sábado, 30 de agosto de 2014

Sobre un antitaurino artículo de Guillén.



Gonzalo Guillén ha publicado un furioso artículo en El Pasquín, el proyecto periodístico del caricaturista y reconocido antitaurino Vladdo. La mayoría de sus argumentos están sacados de un artículo previo de Klaus Ziegler, quien también arremetió contra Savater, y con razón, por la cantidad de tonterías que es capaz de deslizar el pensador español. Ziegler reducía al absurdo la argumentación del don Fernando, señalando la falacia lógica del Tu quoque en el argumento de la tauromaquia y el matadero, que va así:
Savater dice que en el matadero mueren de peor forma los animales, y por eso la tauromaquia es hoy aceptable: esta alogicidad tiene nombre, el Tu Quoque, y consiste en relacionar la veracidad o falsedad de un fenómeno poniendo como ejemplo a otros fenómenos convenientemente sacados del sombrero: tú también. Por ello, defender la tauromaquia diciendo que en el matadero también mueren los animales, es tan incorrecto como condenarla diciendo que los sicarios también matan, o que entonces deberíamos revivir el Coliseo romano, o que algún tarado que cazaba indígenas estaba en lo correcto. Pero entonces ni Ziegler, ni su acucioso sucesor Guillén, se percataron de que sus argumentaciones en contra de la tauromaquia también son en realidad generosas listas de tu quoques que apuntan a la relación escandalosa. Nada nuevo bajo el sol. Si se trazara una gruesa línea en toda palabra altisonante, en cada relación exagerada, en cada humillación o insulto apresurado, el argumento antitaurino quedaría empobrecido.

Un ejemplo:

Savater asevera que los animales no poseen derechos morales, ya que tampoco tienen obligaciones morales. Guillén asegura, para reponer, que entonces los niños en brazos tampoco poseerían derechos, al no ser posible el adjudicarles obligaciones morales, y que esto prueba el estatus moral del toro, por exclusión. 

Ambos hablan del contractualismo, como serie de pactos de reciprocidad para establecer un estatus moral. Pero Savater falla en suma porque sí es posible darle un estatus moral a quien no es capaz de cumplir responsabilidades;  lo demuestra por ejemplo la obligación moral de respetar los restos mortales humanos, o a los ecosistemas. Guillén en cambio falla en suponer que la matriz de los derechos humanos, y sus consiguientes ejemplos y falacias de asociación, son suficientes para probar el estatus moral de los animales no humanos. De ser así, el animalismo no tendría razón de ser, y bastaría con el humanismo y el antropocentrismo para dar estatus moral a los animales. Pero todos sabemos que el humanismo no es suficiente, y por eso existe el animalismo y sus diversos programas éticos. Recurrir al tu quoque de los niños o enfermos mentales sin responsabilidades morales, es una falacia por demás. Savater y Guillén están más cerca de lo que creen. 



Luego está la consabida retahíla de interpretaciones erróneas: al toro le "destrozan los músculos del cuello", el taurino padece de "una enfermedad mental llamada sadismo", y la extinción del toro se responde diciendo que "sería necesario restablecer la esclavitud para que no se vaya a acabar la raza negra". Incluso nos conmueve con una historia donde se revive la oscuridad del esclavismo en Colombia, protagonizada por un cerril ser que no veía con malos ojos matar indígenas como cacería. Guillén lamenta que este criminal no tuviera la suficiente preparación intelectual como para estar dispuesto a defender a la cacería de humanos como un arte y una cultura. Y ni hablar de los Vehículos de Tracción Animal (VTA), que guardan una obvia relación con el antiquísimo rito de la tauromaquia. Desde luego que nada supera en su fantasía a esta descripción anglo digna del último funcionario de PETA en Bronwnsville: 


"Aminoran al animal antes de salir a la arena, le pulen los cuernos para que no pueda defenderse de su asesino, nunca antes ha visto una plaza, no ha sido lidiado y carece de experiencia para combatir al habilidoso asesino que lo engaña con una manta y a los torturadores que le destrozan el lomo con púas y garrochas con el objeto de causarle un dolor insoportable. Por último, es asesinado con un machete puntilloso que el criminal saca de la manta roja y se lo hunde hasta lo profundo del corazón cuando, moribundo, menos posibilidades tiene de defenderse".

Vamos por partes. Es imposible hallar más mixtificaciones en la descripción de la corrida que Guillén mal hace. El mito del tratamiento previo al toro antes de salir al ruedo ha sido refutado hace mucho tiempo, incluso con argumentación de animalistas colombianos (el link naranja aporta testimonios de animalistas como Tosko, desmintiendo que al toro se le aminore antes de salir al ruedo; ella lo pudo constatar en más de 50 oportunidades con sus propios ojos, no con mitos). Creer que al toro se le "aminora" antes de salir a la plaza es incluso una ardid pueril, cuando constatamos la actitud antitaurina ante la cornada o la muerte del torero. Hablan de un animal indefenso, debilitado por el dolor, acorralado en su limitación, incapaz pues de cualquier esfuerzo ofensivo, pero a la vez celebran el dolor del "sicario" vejado cuando hay una cornada, y sin sonrojarse por esta contradicción, que más que doble discurso semeja un acto de tontería autocomplaciente. Los únicos toros a los que se les afeitan las astas ("limar", según Guillén), son a los toros para corridas de rejones, y esto con miras a proteger a los caballos de rejoneo. Pero incluso un toro afeitado sigue siendo mortífero y peligroso. De ahí que ningún antitaurino sea capaz de saltar al ruedo para salvar al toro vivo. La inexperiencia del toro es sobre la lidia, no sobre su potencia en el combate, pues el toro en la ganadería vive en continua lucha con sus hermanos de camada para conseguir la cima de las jerarquías de su pequeña sociedad. Por eso, lo primero que hace el toro al salir a la arena es bardear las tablas embistiendo a los capotes que se le presentan. Sabe que está retado, y presta batalla, pues es su naturaleza.
En su desconocimiento Guillén observa "púas y garrochas", aunque no se pone de acuerdo en los sitios de la "tortura": o los "músculos del cuello", o el "lomo", que no son lo mismo, evidentemente. En realidad la vara es una pirámide que se hunde hasta los seis centímetros antes de topar con una cruceta. La mayoría de sementales de las ganaderías son toros lidiados e indultados por su ejemplar bravura en las plazas, y aún con las heridas en sus morrillos (no lomo,o cuello), que sanan en breve, pueden desarrollar una vida hasta los 25 años.  Son toros de más de cinco varas, que vuelven con insistencia al caballo teniendo un gran ruedo para ir a otro lado, y que contrarían la reacción natural ante el dolor del resto de los animales, que es ir en dirección contraria al lugar donde se le produjo el estímulo doloro. Pero es seguro que Guillén nunca habrá visto algo así, pues incluso llega a asegurar que al toro se le mata a machete limpio. A machete puntilloso sacado de una perversa manta roja, roja como la sangre. Y que se clava en el corazón. Un gran ejemplo de esto es Bastonito, el mítico toro lidiado por Rincón en Madrid, que pudo hacer presa del torero y mandarlo al suelo y ensañarse con él, pese a tener un "machete" que le partió el corazón en dos, como si se tratara del desamor. Sin duda hablamos de un animal sobrenatural, casi un caballo de VTA.



Otra cosa sería hablar del sadismo, una patología mental clasificada en todos los catálogos del DSM como parafilia, esto es, un trastorno de la personalidad relacionado con el placer sexual. Para determinar el sadismo de un paciente es necesario hacer un cuadro clínico tras observar seis meses la relación entre la estimulación sexual y la contemplación o acción de los actos doloros en una víctima. El sádico no puede evitar así la consumación de algún episodio sexual en observancia del dolor [mirar la referencia F65 de cualquiera de las cinco versiones del DSM].  Pero es de toda evidencia que el taurino no experimenta episodios sexuales en la plaza de toros, en observancia de la tauromaquia. Incluso se puede citar a extaurinos negando la categoría del sadismo. ¿De dónde la sacaron? De su misma incomprensión y desconocimiento de la tauromaquia.  Guillén pretende demostrar que el taurino es sádico, ¡con una definición de la RAE! Esto es delicioso: ponderar un discurso de la seriedad y la evolución, pero seguir desperdigando condenas y diagnósticos médicos con definiciones de diccionario, reproduciendo ciertos gestos del pasado intolerante de nuestra especie. 

