y la preservación de la cultura taurina, sin perjuicio de otras destinaciones culturales o recreativas siempre que éstas no alteren su destinación principal y tradicional, legalmente reconocida, como escenario taurino de primera categoría de conformidad con la Ley 916 de 2004».
Junto al punto anterior, huelga decir que la Ley 916 contempla a la Santamaría como plaza de primera categoría en Colombia, estatus que solo se da a los recintos monumentales construidos para el uso de la tauromaquia. Gozando de este rango legal, la Corte Constitucional también reconoció en la sentencia C 889/12 que la mera existencia de una plaza de primera categoría, es prueba suficiente para determinar el arraigo de la tauromaquia en excepcionalidad al estatuto de protección animal, siempre y cuando los festejos se realicen en las fechas tradicionales, que en Bogotá pueden rastrearse, como se vio, hasta el siglo XVIII.


  
Según lo expuesto, el toreo en Bogotá hace parte, junto a múltiples manifestaciones dispares, del patrimonio cultural intangible del pueblo bogotano, pues como fenómeno cultural ha estado presente en la capital desde todas sus edades históricas, contando en el siglo XXI con el suficiente arraigo como para ser capaz de llenar la plaza de toros en sucesivas veces, pese al rechazo que un sector de la sociedad erige contra esta clase de prácticas. Se vería inadecuado determinar por vía de las urnas, y en directo atropello a derechos fundamentales ya tutelados por la Corte Constitucional y la Ley, principios técnicos que corresponden a las disciplinas de las ciencias sociales, y, desde luego, ante la clara vigencia del toreo desde 1551 hasta 2012, e incluso con posterioridad, como ha quedado patente con las múltiples manifestaciones que los aficionados taurinos de Bogotá han adelantado contra las medidas de la administración distrital. En suma, si se determinara por vía de la popularidad el arraigo de cualquier expresión cultural, se concluiría que en realidad la capital no cuenta con ningún tipo de arraigo hacia nada, puesto que ninguna práctica cuenta con la unanimidad favorable de la población, sean los ritos indígenas, la consumición del tamal con chocolate, el uso de la ruana o, como es objeto de esta disertación, las corridas de toros. Sensu contrario, el desarraigo resultaría de una abolición lograda por vía de las urnas y en total distorsión de las disposiciones de la Corte Constitucional, en cuyas sentencias, no es posible encontrar en la parte resolutiva, mandato alguno que ordene a las administraciones para que verifiquen por sondeos el nivel de popularidad de la práctica taurómaca, con miras a validarla o negarla. Ya la Corte dispuso a través de la sentencia C 889-12, la falta de alcance de las autoridades locales para la restricción de la tauromaquia en plazas de primera categoría, y también en T 296-13, donde hay un directo mandato dirigido a la alcaldía de Bogotá, donde se le conmina a «abstenerse de adelantar cualquier tipo de actuación administrativa que obstruya, impida o dilate su restablecimiento como recinto del espectáculo taurino en Bogotá D.C». Los resultados de una eventual consulta, sin poder aplicarse, también contradirían el mandato del Constitucional.

Si bien es cierto que la cultura es mutable, y que la espontánea sensibilidad moral es uno de los rasgos definitivos de la sociedad moderna, tampoco deja de ser cierta la prevalencia de los Derechos Humanos, donde el libre acceso a la cultura es uno de los basamentos para una sociedad evolucionada. Por el contrario, las prácticas de totalitarismo en contra de minorías al otro lado de los «desacuerdos razonables», son rasgos distintivos de las peores experiencias sociales del siglo XX.

En consideración a lo anterior, el arraigo de la cultura taurina de la capital está demostrado por vía legal ante la existencia de la plaza que la Corte ordenó restituir para espectáculos taurinos, en toda medida al tutelar los derechos fundamentales de los toreros y aficionados bogotanos, que mantienen la vigencia de un fenómeno cultural presente en la capital desde 1551.



NOTAS





[1] http://admin.banrepcultural.org/node/32536
[2] Íbid.
[3] http://www.banrepcultural.org/node/32538
[4] Íbid.

