lunes, 21 de octubre de 2013

Esplá, y cómo debe irse un torero: estando


"Lo que hay que mirar son los pies del torero en el centro del pase, cuando se está pasando al toro, la distancia a que le pasa, y la distancia a que se lo deja o remata el pase. Esa distancia, despegada o ceñida, y la quietud de pies en ese instante es lo verdaderamente importante del pase; más, mucho más que la distancia a que se coloca para dar el pase. Porque la quietud y la distancia en el centro de la suerte revelan que el toro va muy bien toreado, a su temple, muy embarcado en la muleta, que el que manda es el torero. El pase hay que rematarle, sin dejarse enganchar la muleta –temple- y llevarle, hasta dejarle a una distancia, que el torero no tenga que irse, ni dar un salto atrás, para ligar la faena sin interrupción, sin que pueda servir de pretexto salirse para saludar. Ya saludará después"
De "Los mandamientos del toreo", obra del insigne Gregorio Corrochano.

No es taurino quien no se estremezca con esta faena de despedida de Luis Francisco Esplá en Madrid, tras 89 tardes de guerra, y ante el grandioso Beato, un Victoriano del Río de 620 kilos. Se estaba yendo, y su manera de irse fue quedarse. Quedarse en el asentamiento que pregona Corrochano, el de realizar toda la carga del pase justo en la mitad del recorrido, con la cargazón, con la exposición mortal del torero. El toreo que se resuelve donde debe resolverse: en las inmediaciones del cuerpo del torero, el pase seco y corto, pero toreado justo en la pierna del torero, o en su femoral, o en su riñón; de nada sirve entonces aquella tauromaquia que lleva al toro para afuera, por más largos y prolongados que se sucedan los muletazos: el cuerpo del torero ya ha pasado de la embestida (o al revés), no hay riesgo, y carece de valor lo que no tiene riesgo. Encauzar en tan corto terreno  la embestida de este Beato, y toreada, es obra de tragar, de mandar, y de ser torero. Imprescindible ver la faena (desde el minuto 12:00):

                       
Madrid Esplá, Morante y Castella (V... por blogdetauromaquia

No hay razón para pensar que esta es una faena cualquiera: junto a la de Juan Mora en 2010 y la de El Cid este año, constituye la faena de Esplá y Beato uno de los últimos hitos serios en la plaza más importante del mundo, por lo que no es necesario explicar su importancia en el conocimiento del aficionado.

El toro es la medida de todas las cosas en la tauromaquia, por lo que conviene hablar de Beato. El toro es un Domecq que se vuelve contra los de su propia sangre, hoy estandarizados por una suerte de tauromaquia que privilegia la ligereza y la poca presentación del toro, con tal de que se garantice su movimiento en la arena: Beato tuvo 620 kilos notables, que arrastró con su casta en 6 series, la estocada, y varios golpes de cruceta. Sus 620 kilos representan la negación total del prejuicio torerista, según el cual un toro de Domecq debe ser pequeño y ligero de carnes (cuando no de edad) para embestir. Se acusa entonces al toro de 560 como un tonel inamovible. Pero allí fue Beato.

La faena también presenta móviles sentimentales: Esplá fue un maestro de corridas duras, y su registro en la memoria del aficionado se remonta a míticas corridas como la encastada de Victorino Martín en Madrid en aquel junio del 82, que empieza un recorrido que parecía concluir en la faena a Poleo de Cuadri, también en Madrid, pero esta vez en 1996. Entonces anuncia su retirada de los ruedos, luego de tanta guerra. Aparece ante nosotros el 5 de junio de 2009 con dos figuras del toreo, en su propio terreno, y con la ganadería de las figuras, pero ante un toro que jamás le saldrá a un solo torero del escalafón alto. Es como si triunfara incluso por encima de ellos, demostrando que puede torear algo impensable en la mente de cualquiera, y justo el día que se va para siempre; es una manera de irse, pero estando.

Gregorio Corrochano insiste entonces en la naturaleza del toreo: burlar la muerte del cuerpo, toreando la embestida que puede matarle. Desarrollar el muletazo cuando los pitones ya han pasado, es justo lo contrario a lo hecho por Esplá en la faena. Como se ha dicho, la transmisión del toro es total, y su recorrido bueno, pero con todo el maestro le receta series de muletazos secos y toreados, bajo el influjo de la clásica y vertical tauromaquia madrileña, que hoy podemos rastrear en Ángel Teruel y en algunos momentos de Uceda Leal: la profundidad que tiene raíces más hundidas. En la geometría del toreo, que es única, lo profundo se presenta de manera más valiosa cuando el muletazo es corto, pero toreado. En cambio la intrascendencia se revela en aquellos toreros que rompen el cuerpo para prolongar unos muletazos sin ceñirse al toro más que cuando este pasa de la pierna, salvando de riesgo al torero. Los hay también aquellos que ponen figura muy flamenca cuando la embestida ya va para afuera. Todo lo anterior, puede decirse, es particularmente simple, y lo de Esplá, y lo del propio Beato, una labor heróica para toro y torero. La tauromaquia es eso.