 Si nos tuviéramos que atener a la sabiduría de nuestra academia, la tauromaquia sería arte, como lo dice la RAE. Si se puede determinar médicamente el diagnóstico de un paciente a través del diccionario, sin duda la definición estética de la tauromaquia no está en discusión. O quizá sí. Cito a Guillén:

"Mientras más pueden hacer sufrir a su víctima y causarle la muerte sin la menor posibilidad de defenderse, su capacidad artística es mayor"

Así que todo discurso estético de la tauromaquia, tan duramente logrado a pulso de cornadas y muertes humanas, en realidad se reduce a la capacidad artística de dar dolor. Saquémonos de la cabeza que el arte del toreo es la coreografía de capote y muleta entre un toro de media tonelada y un hombre armado con la tela, de las cual sus categorías estéticas son el temple, la lentitud, la altura, el vuelo, el terreno, la jurisdicción, el remate y la salida, además de la gracia y el empaque o expresión corporal. No. Lo que hace José Tomás aquí no es desplegar todas esas categorías visuales admiradas por los mejores artistas de los últimos siglos. En realidad intenta "hacer sufrir a su víctima, y causarle la muerte sin la menor posibilidad de defenderse", para así lograr una mayor "capacidad artística".
  
                      
         

 O quizá la escuela contraria, más cercana al drama: el torismo ultraortodoxo y su dureza:

                     
Rachido, de Palha y Luis Bolívar | San Isidro... por canaveralito

Guillén en cambio obvia a la ligera la existencia del toreo tal como es. Nunca ataca el verdadero arte de la tauromaquia, pese a negar que el toreo sea una forma estetizante. Su descripción del capote o la muleta solo apunta a señalar a estas como "mantas" que encubren los terribles "machetes" con los que Savater se complace sexualmente, al verlos clavados en el pobre animal, reencarnación inusual de los afroamericanos, los indígenas cazados y las víctimas del sicariato en Colombia: todos revictimizados con la obtusa comparación retórica ante la ausencia de conocimientos y argumentos sólidos.  Y es aquí donde precisamente el toro de lidia difiere radicalmente de las víctimas de un sicario, o de los indígenas sometidos al arte cinegético de un tarado pistolero: el toro de lidia es agredido, pero su atributo es el de hacer peligrar la vida del torero embistiendo hacia el cuerpo solo protegido por telas. Los antitaurinos, tan prestos a celebrar las cornadas y muertes de los toreros como si se tratasen de goles, conocen muy bien el potencial agresivo del astado de lidia. Que el torero sepa sortear esta amenaza, es precisamente la esencia de la tauromaquia, que guarda sentido solo si tal amenaza existe a lo largo de la faena, donde es el toro el que intenta agredir: torear es cambiar una cornada por el lance o el muletazo, la danza. La víctima del sicario no puede responder el ataque, y los indígenas sometidos a cacería seguro no podían desbaratar a su persecutor con su ataque. ¿Por qué extender una falacia de asociación en todos los sentidos insensatos que se le ocurran a Guillén?

Así que aquí tenemos a los antitaurinos de hoy y de siempre: psicólogos sin título, juristas sin carrera, antropólogos sin nociones, artistas que obvian las estéticas, y sociólogos que desprecian lo social. Desplegar constantemente un punto de vista desinformado, apoyado íntegramente en falacias de asociación, es precisamente un canto a su no-tener-razón-en-lo-fundamental, pese a cierta parcial identidad que podamos dar a su condena moral, ante la evidencia de la muerte y la sangre. Precisamente es ello lo que tiene que profundizar la discusión, que debe ser inundada responsabilidad y equilibrio para no atropellar una minoría cultural, y de paso a los animales. En lugar de un plan sensato de reemplazo simbólico y una propuesta coherente para mantener la raza de lidia, asistimos en cambio a una campaña bruta y mal hecha de propaganda negra, cuyo único logro es el de regar odio en contra de los taurinos por razones tan infundadas como ponerlos al nivel de enfermos mentales.

Un punto culminante es este: terminar el gesto de Guillén invocando la ley de protección animal en Francia, pero ocultar que en tal país las corridas de toros son Patrimonio Cultural Inmaterial, y que los antitaurinos, relacionados con el nazismo por desgracia, y a causa de su violencia xenófoba, tienen prohibido manifestarse a dos kilómetros de las plazas de toros.

Titulaba Guillén su artículo con un insulto: barbarie. Lo barbárico siempre ha sido una identificación de lo xenófobo. Nunca el progreso moral se ha manifestado a través de la segregación cultural, y quien así lo sostenga está mintiendo.
Tu quoque.

Adenda: si Guillén quiere leer sobre ética taurómaca, que se haga con la teoría aristotélica de Víctor Gómez Pin. Si quiere conocer argumentos a favor de la tauromaquia, que lea a Wolff o a Zumbiehl. Encarase con Savater es muy fácil.

Segunda Adenda: el expresionismo abstracto precisamente es una escuela que libera de la figuración, totalmente, al arte occidental tras el desgaste de las vanguardias. Contrastar a Pollock con una foto convenientemente sacada de contexto, no es enfrentarse por comparación con el arte de la tauromaquia para anularlo. Mejor hubiese sido poner una verónica de Morante de la Puebla, o un pase natural de José Tomás, y contrastarlo así con cualquier forma de arte figurado (el no figurado radica precisamente en no parecerse a nada, incluso ni al arte mismo. Poner expresionismo abstracto es curioso). Pero bien, poco puede exigirse al caricaturista Vladdo, dispuesto a babear que los taurinos somos sádicos, pero también a sacar hasta por debajo de las piedras las fotos que testimonian su cercanía con García Márquez, un "sádico" taurino que le prodigó su amistad, sin que Vladdo se percatara de las patologías que aquejaban al Nobel bárbaro).



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miércoles, 20 de agosto de 2014

Sobre una infame mentira del animalismo: la ONU y los niños


En últimas horas al animalismo bogotano dependiente de la Franz Weber le ha dado por repetir con sonsonete que la tauromaquia es inconveniente para Bogotá porque, según ellos,  la ONU está en contra de la asistencia de los niños a las corridas de toros. Suena al montaje de la supuesta declaración de la UNESCO en los años 80, donde con lenguaje de animalista, la organización rectora de la cultura condenaba la tauromaquia diciendo que no era arte, para dos líneas después asegurar que era un despiadado arte venal y tres después decir que era un arte malhadado. La diferencia entre la fantasiosa declaración de la UNESCO, que evidentemente es un montaje anti, y la supuesta declaración de la ONU, es que de esta última sí disponemos de material y actas. Vamos al lío.

Ayer salía una nota publicada en el diario colombiano El Espectador plagada de frases sugerentes:


Hay una generosa distancia entre "conseguir replantear" y sencillamente "recomendar". Son actos totalmente distintos, pero la nota con vocación de publirreportaje los arroja en menos de dos párrafos sin sonrojo.

Natalia Parra, gozosa precursora de los estudios de la ONU sobre casos urgentes, decidió obviar nuestras colombianas crisis humanitarias, como por ejemplo la profunda desnutrición infantil en La Guajira, o nuestras vergonzantes cifras sobre trabajo, explotación y prostitución infantil, para enfilar todos sus poderes de persuasión y elocuencia en la mismísima ONU sobre un tema harto más trascendente: la malhadada, venal y nada artística tauromaquia. Lo hizo, basada en el precedente portugués, caso que según la Franz Weber (ONG animalista, cuyo vocero es el grandioso Leonardo Anselmi), fue un parteaguas mundial en la lucha animalista contra la tauromaquia, pues logró que la mismísima ONU declarara a la tauromaquia como peligrosa para los menores de edad, demostrando que "iba en contra de la Convención Internacional de los Derechos del Niño". Como dice la primera versión de la nota de El Espectador, esto "obligó" al estado portugués a "replantearse" la asistencia de los niños a las corridas.

Pero no necesariamente es así.