(1) http://www.taurologia.com/imagenes%5Cfotosdeldia%5C1672_ensayo__la_fiesta_de_toros_en_colombia.pdf
[2] http://www.unesco.org/new/es/culture/themes/cultural-diversity/cultural-expressions/the-convention/convention-text/

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miércoles, 21 de enero de 2015

La maravillosa historia de Gracioso y sus cinco hijos indultados



Jerónimo Pimentel, oriundo de la torista Cenicientos, da inicio a esta historia.
Había traído desde España un lote de sementales de encaste Domecq a Colombia, tropilla que agitarían su sangre con el trópico, luego la altitud del páramo, para revolver por siempre la historia del toreo nacional. Es el 95, año en que Rincón abre su quinta puerta grande de Madrid. Entonces la tauromaquia colombiana experimentaba ya el desgaste natural que sucede a cada burbuja o boom. Las cuatro puertas grandes en Madrid de 1991 habían supuesto un aceleración brutal en nuestra tauromaquia, al vivirse una auténtica fiebre taurina, revuelta en las capitales, las provincias, las ocho plazas portátiles importadas. Se multiplicaron las ferias, cundieron los visitantes, los festejos se aumentaron en número y las ganaderías se estiraron para poder soportar ese movimiento. Ya en el 94, algunas casas señeras dan síntomas de consanguinidad y mansedumbre, pues para abastecer la cantidad de festejos se destinan adelantos y se relaja la selección para poder sacar más toros en la camada, bajando con ello el trapío y el comportamiento. Allí está entonces la temporada del 94, abúlica en Bogotá, casi conmemorativa en Medellín, extraña en Cali, eternizada en Manizales y quebrada en Cartagena.
Pimentel, quien había administrado la Santamaría, coincide con la nueva necesidad de reformar la cabaña brava colombiana. Años antes el de Cenicientos se radicó en Colombia, en aquel año de 1958. Había sido torero, tomando la alternativa en Burdeos con los portugueses de Palha,  oficiando de padrino Julio Aparicio y con Ordóñez como testigo. Los rumores de la naciente Feria de Cali lo trajeron a este país, donde se quedaría hasta nuestros días, siendo ganadero de El Paraíso, hierro que motiva el presente escrito.

Tras Monserrate, el cerro tutelar de Bogotá, siguiendo cuesta arriba en esa espalda por una sinuosa carretera, Cundinamarca se enfría y va desarrollando una orografía helada. Se sube junto abismos llenos de niebla, pueblos de cordillera y flora de páramo. Se sigue ascendiendo en medio del sobrecogedor frailejón y ya está, Choachí, un pequeño pueblo con escuela taurina, fundada por Pimentel, y una plaza fija para 2000 espectadores, enclavada junto a la plaza de mercado en la falda de la montaña. Se siguen 40 minutos por una tormentosa carretera veredal, atravesada por dos puentes de madera que salvan dos riachuelos de agua blanca. Lo primero que se piensa es en la cantidad de toros pesados que habrán trasegado esos puentes endebles, algunos para luego volver con la gloria del indulto para la casa. Llegaron al Paraíso.
En la vereda Fonté desembarcan entonces 150 vacas de Juan Pedro Domecq, Jandilla y Torreón. Ellas son la avanzada de una revolución ganadera que aún retumba en Sudamérica y que transformó los conceptos ganaderos en Colombia. Luego llegarán en el 95 y 96 los 16 sementales, también de las mismas ganaderías de los vientres, además de tres de Salvador Domecq y otros dos de Enrique Martín Arranz. Ya están madres y padres en El Paraíso, la finca que los recibe. Son entonces las montañas de Cundinamarca y un toro melocotón herrado con la V ducal del Duque de Veragua, gloria del campo bravo del siglo XIX en España, ahora observando la muerte del siglo XX en la lejana América.
Aquel melocotón se llama Gracioso, dejando ver en su costado el número 120.