 Como consta en el link original de las actas a propósito de las sesiones de la comisión de la ONU que manejó la declaración, el  documento de 19 hojas dedican 15 escuetas líneas al tema taurino. Para tan trascendental noticia sobre el progreso moral de esa terrible humanidad, 15 líneas suenan a envidia:




No sé cómo andará el inglés animalista (de 15 líneas han sacado una cantidad de datos curiosos e inexistentes),  porque no sé de dónde traducen "la asistencia de niños a este tipo de eventos iba en contra de la Convención Internacional de los Derechos del Niño" en un texto que no contiene esas palabras; pero espero que el portugués animalista goce de mejor salud:

"Além do mais, a recomendação de que a idade mínima para assistência a touradas suba acima dos 6 anos – também sem qualquer fundamento - mais não é do que uma forma de limitação dos direitos das crianças portuguesas e uma limitação arbitrária da liberdade educativa dos pais. Basta recordar que em Portugal as corridas de toiros estão classificadas para maiores de 6 anos e a ERC na Deliberação n.º 13/CONT-TV/2008, afirmou que "os espetáculos tauromáquicos não são suscetíveis de influir negativamente na formação da personalidade das crianças e de adolescentes", reiterando esta ideia novamente na Deliberação 37/ CONT-TV /2010. Do mesmo modo convém lembrar que conforme resulta de diversas disposições da Constituição da República Portuguesa, o Estado tem a incumbência depromover o acesso à cultura portuguesa, e as crianças têm o direito inalienável de acesso à cultura portuguesa".

La cita hace parte del comunicado de la Federación Portuguesa de Tauromaquia a propósito de las 15 líneas aquellas. La Federación critica al ataque anti como "extemporáneo" y lo acusa "de carecer, como es obvio, de una base científica real". En realidad la declaración antitaurina se produce desde una oficina menor de la ONU cuyos conceptos no tienen fuerza vinculante ni son de obligatorio cumplimiento (del mentiroso "consiguió replantearse" al verdadero "Se observó que estas recomendaciones no tienen fuerza vinculante y no los traspasan incluso recomendaciones"). El Estado portugués en cualquier caso ya había zanjado la cuestión sobre la afectación mental de la tauromaquia en la psique de los niños, tema en el que hasta el animalismo está de acuerdo en aceptar que no hay afectaciones empíricamente comprobadas. Incluso el texto adjunta la referencia de las deliberaciones, que valdría la pena revisar.  El comité de la ONU, en su mínima intervención, tampoco hace referencia a ningún corpus de derechos como  la Convención Internacional de los Derechos del Niño, ni mucho menos pide que los niños se alejan de forma inmediata de la tauromaquia, aunque ello no los excuse de su imprudencia: "Este comité aún no ha entendido que el toreo es guiado por un profundo respeto y promoción de los valores humanos y los derechos", apuntó la Federación en su comentario.



Resumamos pues las falsedades de ALTO:

1) El comité de la ONU en cuestión no tiene fuerza vinculante para impedir que los niños vayan a corridas de toros, ni en Portugal ni en Bogotá. Que la nota de El Espectador ponga esto como estrategia de las mañas de Petro, es un chiste de mal gusto.

2) Es falso que se pidiese un inmediato retiro de los niños, pues el texto original es claro en solicitar que se someta a consideración el aumento de edad a 6 y 12 años. ¿No siguen siendo niños los que tienen estas edades de tiernas mocedades, antes de que crezcan y tengan el poder de influir en la ONU y similares? Los niños, suponiendo que la declaración de la ONU fuera vinculante (que no lo es, conviene insistir), seguirían gozando del derecho de asistir a corridas y escuelas taurinas.

3) Es falso que se demostrara una violación de la  Convención Internacional de los Derechos del Niño. Adjunté el acta original y puse la imagen con la menudencia que hablaron sobre tauromaquia, y nunca se hace mención a ese corpus jurídico, ni mucho menos a su supuesta violación. Solo se sugiere aumentar la edad de participación, y se conmina, mas no se ordena, precisamente esto: "El Comité también insta el Estado Parte a emprender investigaciones que determinen el impacto en la infancia del alcance de la violencia física y mental de la tauromaquia". ¿Cómo van a emitir una declaración del calibre dibujado por los animalistas, si hasta ahora están sugiriendo que se hagan estudios sobre el impacto de la tauromaquia y su "violencia física y mental"? Incluso esa petición es una forma de reír sobre los estudios de la FranzWeber, que carecieron de evidencia empírica.

4) Los niños en Portugal siguen asistiendo sin mayores tropiezos a corridas, escuelas taurinas y actos de difusión. Como dice el texto de la Federación, ellos también tienen derecho a la cultura y a recibirla de sus padres. Una sugerencia no vinculante nunca enervará las disposiciones constitucionales y legales de un país en el tema de la cultura. La única restricción existente es la convención de la UNESCO en el tema de Bioética, pero esta solo es aplicable a humanos.

El pantanoso terreno de las equivocaciones es fértil para la farsa y las flores del fango.
#FuerzaNovilleros
Festejo taurino celebrado en la provincia portuguesa la semana pasada. Los crianças en el festejo. La foto es del perfil en Twitter de nuestros hermanos de Prótoiro, al igual que las otras piezas gráficas.


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sábado, 16 de agosto de 2014

10 razones para que vuelvan las corridas de toros a Bogotá



Fui invitado por Edgar Álvarez (@plastilinacrea) para dar 10 razones que sustenten el retorno de las corridas de toros a Bogotá. Defenderé mis tesis de la forma más sencilla posible, acusando que en realidad la tauromaquia es un tema complejo y problemático que no debe ser reducido al ritmo de las consignas rimadas, los prejuicios o los sentimentalismos. En corto y por derecho, la mayoría de argumentos en realidad versan sobre aclaraciones a propósito de los prejuicios animalistas implantados a golpe de propaganda en la ciudad.

¿Por qué deberían volver las corridas de toros a Bogotá?

1.Por sujeción a la Ley. Incluso los antitaurinos entienden que la Ley es un principio rector de la Democracia bajo el cual el ciudadano debe someterse. Invocando acaso de forma abusiva al Leviatán, entendemos que el hombre sacrifica su libertad y se sujeta a la Ley para que la figura del Estado cumpla la otra parte del pacto social: garantizar la seguridad y el resguardo del ciudadano. Por esto cumplimos leyes y por esto debemos cumplirlas todas, así contravengan nuestra opinión personal. En eso creo que todos estamos de acuerdo. Los antitaurinos además usan todos los recursos de Ley en su ofensiva contra la tauromaquia: tutelas, proposición de referendos o consultas populares, proyectos de ley para reformar la legislación, o incluso el ataque penal al taurino. Esto indica que los antitaurinos pretenden sujetarse a la Ley. ¿Entonces por qué no respetar lo que la Ley, la Constitución y los fallos de la Corte Constitucional, dicen sobre la tauromaquia o el patrimonio cultural en Colombia? Sobre el tema taurino hay en total cinco sentencias de la honorable Corte Constitucional, y una Ley de la República, y la línea jurisprudencial de todas expresiones jurídicas señala que la tauromaquia en Colombia solo puede ser abolida por el Legislador. La última sentencia, la C 889/12, restringe incluso la potestad del alcalde para abolir, sea por eufemismos o decreto, la celebración de corridas de toros en plazas de primera categoría, como La Plaza de Toros de Santamaría, contemplada en la Ley 916 como tal. Sobre los temas legales, recomiendo el estudio del profesor Santiago García-Jaramillo[1].  Todo este ruido cotidiano, por demás se debe a la inminente sentencia de la Corte que le daría razón a los taurinos, de conservar la línea jurisprudencial sobre el tema. En cualquier caso, el antitaurino de inmediato estaría dispuesto a decir que la Ley no es un principio sagrado: también la esclavitud de los afrodescendientes fue legal en siglos pasados. Es cierto. Pero aquí inicia mi segundo punto.


2. Porque la argumentación antitaurina en realidad es una hipérbole de las falacias de asociación. Sí, es cierto. No es una pretensión válida el desconocimiento de la Ley y de la potestad de la Corte Constitucional, solo porque puede invocarse hechos del pasado como la esclavitud, la ablación, el casamiento infantil o cualquier otro estruendoso fenómeno que tuviere amparo legal en determinado punto de la historia. Además, porque es un desvarío lógico suponer que una argumentación puede estar basada en una red de asociaciones. Esto en realidad es una muletilla común del animalismo, ya denunciada por el exvegano Rhys Southan[2]. ¿Pero cómo puede ser esto un argumento para la vuelta de los toros a Bogotá? Puede serlo, porque si se le solicita al discurso antitaurino que se presente sin falacias de asociación, se vería seriamente empobrecido, y sus razones para pedir que el toreo no vuelva a la capital quedarían reducidas al absurdo. ¿Que el toreo es una cultura? Pues también la ablación del clítoris lo es (sic). ¿Que hay 35.000 familias que quedaron lesionadas económicamente por la prohibición de Petro? Pues también el narco da empleos, y no por eso debemos admitirlo. ¿Que sería conveniente la protección de la patrimonio inmaterial de la identidad cultural de un pueblo? Pues entonces revivamos el Coliseo Romano…Cuando yo era antitaurino, podía explicar cualquier cosa con esto; luego me di cuenta de la inconsecuencia, pues incluso la jugarreta podía invertirse: ¿Que hay miles de personas en contra de las corridas de toros, y los taurinos son minoría? Pues también en su tiempo había más racistas que afroamericanos. ¿Que el antitoreo es una manera de reafirmar mi moralidad, y debería ser extensible para toda la sociedad? Pues Hitler o Tomás de Torquemada también fueron antitaurinos, y no por ello vamos a pedir que la gente tenga la moral nazi (muy antitaurina), o emprenda una persecución xenófoba contra los taurinos, como hiciere en su tiempo el Santo Oficio...Como puede notarse, en realidad esta clase de argumentación entraña partes iguales de irrespeto y falacia, pues las premisas no versan sobre lo tratado, sino sobre ejemplos convenientemente sacados del sombrero. Sin falacias de asociación, el antitoreo y sus razones sobre la no vuelta de los toros a Bogotá, cambiaría sustancialmente. El discurso está adulterado. Finalmente, hay que desconfiar siempre de la argumentación que reitera el “también…” o el “entonces…”, pues está obviando el foco constantemente.



3. Porque la abolición de los toros no implica ninguna forma de bienestar animal. Algunas personas suponen que la abolición de las corridas de toros es, de inmediato, una forma de garantizar bienestar al animal. De hecho, además de la condena de tono moralizante en contra del taurino, la segunda parte del antitoreo versa sobre el bienestar del toro. El antitoreo intenta impedir la “tortura” y el “asesinato” del astado, y este es su fin último. Todo muy loable, siempre y cuando se corra un tupido velo sobre el toro que queda en el campo. El toro, si no va a la plaza, sigue necesitando alimentación, atención fitosanitaria, las dos hectáreas por cabeza donde vive, y un sinfín de cuidados más. Está acostumbrado a vivir en un régimen extensivo muy dispendioso. Pero abolir las corridas de toros redunda inmediatamente en la asfixia económica de las ganaderías de bravo, que se ven en aprietos para seguir manteniendo el bienestar vital del 100 % de reses bravas que viven en la cabaña brava. Con corridas, solo el 6 % de toros es lidiado, y el 94 % de reses restantes, comprendidas en madres, añojos, cabestros, utreros, sementales y demás, viven sin ninguna clase de explotación, manteniéndose con el dinero venido de las corridas de toros. Es una forma realista y ecuánime de garantizar bienestar vital a los animales. Muchos antitaurinos han visitado ganaderías de bravo para comprobar que las cifras y la situación de las reses es cierta, como de hecho lo es. Bien, abolir el toreo implica cortar el flujo económico que deriva en vacas bravas libres de máquinas ordeñadoras, por ejemplo. Las ganaderías colombianas, sobre todo las toristas que lidiaban en Bogotá, han tenido serios aprietos para subsistir sin el dinero devenido de La Santamaría. También, la oferta de corridas en plazas de menor aforo, no puede sostener el público bogotano (unos 35.000 aficionados a distintas facciones de la tauromaquia), por lo que el número de corridas de toros en los alrededores de la capital ha venido en aumento (Subachoque, Choachí, Duitama). En realidad las medidas antitaurinas de Petro han desembocado en más toros muertos, sea por problemas ganaderos o por tener que realizar más corridas para satisfacer la demanda de aficionados.  Su formas moralizantes, he aquí una paradoja, resultan amplificando las consecuencias de afectación en los animales. Sin una salida realista a esta paradoja, cualquier intento de abolición es irresponsable para con los animales. ¿Por qué el hambre va a ser menos inmoral que la muerte?



4. Porque el toreo es una cultura. Pese a años de programación propagandística en contra, y aunque a muchos les cueste creerlo, la tauromaquia es una cultura. Su naturaleza ha sido abordada por muchos antropólogos capaces de poner una mirada profunda sobre este rito milenario[3], que ha configurado un arte vivo, un metalenguaje, una relación con la naturaleza, y una identidad transmitida de generación en generación desde hace varios milenios: en suma, eso es la cultura.  Bajo el fenómeno de la transculturación, la tauromaquia se adaptó rápidamente en Colombia, pues los indígenas prefiguraron una deidad similar al toro, que no era endémico en nuestro país. Los indígenas y los afrodescendientes practicaron la tauromaquia como un acto de libertad y afirmación. Luego, los republicanos que forjaron nuestra emancipación de España, no solo fueron devotos del toreo (todos, sin excepción), sino que incluso financiaron nuestra independencia con corridas de toros. Ya en la vida republicana, todos los actos públicos estaban rematados con corridas. En fin, 400 años de una expresión que forja la identidad de una minoría, un discurso cultural arraigado, y estamos aquí. ¿El sacrificio animal es un argumento suficiente para enervar una cultura? Para responder el antitoreo solo puede anteponer su falacia de asociación: cercenar el clítoris a las doncellas africanas…¡también es cultura! Y no por ello…(etc), pero esta escaramuza dialéctica ya fue señalada como falaz, obviando que no es lo mismo una cultura que en un proceso endógeno (la cultura taurina es una construcción mucho más compleja que la ablación, que no es una cultura), y que la ablación viola derechos humanos, no animales, y por ello las premisas de la asociación no coinciden en nada. ¿Y cuál es la necesidad de una cultura? Quisiera reforzar la respuesta citando la definición de la pertinencia cultural que dio Clifford Geertz en su celebrado estudio sobre las riñas de gallos: “tiene la función de sintetizar el ethos de un pueblo-el tono, el carácter y la calidad de su vida, su estilo moral y estético-y su cosmovisión, el cuadro que ese pueblo se forja de cómo son las cosas en la realidad, su ideas más abarcativas acerca del hombre”[4]. Sin su cultura, un ser humano no es humano. Recientemente la tauromaquia ha sido avalada bajo un severo estudio por el Ministerio de Cultura francés (en Francia, las corridas de toros son Patrimonio Cultural Inmaterial, según los requerimientos de la UNESCO). El paso es importante, pues el riesgo de xenofobia ha hecho que distintos organismos internacionales amparen el derecho a la cultura como uno de primer orden. La cultura está contemplada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos[5] y del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales[6]. La Declaración de Johannesburgo en 2002 delimita la cuestión: «Our rich diversity...is our collective strength»[7]. En suma, el derecho a la cultura es a la vez un derecho humano, y debe estar en relación a los derechos animales, mas no sometidos por estos. ¿Por qué la persecución cultural va a ser un valor positivo en la sociedad posmoderna? Que lo explique Petro. El derecho a la cultura es de por sí suficiente como hacer más serio el debate, apenas respondido por los antitaurinos con rimas como “la tortura no es cultura”.