 La anterior es la calificación de los 16 sementales originales que fundan la ganadería El Paraíso. El tercer astado, marcado con el número 120, es reseñado como "Superior en todo lo bueno", por lo tanto calificado con un 9-9-9.
Gracioso es casi el toro perfecto.
¿Pero cómo la cabaña brava española deja huir esta fuente de bravura, comprobada entonces en el tentadero y luego en la historia? La respuesta es cuando menos particular: Enrique Martín Arranz y José Miguel Arroyo, el torero, pactaron una alianza con Jerónimo Pimentel para hacerse con esta cantidad ingente de vientres y sementales de Juan Pedro Domecq en los 90,  que alimentaría a la postre muchas ganaderías en ambos países del toro. A José Miguel Arroyo le había impresionado este Gracioso, hijo del semental Ilusión -el número 40- adivinando una bravura de tal fuerza que fijaría muy bien sus caracteres en su descendencia. Pero el hijo de Ilusión conservaba esa característica del Jandilla en el desarrollo cornidelantero de sus astas, sin duda recesión de algunos goterones de Veragua, también presentes en la sangre Domecq. En suma, Gracioso no tenía la suficiente cuerna para padrear, pues podría heredar, además de su bravura, pitones cortos, inadmisibles ya para entonces en las corridas españolas que variaron el tipo de gran parte de la casta Vista Hermosa. Así como Baratero de Victorino Martín posee una exigua cuerna al lado de cualquier Albaserrada de hoy, también Gracioso era de aquella época cuyo tipo es más reducido que el actual, por tanto incompatible.
 Así es que un toro que pudiera ser el más codiciado de los años 60 o 70 en España, debe descartarse en los 90 con enorme dolor por José Miguel Arroyo, quien lo cede a  Jerónimo Pimentel para que viaje a Colombia, donde la profusión de astas no es un imponderable de la cabaña brava aún hoy. Gracioso, nunca mejor dicho, estuvo a 15 centímetros de quedarse en España, donde sin duda hubiese dado un aliento fundamental a los problemas de remos y fuerzas en la cabaña brava de finales de siglo.

Para la tauromaquia colombiana es este un documento histórico: la reata de Gracioso 120. Hijo de Ilusión y  de Graciosa, Melocotón fino, de calificación 9-9-9. Abajo, la finca El Paraíso, donde padrearía.


Gracioso llega así en el 96 a tierras colombianas tras un viaje en avión y el camino de dos horas desde el aeropuerto de Bogotá hasta la finca donde sería rey, pasando por aquellos dos puentes de espanto. De inmediato empieza a padrear bajo los lineamientos de seriedad y transmisión infundidos por el ganadero, quien tienta sus vacas en la plaza de Choachí para dar oportunidad de torear a los novilleros de la escuela taurina. La primera camada, a inicios del siglos XXI, sería observada por los aficionados como un revulsivo ante la anestesia de una tauromaquia que abría los ojos tras el estallido de Rincón, más social que taurino en nuestro país para entonces. Sus hijos llenarían de una nueva bravura los ruedos, más larga, con ese tranco adicional que da el galope entregado. Desde luego también sube el tipo del toro, cuajado y rematado pese a la altitud superior a los 2600 metros sobre el nivel del mar donde se cría. Jerónimo Pimentel no olvida que es de Cenicientos, y aunque la proteína se acumula para producir el abundante pelaje que protege a los toros del frío, en detrimento del desarrollo de los cuernos que usan la misma proteína, remata sus toros con imponentes estampas y el hasta entonces inadvertido desarrollo de los cuartos traseros, sinónimo ahora del buen criar. Sus toros son bajos, macizos, empujan en el caballo y desarrollan emoción en la muleta por su tranco serio, alimentado por el motor que gira con la sangre de Gracioso.
Pero el cuajo es su seña de identidad, incluso hasta para su inri. Algunos aficionados observaron un tipo de exageración en una corrida bogotana que bordeaba los 600 kilos, y en la que actuaba José Tomás, página triste, ineludible en todas las ganaderías de la historia, pero lejana de aquel inicio de siglo cuando Gracioso tuvo más de 10 hijos que volvieron de la muerte, cinco de ellos en plazas de primera categoría.


Dos sementales más de la importación original. El 150  Refrenado  (cinco puyazos, franqueza, seriedad y recorrido) y el 22, de nombre Desgreñado (ocho puyazos, casta y seriedad), ambos también piezas fundamentales al ser productores de vacas que ligarían de forma ejemplar con el fondo de Gracioso 120.
