5. Porque la cultura taurina no afecta a la sociedad. Los animalistas esgrimen que toda violencia está interrelacionada, y que la tauromaquia pondría en grave riesgo a la sociedad, pues la violencia sublimada del ruedo podría trasladarse a las calles. Este argumento se conoce como el de “la pendiente resbaladiza”,  y en el tema animal destacan los estudios de Andrew Linzey, investigador este que ha intentado indagar el vínculo entre la violencia animal y la violencia social. No hay que dudar de esta honesta preocupación, pero sus pretensiones empíricas sí deben ser contrastadas. ¿Realmente el carácter cruento de la tauromaquia ha derivado en violencia social para Bogotá? No hay un solo estudio que logre mostrar evidencia empírica suficiente para comprobarlo. Yendo un poco al plano general, sobre las ideas de Linzey pesan algunos cuestionamientos. Por ejemplo, no logra una sola cifra significativa, en términos estadísticos, que pruebe la inalienable relación entre las violencias. Sus ideas pecan de parecer frenología, y tampoco logran explicar la furiosa violencia de algunas expresiones animalistas, como el grupo terrorista Animal Liberation Front. En estos temas, nunca debemos perderlo de vista, la acusación debe estar reforzada con estudios empíricos antes de convertirse en una ley general. Los animalistas además aducen un estudio inexistente del FBI sobre crueldad animal para definir parámetros de asesinos en serie, (siempre reto a que me faciliten la información oficial del mismo FBI, pero curiosamente solo están los casos de ALF en el portal del buró[8]), afirmación pues incomprobable, y que se basa en una afirmación emitida en 1991 por un agente en una entrevista publicada en el The New York Times. Pero estamos yendo muy lejos. Son incontables los estudios hechos por criminólogos y psicólogos animalistas sobre el particular, pero sin evidencia empírica esto no pasa de ser una teoría bienintencionada. Es decir, ¿cómo comprueban que la corrida de Mondoñedo en 2012 generó actos de violencia a nivel social? ¿Cuáles fueron esos actos? ¿Por qué los toreros en Colombia no tienen cargos por violencia intrafamiliar, asesinato, o cualquier otro delito social? También hay serias teorías que informan sobre peligros mentales merced a la acumulación de animales, pero yo considero irrespetuoso e insultante pretender que los animalistas, pese a ciertos grados de agresividad, son enfermos mentales. Los taurinos tampoco lo somos, y en general somos socialmente una de las minorías más pacíficas del país. Si los antitaurinos de Bogotá pretenden que el argumento de la pendiente resbaladiza sea cierto, deben presentar un informe demostrando palpablemente los hechos de violencia generados a nivel social por la tauromaquia en nuestra ciudad. Contrario a lo que se piensa, la discriminación cultural sí ha empañado con cierta violencia antitaurina esta disputa, y esto es una desgracia para el animalismo mismo.



6. Porque el antitoreo está en contra de una tauromaquia que no existe. Lo anterior es algo que yo mismo he podido comprobar. Cuando di el paso desde el antitoreo hacia mi actual afición (mediando José Tomás y su toreo espiritual), me di cuenta de que la mayoría de cosas que pregonaba el antitoreo sobre el rito son completamente exageradas, falsas, inventadas o sencillamente incomprobables. Muchos dirigentes animalistas callan, por ejemplo, que hay mitos espectaculares como el de la vaselina en los ojos antes de salir al ruedo. Se exagera la medida de las armas y las operaciones rituales (un columnista de El Espectador incluso aseguró que la espada salía por la boca del toro). Se le infiere al taurino un carácter que no tiene, o se supone que la finalidad del toreo es la diversión o el goce sensual con el dolor. Cuando se conoce por dentro la cultura taurina, todo esto no pasa más que como una broma malintencionada, apoyada en la reiteración obsesiva de la propaganda, las imágenes editadas o sacadas de contexto, y la saña de desinformar.  Por ejemplo,  yo pensaba que la pica destrozaba los músculos del cuello para que el toro no pudiese levantar la cabeza, aunque luego noté que la pica volvía más preciso y peligroso al animal (pues sacaba la casta), y que este levantaba la cabeza en todos los pases de pecho. Lo que parecía un acto ruin con un específico propósito, en realidad tenía otro sentido, y el propósito pensado no resultaba ser real, aunque allí estuviese la sangre como prueba. Volviendo, la necesidad de mentir para el antitoreo es algo sintomático y que deshonra el concurso de su acción contra la tauromaquia: se enfrentan a una tauromaquia que no existe en el fondo. Saliendo un poco al trapo, es innegable que hay sangre y muerte en el ruedo, y que hay puyas, banderillas y estoques. Pero también que lo valorado del toro es su bravura, su forma para enardecerse ante la agresión, su capacidad de sublimar la lucha hasta embestir más de 100 veces. Hay toros que van decenas de veces al caballo de pica, aun sabiendo que allí les espera la puya. ¿Coincide esto con la imagen de un animal inofensivo, si entendemos este término como la capacidad de no ser ofensivo, como también la imposibilidad de poder luchar? La tauromaquia se trata precisamente de convertir en danza la embestida o ataque del toro. Para ello se requiere que sea el toro el que pase a la ofensiva.  Su peligrosidad y fierezason el verdadero sentido del rito. ¿Acaso lo sospechaban los antis? Por ejemplo, el gurú animalista Leonardo Anselmi posteaba la imagen de un caballo de puya destripado en el suelo, para reafirmar que la tauromaquia era un trasunto indecente de sadismo contra un pobre animal indefenso, y que esto no debería volver a Bogotá. ¿Pero cómo puede un animal indefenso matar un caballo? ¿No se supone que el toro está siendo letalmente torturado, y que el torero está ensañándose sobre su indefensión? Ni siquiera tienen en claro si confundir al toro con una mascota o un letal animal cuando mata caballos. Por cierto, la imagen es sospechosamente falsa, porque los caballos llevan peto desde hace casi un siglo. En resumen, el antitaurino clama que no quiere leer, aprender, ver o entender nada de tauromaquia, pero al mismo tiempo se cree capacitado para entender el sentido del rito, sus significados, y hasta para saber qué hay en la mente del taurino. Algo aquí mueve a sospecha.



7. Porque el sensocentrismo no puede ser una moral que invalide a la tauromaquia. El sensocentrismo es el nombre con el que se conoce a todas las posturas morales hereditarias del utilitarismo moral, si entendemos a este como una concepción axiológica basada en cálculos de placer y dolor: el dolor es inmoral, y el placer es moral o una identificación del bien. Para el antitoreo la tauromaquia es el acto exclusivo de infligir dolor al toro de lidia, y allí radica su inmoralidad. La tauromaquia además eliminaría la posibilidad de florecimiento del toro, erradicando las capacidades que pudiera desarrollar. Los animales, dicen, tienen intereses en no sentir dolor, y en florecer como especie. También aseguran que las tesis del doctor Illeras[9] sobre la particularidad hormonal del toro de lidia, y que ratifica que el astado tiene la capacidad hormonal de morigerar su dolor, son falsas y han sido rechazado por la comunidad científica, poniendo una nueva pared de contención. Desarrollemos esto con un zoom invertido: para empezar, lo que llaman “comunidad científica” no ha emitido ningún comunicado desmintiendo los estudios del doctor Illeras; solo es posible hallar comunicados sueltos de sociedades veterinarias antitaurinas y de veterinarios independientes, también animalistas, todo esto lo suficientemente vago como para pretender que engloba a toda la comunidad científica a nivel mundial. De por sí, la comunidad científica no es tal, ni emite comunicados rechazando estudios. El discurso institucional de la antitauromaquia en cambio es el de adoptar por estrategia una postura que no reconocerá absolutamente nada a la tauromaquia. Lo cierto es que los estudios de Illeras no han sido desmentidos con ciencia, esto es, usando las magnitudes y experimentos que él usó, para concluir otra cosa, demostrando que sus tesis son falsas. Así se desmiente a la ciencia: realizando el mismo estudio, pero llegando a una conclusión distinta, y denegadora de la original. Por demás, los estudios de Juan Carlos Illeras no son los únicos que versan sobre el tema. Desde los análisis del Nobel Ramón y Cajal, numerosos fisiólogos y veterinarios han estudiado la particularidad hormonal del toro de lidia, acaso guiados por la intuición de lo visto en el ruedo: un animal que se crece ante el castigo, hasta el punto que luce más agresivo tras las puyas y las banderillas que sin ellas (como el toro Bastonito, por ejemplo). Laburu, Montero,  Sanz Egaña, Paños Marti, Gavin, son solo algunos de los nombres que pueden sumarse a una bibliografía completa sobre el tema de la bravura[10].  ¿Es posible hallar el rechazo de la Asociación Mundial de Comunidad Científica sobre todos los estudios que cursan esta materia?No sense…  La secreción de hormonas hipofisiarias y adrenales es algo normal en los animales adaptados a través de los tiempos a la lucha, incluso de ser herbívoros, y esto es algo sobre lo que nadie puede tener dudas. Los taurinos creemos que el toro es capaz de bloquear su dolor gracias a su naturaleza brava. Por eso vemos que los animales mansos saltan al sentir las banderillas, o son remisos a ir hacia el caballo, mientras que los bravos nunca acusan los rehiletes, y persiguen por el ruedo a los banderilleros, o van varias veces al caballo para vencerlo, pese al puyazo que eso traduce. La agresión extrae la bravura. Solo produciendo un dolor inicial, este proceso hormonal se pone en marcha, y garantiza que la muerte del toro es un trance menos doloro que similares experiencias en el matadero o en el campo. Esta ha sido una digresión sobre la cuestión del sensocentrismo. Me gustaría remitir a las tesis de Peter Carruthers y Adela Cortina en contra de esta postura moral, además de los argumentos de Mikel Torres (desde el mismo animalismo) en contra del utilitarismo. La capacidad de sentir dolor no es un baremo moral. Nunca ha sido usada en la historia para determinar la agencia moral de los seres, y abre la puerta al “sacrificio humanitario” y al “nuevo bienestarismo” (matar animales a nivel industrial, aturdiéndolos primero para que no sientan la muerte).El sensocentrismo se revela incapaz de garantizar protección a los animales que no son cordados, y también a los ecosistemas, los patrimonios culturales, los nonatos o los muertos, pese a que nuestra intuición moral nos dice que este grupo de no-sintientes cuentan con consideración moral efectiva. De hecho por eso hace dos siglos la postura utilitarista de la moral se reveló incapaz de consolidarse como una moral practicable. No se demuestra que tener A (capacidad de sentir) necesariamente conduzca a B (tener derechos morales), más que afirmándolo.  En este último prisma, y hasta que el antitoreo no refute científicamente los estudios sobre la sintiencia particular del toro de lidia, la tauromaquia no violaría los derechos del toro, siempre y cuando se garantice que su bravura elimina la posibilidad del dolor. Con respecto al enfoque de las capacidades, la teoría del florecimiento y demás, esto es una teoría contractualista, y requeriría un amplio concenso social para que las tesis fuera aplicables. Nussbaum, pensadora norteamericana que defiende el contractualismo moral, incluso dice claramente al final de su disertación que los intereses de los animales en no sufrir y florecer, en realidad son “asunciones teóricas” o “aspiraciones” en las que todos como sociedad debemos estar de acuerdo, pese a que fácticamente no existen. Ciertamente el toro de lidia cuenta con una programación genética sobre su supervivencia, pero en ningún caso esto puede aliarse a una forma de voluntad sobre tener intereses. Los animales sin consciencia reflexiva secundaria carecen de construcciones volitivas acabadas, cosa que asegura incluso la etología animalista. Para finalizar, ciertamente lo que truncaría para siempre la capacidad del toro de lidia para florecer como raza particular, es que el antitoreo cumpla su aspiración de extinguirlo.


8. Porque el animalismo no es honesto en sus pretensiones a partir de la lucha contra la tauromaquia. En este punto yo entiendo a la tauromaquia como un ejercicio de contracultura, y que se opone por su resistencia a una capa de pensamiento anglo predominante, que intenta disolver la riqueza cultural de los pueblos extranjeros bajo el signo de la monocultura. La UNESCO ha advertido este proceso a través de los puntos de la Convención de Paris (2005). Por ello uno puede notar cómo los que en meses pasados usaban una ruana como apoyo simbólico a los campesinos en paro agrario, hoy se tornan violentos con las expresiones festivas de la ruralidad, donde se incluye la tauromaquia. De hecho tuve una experiencia traumática sobre este particular, aunque no pretendo hacer una falacia ad hominem contra el animalismo o el antitoreo. Otro punto es el que habla sobre los planes de veganizar la sociedad, restringir hasta su desaparición el consumo de carne y leche, o incluso abolir la manutención de mascotas, según aspira el filósofo abolicionista Gary Francione. El animalismo más radical aspira a la abolición del principio de propiedad sobre los animales. ¿Por qué no se lo explican a los antitaurinos que asisten con sus mascotas a las marchas antis? Los animalistas también creen que el consumo de carne es un asesinato al nivel de la tauromaquia, y que el omnívoro es cómplice (esto puede leerse en Francione, Singer, Regan, Cavalieri, o en cualquier reivindicación animalista). ¿Por qué entonces no explican a los antis omnívoros que gritan contra nosotros, que los animalistas también los consideran a ellos “asesinos”? Tras el antitoreo, en realidad subyace un programa ético que de ser conocido ampliamente, sería rechazado por la mayoría de personas que se prestan al juego de la antitauromaquia. Los toros son una barrera cultural contra los excesos más boyantes de un pensamiento animalista que ni siquiera ha terminado de definirse como programa ético. De Singer a Nussbaum hay un abismo de indefinición y alimentación constante de nuevos aportes y descartes de lo evidentemente superfluo. Por ello, defender la tauromaquia es un intento para no empobrecer nuestras relaciones simbólicas con los animales, ni dar cabida a un proceso que, desatado sin control, puede tener consecuencias como la desaparición generalizada de especies, a fin de evitar que sean usadas por el hombre. ¿Qué animalista se atreve a refutar a Francione sobre las consecuencias de la dejación del estatuto de propiedad?


9. Porque las culturas tienen derecho a surtir sus propios procesos. La tauromaquia ha sufrido permanentes cambios a lo largo de su historia. El último ha sido atravesado por hechos como la revolución belmontiana, la inclusión de peto a los jacos de pica, la introducción del indulto, entre otros. Estos procesos son la expresión de las culturas que se adaptan al cambio social y se enriquecen con las expresiones que llegan y salen. ¿Por qué negarle este derecho a la tauromaquia? Por ejemplo, la imposición del peto que evita la muerte del caballo, es una preocupación de la tauromaquia misma. Desde 1888 pueden verse ya cabalgaduras con peto, o incluso el reemplazo de caballos por velocípedos, zancos o tapias.  Yo recuerdo un tentadero en 1914 con el mejor torero de todos los tiempos, Joselito El Gallo, donde ya el jaco tenía peto. Esto indica que la tauromaquia se cuestiona a sí misma, pues en el caso del peto, y a diferencia de lo que quieren dar a entender los antis, esto no se trató de una imposición política. El aspecto sacrificial está virando hacia el multitudinario pedido de indulto, y la técnica de la estocada requiere más perfección que nunca. La tauromaquia pude verificarse gracias a los medios masivos. En tiempo real puede verse lo que ocurre en una plaza de la provincia francesa, o ver el esplendor de la tauromaquia lusitana en la capital portuguesa. Como nunca, la tauromaquia es fiscalizada por sus propios creyentes desde todos los puntos del mundo, y esto necesariamente está provocando un cambio en el toreo contemporáneo, donde la escala moral del toreo es exigida en puntos que rayan la perfección inaudita. Así que las culturas no son estáticas, se regulan a sí mismas y deben tener el derecho a cambiar bajo la coherencia de sus propios procesos. Por ejemplo, la única disertación seria a nivel antropológico que he leído contra la tauromaquia ha sido la de Bernard Lempert, un pensador francés que acusa a la lógica sacrificial. ¿Lo imaginan pidiendo aboliciones a diestra y siniestra? En realidad, y pese a la dureza de su ataque, Lempert es consciente del daño que se produce a un tejido social cuando la cultura es abolida unilateralmente por un poder superior. En realidad, esta es la verdadera cara del barbarismo: lo solamente xenofóbico. Lempert entonces propone la introducción de una figura: el reemplazo simbólico de la lógica sacrificial, siempre y cuando este se haga dentro de los principios de la cultura. En la tauromaquia esto ya ha sucedido, cuando en Portugal se prohibiera la muerte del toro en el ruedo, pero no la tauromaquia misma. De forma espontánea la cultura taurina lusitana introdujo una nueva figura: los forcados, toreros que consuman simbólicamente la muerte del toro, al recibirlo a cuerpo limpio tras la lidia regular. Los hombres se funden con la embestida del toro recibiéndolo con el pecho, hasta lograr que el toro se detenga, muriendo así simbólicamente. No digo que este sea necesariamente el reemplazo que los bogotanos debamos dar a la muerte del toro en el ruedo si en un futuro se produce, pues en realidad estos cambios no pueden predecirse con exactitud. Aduzco que la tauromaquia está en continuo cambio, y que este es un derecho al que toda cultura debe aspirar. No considero que la persecución cultural sea un valor positivo de la modernidad. En cambio, algunos antitaurinos creen que pueden erigir una teoría evolucionista de la moral, donde obviamente ellos serían la evolución, y nosotros lo atrasado.  Hay que elegir pues entre el evolucionismo moral o el derecho a la cultura y sus transformaciones. Si se puede aspirar a dar más credibilidad a la predicción moral, ¿por qué no hacerlo en el tema cultural?