Buboso, Lanudo, Jarrero, Trotón, Apasionado; Lascivo, Lanzafuego, Vagabundo I, Vagabundo II, Giboso...todos hijos de Gracioso 120, rompiendo plaza con la primera impresión de su estampa cuajada. Todos empujaron en los tres tercios con la bravura transmitida de su padre, ante la mirada de una afición que comprendía de un solo golpe los cambios evolutivos de la cabaña brava mundial, disputada en ese equilibrio entre la transmisión en la muleta y la seriedad del tipo. Bogotá, Cali, San Cristóbal, Manizales, serían las ciudades americanas que presenciarían este rompimiento en la muleta, la ligazón emocionante, el pozo profundo de la bravura que va a más.

Así que una ganadería debuta en las ferias, precedida por la historia de un toro de color desconocido para América hasta entonces, por inexistente,  y sus hijos embestían como tampoco se había visto.

Gracioso, padre de los jaboneros en América, produce máquinas de embestir que vengaban así el rechazo sufrido en España contra su tipo. El primer golpe sobre la mesa fue con Buboso, indultado en Cali por El Juli en una corrida donde se ovacionaron los cuatro primeros, se le dio la vuelta al ruedo al quinto y se indultó al jabonero. Aquel 2001 vería descollar para Colombia a El Paraíso y El Juli gracias a esa faena, aún hoy rememorada por su estilo apasionante y encadenado, cuando el diestro de Velilla era una promesa precoz y no un espasmo de retorcimientos y cólicos.

José Pacheco El Califa, quien observaba la corrida, declararía en El Tiempo que Buboso era perfectamente un toro de indulto en España. ¡Un toro de un nuevo color y que ponía bocabajo la feria! Demasiada sorpresa para el americano consumidor de sorpresas.

Un año después embestiría Lanudo, inicialmente rechazado por los veterinarios de la Santamaría de Bogotá y que entraría en la corrida por los buenos oficios del ganadero. Ramiro Cadena lo indultaría en una faena atropellada, pero que desbordó los ánimos de la plaza por la bravura del toro, luego exportado a Venezuela donde encontraría la muerte a sus 14 años en la ganaderías Los Ramírez, no sin antes cubrir de bravura parte a la cabaña brava de ese país, al tener cinco hijos suyos indultados, nietos de Gracioso.
En el festejo de Bogotá todos salieron a hombros.

Trotón fue indultado por Paco Perlaza en Manizales, semanas después del indulto de Buboso en Cali. La crónica echa de menos una tercera vara a ley en un festejo donde también se le dio la vuelta al ruedo al primero.

Jarrero sería indultado en Venezuela por David Luguillano, en una feria de San Cristóbal que premiaría al Paraíso por una corrida apoteósica; esta feria que también vería a El Cid indultando a Galopo.

Apasionado también salvaría su vida en Venezuela, aun en contra de una presidencia que se resistía a la creciente tendencia a indultar. Su bravura fue tal que Javier Conde se negó a matarlo, reclamando el derecho de Apasionado a padrear. Se dejó sonar los tres avisos y pasó la noche en prisión.

Buboso, Lanudo, Jarrero, Trotón, Apasionado; Lascivo, Lanzafuego, Vagabundo I, Vagabundo II, Giboso...en ese año 2001, desvariado anagrama del 120.




Los indultos de Cali y Bogotá. La tercera foto es de Lanudo, pastando en Venezuela, donde daría cinco nietos del 120, todos indultados.
Maravilla es la palabra que debe ser aquí utilizada para resumir esta historia: maravilla por el cuajo y el pelo de los toros, celebrados por la afición en el momento más necesario, síntomas de renovación y de encanto. Maravilla que un toro produzca tal cantidad del indultos, que pueden defenderse bajo la necesidad de renovar la cabaña brava de Sudamérica hacia un feliz puerto. Maravilla que el prejuicio de una época lo empujara de España hacia Colombia, para repartir sementales en festejos que avivaban la llama de la Fiesta en un momento de anestesia. Maravilla que El Paraíso refundara el torismo en Colombia, marcando el camino para casas como Santa Bárbara, Alhama, Armerías, Juan Bernardo Caicedo, Peñalisa, Paispamba o Guachicono, donde la sangre de Gracioso también se regaría para luego pasar a la práctica totalidad de la cabaña brava colombiana. Maravilla que su finura, que recuerda a la de Diano, encierre ese misterio místico de la bravura de un animal sobrenatural, al que debemos todo. Como un tesoro devuelto, la tauromaquia sudamericana contemporánea no podría explicarse sin la maravillosa historia de Gracioso y sus cinco hijos indultados, pues sus nietos y bisnietos se lidian aún hoy en las plazas de Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú.

El 21 de febrero de 2004, a sus 11 años de edad, Gracioso sucumbiría ante una fiebre de garrapatas. Tiempo atrás, la última visión de su ganadero fue la de verlo malamente tumbado en el potrero, lo que produjo alarma. Desde los 2200 metros sobre el nivel del mar el cultivo parasitario de garrapatas está disparado por las condiciones climáticas. Esas garrapatas, que nunca pasaron los puentes de madera, atacaron a traición a uno de los toros más bravos de la historia, logrando doblegarlo de pezuña. Miró del cielo más alto al pasto fecundo y brutalmente verde de Colombia. El mayoral lo encontró muerto. Para entonces había sentado las bases fundamentales de nuestra historia, colmando de bravura la gran tarde de la fiesta americana.



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miércoles, 12 de noviembre de 2014

Manifiesto Libertario de Bogotá.




MANIFIESTO LIBERTARIO

Para nosotros, los aficionados a los toros, el toreo es una manifestación de alta cultura. No porque lo hayan cantado los poetas o pintado los pintores, ni porque Francia, burocráticamente, lo haya declarado patrimonio cultural intangible de su tierra. Sino porque es una actividad que se expresa de muchos modos y es a la vez muchas cosas: una fiesta, un rito, un espectáculo, un combate, un sacrificio, un juego. Y un arte.

Las artes se definen por sí mismas, sin necesidad de demostración teórica: son como el movimiento, que se demuestra andando. Y en consecuencia se defienden también por sí mismas. Pero el arte del toreo, como todas las artes, tiene un enemigo, que es el poder. El de la Iglesia lo ha perseguido durante siglos, el de las autoridades civiles ha querido prohibirlo en muchas épocas y lugares, tanto cuando son despóticas – dictaduras o monarquías de derecho divino –como cuando se pretenden democráticas en virtud del derecho de las mayorías a gobernar. Olvidando el otro elemento esencial de la democracia, que es el respeto por las minorías.

Es esta última modalidad de acoso la que nos tiene reunidos hoy aquí, ante esta plaza de toros de Santamaría arbitrariamente clausurada por el capricho de un alcalde, que lo justifica en nombre de la estrecha aritmética que le dio el triunfo electoral.

Los aficionados a los toros somos una minoría, y sabemos que nuestros gustos no son universalmente compartidos. Por eso no aspiramos a imponerlos sobre los de otras minorías haciéndolos obligatorios, ni queremos tampoco prohibir los suyos, que pueden ser tan variados como la ópera o las carreras de motocicletas o la práctica del espiritismo, las procesiones religiosas o las maratones de marcha a pie. Sólo pretendemos que, recíprocamente, no nos impongan los suyos ni nos  supriman los nuestros. No queremos ni mandar ni prohibir. Pero nos resistimos a que nos prohíban y nos manden.

No se trata únicamente de reclamar el derecho a asistir como espectadores a las corridas de toros. Se trata también de defender el derecho a elegir el propio oficio. En este caso, la profesión de torero, como lo desean estos jóvenes novilleros que llevan meses acampando frente a las puertas cerradas de la plaza de toros, como refugiados de una guerra. 

O como lo hicieron estas figuras del toreo venidas de España, México y Francia, y por supuesto también de Colombia, para acompañarlos en persona en una manifestación de solidaridad con ellos y de coherencia con sus propias vidas. Estamos aquí, en suma,  para exigir la libertad. La libertad de expresión. La libertad de elección. La libertad del placer. Contenidas todas en el eterno sueño libertario que es la prohibición de prohibir.

Quien quiera suscribir este Manifiesto, bienvenido sea. Ya lo haga por su afición a los toros, o por su interés en el arte, o por su tolerancia hacia los gustos ajenos, o por su respeto por los derechos de las minorías, o por su amor a la libertad.  Este es un Manifiesto para hombres libres.


Bogotá, 12 de noviembre de 2014




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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".