10. Porque La Santamaría de Bogotá es el centro de la cultura taurina de mi ciudad y de mis ancestros.  He esgrimido varios argumentos, ante todo atajando las posibles respuestas antitaurinas, pues solo a través de este método es posible entender a lo que aspiro finalmente: la tauromaquia es mi cultura, y la de otros miles de personas en la capital. Somos una minoría ante la vasta indiferencia. Como tal, esto nos da cierto amparo legal y constitucional que está siendo irrespetado. Lo hace el alcalde remontando una ola tan minoritaria como la nuestra: el animalismo, que funge como un programa ético, aún en construcción ciertamente. Sus quejas se basan en el desconocimiento de la particularidad cultural, la distorsión de la mentalidad taurina, y los supuestos riesgos que entraña el toreo para la sociedad. Sus inconsecuencias lógicas terminan manifestándose en paradojas como el tupido velo corrido a despecho del toro en el campo. ¿Dónde estaban todos esos animalistas cuando debíamos subir a 3.000 msnm para cortar pastos frescos, ante la insuficiencia del heno que no se podía comprar por falta de dinero? Aquí campea fuertemente una irresponsabilidad sobre las consecuencias del antitoreo, pero también el cuidado que le damos a miles de cabezas de ganado, aunque supuestamente seamos abusadores de animales por consumar un rito que, lejos de ser inmoral, es una moralidad misma. ¿Alguien puede dar una respuesta antropológica al hecho de la muerte del toro en el ruedo? En lugar de esto, encontramos generosas ocurrencias como acusaciones de sadismo, diversión o sevicia. La estocada, por ejemplo, es el momento más moral de la lidia, pues en ella el torero renuncia a su cuerpo y se lanza ciegamente entre los pitones para matar. Es un acto gallardo de heroísmo, que expone el honor que se le da a la muerte del toro, pues se consuma a total riesgo de la sagrada vida humana. Para el taurino es tortuoso pensar que el toro pueda ser abatido en un matadero. Concebimos la cultura taurina como un mundo simbólico y cultual que gira en torno al toro de lidia, donde la corrida sería el episodio final y dramático. El toro necesita ser sacrificado para su consumación, y en torno a este doloroso hecho se ha tejido por siglos un ritual sacrificial que rinda honores al animal, y revive el encuentro entre la cultura humana y la naturaleza inhumana.Se elige a los toros más serios y fieros para luchar, y por la comunidad bajan al ruedo los hombres capaces de trastocar el sacrificio en un complejo rito, devenido en arte desde la revolución belmontiana.  El toreo es un drama de poder, una tragedia sublime donde el torero arriesga su vida danzando con el toro antes de sacrificarlo, y donde el toro expone sus capacidades para representar toda la fuerza de la naturaleza, y su empeño por imponerse al hombre. Por eso la tortura es una futeza como categoría, pues el toreo, ya lo he dicho, consiste precisamente en transformar la lucha brutal del toro en una daza estética y armoniosa. El torturado no puede luchar. Los grandes temas de occidente, como la muerte del dios, la sublimación por el arte, la despedida, la renuncia o el heroísmo, son en sí los temas de la tauromaquia. Es lo que mi cultura intenta conmemorar bajo la libertad de correr toros, es lo que vemos y sentimos en la plaza, pagando un precio moral y ecológico muy alto por ello y a despecho de quienes no son taurinos ni conocen de tauromaquia, pero creen saberlo todo sobre ella. La muerte cargada de sentido es adulterada por el antitoreo y rebajada a la categoría de la diversión para poder desactivar su carga cultural. Los derechos humanos son puestos bajo los derechos animales en medio de una hipocresía nauseabunda, máxime en Bogotá. Se miente y condena a consciencia, y se justifica la agresión a la cultura porque “siempre será peor matar toros”. Abogo en cambio a nuestro derecho de la libre determinación, o por lo menos al derecho de controvertir contra una imposición unilateral de la alcaldía, que se ha ensañado en todos los planos contra una minoría cultural hasta el punto de incluso lanzar la población en contra de una huelga de hambre. Los toros deben volver a Bogotá porque lo dicta la Ley, porque los derechos humanos deben respetarse, porque el equilibrio ecológico es más realista que la utopía animalista disuelta en el tiempo, y porque toda cultura tiene derecho a su libre determinación para adaptarse a la marea de los siglos.


Descabellos



[1] http://www.javeriana.edu.co/juridicas/pub_rev/univ_est/documents/6-REV.UNIVERSITAS-GARCIALATAUROMAQUIA.pdf
[2] http://opinionator.blogs.nytimes.com/2014/08/10/how-similar-are-human-and-animal-suffering/?_php=true&_type=blogs&_php=true&_type=blogs&smid=tw-share&_r=1&
[3] En este particular, recomiendo vivamente la obra del catedrático de Cambridge, Julian Pitt-Rivers, una bandera de defensa de la tauromaquia desde la perspectiva antropológica.
[4] Geertz, Clifford.  The Interpretation of Cultures, Basic Books Inc., New York, 1973
[5] http://www.un.org/es/documents/udhr/
[6] http://www2.ohchr.org/spanish/law/cescr.htm
[7] http://www.unesco.org/new/en/education/themes/leading-the-international-agenda/education-for-sustainable-development/cultural-diversity/
[9] https://www.youtube.com/watch?v=Lsv30pz1ohA
[10] Teniendo en cuenta el súbito interés de la así llamada por el animalismo “Comunidad científica”, aporto bibliografía sobre el tema para que refuten con ciencia estos estudios:
ESTEBAN, R., ILLERA, J.C., ILLERA, M. "Influencia de la lidia en los perfiles hormonales de testosterona plasmática en toros y novillos". Medicina Veterinaria, 10: 675-681, 1993.
ESTEBAN, R., ILLERA, J.C., SILVÁN, G., ILLERA, M. "Niveles de cortisol plasmático en ganado bravo después de la lidia". Investigación Agraria, Producción y Sanidad Animal, 9: 21-25, 1994
CASTRO, J.M., SANCHEZ, J.M., RIOL, J.A. y V.R. GAUDIOSO.- Valoración del esfuerzo metabólico de adaptación en animales de la raza de lidia cuando son sometidos a diferentes secuencias de estímulos. II Congreso mundial taurino de veterinaria. Consejo General de Colegios Veterinarios de España. Córdoba, 1997
DE LUCAS, J. J., DE VICENTE, M. L., CAPO, M. A. y E. BALLESTEROS.- Rapport testosterone-agressivite chez le taureau de combat detection des fraudes eventuelles. Revue Med. Vet., 142: 4, 405-406, 1991.
PURROY, A., GARCIA-BELENGUER, S., GASCÓN, M., ACAÑA, M.C., J. ALTARRIBA.- Hematología y comportamiento del toro bravo. Invest. Agr.: Prod. Sanid. Anim., 7: 107-114, 1992.

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sábado, 2 de agosto de 2014

Gustavo Petro y el vacío totalitario



En el 2012 vino el primer aviso. Gustavo Petro, a la guisa Alcalde Mayor de la ciudad de Bogotá, anunció un día antes del inicio de la tradicional temporada taurina que era su intención erradicar la cultura del toro en la capital de la república. Meses después, y luego de una penosa pantomima en la que presumió "oír" a los aficionados capitalinos, hizo saber su decisión de cerrar la Plaza de Toros de Santamaría para cualquier espectáculo taurino, destinando dicha edificación para la poesía. Por fortuna esta última idea no llegó a prosperar, pues implicaba obligar a los estudiantes de los colegios públicos a desfilar bajo el sol para oír la poesía de cualquier degenerado progresista que supiera escribir en líneas chiquitas sus ripios de alabanza al alcalde. No. Para los menesteres poéticos en Bogotá, huelga recordar que ya existe la Casa de Poesía Silva, y que los amantes de esta expresión hemos huido de allí, porque la alcaldía de Petro es una fuga constante. Como los artistas huyeron de Idartes tras ser previamente excluidos de la Galería Santa Fe. Como los propios escuderos políticos de Petro han huido de su larga sombra. Como sus propias promesas electorales, volatilizadas rápidamente por la asunción de un gobierno altamente demagógico y cositero, lo de Petro es constante huida.

Pero íbamos hacia el segundo aviso: violar la Constitución y la Ley 916, cerrando una plaza de primera, evitando la propagación de la cultura taurina en Bogotá, vigente desde su fundación en el año de 1538. De forma unilateral, y viciando conceptos de la Corte Constitucional, el alcalde se dedicó a destinar los medios públicos para explicar su decisión, a efectos de un falso animalismo que no alcanza a tocar sus intereses familiares: Emilio Alcocer conserva una relación estrecha con las riñas de gallos en Bogotá, y a estas ni siquiera se les ofende con protestas animalistas. Emilio Alcocer, como no podía sospecharse, es el suegro del alcalde Petro. Esta asimetría se explica sola. Volviendo, tiempo después la Corte Constitucional glosó al alcalde en una nueva sentencia (c-889/12), cuyas claves jurídicas revelan varios puntos importantes: ninguna autoridad local tiene la potestad de impedir las corridas de toros, siempre y cuando los organizadores del festejo cumplan con los requisitos de ley. Las plazas de toros de primera categoría, cuentan con una destinación única: los toros. Y esto venía a ratificar lo contenido en sentencias precedentes (C-666/10) y una Ley de la República (Ley 916-04), que también limitan la potestad del alcalde para exigir la transformación del espectáculo, prohibir, entorpecer la realización de festejos taurinos o desechar el patrimonio cultural de la nación. Sentencias, Leyes: una bicoca.

A Petro no le importó pasar por encima de la ley para respaldar su discurso intolerante. Quiso obligarnos a los taurinos a violar la Ley 916, al poner como inamovible que los toros no muriesen en la arena. Con la saña del bruto que se emborracha de poder, continuó su persecución tildándonos a los taurinos de ser nazis y de poseer una cultura de la muerte, con lo que puso a su adorado García Márquez al nivel de Adolf Eichmann; bloqueó las páginas taurinas en las salas de internet de las bibliotecas y colegios públicos, y empezó a retirar silenciosamente los libros taurinos de las colecciones, donde antes eran referencia obligada (en la Virgilio Barco, alguien con la suficiente intuición había puesto los libros de tauromaquia entre los de cine y teatro -Cháves Nogales entre Beckett y David Borwell-; hoy este orden se ha disipado en la uniformidad). Y cuando todos los afectados económicamente por la abolición le reclamaron, asumió una posición plagada de soberbia al ofrecerles puestos de barrenderos en las calles de la ciudad, nada menos que en su fallido modelo de recolección de basuras. Para la mujer de la tercera edad que vendía botas de vino en la puerta 2 cada domingo, asumir el papel de barrendera en una brutal ciudad como Bogotá, no le reporta ninguna idea de progreso moral.


Los taurinos fuimos sometidos a un expolio cultural que no cesa ni con las puertas echadas. Tuvimos que exiliarnos por dentro, al sentirnos como parias en una ciudad de tradición taurina que apenas congregaba 30 antitaurinos cada domingo, mientras la plaza se llenaba varias veces en la temporada, incluidas las novilladas sin picadores en Agosto, con la plaza a reventar. Señalados, sometidos a la ilegalidad sin previo aviso, excluidos de la oficialidad como subversivos, y despojados de nuestra cultura, tuvimos que ir a otros puntos de Colombia para asistir al rito que define nuestra identidad. Todo esto, mientras marcha una sentencia directa a razón de la Santamaría, donde la Corte Constitucional, de mantener su línea jurisprudencial, emplazará al alcalde para que permita las corridas de toros, pues su velada prohibición es violatoria de leyes, fallos y libertades civiles. De alguna manera, esta persecución que se produce silenciosa y continuamente a espaldas de la ciudadanía debe terminar.

Y aquí viene el tercer aviso: a sabiendas de que la Corte le puede dar un revés, y con destinatario directo, el alcalde se ha propuesto impedir la posibilidad de la tauromaquia en la Santamaría, destruyendo su mobiliario en un antimacondiano proyecto que inhabilitaría los corrales, los burladeros, la terraza con nuestras estatuas, y sometería a la arena al vaivén de los cambios de escenarios y las continuas adaptaciones de tarimas. Aduce además que la plaza presenta fallos estructurales que pondrían en riesgo la vida de los que se asienten en los tendidos, aunque esto no haya sido óbice para llenar la plaza de barristas y animalistas en indistintas ocasiones. En resúmen, lo que pretende el alcalde es destruir la plaza para reforzarla estructuralmente, y luego hacerla sufrir transformaciones varias para que sea un escenario multipropósitos para la música, el arte, la cuentería y el deporte. Sí. Pero la ciudad ya cuenta con galerías públicas, una concha acústica como la media torta, y suficientes parques y kilómetros de ciclovías como para satisfacer los impulsos deportivos de los capitalinos. Si a eso le sumamos que los habitantes de las Torres del Parque y rascacielos circundantes ganaron un pleito que exige ciertos niveles de ruido en la plaza de toros, tendremos que el proyecto del alcalde no sirve para nada. Solo para seguir incordiando a los taurinos.


Como si la ciudad no contase con problemas sociales acuciantes, el alcalde destinará a este proyecto 37.000 millones de pesos (Más de 15 millones de euros), atestando sus propósitos de persecución, que por desgracia dieron ya inicio esta semana: el desmantelamiento del Museo Taurino de Bogotá, denunciado por todos al percatarse de los salones vacíos, y luego las piezas vistas en cajas en un descampado, como señalara un medio de comunicación. Nos quisieron hacer ver que se trataba de un noble intento de restauración, pero a nadie se le ocurre que se desmontan más de 5000 piezas en un solo día dentro de procesos curatoriales serios. Su embalaje, por lo visto, solo puede compararse con el trasteo de fardos en un puerto de noche, por decirlo de manera poco angustiosa. Su intención desde luego no es otra que la de humillarnos más, aniquilando nuestra memoria viva y nuestras reliquias. Reproduce el gesto del obtuso conquistador que quemaba los textos de los habitantes, como método eficaz de aniquilar su historia y su identidad, y de paso, a ellos mismos. Es como si una potencia extranjera decidiera reducir al contenido de unas cajas anónimas todas las piezas del Museo Nacional de Colombia: esa herida simbólica posee muchos agravantes de humillación, despotismo, abuso y estupidez bajo el sucio aguacero del totalitarismo, por usar la expresión de Arendt. Es como si forzaran de la noche a la mañana a un grupo humano abandonar su cultura sin otra opción. Esto desde luego viola los derechos humanos, y vicia el balance que debe existir entre el derecho humano a la cultura y los derechos animales, que ni siquiera nos permiten discutir.

Pero como el toro que se crece ante el castigo, la afición de Bogotá ha despertado, y empieza a moverse de nuevo. El primer gesto es de nuestra novillería, que ha decidido someterse a una huelga de hambre, exigiendo una audiencia con el alcalde, y el subsiguiente cese de la persecución. Si además de calmar su bruta sed de odio contra las familias pudientes de Bogotá, sus actos antitaurinos le reportaban a Petro muchos réditos mediáticos y demagógicos*, él sabe muy bien que la huelga de hambre de los novilleros se puede volver en su contra, al caracterizar el carácter despótico y totalitario del burgomaestre aún más, si cabe.

Contra la dictadura, contra el despotismo cultural e intolerante del alcalde, contra su vejación a nuestra historia y nuestros ancestros, y su afán totalitario de eliminar la minoría que lo sobrepasa, nosotros llenaremos su vacío. Resistiremos.


* En forma de globos de distracción para contrarrestar los cuestionamientos a su discreta gestión al frente de la alcaldía. Cualquiera puede comprobar que cada andanada de cuestionamiento en su contra, es respondida por Petro con una andanada antitaurina para servirse de distracción.
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En el año 1988 Maníli abría la puerta grande de Las Ventas de Madrid en la corrida de Miura. También nacía yo. Amante de la tauromaquia, el cine, la literatura y el rock. Sigo con obstinada fe la certera evidencia de la frase de Lorca: "Creo que los Toros es la Fiesta más culta que hay en el mundo".